Capítulo
3
Estaba
perdida.
Eran las siete de la mañana y me
desperté frotándome los ojos dolorida. Tras pasar un fin de semana de perros,
no estaba de buen humor para encontrarme con nadie, y menos con el causante de
que hubiera descansado tan mal. Peresosamente me puse las pantuflas soltando un
suspiro y busque el armario a tientas mientras seguía frotándome los ojos.
De su interior, saque un vestido verde
con volantes que deje nuevamente en el armario porque era demasiado corto, muy
atrevido con ese escote en “v” que descendía hasta dejar a la vista la curva de
mis pechos. Al final cogí unos vaqueros azules, una camiseta de tirantes roja y
una chaqueta de cuero al estilo motorista –agarrando la zona del pecho–. A todo
el conjunto le añadí unas sandalias de tiras blancas y un cordel rojo pasión,
que me até en el cuello a modo de gargantilla.
Al mirarme en el espejo sonreí, tenía un
aspecto explosivo pero recatado, como diciendo <<Te me puedes
acercar que no muerdo, pero si muerdes tu, me las piro>>
Salí de la habitación haciendo memoria
de lo que me había aprendido y tras cerrar la puerta, me pareció oír el “crak,
crak” de unas ramas al ser aplastadas por un peso pesado. Miré por la ventana,
antes de irme a la cocina sin hacer ruido, en el exterior no había nadie. Al
asomarme por el marco de la puerta, vi a Lucius, sentado cerca de la ventana,
tomando un café, la mesa puesta con un apetitoso desayuno vasado en tostadas
doradas, mermelada, leche o café y fruta cortada; y Kira estaba sobre la mesa
bebiendo leche de mi vaso. Mis carcajadas rebolotearon por toda la cocina y
ambos, hermano y gata, me miraron sin
entender nada. Para quitarle importancia, los salude con un hola perezoso y
arrastré una silla, haciendo que esta gimiera contra el viejo suelo de mármol.
Agarré una tostada untada con mantequilla y le di un mordisco sintiéndome
culpable por estar echando a perder la dieta tan estricta a la que me había
sometido –mi peso solo se pasaba unos gramitos de lo que la gente normal
llamaría “pedo ideal”– pero al saborear la saladez de la margarina, me relamí
el labio inferior y ese gesto me recordó a la calidez de la boca de Dimitri.
Una calidez cruel pero muy, muy dulce.
¡Lo que me faltaba! Un escalofrío volvió
a recorrerme el cuerpo y se me quedo anclado en las entrañas. Solté un gemido
casi inaudible y me tapé la boca sintiéndome culpable. Lucius no apartó la mira
de la ventana en ningún momento, por tanto, no se dio cuenta de lo que estaba
pasando en mi cuerpo; Kira si se percató.
Me miró con sus amarillentos ojos, con
las pupilas dilatadas y maullo mirando a Lucius para ver si lo sacaba de su
ensoñación, pero este siguió mirando fijamente el exterior, con el rostro
contraído en una mueca, como si estuviera meditando algo muy importante.
<<A ti te pasa algo –ronroneo casi enfadada Kira,
mientras se relamía los bigotes. Su mirar escrupuloso me hizo rabiar>>
<<No, y mejor deja de beber la leche de mi vaso, si
quieres uno te lo pongo –la miré desafiante –cuando todo se calme, y si es necesario, te contare lo que pasa por mi
loca cabeza>>
Kira bajó de la mesa con el pelo del
lomo erizado y soltando bufidos que claramente significaban que me fuera al
infierno. Solté un suspiro frustrada y me froté los ojos, haciendo un esfuerzo
enorme para no estallar un puño contra la frágil mesa de cristal.
-
Otra
vez no, por favor –me levanté de la mesa notando como se me
desvanecía el apetito. Lucius, por fin se digno a mirarme y tuve que forzar una
sonrisa, pues como había estado en su mundo durante toda la discusión entre
Kira y yo, no se había enterado de lo que estaba pasando–. Kira –dije sin más,
como si fuera algo de toda la vida– se ha vuelto a enfadar conmigo, y esta vez
solo porque no he dejado que bebiera de mi vaso –desvié la mirada para ver la
hora en el reloj de péndulo de la cocina. La pálida madera del reloj resaltaba
contra las paredes color verde de la cocina–. Mierda. Tengo que irme.
Me levanté de la silla y Lucius conmigo.
-
¿Tan
temprano? –preguntó sorprendido y por primera vez, desde que
estábamos los dos en la cocina, lo vi estudiar mi atuendo. Levantó una ceja un
poco perturvado.
-
Aja,
–murmuré mientras me metía otro trozo de tostada en la boca–
tengo que ir a ayudar al profesor de biología a organizar la clase para el
examen.
Miré toda la comida que había delante de
mí y me maldecí por no poder llevarme nada pesado, solo una simple pieza de
fruta. Ese día iba a coger una manzana gold.
-
¿Tu
sola? Espera… ¿Examen? Yo últimamente no te he visto estudiar,
has andado todo el fin de semana con la cabeza en las nubes.
-
No
estaba en las nubes, –murmuré, notando como un leve rubor nacía
en mis mejillas– además, es un tema sobre la evolución de las especies en el
mundo. Ya sabes, algo básico para mi carrera. Papá me lo enseñó todo cuando
solo tenía 7 años y dos semanas más tarde, me sabía el tema de memoria.
Mi hermano no dijo nada y dio la
conversión por finalizada cuando se giró en redondo y clavo la mirada en la
ventana. Tras eso, abandone la cocina casi corriendo y cuando pasé cerca de
Kira, me hizo una mala cara, y le susurré que me perdonara, que se lo iba a
contar todo cuando volviera a casa. No me respondió, pero sus ojos brillaron
llenos de felicidad porque, al final, había decidido confiar en ella. Miré el
reloj una última vez antes de salir. Llegaba tarde. Otra vez.
Tres
pasos. Me encontraba a tres pasos de la puerta del laboratorio y ya estaba
temblando como un flan. Tenía mucho miedo, porque, la última vez que había
llegado a un castigo de Dimitri, este me había amenazado. No una amenaza de
volver a castigarme, sino de no salir del aula con la ropa puesta.
Todas las luces estaban apagadas, todas
excepto las del laboratorio y desde dentro, era capaz de escuchar una canción
lenta y una voz masculina que se elevaba, haciendo que mi corazón temblara
lleno de ternura. Era una voz cargada de dolor, y una soledad que nunca se
había dejado ver por nadie. Como si fuera el íntimo secreto que compartían unos
amantes.
Me acerque los tres últimos pasos que me
faltaban y apoye la mano sobre la puerta, sin llegar a golpearla. Trague saliva
dolorosamente y me plantee apartar la mano e irme dejando una nota sobre la
mesa de su despacho; pero entonces, la música se detuvo y todo fue silencio,
salvo por el desbocado ritmo de mi corazón, que transportaba la sangre
velozmente hasta mis mejillas. Ya no había escapatoria, me habían descubierto.
-
¿Vas
a entrar, o cumpliras tu castigo fuera? –la voz de Dimitri llegó
a mis oídos con fuerza y caí en la cuenta, de que era él el que había estado
cantando antes de mi interrupción. Realmente era un ángel. Un ángel de alas
negras.
Abrí la puerta cuidadosamente, entre en
la clase y el aire se me atascó en la garganta, pues tuve que hacer un gran
esfuerzo para no estallar en carcajadas allí mismo. Dimitri se alzaba delante
de mí, vestido con una camisa azul medianoche, pantalones negros de pinza alta
y una chaqueta de traje colgada en el hombro. En el pecho lucía una enorme rosa
blanca que se empezaba a marchitar y la mancha de un beso de carmín en el
cuello de la camisa. Al verla, entrecerré los ojos y aparté la mirada, de
repente todo mi ser se incendió y estallé de rabia.
-
¿Qué?
–me miró de arriba a bajo y sonrió. Luego se miró a él mismo
y esbozó una mueca– Lo se, hago el
ridículo, pero acabo de llegar de una boda.
-
¿La
tuya? –pregunté desafiaste, aún sabiendo la respuesta.
-
Por
supuesto que no Estrellita, la de una amiga de la infancia; y para
aclarar las cosas, yo no estoy dispuesto a atarme a una mujer –me miró
seductoramente y sonrió–. Pero podría hacer una excepción, si querías saberlo
–cada tres por dos, alguno de los dos, desafiaba al otro, y Dimitri lo acababa
de hacer da la forma más vil y rastrera.
Sus labios se curvaron perversamente al
verme sonrojada y me quede anclada a ellos; recordaba con vivez su sabor, su
suavidad, la plenitud que había albergado al sentirlos sobre los míos…
No me percaté de que mi mente había
despegado de la tierra, hasta que noté algo humedo rozarme la comisura de los
labios. Pegué un salto y lo vi… mejor dicho, “la vi”. Sonrió y con picardía, mientras
ocultaba la lengua en la cavidad bucal, susurró:
-
Sabía
que ibas a reaccionar así –se me acercó un poco más y me atrapó.
En un segundo estuve atrapada entre la puerta y su asombroso cuerpo que me
empezaba a volver loca, filtrandose y perturbando mis sueños–. Miraté
Estrellita, estas ardiente y condenadamente sexy así vestida, con la camiseta
un poco bajada y ceñida a tu cuerpo al igual que los vaqueros; y ahora que te
veo temblar mientras mis manos recorren tu cuerpo –poso una mano sobre mis
caderas y la otra rozandome el cuello– lo que más deseo es tumbarte sobre este
horrible suelo, quitarte esta inútil camiseta y besarte hasta que me ruegues
clemencia para entonces, follarte como nadie lo ha hecho nunca. Pero creo que
mejor guardar estos deseos –me beso la oreja– y esperar a que tú quieras
proporcionarme este placer algún día.
Empecé a temblar y Dimitri me soltó.
-
Para
empezar tu castigo, necesito que dispongas la clase para el examen.
Cuando hayas acabado el examen, te lo corregiré y tendrás que quedarte en clase
hasta que te diga la nota. Recuerda nuestro trato –del bolsillo sacó el papel
que ambos habíamos firmado y lo balanceó alegremente–. Suspendes, gano.
Apruebas, pierdo.
Trague saliva disimuladamente,
intentando contener el rubor que quería extenderse por mis mejillas y el gemido
entrecortado que quería nacer en mí, por el solo echo de imaginar a Dimitri,
follandome como nadie lo había echo nunca. Chasque un dedo delante de mis ojos
y me tendió una lista con la distribución de las mesas y los alumnos.
<<Mierda –pensé echandole un vistazo a la lista– me tiene en su punto de mira…>>
Empecé a mover las mesas, mientras
empezaba a taradear la canción de Adolescence, todo porque me sentía nerviosa
bajo el escrupuloso mirar de Dimitri.
Mesa por aquí, mesa por allí, mesa un
poco más para allá… Luego el nombre de un alumno aquí, uno allí y otro un poco
más lejos. Mientras movía las mesas resoplando, Dimitri se sentó en su mesa,
volvió a encender el reproductor y empezó a sonar una melodía que me era
completamente desconocida. Abrió la boca y pensando que iba a decir otra de sus
asquerosidades machistas, me tapé los oídos para poco después, destaparmelos y
quedar ensimismada por la belleza de su voz y las palabras que cantaba.
-
Le monde est en feu,
/ je ne peux donc pas vous avoir, / parce que je veux que tu sois
à moi, / mais le ciel nous tombe sur mes épaules. / Je me noie dans la solitude, / par
le désir de posséder, / et mourir sans votre
corps.
Embriagada me paré y lo miré con los
ojos llenos de ternura. Era la primera vez que oía eso, pero me había parecido
tierno y encantador. Mi curiosidad lo destruyo todo.
-
Profesor…
–cuando hubo acabado, me miró y volvió a recorrer con
los ojos mi cuerpo– ¿Qué acaba de cantar y en que idioma?
-
Te
he cantado una balada francesa del siglo XVIII, mon lione1. Significa:
el mundo está en llamas,/ por eso no puedo tenerte, / porque yo quiero que seas
mía, / pero el cielo está cayendo sobre mis hombros./ Me estoy ahogando en la
soledad,/ por el deseo de poseerte,/ y muero sin tu cuerpo –en la última
estrofa sonrió y sus ojor refulgieron–. Te la dedico; en especial la segunda
estrofa.
Desvié la mirada y esa vez, el rubor
inundó mis mejillas, reacción que hizo que Dimitri conteniera una risa aguda y
lacerante. Para que parara, lo miré con ojos llenos de ira y al final clavé los
ojos en el reloj, pasando literalmente de él. Faltaban seis minutos para que
empezara el examen.
Entregué
el examen casi en blanco… Solo había sabido responder la primera pregunta, que
era sobre los principios de la evolución y la cuarta, esmentar a Charls Darwin,
que había echo de gran importancia para la ciencia y el año en que ocurrió eso.
Dimitri, al ver mi examen, frunció el
entrecejo haciendo que en el apareciera una pequeña arruguita que desee borrar
con un beso –sacudí la cabeza asqueada–; y en la boca que había causado que no
estudiara, se dibujo una sonrisa vencedora. En un minuto supe mi nota: 33
puntos sobre cien. Dos puntos… Solo me habían faltado dos puntos para ganar el
trato y lograr que me dejara en paz.
-
Señorita
Marroway, cuando todos los alumnos acaben, quiero que
se quede en clase, yo avisaré a la señorita Jacelyn que llegará tarde.
-
Como
usted diga, profesor.
Cuando salieron todos, Dimitri cerró la
puerta y me miró mientras se desabrochaba un botón de la camisa y sonreía con
lujuria. Todo él estaba
duro, lo podía notar con solo bajar la vista un poco por sus pantalones, su miembro
estaba listo y firmemente pegado a los pantalones. Preparado para atacar a una
presa, y esa presa era yo. Se lamió los labios como si supiera que le miraba
esa zona y con lengua bípeda empezó a hablar.
-
33
puntos Estrellita, has perdido, y nuestra apuesta decía que ibas
a salir conmigo en una cita.
-
Lo
prometido es deuda –murmuré sintiéndome asqueada– dime donde
y cuando.
-
Mañana
por la noche, sobre las nueve te pasaré a buscar. Ponte algo
adorable y sexy, como tú sabes hacer, pero no te pases, no quiero tener que
matar a los hombres con los que nos podamos encontrar. De todo lo demás, me
encargo yo.
Baje la cabeza resignada y me miré las
manos mientras esperaba que siguiera hablando, pero él mantuvo silencio. Me di
la vuelta dispuesta a marcharme, cuando de repente la penetrante voz de Dimitri
llegó de nuevo a mis oídos, dándome una orden clara y precisa:
-
A
partir de hoy quiero que dejes de llamarme “profesor” y me llames
por mi nombre. No soy un viejo y tu no eres una chica inocente –enrojecí. Él no
sabía cuanto de inocente era realmente.
Tardé unos segundos en reaccionar, pues
me había quedado de piedra, pensando como librarme de esa embarazosa situación.
Al final, y tras meditarlo mucho, solté sintiéndome extraña:
-
Dimitri…
Pasaron las horas volando y antes de que
me dirá tiempo a reaccionar, me encontraba volviendo a casa, maldiciendome por
mandar mi vida a la mierda, solo por una estúpida apuesta, por una estúpida
apuesta que había perdido por un estúpido beso que me había mantenido todo el
tiempo en un infierno de culpabilidad. ¡Ni que nunca me hubieran besado antes!
Lo habían echo un par de veces, siempre besos cortos y consentidos, como si se
tratara de un juego, pero nunca había sido uno robado y con tanta intensidad.
Solo me había ocurrido una vez, hacía muchos años, pero no le había dado mucha
importancia ¿¡Por qué el suyo había sido distinto?!
Otra vez en mi mundo, noté que me
empezaba a vibrar el móvil y bajando de las nubes, vi que “el grupi” como nos
habíamos apodado, empezaba con los whatsapps.
Elisabeth
15:20 << ¿Dónde estas? Quiero que me lo cuentes
todo. >>
Luck
15:20 <<Con eso de “todo”, nos referimos a todo
¡incluso los secretos más oscuros!>>
Alexia
15:21 <<Estoy de camino a casa y estoy planeando
pasarme por tu casa Elisa, para pedirle a tu padre que me deje uno de sus
cuchillos. Dudo entre el degollador y el que corta sushi ¿Qué opinais? ¿Dónde
estais vosotros?>>
Elisabet
15:22 << ¿Mi padre? ¿Un cuchillo? Creo que el
mejor es el de cortar suchi. Pero eso ahora no importa, algo grave tiene que
haber ocurrido para que me vengas con esto. Luck y yo estamos donde siempre,
con los de siempre, comiendo lo de siempre>>
Alexia
15:23 <<¿Una bola de helado de coco y una de
chocolate con menta, en la Cafetería Wings, en la mesa que hay al fondo de
todo, con Luck, Raquel y Ink?>>
Luck
15:23 <<¡Bingo!>>
Sonreí y me permití relajar durante unos
segundos, intentando no pensar en lo que podía ocurrir la próxima noche. Pasé
por un callejón cerca de una librería que me encantaba, y por un momento, pensé
en entrar para distraerme pero entró otro whatsapp.
Luck
15:26 <<Ven y charlamos un rato>>
Elisabet 15:26 <<Plis, plis, plis ¡plis!>>
No pude evitar tener que recostarme
contra la pared para no caer de bruces contra el suelo por el ataque repentino
de risa que me pego. Una lágrima se me escapó, pero esa vez fue por estar a
punto de ahogarme en mi propia carcajada. Elisa y sus ataques de suplica, eran
algo digno de recordar toda la eternidad.
Alexia
15:28 <<O.K. Ahora vengo>>
Raquel
15:29 <<La perseverancia ante todo>>
Ink
15:19 <<Tu lo has dicho tía, te estamos
esperando gatita>>
Alexia
15:30 <<¡Que ahora vengo, pesados! Y deja de llamarme
“gatita” Ink, o lo último que veras serán mis puños y luego tendrás pesadillas
con ellos>>
Tras la amenaza, apague el whatsapp y
deje el móvil en el fondo del bolso. Olvidado. Solo. Perdido en las
profundidades de un abismo oscuro.
Fue
una tarde tranquila, sin contratiempos ni malos pensamientos. Solo eramos un
grupo de cinco jóvenes, pasándoselo bien una tarde después de estudiar “mucho”.
Elisa y Luck estuvieron acaramelados durante toda la cita, haciéndose
carantoñas y mimos, ya fuera con las manos, los pies e incluso la nariz. Raquel
e Ink, ambos de pelo rubio, piel pálida pecosa e imponentes ojos azules,
intentaron hacerme reir, porque decían que estaba demasiado seria, y como
adoraban La que se Avecina, pues no
se les ocurría otra cosa que imitar al Recio diciendo “nos minas la moral”;
acabé escupiendo el helado y ahogandome con un pequeño trozo de chocolate que
se había quedado a mitad de camino.
-
¡Miradla!
–gritó Raquel, haciendo que todos los de café nos miraran–.
Esta chica… –Ink le tapó la boca y la
miró claramente divertido y un poco cabreado.
-
¡Os
dice hola a todos!
El bar estalló y se llenó de carcajadas
y risitas. Después la gente empezó a tocer a causa de la falta del aire y los
camareros se quedaron literalmente flipando. Una de las camareras, la que
estaba más cerca de nosotros, dejo caer la bandeja que llevaba en la mano
mientras le daba un ataque de risa.
-
En
serio, chicos –empecé a tartamudear mientras recuperaba un poco
la compostura, un día acabaría muriendo por su culpa– tenéis que formar una
parejita y empezar a salir, ¡sois la pareja perfecta!
Se miraron haciendo una mueca mientras
se estudiaban y todos en la mesa acabamos llorando de risa. Pero fui la única
que se dio cuenta de que el rostro de Raquel había enrojecido ferozmente y se
mordía el labio, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Miraba a Ink
disimuladamente y luego se miraba a ella, como si se percatara de que la miraba.
Oh, oh, eso no pintaba bien.
Cuando salimos del café, dos horas más
tarde, Raquel se fue despidiendo de todos con un abrazo y dos besos como solía
hacer siempre, y cuando llego a mí, vi que sus ojos estaban enrojecidos. La tomé
de la mano antes de que se marchara, y la aparté del grupo para poder hablar
con ella a solas un momento.
-
Preciosa,
¿estas bien? –la miré y vi que negaba con la cabeza. Parecía
una adolescente enamorada, y eso me hizo pensar– ¿Es por el comentario de antes?
–asintió y al verla tan desolada, me sentí mal conmigo misma y le di un fuerte
abrazo–. Lo siento, pero es la verdad, hacéis una pareja estupenda, y solo
quiero verte con alguien con el que puedas estar bien, feliz y enamorada, no
como cuando estabas con ese cabrón.
-
Lo
se –murmuró contra mi pecho, pues esa más pequeña que yo–
yo quiero lo mismo para ti, y te confieso, que me ha gustado el comentario que
has dicho antes. Pero no se lo digas a nade– se separó de mí lentamente y antes
de que se fuera oí como decia–: Te quiero.
Estuve mirando como se iba hasta que
giró en una calle y la perdí de vista. Ella aún no lo sabía, pero estaba casi segura de que se había
enamorado de Ink. No me extrañaba, pues ambos eran hermosos, compartían el
vicio de hacer bromas para que la otra gente riera y los dos, habían sufrido un
desamos doloroso. Se merecían lo mejor. Y lo mejor para ellos era estar juntos.
Mon lione1. Del frances <<mi leona>>
*_* Me encanta, y que cuquis Raquel e Ink :D En serio, muy bueno, sigue plis :))
ResponderEliminarSeguiré, seguiré, no temas. Si, yo también creo que son muy cuquis, por eso tendré que dedicar un capítulo especial para ellos. No te fallaré! Besitos :3
Eliminar