jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 5

Capítulo 5










Me paré delante del espejo y estudie el atuendo que tanto me había costado elegir. Tras revolver toda la ropa del ropero, me decanté por una blusa de seda roja, con escote corazón, que dejaba a la vista la generosa curva de mis senos; con una falda de tubo negra, que me quedaba unos dedos sobre las rodillas, y al sentarme, enseñaban más de la cuenta. Iba subida a unos tacones elegantes, de cinco centímetros, que al igual que la falda, eran negros con brillantes. Todo el modelito lo retoqué con maquillaje en tonos ocres muy suaves, un collar largo con una mariposa de esmeraldas, los pendientes a juego, pero con mariposas más pequeñas, y como no, el pelo suelto a lo natural, cayendo en suaves ondas sobre mis hombros hasta la mitad de la espalda.

Mientras me miraba, me aparté el flequillo del ojo derecho y le sonreí a mi reflejo. Falsa, era una sonrisa falsa, sin rastro alguno de querer cumplir un trato estúpido.

Miré el reloj y solté un suspiro; aún faltaban cinco minutos para que Dimitri llegara. Cinco largos y eternos minutos sufriendo la tortura de los tacones. Estaba dispuesta a lo que fuera; podía salir a cenar con él, dejar que me desnudara con la mirada y que en su sucia mente, me follara fuertemente, entrando y saliendo de mi cuerpo sin darme tiempo a rogar clemencia, conduciéndome al paraíso, para luego, caer en el infierno… Solté un gemido entrecortado mientras me quitaba los tacones y con una patada, los mandé lo más lejos posible de mis torturados pies. Lo que nunca iba a dejar que ocurriera, era que esos finos tacones sostubiéran mi peso esperándolo, eso solo lo haría cuando tuviera una cita de verdad, con un chico digno de mi amor y devoción.
 
Hacía media hora que Lucius se había ido a trabajar, tras hacerme jurarle que iba a volver sana y salva y que si mi cita intentaba algo pervertido, que tuviera el spry contra violadores en la mano –vicios y órdenes de un agente del cuerpo policial–. Y durante toda esa media hora, me había dado un baño relajante, pintado las uñas, destrozado el ropero y elegido el maquillaje y los complementos.

Me dejé caer en la cama soltando un ronroneo y cerré los ojos con fuerza, mientras en mi mente, se empezaba a desarrollar una imagen perversa y ardiente. Lujuriosa.



 
Estaba en una habitación oscura, tumbada sobre una cama con sabanas de satén rojas. El silencio invadía cada rincón y ni el susurrar del viento era capaz de romperlo.

Levanté la mirada y cerré la boca, ya que de mis labios había estado a punto de salir una palabrota. Todo porque Dimitri se alzaba delante de mí, completamente desnudo. Era de torso dorado y esculpido. Sobre su vientre, había  una fina pelusilla castaña que llevaba directamente hasta una erección permanente, latente, dura e hinchada, en la punta de la cual, había una gotita de líquido presiminal. Sus músculos perfectos se tensaban y destensaban mientras tirada de una cuerda que luego estallaba contra el suelo como si de un látigo se tratara.

Se acercó a mí con lentitud, dejándome fantasear con todo su cuerpo, se cernió sobre mí y mientras acariciaba las curvas de mis pechos, me ató las muñecas con la cuerda. Con un solo brazo me levantó y depositó sobre sus caderas, pegando su erección contra mi vientre y haciéndome gemir de placer y tortura por no poder tocar, por tener que esperar a que ese hombre que se creía amo y señor de mi cuerpo, decidiera liberarme de las cuerdas.

-        Ya estas lista putita, has sido muy mala, y eso significa castigo, el tuyo ya lo sabes, voy a fol…

 

El timbre sonó sacándome de la fantasía erótica que estaba empezando a tener con el profesor y me levanté sonrojada y temblando. El deseo estalló en mi cuerpo y temblé con más fuerza ¿Qué me estaba ocurriendo? El timbre volvió a sonar con más insistencia y anduve notando que el cuerpo no me pertenecía. Al detenerme delante de la puerta, el timbre volvió a sonar y supe quien podía ser sin necesidad de mirar por la mirilla.

Con un solo movimiento abrí la puerta y me encontré con el musculoso pecho de Dimitri cubierto por una camisa blanca. Me permití bajar un poco la mirada y me relamí el labio inferior sin poderlo evitar, recordando lo enorme que era en mis sueños. Oí una leve tos y levanté la mirada para encontrarme con sus ojos. Tan lujuriosos como siempre, pero un poco alterados, un poco más oscuros, seguramente por mi extraña forma de actuar.

-        Buenas noches –murmuré asustada, se había dado cuenta de cómo lo miraba, y estaba segura de que iba a usarlo en mi contra.

-        Buenas noches –su voz sonó ronca– ¿Estas lista para salir? Tenemos reserva para dentro de media hora.

Me miré los pies y negué con la cabeza. Entonces lo hice pasar como la vez anterior y cerré la puerta, indicándole que me siguiera. Sin darme cuenta, lo guie hasta mi habitación y por el camino cogí a Kira y la fui acariciando con ternura mientras ella ronroneaba. Como adoraba a mi bichito y como me adoraba ella, según podía oír.

Abrí la puerta de mi dormitorio y entré, seguida por Dimitri, quien observaba fascinado la forma con la que se frotaba Kira contra mí, antes de observar mi habitación sin pestañear.

Había una cama enorme con sabanas blancas, una estantería enorme llena de libros, trabajos de papá, fotos de cuando era pequeña y mis últimas vacaciones en París y figuritas que había ido coleccionando con el paso de los años. Estuve a punto de decirle que no tocara nada, al ver como miraba las figuritas y las fotos, sonriendo de vez en cuando, pero al final no dije nada, notando como me enrojecían las mejillas al recordar que había una foto de cuando era pequeña y estaban bañándome. Lo que más le llamó la atención, casi segura, fue la tela de color esmeralda que tenía sobre el cabezal de la cama, donde mantenía ocultada una cosa que nunca había enseñado a nadie.

-        Toma asiento –señalé el sofá de terciopelo blanco que había cerca de una gran ventana, con vistas a la fuente de la comunidad.

Sonrió y miró todos los libros que había sobre la mesita de cristal. En voz baja fue leyendo todos los títulos.

-        El gran libro de la ciencia, Tomo I: animales salvajes, Tomo II: miniaturas del mundo incestivoro ¿Blood on silk? –levantó el libro y me enseño la portada, señalando a la curvilínea mujer del vestido rojo– ¿Una jovencita como tú lee cosas como estas?

-        La verdad, prof… Dimitri, tengo casi veintitrés años, leo cosas como esas y peores, ahora, por favor, deje mis cosas tranquilas.

Me puse de rodillas para ir a buscar uno de los tacones, que se abía escondido muy bien bajo la cama. Maldito, solo me faltaba eso. Noté como la falda me rozaba las piernas, pero no le hice caso hasta que oí un gemido quedo procedente de la garganta de Dimitri.

-        Merde, merde, merde –volvió a gemir y yo segui buscando el tacón desesperada, sin atreverme a ver que le estaba ocurriendo– DAMN IT2!

En menos de un segundo, los brazos de Dimitri me levantaron del suelo y me tumbaron en la cama con rudeza. Poco después sentí todo su musculoso cuerpo sobre el mío, aprisionándome. Empezó besarme en cuello con besos húmedos y ardientes que me hicieron retorcer, recordando el sueño. Luego fue bajando hasta apartarme la blusa para poder besarme el contorno del pecho sobre el sujetador. Lo que supe a continuación, fue que tenía su mano por debajo de la falda, buscando un lugar que nadie nunca había visto. Me estremecí al notar su otra mano dirigirse hasta mis nalgas, masageándolas con furia.

-        Dimitri –mi voz fue apenas un jadeo y con fuerza apreté las sabanas, notando como se me tensaban los nudillos.

Mi sueño más extraño, el más oscuro y por extraño que fuera, el que más me había gustado, se estaba a punto de cumplir, pero no era de esa forma que quería que pasara, el sentimiento conocido como amor tenía que regir todos mis actos, y en mi mente solo había terror mezclado con deseo. Una lágrima resbaló por mi mejilla y él paro quieto y tembló sobre mí, dándose cuenta de que me estaba asustando. El silencio lo invadió todo; lo único que se oía en la habitación eran mis sollozos entrecortados, la respiración forzada de Dimitri y el latir de nuestros corazones, que iba a mil. Abrí un ojo y su mirada me volvió de piedra, él mismo estaba de piedra.

-        Lo siento, nunca tendría que haber hecho eso…

Se levantó sin dirigirme la mirada, susurro que me iba a estar esperando fuera y salio cerrando la puerta con dolor, detrás de su espalda. Me levanté con los codos e hice una mueca mientras me colocaba la blusa en su sitio. Un poco más y Dimitri me hubiera echo suya. Un segundo más y me habría derretido en sus brazos rogando que me hiciera lo mismo que en el sueño.

Oí un maullido agudo procedente del pasillo y agarré el zapato, me lo puse cojeando y salí asustada, esperando encontrarme a Dimitri torturando a mi pequeña, idea tonta, pues parecía que le gustaban los animales. Pero claro, después de estar con él de esa forma, le había cogido un poco de manía.

Para mi sorpresa, Kira estaba tumbada de espaldas sobre el suelo, dejando que Dimitri le acariciara la tripa. Me relamí el labio con la sola visión de su mano. ¿Qué diablos? Sus manos eran asombrosas así que acababa de desvelar uno de los puntos de la lista.

<<¡Kira! Me estas abandonamdo –bociferé, mirándola con rencor y celos>>

<<No te enfades pero… miau… sus manos son asombrosas –ronroneó con más fuerza a medida que sus manos le acariciaban el cuello>>

<<No, si ya. Asombrosas>>

Dimitri se detuvo repentinamente, Kira dejo de ronronear, mirándonos alternativamente a Dimitri y a mí y yo me quedé anclada en la profundidad de sus ojos. Habían perdido todo rastro de brillo lujurioso y estaban un poco apagados.

-        ¿Lista? –asentí con la cabeza y me tendió la mano. Un poco perturbada, la cogí después de que Kira se frotara contra mi pierna, en señal de rendición–. Estas hermosa.

Tragué saliva con dificultad notando el rostro enrojecido, y me dejé guiar por ese hombre a un lugar sin paradero para mí.

 

 

Entramos en el Restaurante de Eva & El Bar Ganador, y en el mismo momento que pusimos un pie dentro, una esbelta mujer, de unos treinta años, de radiantes ojos verdes, largo cabelo negro recogido en un moño mal echo y ceñida en un vestido de tul rojo, lliscando sobre sus caderas y enmarcandole las piernas, pues el vestido llegaba hasta el suelo; nos vino a recibir, sonriendo.

-        Bienvenidos, soy Carolina ¿Teneis reserva?

-        Sí señora, tengo una reserva para dos a nombre de Rafael.

Carolina se puso a mirar un enorme libro de cuero, pasando las hojas rápidamente y sonrió al encontrar el nombre.

-        Señor Rafael –con una pequeña cruz marcó el nombre de Dimitri –. Veo que pidio explícitamente una mesa cerca de la ventana con vistas a la avenida. Por favor, acompáñenme –me dedicó una radiante sonrisa que yo le devolvió cortésmente, y nos hizo pasar a través de una enorme puerta de cristal.

Mil velas hicieron que entrecerrara los ojos para poco después, quedarme embelesada. Era hermoso, único. Mágico incluso me atrevía a decir. Copas de reluciente cristal se elevaban sobre una mesa de dimensiones exageradas, colocadas formando una torre estable. Todo el espacioso salón estaba adornado con relucientes candelabros de plata con velas encendidas que daban una calidez maravillosa al lugar. Y las mesas… Era fantásticas, cubiertas con finos manteles blancos, dando una clara visión de informalidad pero una enorme ternura por el trabajo de dirigir un restaurante.

-        ¿Te gusta? –miré a Dimitri para decirle que si, pero lo vi mirar el suelo y se me encogió el corazón. Seguía pensando en lo que había ocurrido en mi dormitorio.

Me ayudó a sentarme y durante toda la velada, estuvo sumido en un silencio abrumador, rodeado por un aura de oscuridad que empezaba a hacer mella en mí. Sientiendome menospreciada, empecé a beber y beber. Sin darme cuenta acabé tomandome seis copas de vino tinto. Con la última me demoré más tiempo, pues me puse a darle vueltas y a mirar su color mutado por la luz de las velas; era precioso. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Nunca había tolerado bien el alcohol, así que, a la tercera copa, ya estaba achispada, y con esa última, ya no era un ser racional.

Me levané contoneando las caderas y me senté en la silla que había al lado del profesor. Bajo su atenta mirada, cruce las piernas de forma provocativa, haciendo que se me subiera la falda hasta el muslo. Vi como Dimitri se removia incomodo en la silla y se mordía el labio sin poder apartar la mirada de su entrepierna. Dirigi la mirada hasta ese punto y contuve el aliento, pero volví a respirar de inmediato. Que fácil era excitarlo. Que fácil y que tentador.

-        ¿Por qué me ha besado, profesor? –lo miré y me vi reflejada en sus ojos. Un brillo seductor dominaba los mios y eso me hizo parecer atractiva y perversa.

-        No tengo nada que decirte.

Se levantó con paso airado y me indicó que era hora de irse. Pagó la cuenta y mientras lo seguía, valanceando las caderas, despertando la lujuria de muchos hombres que me vitoreaban y salvaban cuando me tenían cerca. Me sentía poderosa.

-        Mierda –oí un gruñido quedo procedente de delante de mí y no pude evitar soltar un ronroneo. Estaba ganando.

 

 

Nos sentamos en un banco en mitad del parque y con inocente dulzura, le acaricie el brazo e hice que se me subiera más la falda sin querer. Quería sentir sus manos. Que me acariciara y me mimara. Todo era culpa del alcohol, pero había algo de deseo carnal incrustado en mi cuerpo.

-        Mierda –se zafó de mi agarré y se apartó un poco, haciéndome sentir más fuerte. Quería jugar, y el sería mi juguete. Mi presa–. Detente Alexia.

Empecé a reír como un ruiseñor y levanté para estirarme y hacer que Dimitri soltara otra maldicion.

-        No, Alexia no, recuerda que me llamo Estrellita –pronuncié silaba por silaba el apodo que él me había otorgado, solo por ser  la mejor de la Universidad.

-        ¿Estas borracha? –volví a reír y di una vuelta sobre mí misma–. Mierda Alexia, para quieta –no lo hice–. Te la estas buscando…

-        Eres tu el que se mueve, a mi no me digas nada –di otra vuelta. Y otra. Y otra más.

Dimitri ahogo un rugido de frustracion, me agarró del brazo con brusquedad , clavandome las uñas y empezando a tirarme hasta el coche a tormpicones. Me hizo entrar y cerró la puerta detrás de mi con brusquedad. Pasasos unos segundos,  entró él, con el rostro contraído en una mascara de furia. No me iba a dar por vencida, podía hacerme lo que quisiera, pero yo le iba a demostrar que no era tan frágil como todos creían.

Mientras conducía apretando fuertemente los nudillos, estiré una mano y la deposité sobre su muslo. En ese momento sonaba la canción Loca de Ana bárbara; canción perfecta para hacer lo que estaba haciendo. Dimitri se giró unos segundos para mirarme y se le atascó el aire en la garganta. Soltó un gemido con fuerza y miré el bulto cresciente de sus pantalones.

-        ¡Ya vasta! –giró el coche con brusquedad y en menos de un segundo, paso de ir a 100, a 200 quilomentros por minuto.

Iba soltando improperios y maldiciones mientras se intentaba safar de mi mano. Pero me lo estaba pasando genial y no se iba a librar de mí con facilidad.

Cuando estaciono el coche delante de una enorme casa de paredes blancas con un jardín bien cuidado rodeado por una valla de matorrales, me quitó el cinturón, salió del coche, lo rodeo hasta llegar a mí lado, abrió la puerta para luego rodearme por la cintura y sacarme casi a rastras del interior caldeado del jaguar.

Con zancadas rápidas llego delante de la puerta de la casa –usando el sarcasmo –y sacó una llave que hizo girar, y tras un leve “clic”, la puerta se abrió. A primera vista todo me anamoró. El recibidor era amplio y sencillo, pero en la sencilles dominaba la hermosura. Un armario antiguo, un pequeño sillón y cuadros al oleo colgados en una pared de color oliva; esa era la decoración de esa zona de suelo de tarima flotante caoba.

Cerré los ojso y empecé a jadear con solo imaginar lo que me podría ocurrir a continuación: me empotraría contra la pared y lo desafiaría, para que al final, entre jadeos, gruñidos, gemidos y caricias, me llevara a la cama. Lugo todo sería tan dulce como morder la manzana del Paraiso. Casi fue lo que ocurrió.

Subió un tramo de escaleras manteniendo las zancadas largas. Cuando se detubo, me dejo en el suelo y empezó a empujarme hasta hacerme chocar contra el bajo de la cama, y caí soltando un bufido. No me di cuenta de que me encontraba en su habitación, que no había más habitaciones allí arriba, hasta que abrí los ojos.

Era la habitación más hermosa que había visto en vida mortal. Amplia, ordenada y oscura. Una delicia de paredes azul zafiro y suelos oscuros. Me encontraba tumbada en una cama enorme de mazisos pilares, con sabanas rojas y esponjosos cojines. Una de las paredes estaba plagada de ventanas enormes y delante de ellas, había un sofá de cuero blanco cubierto de cojines, con una mesa de cristal cubierta de libros y un jarron con lirios, todo bañado con la pálida luz de la Luna. Disponía de un balcón privado, enorme, en el que había unas butacas de juncos y una mesa a juego. Sobre la cama había una replica de La Primavera, hecha por Botticelli entre el 1480 y 1481.  Era imposible, pero yo también tenía una copia en mi dormitorio escondida detrás de la cortina esmeralda. En la otra punta del dormitorio, había una mesa grande, también de cristal, llena de papeles y fotografias. Me imagine a un pequeño Dimitri, de mejillas sonrojadas, jugando con un perro que le sacaba, por lo menos, dos cabezas, y empecé a reir descontroladamente mientras soltaba un hipido. Delante de la mesa, había una silla rotadora de cuero negro. Me lo imagine allí sentado preparando los examenes y quedandose dormido después de trabajar mucho, y empecé a reir nuevamente hasta agarrarme el estomago de dolor.

-        Estrellita –vi que sus ojos habían perdido toda la lujuria y que en ellos solo quedaba un rastro de dolor helador–. Dios… ¿Qué clase de monstruo soy?

Lo miré y suspiré mientras me enroscaba sobre mi propio abdomen. Sin pensarlo mucho, ya que mis neuronas estaban siendo destruidas por el alcohol comenté en voz demasiado guturral:

-        Uno que esta para comerselo y que se cuela en mis sueños sin permiso.

-        ¿Sueños? –no dije nada y Dimitri se sentó en la cama, levantó la sabana y, a duras penas, logro taparme–. No me importa todo esto ahora, más tarde me lo contaras todo, por ahora, solo quiero que descanses. Estaré en la planta baja si me necesitas.

-        ¡No Dimitri! –lo agarré por la muñeca antes de que se pudiera levantar–. Besame, besame mucho –murmuré soltando un hipido.

Abiró los ojos impactado y se inclino sobre mi rostro aspirando mi aroma. Pensando que me iba a besar como le había pedido, cerré los ojos, pero lo único que sentí, fue un leve rocé en la frente.

-        No pienso hacer nada hasta que no estes sobria. No queremos problemas con el consejo de profesores y estudiantes.

Se levantó y abandono el dormitorio, dejando que se me enfriara todo el cuerpo. Murmuré algo parecido a “cobarde” pero un hipido lo distrociono. Luego empecé a soltar una sarda de maldiciones por lo bajo que se acabarón convirtiendo en gritos.

Cerré los ojos con fuerza pensando que no iba a lograr dormir sabiendo que él se encontraba en la planta baja, pero me dormí pocos segundos después de cerrar los ojos.

 

 

Me desperté sobresaltada, notando todo el cuerpo revuelto y busqué el reloj. Eran las dos de la madrugada y me iba a estallar la cabeza.

Me levanté temblando y al llegar a las escaleras que comunicaban esa segunda planta con la primera, las empecé a bajar con mucho cuidado. Al llegar al rellano, busque el salon, el cual encontré con mucha facilidad, porque podía oír leves ronquidos procedentes de allí.

Cuando vi  a Dimitri, me mordí el labio y me senté en el suelo, dejando mi cara a pocos centímetros de la suya. Era tan hermoso que hasta daba ganas de llorar. Tenía la piel fina y dorada, pero no quemado, más bien pálida, con el pelo desordenado, cayendole sobre los ojos, que se movían por debajo de los parpados, en un sueño inquieto.

Dormido, alargó una mao y se frotó los ojos sin ser consciente de ello.

Lentamente, mientras pasaban los minutos, fui cerrando los ojos nuevamente y antes de que me quedara completamente dormida, pose mis labios sobre su cuello y lo bese y lami un poco, dejando una pequeña marca morada.

-        Aquí tienes, Di-mi-tri. Mi regalo por la cena y dejarme quedar en tu casa.

Recosté la cabeza sobre un brazo y me quede dormida contemplando como lo había marcado. A la mañana siguiente, cuando lo viera, se iba a desatar el Infierno en la Tierra.
 
 
 
Damn it2. Del fránces <<Maldita sea>>

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