Capítulo 4
En
el mismo momento que llegué a casa y descubrí que Lucius aún no había llegado,
me quité la ropa desesperada mientras soltaba chillidos de furia y la lancé a
la basura. Solo recordar como sus manos me habían manoseado, hacía que deseara
ahogarme. Así que hice algo por el estilo, sin llegar a quitarme la vida, pues
era muy importante para mí y tenía muchas metas que cumplir, para poderle
demostrar a mí padre que ser mujer, no significaba pensar solo en unas cosas.
Entré en el baño desabrochándome el
sujetador y me metí en la ducha con las bragas puestas. Cuando me di cuenta del
error que había acabado de cometer, me las quité riendo como un ruiseñor
murmurando para mis adentros que estaba loca; y las deje en el suelo creando un
charco.
La bañera era pequeña y estrecha, echa
de mármol blanco; pero en ese momento no me notaba encarcelada, ya que, al nota
como el agua fría caía rauda sobre mi cuerpo, desentumeciéndome todas las
terminaciones nerviosas y calmándome, me sentía libre. Solté un suspiro que
resonó en la ardiente estancia, calentada por el sol de verano, y solo cuando
estuve arrugada como una pasa seca y con el pelo lacio, pegándoseme en la
espalda con insistencia, cerré el agua y me quedé de pie, notando como el agua
se escurría por todo mi cuerpo, pasando entre los senos, el plano abdomen con
la cicatriz y el muslo… Todo asemejándose a las leves caricias de un amante. Me
imagine que esas caricias eran proporcionadas por unas manos fuertes pero
elegantes, doradas pero sin ser excesivo, y al descubrir a quien pertenecían, me
deje caer al suelo, quedándome de rodillas, y notando como algo húmedo
impregnaba mi centro, se me erizaban los pelos de la nuca y los pezones.
-
Maldita
sea… –asustada por esa reacción, empecé a temblar descontroladamente,
sacudiendo la cabeza, como poseída por un ser malvado, pervertido y sexual; con
un nombre que al pronunciarlo, abría un infierno de pecado, que muchas
desearían pisar, y ese nombre era…
La puerta de entrada se cerró y la armoniosa
voz de Lucius llego hasta mis oídos, resonando en todo el apartamento y en
especial, en mi corazón. Por un momento me sentí destrozada, por haber pensado
en él, estando tan cerca mi hermano. Una lágrima cayó sola, y sin poderlo
evitar, me puse a sollozar y sorber por la nariz con fuerza, mientras susurraba
que era idiota, que deseaba que la tierra se abriera y me tragara. No me podía
permitir pensar en él, ya suficiente daño me había echo.
Intenté levantarme, pero las piernas me
fallaron y acabé de nuevo de rodillas. Intenté levantarme otras tres veces,
pero solo logré hacerme daño. A la cuarta fue la vencida, ya que me levanté
como un resorte al oír como los nudillos de Lucius golpeaban con suavidad la
puerta. Paré de sollozar casi al instante y miré la puerta dolida.
- ¿Sí? –susurré entrecortadamente. Me dolían los ojos y estaba deseando coger un palillo y arrancármelos.
-
Alexia,
pequeña, ¿estas bien? –la voz de mi hermano estaba cargada
de preocupación, como cada vez que volvía a casa y me encontraba encerrada en
el baño. La primera vez, fue cuando tenía dieciocho años…
Lentamente, me dejé llevar por los
recuerdos del pasado… Un pasado contra
el que había luchado para poder ser feliz.
<<Solo tenía 18
años, pero había creído encontrar el verdadero amor, un chico hermoso, de pelo
como el oro y ojos de hielo. Con un carácter y fuerza inquebrantable; y yo,
como ilusa, inocente y simple que era, estaba dispuesta a entregárselo todo:
alma, corazón, mente y virginidad. Pero eso nunca llegó a ocurrir…
A las diez de la noche me planté delante
de la puerta de su apartamento, un blog de pisos sosos y mohosos. En el bolso
llevaba un pijama –el más sexy que tenía, un picardía de seda azul–, una caja
de condones recién comprados y las pastillas para el día después. Había querido
comprar el lubricante y cosas de esas para que mi primera vez fuera perfecta,
pero al final, no lo había echo –gracias a Dios, hubiera sido un gasto de
dinero innecesario –.
Al segundo siguiente de haber llegado,
estaba corriendo con lágrimas en los ojos, gritando su nombre entre jadeos por
culpa del asma. Lo había visto llegar a su casa con una hermosa rubia del bote,
de pechos exuberantes y saltones; ceñidos en un corto vestido rojo. Tenía unas
piernas asombrosamente largas y torneadas, que todo hombre hubiera deseado tener
alrededor de la cintura.
La mujer levantó una mano y con dulzura
y lujuria, la paso entre los rubios mechones de él. El alcohol cantaba en sus
venas y mientras la empujaba, haciéndola entrar en el apartamento, lo oí murmurar
“vas a tener una noche maravillosa, nena”>>
Sacudí la
cabeza asqueada y miré la puerta preguntándome si Lucius seguiría delante o por
lo contrario, ya se habría ido por mi falta de atención. Supe que se encontraba
allí cuando lo oí suspirar.
-
Alexia, de aquí unos minutos
tendremos visita, por favor, arréglate.
-
¿Visita? –pregunté incrédula–
¿Quién?
-
Angelica –fue un solo nombre,
pero tuve que hacer un esfuerzo gigantesco para contener un grito
de alegría ¿¡Mi Angy había vuelto?!
-
¿¡Angy?! –salí de la ducha con
una velocidad asombrosa y cogí una toalla– ¿Lucius? ¡Lucius!
Venga ya, me ha abandonado.
Empecé a
secarme con movimientos rápidos y al pasar sobre el lado derecho de mi plano
estomago, fui con cuidado, pues allí, desde hacía mucho tiempo, tenía una cicatriz
que me había echo un perro rabioso cuando solo tenía tres años; solté un
gimoteo como un animal indefenso y la acaricie con profundo dolor. Desde que
cubría mi abdomen, y había entendido lo que significaba sobre mi piel –a la
edad de seis años–, había sacado de mi cabeza todo pensamiento romántico.
Ningún hombre iba a querer estar conmigo con algo similar allí. Por suerte, no
había acabado con mi vida social y aún me permitía ir a la playa.
Me puse un
vestido blanco de encajes, que me quedaba unos centímetros por sobre las
rodillas y salí del baño, con tanta felicidad, que casi arranqué el pomo. Me
sacudí el pelo con un leve movimiento, eliminando gotitas de agua, conté hasta
tres y empecé a correr descalza hasta detenerme en la sala donde se encontraba Angelica,
una mujer de casi treinta años, pelo largo de un hermoso negro medeia noche;
ojos de leona, entre verdes y azules; tez pálida; y un cuerpo esbelto y bien
cuidado, embutido en un ceñido short blanco y una camiseta de tirantes roja.
Cuando me vio,
en su angelical rostro apareció una radiante sonrisa, llena de amor y ternura.
-
¡Alexia! Hermosa mía –se levantó
del sillón y se me acerco, abriendo los brazos para
refugiarme en un cálido abrazo– ha sido tanto tiempo sin verte –nos dimos
cuatro besos al estilo fránces y con un movimiento de mano, le indiqué que se
sentara y Lucius nos dejo solas, mientras iba a preparar unas pastas y té.
Con voz
melosa, Angy me fue contando todo lo que había hecho durante su último viaje
¡EUROPA! Nada más y nada menos. Se había dedicado a ir por las capitales de la
moda como Paris, Italia, Milan… Recopilando experiencias y patrocinadores, para
la hermosa ropa que diseñaba y confeccionaba con tanto esmero. Angy era
diplomada en Diseño de Moda, Titulada en Técnicas de Corte y Confección,
especializada en Estilismo y graduada en Desarrollo de accesorios para Moda y
Joyería.
-
Solo me falta una modelo –murmuro
cerca de mis oídos, como quien no quiere la cosa– así que,
dentro de un año, cuando acabes la universidad, ven a verme si estas
interesada, el sitio es para ti.
Emoción y
euforia, eso fue lo que sentí al verla guiñarme un ojo. Me levante del sofá
como si tuviera un resorte en el culo, y me puse a dar saltitos, gritando llena
de alegría. Pero la alegría duró poco, pues ocurrió algo que me hizo parar en
seco y empezar a llorar. Lágrimas de emoción…
Lucius se
levantó del sillón que antes había ocupado Angy; para arrodillarse delante de
ella, tomarle las manos con infinita ternura y mientras le susurraba que
durante muchos años, demasiados siendo solo una pareja con una relación estable,
sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cajita de terciopelo negro, que
abrió, dando paso a un hermoso anillo formado por siete hebras de oro,
representando el amor y la devoción que sentía por ella.
-
¿Te casarías conmigo, mi amada
Angelica?
Las lágrimas
resbalaron por sus pálidas mejillas y se echo a sus brazos, gritando que si
entre sollozos, que ya era hora y que lo iba a amar toda la eternidad.
Dejé a la nueva pareja en el
salón, donde se habían quedado fundidos en un abrazo, murmurando lo mucho que
se amaban; y salí al balcón, donde me quede embelesada mirando como el sol
empezaba a ocultarse. Eran solo las cinco, pero el sol estaba perezoso. Las nubes
adoptaban tonos rojizos, morados y dorados, que se iban desplazando y
desapareciendo según pasaban los segundos. Era un día cálido, pero un frío
helador corría por mis venas mientras la alegría por mi hermano, desaparecía y
me acordaba de la nota que había condenado mi vida.
Oí un ronroneo cerca de mi y me
giré para ver a Kira que se frotaba contra mi pierna con ternura, intentando
que le hiciera un poco de caso. Distraidamente, me arrodille, la tomé en brazos
y mirando la puesta de sol, me puse a acariciarle la cabeza, murmurando para
mis adentros que las cosas no iban a empeorar.
Me desperté llorando, respirando
acceleradamente y con el fino pijama de seda pegándoseme a causa del sudor que
impregnaba mi cuerpo. Kira, que como siempre dormía sobre mis piernas, levantó
un poco la cabeza para después de soltar un maullido, volver a recostarse y
empezar a ronronear.
Intenté, por
todos los medios posibles, calmar el frenético ritmo de mi corazón; pero las
cosa, por lo contrario, no mejoraba. No entendía porque estaba de esa forma,
solo había sido un sueño, un sueño muy extraño:
<<Me
encontraba sola llorando en mitad de un cementerio, antiguo y sencillo, pero no
me era desconocido, era un lugar que yo antes ya había pisado muchas veces, con
altas y derrumbadas lápidas, ángeles caídos y lágrimas por doquier. Un hombre
con traje y gabardina negra hacía fotos del cuerpo que acababa de enterrar: mi
madre.
Era imposible,
pero allí volvía a estar yo sola, en el funeral de mi pobre y amada madre, la
cual había sido arroyada por un conductor borracho que se había dado a la fuga,
pero que poco después, la policía había encontrado vomitando en mitad de un
parque. Maldito desgraciado, tendría que haber muero él por intoxicación.
Me acerqué al
agujero y al ver el cuerpo que había dento, se me cerró el estomago y nublo la
vista. Era imposible. El destrozado y mutilado cuerpo de mi madre había sido
substituido por el de Dimitri; pálidoazulado, con su hermoso pelo lleno de
sangre seca, una profunda herida que iba de lado a lado de su mejilla derecha y
lo más extraño: una rosa negra saliendo de su pecho, alimentándose de lo que
fuera que quedaba en ese putrefacto cuerpo.
-
No... –un vacío me llenó, el llanto se volvió desgarrador
y me levanté deseando perderme.
El sepultero
sacudió su largo pelo plateado, sonrió enseñándome unos afilados colmillos blancos
y sus ojos negros brillaron como dos pozos sin fin.
-
Pobre. Joven e iluso, así son
todos con las mujeres a las que aman, y lo pierden todo en dos
segundos. No se dan cuenta de la realidad, pues un manto negro los ciega.
¿Ves esa rosa? Era para su amada, pero su amada no la tendrá. Tú nunca la
tendrás.
No podía seguir tumbada, o las
lágrimas iban a desbordarse nuevamente; así que me levanté dejando a Kira sobre
el colchón con cuidado. Esta soltó un maullido ronco y se hizo una pelotita.
Estaba tan mona. Le acaricié la cabeza con ternura y antes de salir del
dormitorio, llevándome bajo el brazo la chaqueta, susurre:
-
Espero que sueñes con ratoncitos
pequeña, por lo menos tú vas a poder dormir.
Cerré la
puerta con mucho cuidado para no despertar a Lucius. Mis músculos crujieron
dolorosamente y no pude evitar soltar un siseo de dolor mientras me ponía la
chaqueta. Eran las dos de la madrugada, aún faltaba un rato para que mi hermano
empezara el turno de mañana, y prefería dejarlo dormir tranquilo.
Desde que mamá
había muerto, tenía la costumbre de salir a dar una vuelta por el jardín que
rodeaba el apartamento, así, intentaba que el aire me despejara la cabeza para
poder volver a la cama tranquilamente. Todos lo aceptaban, e incluso el psicólogo
al que había estado obligada a ir, había opinado que era una buena forma de
sobrellevar el dolor.
Cuando salí
del edificio, una ráfaga de aire fresco choco contra mi piel y solté un suspiro
de felicidad. La luna dominaba aún el cielo, pero se empezaría a ocultar pronto
para dejar paso a un sol perezoso que no calentaba tanto como en mediodía.
Todo el jardín
estaba en letargo, las flores estaban cerradas y aún se veían rastros de flores
nocturnas que escupían polen por doquier. Los animales diurnos seguían
durmiendo y los nocturnos, como un búho que me miraba divertido; iban libres
por cielo y tierra.
Solté un
suspiro entrecortado y cerré los ojos, pero el recuerdo de la palidez de su
rostro y la extraña rosa estaban marcados a fuego en mi mente. Era solo un
sueño, un sueño que había tenido muchas veces, pero con unos cuantos cambios.
Me senté cerca de una campanilla blanca cruzándome de piernas, y esa
chiquitilla flor se estremeció bajo el tembloroso contacto de mi mano.
El búho que me
miraba, levantó el vuelo para poco después posarse con cuidado a mi lado. Al
principio me sobresalté por la proximidad de un ser que significaba oscuridad,
de hermoso plumaje negro, marrón y bajo el brillo de la Luna, plateado; pero al
sentirlo en mi cabeza me calmé.
<<¿Esta perdida, Cuidadora? –su
voz ululante penetró en mi cabeza como un eco perdido. No hice otra cosa salvo
negar levemente–. Si que lo está, lo peor
es que usted quiere perderse más, en vez de ir a por lo seguro, y aceptar lo
que más adora>>
Sacudí la
cabeza energeticamene, sin entender lo que intentaba decirme y entonces resonaron
pasos veloces sobre el pavimento y el búho emprendió el vuelo susurrando:
<<Él viene a por usted, su destino está ya escrito y
le pertenece a él. RECUERDELO>>
Intenté
gritarle para que me explicara que significaban todo eso, pero solo fui capaz
de pronunciar una letra antes de que alguien ardiente y sudoroso se detuviera
delante de mí. No necesite levantar mucho la cabeza para mirar al recién
llegado, pues solo con ver esas fuertes piernas doradas y ese pantalón de
deporte ceñido, supe de quien se trataba.
-
Vaya, –susurró un cansado Dimitri
–se ve que el cielo ha perdido una estrella, la más
hermosa y radiante que poseía.
Tragué saliva
disimuladamente y lo miré mientras me ceñía la chaqueta contra el pecho, puesto
que llevaba un fino camisón transparente. Un rubor ardiente se extendió por
toda mis mejillas mientras lo miraba, uf, como estaba… Sudoroso, con la ropa
pegándosele a los abdominales y las caderas, el pelo alborotado por el viento y
sus labios siendo torturados por su vípeda lengua…
-
Buenos días, profesor –aparté la
mirada de ese movimiento tan sensual– ¿Qué hace tan temprano
fuera de casa?
Negó con la
cabeza y me miró claramente divertido.
-
Recuerda
que desde que suspendiste el examen, tienes prohibido llamarme
profesor. Mi nombre es Dimitri. Dimitri Rafael. No lo olvides –repitió la frase
que una vez yo le había dicho.
-
Como
quieras –desvié la mirada y sin querer, me fije en un bulto
creciente en sus pantalones–. Dios…
–murmuré mientras se me escapaba todo el oxigeno de los pulmones.
¿Cómo podía estar una persona tan llena de
vida a esas horas de la madrugada?
-
¿Qué?
–me miró y sonrió con perverción–. Ah, ya, estos pantalones
me quedan de muerte ¿no crees, estrellita 32?
La sola mención de mi estúpida nota, me
hizo enfurecer y me levanté siseando y apuntándolo con un dedo acusador.
-
Si
no me hubieras besado, no habría pasado todo el maldito fin de
semana pensando en por que diablos lo hizo.
Soltó una carcajada profunda que el búho
acompaño dentro de mi cabeza murmurando esa extraña profecía. Con una mano
fuerte y veloz me tumbó sobre el selo y luego él, mirando que nadie lo viera,
se sentó a horcajadas sobre mí sin llegar a apresarme. Osea, que podría haber
escapado sin problemas. Cosa que no hice y me sorprendió a mí misma.
-
Dime
que quieres que haga y lo haré, pero antes tienes que responder
a una simple pregunta ¿Te gustó ese simple beso? –negué hastiada con la cabeza
y sus ojos brillaron burlones–. Entonces, tus deseos son ordenes para mí –y me
besó con rudeza.
Primero jugo
con mi boca, usándola a su merced, succionando mi lengua como se de un caramelo
se tratara, mordiendo y lamiendo mi labio inferior, moviéndose sobre mi como si
se encontrara en periodo de celo ¿era alguna clase de animal bajo la influencia
de la Luna? No, era imposible, pues los animales no besaban de esa forma tan
pecaminosa, eso solo lo hacían los demonios. Un demonio de los peores. Un
cabrón de primera muy inteligente.
Al notar el
rocé de sus manos sobre la fina piel de mis muslos, me tensé y empecé a
empujarlo, mientras intentaba respirar y que esa endiablada mano dejara de
manosearme. Cuando volviera a casa, me iba a tener que dar una ducha de agua
ardiente para borrar su aroma de mi piel, y luego, una de agua fría para calmar
el ardor que se había instalado en las zonas que tocaba.
No pude evitar
soltar un gemido entrecortado al notar su masculinidad contra mi vientre. Estaba
más duro de lo que había imaginado… acero recubierto de seda, así me lo imaginaba.
Se levantó triunfante tras haberme sonsacado ese sonido guturral y me miró con
ojos apasionados. Tras darme un juguetón beso en la mejilla, se despidió de mi
con un “Hasta luego, mi concubina”, y se marcho corriendo en sentido contrario
por el que había acudido.
Me desperté
con un cabreo monumental y salí de casa sintiéndome igual o peor, pues le había
acabado gritando a Lucius y ahora pasaba olímpicamete de Kira, que se había
despertado mimosa.
En la calle,
miré distraidamente a toda la gente que empezaba a reunirse y maldecí mi suerte.
Podía haber dormido hasta las siete –me había quedado despierta hasta las cuatro–,
pero estaba, otra vez, castigada. O Dimitri me odiaba, o le encantaba castigar
a la gente… Solté un jadeo ¡Ni que fuera sádico!
El día paso
demasiado rápido para mí gusto. Primero matemáticas, en el cual hicimos un
examen; después latín, hicimos vocabulario nuevo; después ingles, donde
empezamos una unidad nueva y casi me dormí. Elisa y yo cantamos la canción de
adolescence un par de veces y Dimitri pasaba cada tres por dos, acompañado de
otros profesores. En clase de música me obligó a cantar Qué no puede ser, de Natalia. A quinta hora tuvimos italiano y
practicamos, ya que se acercaba el examen final. A última hora hice educación
física y la hora paso volando porque hicimos circuitos de juegos y el profesor
Rängnorf nos dejo
ir a nuestro aire. Como si no hacías nada, estaba demasiado distraído cotilleando
y descubriendo como funcionaba su nuevo móvil.
Cuando salí del vestidor, recién duchada
y vestida con los shorts vaqueros y una camiseta en la que había escrito Muerdeme con letras góticas; encontré
una nota sobre la mochila. En ella solo había una simple frase, pero me obligue
a tragar un grito <<Hasta esta noche>>
Suspiré y maldije por mis adentros, el
día aún no había echo más que empezar y encima, el cielo estaba encapotada de nubes
negras que amenazaban con tormenta.
En el mismo momento que pise la
carretera empezó a llover y solté un grito de indignación que fue ocultado
detrás de un trueno ¡Lo que me faltaba! Empecé a correr mientras la lluvia
golpeaba contra mi cuerpo con furia y los truenos resonaban en el aire.
Las calles se habían vaciado con una
velocidad asombrosa y solo quedaban algunas personas escondidas bajo balcones, esperando
que se detuviera un taxi o que alguien fuera en su busca, o un fino e indefenso
paraguas protegiendo a dos personas.
<<Mierda –la lluvia
empezaba a caer con más fuerza sobre mí>>
Me detuve dispuesta a coger un taxi,
pero los minutos fueron pasando y ninguno se detuvo. Hastiada, estornudé y
volví a emprender la marcha mientras me frotaba la nariz, como odiaba las
tormentas de verano… Justo en ese momento, unos faros me cegaron y un jaguar
negro se detuvo a escasos centímetros de donde me encontraba yo. La puerta se
abrió y por una vez me alegré de ver a la persona que esperaba dentro.
Entré y sonreí un poco aliviada mientras
cogía una toalla para secarme, y el coche volvió a ponerse en marcha. El lugar
en el que me encontraba era cálido y acogedor, al igual que el dueño, y me
sorprendió ver que tenía colgado un atrapasueños en el retrovisor.
-
Gracias,
profesor.
Me miró y volvió a negar como en la
mañana, mientras volví a a clavar la mirada en la carretera. Él quería que lo
llamara por su nombre, pero me iba a costar mucho hacerlo, pues aún no disponía
de la confianza necesaria.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra
el cristal, mirando con pena los animales de la calle que maldecían a la lluvia
y a sus dueños por no ir a buscarlos.
Diez minutos mas tarde Dimitri se detubv
delante de la puerta de mi apartamento y mientras salía lo vi estudiarme
atentamente, me miré y por suerte, vi que la camiseta no se transparentaba. Entonces
me di cuenta de lo maleducada que había sido y lo invité a que subiera conmigo
a tomar un café. Aceptó encantado y me acompaño, mirándome atentamente,
controlando todos mis movimientos para saber como comportarse conmigo.
Cuando llegamos a mi apartamento, me
sorprendió ver que Lucius no estaba, en su lugar había un silencio acogedor. Le
indique a Dimitri donde estaba la cocina y mientras él cotilleaba todo lo que
encontraba por su camino, yo fui a ver a Kira que dormía en mi cama. Le
acaricié la cabeza y soltó un ronroneo mientras la sostenía en brazos. Por la
forma en la que se comportaba, parecía ser que ya se había olvidado de la
discusión de la mañana.
Entré en la cocina acariciándole la
cabeza y vi, con asombro, que sobre la mesa había dos vasos llenos de café. El
mío negro como la noche y el suyo con mucha leche. Le agradecí el detalle y me
lo tomé a sorbitos sin dejar de acariciar a mi pequeña, dándole todos los mimos
que no había recibido por la mañana.
-
Bonita
gata –sonrió y le acarició una oreja, haciendo que me clavara
las zarpas de puro gozo– ¿Cómo se llama esta cosita hermosa?
-
Kira…
–sonreí y la dejé sobre mi regazo– Es mi joya, lo que más
quiero en este mundo a parte de Lucius.
-
¿Lucius?
Ah, tu hermano –sonrió tras ese comentario como si le estuvieran
contando una broma privada y me sorprendió ver la calidez que había aportado
esa acción a su rostro.
Entonces el silenció se apoderó de la
estancia, pero fue un silencio que ninguno de los dos quiso romper, porque en el
fondo, era muy agradable poder estar con alguien sin tener que buscar temas de
conversación, y más si no teníamos nada en común.
Tras tomarnos el café, sintiéndome observada
durante todo el tiempo, me ayudo a limpiar lo que había usado y lo acompañe a
la puerta ya que se tenía que ir a corregir unos trabajos. Se despidió de mí
con un apretón firme de mano y salió por la puerta cerrándola detrás de su
espalda.
Desde el otro lado de la puerta lo oí gritar
que nos íbamos a ver dentro de tres horas y sus pasos alejándose fueron lo último
que escuche.
Cuando el hubo desaparecido de mi
rellano –lo confirmé mirando por la mirilla–, me pegue a la puerta y solté un
trémulo suspiro ¿Qué había sido todo eso? ¿Un hombre podía ser tan mimoso
cuando estaba con animales? ¡Pero si pensaba que era un sádico que odiaba toda
clase de vida!
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