viernes, 4 de octubre de 2013

Capítulo 3

Capítulo 3











Estaba perdida.

Eran las siete de la mañana y me desperté frotándome los ojos dolorida. Tras pasar un fin de semana de perros, no estaba de buen humor para encontrarme con nadie, y menos con el causante de que hubiera descansado tan mal. Peresosamente me puse las pantuflas soltando un suspiro y busque el armario a tientas mientras seguía frotándome los ojos.

De su interior, saque un vestido verde con volantes que deje nuevamente en el armario porque era demasiado corto, muy atrevido con ese escote en “v” que descendía hasta dejar a la vista la curva de mis pechos. Al final cogí unos vaqueros azules, una camiseta de tirantes roja y una chaqueta de cuero al estilo motorista –agarrando la zona del pecho–. A todo el conjunto le añadí unas sandalias de tiras blancas y un cordel rojo pasión, que me até en el cuello a modo de gargantilla.

Al mirarme en el espejo sonreí, tenía un aspecto explosivo pero recatado, como diciendo <<Te me puedes acercar que no muerdo, pero si muerdes tu, me las piro>>

Salí de la habitación haciendo memoria de lo que me había aprendido y tras cerrar la puerta, me pareció oír el “crak, crak” de unas ramas al ser aplastadas por un peso pesado. Miré por la ventana, antes de irme a la cocina sin hacer ruido, en el exterior no había nadie. Al asomarme por el marco de la puerta, vi a Lucius, sentado cerca de la ventana, tomando un café, la mesa puesta con un apetitoso desayuno vasado en tostadas doradas, mermelada, leche o café y fruta cortada; y Kira estaba sobre la mesa bebiendo leche de mi vaso. Mis carcajadas rebolotearon por toda la cocina y ambos,  hermano y gata, me miraron sin entender nada. Para quitarle importancia, los salude con un hola perezoso y arrastré una silla, haciendo que esta gimiera contra el viejo suelo de mármol. Agarré una tostada untada con mantequilla y le di un mordisco sintiéndome culpable por estar echando a perder la dieta tan estricta a la que me había sometido –mi peso solo se pasaba unos gramitos de lo que la gente normal llamaría “pedo ideal”– pero al saborear la saladez de la margarina, me relamí el labio inferior y ese gesto me recordó a la calidez de la boca de Dimitri. Una calidez cruel pero muy, muy dulce.



¡Lo que me faltaba! Un escalofrío volvió a recorrerme el cuerpo y se me quedo anclado en las entrañas. Solté un gemido casi inaudible y me tapé la boca sintiéndome culpable. Lucius no apartó la mira de la ventana en ningún momento, por tanto, no se dio cuenta de lo que estaba pasando en mi cuerpo; Kira si se percató.

Me miró con sus amarillentos ojos, con las pupilas dilatadas y maullo mirando a Lucius para ver si lo sacaba de su ensoñación, pero este siguió mirando fijamente el exterior, con el rostro contraído en una mueca, como si estuviera meditando algo muy importante.

<<A ti te pasa algo –ronroneo casi enfadada Kira, mientras se relamía los bigotes. Su mirar escrupuloso me hizo rabiar>>

<<No, y mejor deja de beber la leche de mi vaso, si quieres uno te lo pongo –la miré desafiante –cuando todo se calme, y si es necesario, te contare lo que pasa por mi loca cabeza>>

Kira bajó de la mesa con el pelo del lomo erizado y soltando bufidos que claramente significaban que me fuera al infierno. Solté un suspiro frustrada y me froté los ojos, haciendo un esfuerzo enorme para no estallar un puño contra la frágil mesa de cristal.

-        Otra vez no, por favor –me levanté de la mesa notando como se me desvanecía el apetito. Lucius, por fin se digno a mirarme y tuve que forzar una sonrisa, pues como había estado en su mundo durante toda la discusión entre Kira y yo, no se había enterado de lo que estaba pasando–. Kira –dije sin más, como si fuera algo de toda la vida– se ha vuelto a enfadar conmigo, y esta vez solo porque no he dejado que bebiera de mi vaso –desvié la mirada para ver la hora en el reloj de péndulo de la cocina. La pálida madera del reloj resaltaba contra las paredes color verde de la cocina–. Mierda. Tengo que irme.

Me levanté de la silla y Lucius conmigo.

-        ¿Tan temprano? –preguntó sorprendido y por primera vez, desde  que estábamos los dos en la cocina, lo vi estudiar mi atuendo. Levantó una ceja un poco perturvado.

-        Aja, –murmuré mientras me metía otro trozo de tostada en la boca– tengo que ir a ayudar al profesor de biología a organizar la clase para el examen.

Miré toda la comida que había delante de mí y me maldecí por no poder llevarme nada pesado, solo una simple pieza de fruta. Ese día iba a coger una manzana gold.

-        ¿Tu sola? Espera… ¿Examen? Yo últimamente no te he visto estudiar, has andado todo el fin de semana con la cabeza en las nubes.

-        No estaba en las nubes, –murmuré, notando como un leve rubor nacía en mis mejillas– además, es un tema sobre la evolución de las especies en el mundo. Ya sabes, algo básico para mi carrera. Papá me lo enseñó todo cuando solo tenía 7 años y dos semanas más tarde, me sabía el tema de memoria.

Mi hermano no dijo nada y dio la conversión por finalizada cuando se giró en redondo y clavo la mirada en la ventana. Tras eso, abandone la cocina casi corriendo y cuando pasé cerca de Kira, me hizo una mala cara, y le susurré que me perdonara, que se lo iba a contar todo cuando volviera a casa. No me respondió, pero sus ojos brillaron llenos de felicidad porque, al final, había decidido confiar en ella. Miré el reloj una última vez antes de salir. Llegaba tarde. Otra vez.

 

 

Tres pasos. Me encontraba a tres pasos de la puerta del laboratorio y ya estaba temblando como un flan. Tenía mucho miedo, porque, la última vez que había llegado a un castigo de Dimitri, este me había amenazado. No una amenaza de volver a castigarme, sino de no salir del aula con la ropa puesta.

Todas las luces estaban apagadas, todas excepto las del laboratorio y desde dentro, era capaz de escuchar una canción lenta y una voz masculina que se elevaba, haciendo que mi corazón temblara lleno de ternura. Era una voz cargada de dolor, y una soledad que nunca se había dejado ver por nadie. Como si fuera el íntimo secreto que compartían unos amantes.

Me acerque los tres últimos pasos que me faltaban y apoye la mano sobre la puerta, sin llegar a golpearla. Trague saliva dolorosamente y me plantee apartar la mano e irme dejando una nota sobre la mesa de su despacho; pero entonces, la música se detuvo y todo fue silencio, salvo por el desbocado ritmo de mi corazón, que transportaba la sangre velozmente hasta mis mejillas. Ya no había escapatoria, me habían descubierto.

-        ¿Vas a entrar, o cumpliras tu castigo fuera? –la voz de Dimitri llegó a mis oídos con fuerza y caí en la cuenta, de que era él el que había estado cantando antes de mi interrupción. Realmente era un ángel. Un ángel de alas negras.

Abrí la puerta cuidadosamente, entre en la clase y el aire se me atascó en la garganta, pues tuve que hacer un gran esfuerzo para no estallar en carcajadas allí mismo. Dimitri se alzaba delante de mí, vestido con una camisa azul medianoche, pantalones negros de pinza alta y una chaqueta de traje colgada en el hombro. En el pecho lucía una enorme rosa blanca que se empezaba a marchitar y la mancha de un beso de carmín en el cuello de la camisa. Al verla, entrecerré los ojos y aparté la mirada, de repente todo mi ser se incendió y estallé de rabia.

-        ¿Qué? –me miró de arriba a bajo y sonrió. Luego se miró a él mismo y esbozó una mueca– Lo se, hago  el ridículo, pero acabo de llegar de una boda.

-        ¿La tuya? –pregunté desafiaste, aún sabiendo la respuesta.

-        Por supuesto que no Estrellita, la de una amiga de la infancia; y para aclarar las cosas, yo no estoy dispuesto a atarme a una mujer –me miró seductoramente y sonrió–. Pero podría hacer una excepción, si querías saberlo –cada tres por dos, alguno de los dos, desafiaba al otro, y Dimitri lo acababa de hacer da la forma más vil y rastrera.

Sus labios se curvaron perversamente al verme sonrojada y me quede anclada a ellos; recordaba con vivez su sabor, su suavidad, la plenitud que había albergado al sentirlos sobre los míos…

No me percaté de que mi mente había despegado de la tierra, hasta que noté algo humedo rozarme la comisura de los labios. Pegué un salto y lo vi… mejor dicho, “la vi”. Sonrió y con picardía, mientras ocultaba la lengua en la cavidad bucal, susurró:

-        Sabía que ibas a reaccionar así –se me acercó un poco más y me atrapó. En un segundo estuve atrapada entre la puerta y su asombroso cuerpo que me empezaba a volver loca, filtrandose y perturbando mis sueños–. Miraté Estrellita, estas ardiente y condenadamente sexy así vestida, con la camiseta un poco bajada y ceñida a tu cuerpo al igual que los vaqueros; y ahora que te veo temblar mientras mis manos recorren tu cuerpo –poso una mano sobre mis caderas y la otra rozandome el cuello– lo que más deseo es tumbarte sobre este horrible suelo, quitarte esta inútil camiseta y besarte hasta que me ruegues clemencia para entonces, follarte como nadie lo ha hecho nunca. Pero creo que mejor guardar estos deseos –me beso la oreja– y esperar a que tú quieras proporcionarme este placer algún día.

Empecé a temblar y Dimitri me soltó.

-        Para empezar tu castigo, necesito que dispongas la clase para el examen. Cuando hayas acabado el examen, te lo corregiré y tendrás que quedarte en clase hasta que te diga la nota. Recuerda nuestro trato –del bolsillo sacó el papel que ambos habíamos firmado y lo balanceó alegremente–. Suspendes, gano. Apruebas, pierdo.

Trague saliva disimuladamente, intentando contener el rubor que quería extenderse por mis mejillas y el gemido entrecortado que quería nacer en mí, por el solo echo de imaginar a Dimitri, follandome como nadie lo había echo nunca. Chasque un dedo delante de mis ojos y me tendió una lista con la distribución de las mesas y los alumnos.

<<Mierda –pensé echandole un vistazo a la lista– me tiene en su punto de mira…>>

Empecé a mover las mesas, mientras empezaba a taradear la canción de Adolescence, todo porque me sentía nerviosa bajo el escrupuloso mirar de Dimitri.

Mesa por aquí, mesa por allí, mesa un poco más para allá… Luego el nombre de un alumno aquí, uno allí y otro un poco más lejos. Mientras movía las mesas resoplando, Dimitri se sentó en su mesa, volvió a encender el reproductor y empezó a sonar una melodía que me era completamente desconocida. Abrió la boca y pensando que iba a decir otra de sus asquerosidades machistas, me tapé los oídos para poco después, destaparmelos y quedar ensimismada por la belleza de su voz y las palabras que cantaba.

-        Le monde est en feu, / je ne peux donc pas vous avoir, / parce que je veux que tu sois à moi, / mais le ciel nous tombe sur mes épaules. / Je me noie dans la solitude, / par le désir de posséder, / et mourir sans votre corps.

Embriagada me paré y lo miré con los ojos llenos de ternura. Era la primera vez que oía eso, pero me había parecido tierno y encantador. Mi curiosidad lo destruyo todo.

-        Profesor… –cuando hubo acabado, me miró y volvió a recorrer con los ojos mi cuerpo– ¿Qué acaba de cantar y en que idioma?

-        Te he cantado una balada francesa del siglo XVIII, mon lione1. Significa: el mundo está en llamas,/ por eso no puedo tenerte, / porque yo quiero que seas mía, / pero el cielo está cayendo sobre mis hombros./ Me estoy ahogando en la soledad,/ por el deseo de poseerte,/ y muero sin tu cuerpo –en la última estrofa sonrió y sus ojor refulgieron–. Te la dedico; en especial la segunda estrofa.

Desvié la mirada y esa vez, el rubor inundó mis mejillas, reacción que hizo que Dimitri conteniera una risa aguda y lacerante. Para que parara, lo miré con ojos llenos de ira y al final clavé los ojos en el reloj, pasando literalmente de él. Faltaban seis minutos para que empezara el examen.

 

 

Entregué el examen casi en blanco… Solo había sabido responder la primera pregunta, que era sobre los principios de la evolución y la cuarta, esmentar a Charls Darwin, que había echo de gran importancia para la ciencia y el año en que ocurrió eso.

Dimitri, al ver mi examen, frunció el entrecejo haciendo que en el apareciera una pequeña arruguita que desee borrar con un beso –sacudí la cabeza asqueada–; y en la boca que había causado que no estudiara, se dibujo una sonrisa vencedora. En un minuto supe mi nota: 33 puntos sobre cien. Dos puntos… Solo me habían faltado dos puntos para ganar el trato y lograr que me dejara en paz.

-        Señorita Marroway, cuando todos los alumnos acaben, quiero que se quede en clase, yo avisaré a la señorita Jacelyn que llegará tarde.

-        Como usted diga, profesor.

Cuando salieron todos, Dimitri cerró la puerta y me miró mientras se desabrochaba un botón de la camisa y sonreía con lujuria. Todo él estaba duro, lo podía notar con solo bajar la vista un poco por sus pantalones, su miembro estaba listo y firmemente pegado a los pantalones. Preparado para atacar a una presa, y esa presa era yo. Se lamió los labios como si supiera que le miraba esa zona y con lengua bípeda empezó a hablar.

-        33 puntos Estrellita, has perdido, y nuestra apuesta decía que ibas a salir conmigo en una cita.

-        Lo prometido es deuda –murmuré sintiéndome asqueada– dime donde y cuando.

-        Mañana por la noche, sobre las nueve te pasaré a buscar. Ponte algo adorable y sexy, como tú sabes hacer, pero no te pases, no quiero tener que matar a los hombres con los que nos podamos encontrar. De todo lo demás, me encargo yo.

Baje la cabeza resignada y me miré las manos mientras esperaba que siguiera hablando, pero él mantuvo silencio. Me di la vuelta dispuesta a marcharme, cuando de repente la penetrante voz de Dimitri llegó de nuevo a mis oídos, dándome una orden clara y precisa:

-        A partir de hoy quiero que dejes de llamarme “profesor” y me llames por mi nombre. No soy un viejo y tu no eres una chica inocente –enrojecí. Él no sabía cuanto de inocente era realmente.

Tardé unos segundos en reaccionar, pues me había quedado de piedra, pensando como librarme de esa embarazosa situación. Al final, y tras meditarlo mucho, solté sintiéndome extraña:

-        Dimitri…

 

 

Pasaron las horas volando y antes de que me dirá tiempo a reaccionar, me encontraba volviendo a casa, maldiciendome por mandar mi vida a la mierda, solo por una estúpida apuesta, por una estúpida apuesta que había perdido por un estúpido beso que me había mantenido todo el tiempo en un infierno de culpabilidad. ¡Ni que nunca me hubieran besado antes! Lo habían echo un par de veces, siempre besos cortos y consentidos, como si se tratara de un juego, pero nunca había sido uno robado y con tanta intensidad. Solo me había ocurrido una vez, hacía muchos años, pero no le había dado mucha importancia ¿¡Por qué el suyo había sido distinto?!

Otra vez en mi mundo, noté que me empezaba a vibrar el móvil y bajando de las nubes, vi que “el grupi” como nos habíamos apodado, empezaba con los whatsapps.

 

Elisabeth 15:20 << ¿Dónde estas? Quiero que me lo cuentes todo. >>

Luck 15:20 <<Con eso de “todo”, nos referimos a todo ¡incluso los secretos más oscuros!>>

Alexia 15:21 <<Estoy de camino a casa y estoy planeando pasarme por tu casa Elisa, para pedirle a tu padre que me deje uno de sus cuchillos. Dudo entre el degollador y el que corta sushi ¿Qué opinais? ¿Dónde estais vosotros?>>

Elisabet 15:22 << ¿Mi padre? ¿Un cuchillo? Creo que el mejor es el de cortar suchi. Pero eso ahora no importa, algo grave tiene que haber ocurrido para que me vengas con esto. Luck y yo estamos donde siempre, con los de siempre, comiendo lo de siempre>>

Alexia 15:23 <<¿Una bola de helado de coco y una de chocolate con menta, en la Cafetería Wings, en la mesa que hay al fondo de todo, con Luck, Raquel y Ink?>>

Luck 15:23 <<¡Bingo!>>

 

Sonreí y me permití relajar durante unos segundos, intentando no pensar en lo que podía ocurrir la próxima noche. Pasé por un callejón cerca de una librería que me encantaba, y por un momento, pensé en entrar para distraerme pero entró otro whatsapp.

 

Luck 15:26 <<Ven y charlamos un rato>>

Elisabet 15:26 <<Plis, plis, plis ¡plis!>>

 

No pude evitar tener que recostarme contra la pared para no caer de bruces contra el suelo por el ataque repentino de risa que me pego. Una lágrima se me escapó, pero esa vez fue por estar a punto de ahogarme en mi propia carcajada. Elisa y sus ataques de suplica, eran algo digno de recordar toda la eternidad.

 

Alexia 15:28 <<O.K. Ahora vengo>>

Raquel 15:29 <<La perseverancia ante todo>>

Ink 15:19 <<Tu lo has dicho tía, te estamos esperando gatita>>

Alexia 15:30 <<¡Que ahora vengo, pesados! Y deja de llamarme “gatita” Ink, o lo último que veras serán mis puños y luego tendrás pesadillas con ellos>>

 

Tras la amenaza, apague el whatsapp y deje el móvil en el fondo del bolso. Olvidado. Solo. Perdido en las profundidades de un abismo oscuro.

 

 

Fue una tarde tranquila, sin contratiempos ni malos pensamientos. Solo eramos un grupo de cinco jóvenes, pasándoselo bien una tarde después de estudiar “mucho”. Elisa y Luck estuvieron acaramelados durante toda la cita, haciéndose carantoñas y mimos, ya fuera con las manos, los pies e incluso la nariz. Raquel e Ink, ambos de pelo rubio, piel pálida pecosa e imponentes ojos azules, intentaron hacerme reir, porque decían que estaba demasiado seria, y como adoraban La que se Avecina, pues no se les ocurría otra cosa que imitar al Recio diciendo “nos minas la moral”; acabé escupiendo el helado y ahogandome con un pequeño trozo de chocolate que se había quedado a mitad de camino.

-        ¡Miradla! –gritó Raquel, haciendo que todos los de café nos miraran–. Esta chica…  –Ink le tapó la boca y la miró claramente divertido y un poco cabreado.

-        ¡Os dice hola a todos!

El bar estalló y se llenó de carcajadas y risitas. Después la gente empezó a tocer a causa de la falta del aire y los camareros se quedaron literalmente flipando. Una de las camareras, la que estaba más cerca de nosotros, dejo caer la bandeja que llevaba en la mano mientras le daba un ataque de risa.

-        En serio, chicos –empecé a tartamudear mientras recuperaba un poco la compostura, un día acabaría muriendo por su culpa– tenéis que formar una parejita y empezar a salir, ¡sois la pareja perfecta!

Se miraron haciendo una mueca mientras se estudiaban y todos en la mesa acabamos llorando de risa. Pero fui la única que se dio cuenta de que el rostro de Raquel había enrojecido ferozmente y se mordía el labio, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Miraba a Ink disimuladamente y luego se miraba a ella, como si se percatara de que la miraba. Oh, oh, eso no pintaba bien.

Cuando salimos del café, dos horas más tarde, Raquel se fue despidiendo de todos con un abrazo y dos besos como solía hacer siempre, y cuando llego a mí, vi que sus ojos estaban enrojecidos. La tomé de la mano antes de que se marchara, y la aparté del grupo para poder hablar con ella a solas un momento.

-        Preciosa, ¿estas bien? –la miré y vi que negaba con la cabeza. Parecía una adolescente enamorada, y eso me hizo pensar– ¿Es por el comentario de antes? –asintió y al verla tan desolada, me sentí mal conmigo misma y le di un fuerte abrazo–. Lo siento, pero es la verdad, hacéis una pareja estupenda, y solo quiero verte con alguien con el que puedas estar bien, feliz y enamorada, no como cuando estabas con ese cabrón.

-        Lo se –murmuró contra mi pecho, pues esa más pequeña que yo– yo quiero lo mismo para ti, y te confieso, que me ha gustado el comentario que has dicho antes. Pero no se lo digas a nade– se separó de mí lentamente y antes de que se fuera oí como decia–: Te quiero.

Estuve mirando como se iba hasta que giró en una calle y la perdí de vista. Ella aún no lo sabía,  pero estaba casi segura de que se había enamorado de Ink. No me extrañaba, pues ambos eran hermosos, compartían el vicio de hacer bromas para que la otra gente riera y los dos, habían sufrido un desamos doloroso. Se merecían lo mejor. Y lo mejor para ellos era estar juntos.


Mon lione1. Del frances <<mi leona>>


2 comentarios:

  1. *_* Me encanta, y que cuquis Raquel e Ink :D En serio, muy bueno, sigue plis :))

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    1. Seguiré, seguiré, no temas. Si, yo también creo que son muy cuquis, por eso tendré que dedicar un capítulo especial para ellos. No te fallaré! Besitos :3

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