sábado, 27 de junio de 2015

Capítulo 18

Capítulo 18










Y, como no, volvía a llegar tarde. Desde que había empezado el curso no era yo. Estaba más distraída, más torpe, más... Todo. Constantemente mi mente "despegaba" de la Tierra y me adentraba en un lugar más cálido, más perverso, más sensual, más... Dimitri. Él era el motivo por mi cachonda mente. Desde que lo había visto entrar en clase el primer día, con el pelo rebelde y un botón de la camisa desafiante, en mí se había abierto un apetito feroz, algo que nunca antes me había ocurrido. Mis entrañas se contrajeron dulcemente, notando como el deseo me carcomía, me frustraba. Maldita sea, estaba deseosa de tener un orgasmo; nunca me había atrevido a proporcionarme placer a mí misma, pero el fin de semana que se acercaba lo iba a aprovechar. Iba a descubrir que era el placer de un orgasmo propio, sin necesitar la presencia de un "macho".
Parada delante de la puerta, me relamí los resecos labios y entré en clase bajando la cabeza, esperando la reprimenda de ese sexy profesor que se encontraba sentado sobre el escritorio, vistiendo de forma informal pero sensual -vaqueros desgastados, una camisa roja que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, y sin corbata. Con lo que me ponía cuando iba con corbata... -. Cerré la puerta con cuidado y fui andando con lentitud hacia mi eterno asiento. La única reprimenda que recibí por llegar por... quinta vez tarde, fue un gruñido ronco que resonó en toda el aula.
Sin levantar aún la mirada, me senté cruzando las manos sobre las rodillas y, muy suavemente, murmuré un saludo hacia Elliot y Penelope, quienes me lo devolvieron con el mismo tono de voz, o sea, carentes de emoción y sin apartar la vista del frente, controlando que la fiera no se lanzara sobre uno de nosotros para descuartizarnos con sus comentarios sarcásticos e hirientes.
La voz provocadora y sensual de mi amado profesor llenó la estancia, empezando la clase de una forma muy, muy peculiar:


sábado, 28 de febrero de 2015

Capítulo 17

Capítulo 17










Mi vida se sumió en el caos absoluto en el mismo momento que vi las listas de clase colgadas. Me habían separado de Raquel y Elisabet. Iba a cursar mi cuarto año en la universidad completamente sola. Incluso los chicos cursaban otra carrera. Sí, ese no iba a ser mi año; que gran sorpresa. Miré la lista fijamente, intentando recordar algún nombre. Pero solo me sonaron dos: Elliot Báez y Favila Green. Báez era el típico emo solitario que solía llevar gafas de pasta gruesa sin necesitarlas y tatuajes por todo el cuerpo, era un chico raro, aunque muy amable. Y Green… No tenía nada que decir de ella, apenas la conocia, solo habíamos compartido alguna que otra frase por obligación. Eran buenas personas, pero no se podán comparar con mis amigos.
 
            Suspiré y cerré el portatil, recortandome en la silla y cerrando los ojos. Solo me faltaba saber quien iba a ser mi profesor. Tenía un mal precentimiento…

 

La úlima semana pasó más deprisa de lo que hubiera imaginado y, antes de que me diera cuenta, me estaba arreglando para volver a la rutina. Apenas eran las seis de la mañana, pero yo ya me encontraba sentada en la cocina, completamente vestida y con un bol lleno de copos de avena delate.

            Lentamente y sin hacer ruido, empecé a desayunar, pensando tristemente en mi hermano quien, a esas horas, ya estaría trabajando, buscando pistas sobre el caso en el que llevaba trabajando tres meses: el secuestro de la joven Amy Wighs, de veinte años. La última vez que alguien la había visto, golpeaba con el rostro desencajado de terror, la luna trasera de un todoterreno negro. No sabía quien me daba más pena, si la joven secuestrada o mi propio hermano.

            Me acabé el desayuno y miré distraidamente por la ventana, pensando en cosas sin sentido. No entendía por qué, pero estaba muy nerviosa; como si mi cuerpo intentara decirme que algo no iba a salir bien.  Seguí mirando por la ventana y mi mente empezó a funcionar. <<No entiendo que está pasando, este nerviosismo es muy extraño… Ahora que me pongo a pensar… Hace tiempo que no se nada de Dimitri, necesito verlo, pero después de lo que le confesé…  –suspiré y miré el reloj; eran las seis y media – Aún no me creo que le dijera eso… ¡MALDITA SEA! –puse los codos sobre la mesa y me maldije hasta que un quedo ronroneo me sacó de las profundidades de mi subconsciente>>.


miércoles, 23 de julio de 2014

Capítulo 16

 Capítulo 16
 








 
El coche se detuvo delante de un hotelito, un hotelito de paredes blancas que se asemejaba más a una casita de muñecas que a un hotel; con amplios balcones plagados de enredaderas en flor y barandas de hierro forjado; puertas de pulido cristal y exuberantes jardines con zonas cubiertas donde se arremolinaban miles de personas. Los miré a todos de lejos y al ver a los ancianos que Carol y yo habíamos conocido esa mañana, entendí que nos encontrábamos en la famosa reunión de científicos.
            Dimitri me observó atentamente y me tendió una mano para que lo acompañara. La tomé sin vacilar, sintiéndome reconfortada al notarlo tan cerca; tan real. Me guió por un camino anguloso de gavilla hasta llegar a las puertas de entrada, las cuales estaban custodiadas por un imponente y oscuro hombre de pelo negro, ojos oscuros y sin vida y piel tostada por pasar muchas horas bajo el sol. Era un puro saco de músculo. Imponente. Estaba claro que era el guarda de seguridad, me dije, porque nadie más que él era capaz de infundir tanto respeto como terror.
            Dimitri lo saludó con un leve asentimien
to de cabeza y Ralf –había leído el nombre en la chapa de la camisa–, nos dejó pasar sin apartar la mirada del camino, como si no fuéramos nada más que meros peones de un enorme  juego de ajedrez.  
            Entré temblosa pero todo el terror que me estaba corroyendo la sangre se desvaneció cuando vi que el miedo allí dentro no tenía sentido. Ese lugar era más inofensivo de lo que nunca hubiera imaginado. Todo el espacio estaba empapado de una cálida luz dorada, luz que entraba por las numerosas ventanas y puertas de labrado cristal que se extendían a lo largo y ancho de las paredes. Todo estaba colocado de una manera en particular para aprovechar al máximo el pequeño espacio. Y como lo habían conseguido. Era maravilloso. Las mesas estaban situadas cerca de las ventanas para que a luz las bañara de lleno y sobre ellas descansaban pequeños jarrones de cristal con ramilletes de azucenas; había helechos cerca de la mesa de la recepcionista, dándole un poco de color al pálido suelo de mármol; sobre la mesa, de una pulida madera oscura, descansaba un ordenador de mesa, un teléfono de los antiguos –de esos que tenían una ruedecita para marcar– y un jarrón de porcelana chica con un enorme y colorido ramo de rosas. Había rosas de todos los colores. Incluso pude vislumbrar algunas de color azul. Mis favoritas.