Capítulo 16
El coche se detuvo delante de un hotelito, un hotelito
de paredes blancas que se asemejaba más a una casita de muñecas que a un hotel;
con amplios balcones plagados de enredaderas en flor y barandas de hierro
forjado; puertas de pulido cristal y exuberantes jardines con zonas cubiertas
donde se arremolinaban miles de personas. Los miré a todos de lejos y al ver a
los ancianos que Carol y yo habíamos conocido esa mañana, entendí que nos
encontrábamos en la famosa reunión de científicos.
Dimitri me observó atentamente y me tendió una mano para que lo acompañara. La
tomé sin vacilar, sintiéndome reconfortada al notarlo tan cerca; tan real. Me
guió por un camino anguloso de gavilla hasta llegar a las puertas de entrada,
las cuales estaban custodiadas por un imponente y oscuro hombre de pelo negro,
ojos oscuros y sin vida y piel tostada por pasar muchas horas bajo el sol. Era
un puro saco de músculo. Imponente. Estaba claro que era el guarda de
seguridad, me dije, porque nadie más que él era capaz de infundir tanto respeto
como terror.
Dimitri lo saludó con un leve asentimien
to de cabeza y Ralf –había leído el nombre en la chapa de la camisa–, nos dejó pasar sin apartar la mirada del camino, como si no fuéramos nada más que meros peones de un enorme juego de ajedrez.
to de cabeza y Ralf –había leído el nombre en la chapa de la camisa–, nos dejó pasar sin apartar la mirada del camino, como si no fuéramos nada más que meros peones de un enorme juego de ajedrez.
Entré temblosa pero todo el terror que me estaba corroyendo la sangre se
desvaneció cuando vi que el miedo allí dentro no tenía sentido. Ese lugar era
más inofensivo de lo que nunca hubiera imaginado. Todo el espacio estaba
empapado de una cálida luz dorada, luz que entraba por las numerosas ventanas y
puertas de labrado cristal que se extendían a lo largo y ancho de las paredes.
Todo estaba colocado de una manera en particular para aprovechar al máximo el
pequeño espacio. Y como lo habían conseguido. Era maravilloso. Las mesas
estaban situadas cerca de las ventanas para que a luz las bañara de lleno y
sobre ellas descansaban pequeños jarrones de cristal con ramilletes de
azucenas; había helechos cerca de la mesa de la recepcionista, dándole un poco
de color al pálido suelo de mármol; sobre la mesa, de una pulida madera oscura,
descansaba un ordenador de mesa, un teléfono de los antiguos –de esos que
tenían una ruedecita para marcar– y un jarrón de porcelana chica con un enorme
y colorido ramo de rosas. Había rosas de todos los colores. Incluso pude
vislumbrar algunas de color azul. Mis favoritas.
La recepcionista, una mujer ya entrada en los
cuarenta, ataviada con un traje azul celeste, gafas de pasta negra sobre el
puente de la nariz y un fogoso pelo con alguna que otra cana; nos miró con
inquisitivos ojos verdes y sonrió con dulzura asintiendo en nuestra dirección
mientras atendía a una joven pareja de ¿noruegos?
Entramos en un ascensor con puertas de metal forjado y, cuando nos quedamos
solos, sin contar a nuestros innumerables reflejos, me permití observarlo
fijamente. Lo curioso fue que él quiso hacer exactamente lo mismo y cuando
nuestras miradas se cruzaron, me sonrojé a más no poder y él tuvo que hacer un
gran esfuerzo para contener una risita. No sabría decir por la sorpresa o
porque le hacía gracia mi reacción.
El ascensor se detuvo en la sexta plana y las puertas se abrieron con su
peculiar clin, dejándonos en suntuoso pasillo de paredes doradas en el
cual, y para mí gran sorpresa, solo había tres puertas. Dimitri empezó a andar
tranquilamente hacia la puerta que se encontraba justo delante de nosotros, la
que tenía el número 21. Se detuvo esperándome y entonces sacó una llave dorada
con la que abrió su universo particular y, posteriormente, la volvió a ocultar
en el fondo de sus pantalones, lanzándome una mirada que claramente significaba
<<Tu te quedas. No pienso dejar que vuelvas a ese lugar de locos>>
Cuando entramos tuve que hacer un gras esfuerzo para contener un silbido de
admiración y, si Dimitri se dio cuenta o no, lo disimuló de maravilla
lanzándome una leve sonrisa. La sala de recepción me había dejado alucinada, lo
admitía, pero no tenía nada que ver con el dormitorio –suit–. Paredes altas de
un cálido tono coral; suelos de mármol pulido y reluciente, altos ventanales
del más fino cristal, muebles de piel en tonos oscuros y madera de cerezo; y
cuadros al oleo de jarrones llenos de flores –ese era un punto que de otorgaba
cierto matiz femenino, pero parecía que a él le gustaba–.
Entré dando pasitos cortos, conteniendo un poco el aliento, creyendo que todo
eso se trataba de un sueño que, con el más leve soplo de aire, se desvaneciera
ante mis ojos para dejarme nuevamente a merced de ese monstruo. Pero mí
protector me hizo entender que todo eso no era un sueño. Cerró la puerta tras
su espalda y fue a abrir la ventana con una sonrisa dulce en los labios,
disculpándose por el aroma a cerrado que impregnaba el salón, pues hacía poco
que se hospedaba allí y poca gente se podía permitir esa suit.
Una única puerta, algo más ostentosa y oscura, se mantenía cerrada en un lado
del salón y supuse que iba a tratarse del dormitorio principal. Al principio me
recorrió un escalofrío de terror, imaginando lo que podría pasar si entrabamos
en ella, solos, pero una tranquilidad cálida me llenó cuando vi que en su
rostro no había intenciones oscuras. Solo una profunda preocupación.
– Estoy bien… –murmuré bajando la mirada y frotándome el brazo. Hice una mueca
y descubrí que me había cortado. Una herida larga, profunda e irregular.
Agotada de fingir que estaba bien, le pedí a Dimitri que me enseñara donde
estaba el servicio. Necesitaba ducharme, curarme y eliminar de mi cuerpo el mal
recuerdo de las manos de ese canalla.
Como bien sabía, me llevó hacia el dormitorio el cual era como el salón con la
única diferencia, de que en lugar de una mesa para cenar y sus respectivas
sillas, había una enorme cama con dosel y sabanas de satén negro. Dimitri
señaló una puerta en el otro extremo, cerca de un espejo de cuerpo entero y
sonrió.
– El baño está allí. Déjame tu ropa luego y la llevaré a la tintorería. A ver
si son capaces de arreglar algo.
Enrojecí y aparté la mirada, pensando lo que no era. Él pareció notarlo y se le
ensancho la sonrisa. Se inclinó un poco hasta darme un casto beso en la frente
y me sacó la lengua.
– Me la llevaré cuando estés en la bañera, pervertida. Puedes desnudarte aquí,
yo saldré –empezó a andar hacia la puerta pero de repente se detuvo, con la
mano sobre el pomo, como si se hubiera recordado de algo–. Puedes usar lo que
quieras de mi ropa. La tuya llegará mañana.
Y, sin decir nada más, salió cerrando la puerta tras su espalda. Suspiré
mirando la cama y me desnudé lentamente, dejando toda la ropa pulcramente
doblada. Entré en el servicio que estaba hecho en su totalidad de un material
parecido al granito, me metí en la bañera accionando el agua caliente y cerré
los ojos. Agotada de hacerme la fuerte, me derrumbé en llanto.
Tras media hora bajo un chorro de agua ardiente,
frotándome la piel con furia, salí del baño llevando unos boxer blancos de
Dimitri al igual que una camiseta heavy de una banda que no conocía de nada
pero que, ya que le gustaba al hombre del que estaba enamorada, iba a escuchar.
Aún no había vuelto cuando yo entré en el salón, secándome el pelo con una
toalla. Estaba un poco nerviosa, mirando frenéticamente todo lo que me rodeaba,
notando que mi cuerpo se tensaba. Había empezado a odiar la soledad…
Tenía miedo de que Eduardo volviera a por mí y acabara con lo que había
empezado. Sabía que era un pensamiento idiota, porque él estaba en comisaria o
en el hospital, a unas horas del hotel y, además, contaba con la protección de
Ralf.
Desvié la mirada hasta la mesa de madera y cristal que había en un rincón del
salón, cerca de una puerta de ornamentado cristal y vi que sobre ella había una
nota muy mal doblada. La cogí algo temblorosa pero pocos segundos después el
temblor desapareció y sonreí embobada. En ella decía:
He ido a comprar algo para cenar. Usa lo que necesites
y molesta todo lo que quieras o a los encargados. El piano está en la otra sala
(tras la puerta de cristal), lo digo por si quieres usarlo, se que te gusta, me
lo comentó Angelica.
Besos, Dimitri.
Miré tiernamente esa última frase “Besos, Dimitri” y
me mordí el labio inferior, sin poder lograr creer lo tierno que era ese
hombre… El único que había estado entre mis piernas, arrebatándome a la niña y
dejando a la mujer.
Entré en la sala del piano, gimoteando de felicidad. Era una sala espaciosa y
luminosa, de grandes ventanas y paredes de madera, con molduras altas, techos
azules con motas de dorado, como la viva imagen del amanecer; suelos de mármol
pulido y, delante de uno de los ventanales, con hermosas vistas al jardín,
había un enorme piano de cola, de un brillante negro metálico, el cual, según
era capaz de ver, trataban con mucho cariño.
Me acerqué unos pasos, sonriendo y olvidándome de todo lo malo, alargando la
mano para rozar las teclas, produciendo una escalera de sonidos de la nota más
grave, la cual se asemejaba al grito de un gigante; hasta el sonido más agudo,
idéntico al canto de una sirena. Nunca había sido muy debota de los tonos
graves, pero cuando se trataba de una pieza llena de furia… las cosas
cambiaban. Y esa iba a ser una muy oscura.
Volví a tocar una nota, un sol sostenido en fa menor y, sin ser consciente de
lo que hacía, empecé a golpear las teclas con furia, descargando en ellas todo
el dolor que me habían infligido y el terror por el que había pasado.
No me di cuenta de que no estaba sola hasta que un sonoro silbido penetro en
mis oídos, haciendo que tocara un mi grave en fa mayor cuando, en verdad,
tendría que haberlo tocado en fa menor para darle un nuevo matiz.
– Estrellita entiendo que estés enfadada, pero no la pagues con el piano que lo
adoro y me gustaría poder seguir tocándolo.
Se me acercó lentamente, tendiéndome una bolsa que olía a verduras asadas y a
algo más, algo más dulce y penetrante, un aroma que casi gritaba paraíso… Como
pan recién hecho untando con mantequilla y especies. Fuera lo que fuera, hizo
que mi estomago rugiera clamando un poco de atención.
Tomé la bolsa que me estaba tendiendo y sonreí. Una sonrisa grande y
radiante la cual Dimitri me devolvió tras tomarme de la mano. Me guió hacia el
salón, lugar en el que todo estaba bien dispuesto para disfrutar de una
agradable cena.
La cena transcurrion en silencio, un silencio acogedor
y bien recibido por ambo. Y secretamente daba gracias por ello, porque tenía
miedo de que si manteníamos una charlas, fuera del tema que fuera, me
desmoronara. Mientras recogíamos la mesa,
una hora después de haber devorado un plato rebosante de verduras asadas en
jugo de limón (cada uno), unos panecillos de Moises Bakery y unos exquisitos
rollos de canela del mismo establecimiento; un fuerte dolor de cabeza empezó a
torturarme y solo fui capaz de soltar un leve gimoteo antes de encontrarme
entre los brazos de Dimitri, siendo depositada con cuidado en el sofá. Se sentó
a mí lado y empezó a acariciarme la frente apartando la mano casi al instante,
como si lo hubiera quemado. Me lanzó una mirada llena de miedo y soltando una
sarta de insultos apretó la mandíbula. Incluso yo que era la que estaba “mal”
(lo decía entre comillas porque no me había dado cuenta de ello hasta el último
minuto), sabía lo que tenía. Era una palabra que empezaba por FIE- y acababa
por –BRE. Lo que me faltaba para que se me jodiera más el día.
Con ternura y cuidado me plantó un beso en la frente antes de desaparecer
durante un par de minutos. Empecé a llorar en silencio, con miedo de seguir
atrapada en esa cueva, con miedo de estar en brazos de Edwardo, siendo
brutalmente violada. Solo me calmé al notar algo frío en mi cabeza y ver que
Dimitri se mantenía arrodillado a mí lado, con un paño húmedo en la mano y un
vaso con agua en la otra.
– Tómalo con esto –me tendió una pastilla y el vaso– ya veras que mañana te
encontraras mejor.
– Gra… cias… –tartamudee con voz pastosa mientras me tragaba la pastilla,
apurando el contenido del vaso en segundos.
Cuando vio que le dejaba de hacer caretas de asco a esa empalagosa pastilla, me
cargó en sus brazos como si fuera una princesa y empezó a andar, llevándome al
dormitorio. Entró muy sigilosamente, sin cerrar la puerta y antes de
depositarme en la cama, apartó las sabanas para hacerme un suave lecho en el
que me depositó con cuidado. Me arropó con las sabanas y, al ver que seguía
temblando, fue a por unas mantas que había en el fondo del armario. Volvió a
cubrirme minuciosamente y depositándome un último beso en la frente, se dirigió
a la puerta.
– No… –en un intento por levantarme, acabé arrodillada en el borde de la cama,
extendiendo los brazos para apresar su mano entre las mías.
Muy lentamente, casi con miedo, se giró para mirarme.
– ¿Alexia…?
– No, por favor… No te vayas… quédate aquí, conmigo. Te lo suplico. No quiero
quedarme sola. Tengo miedo…
Empezó a negar muy lentamente mientras se sentaba a mí lado, sin apartar la
mirada de mi rostro. Abrí la boca dispuesta a preguntarle por qué no podía ser
pero él se me adelantó, silenciándome con un dedo.
– Ambos sabemos que no podemos estar juntos Alexia, porque no podré resistirme
a quitarte la ropa lentamente y hacerte lo que llevo tanto tiempo deseando
hacer. Y no, no me vengas con la pregunta de siempre porque ya sabes la
respuesta. No podría hacerte mía después de lo que han estado a punto de
hacerte.
Cerré los ojos suspirando y me recosté nuevamente, intentando disipar el
repentino mareo que se me había instalado en el estomago. La bilis pugnaba por
salir. Y desconocía el motivo.
– Al menos… ¿Podrías quedarte hasta que me duerma…?
Unos minutos de silencio me rodearon y solo se vio roto cuando, un quedo
suspiro y un trueno en la distancia, dieron la entrada a sus palabras:
– Está
bien, duerme, yo me quedaré contigo –se recostó a mí lado, acariciándome la
cabeza y, lentamente, me quede dormida, notando como susurraba a mis oídos
palabras tranquilizadoras, intentando hacer que me sumiera en un sueño
tranquilo.
Me desperté oyendo el suave repiqueteo de la lluvia
contra la fachada del hotel y la cálida voz de Dimitri entonando una dulce
melodía. No la conocía, ya que se trataba de una balada francesa, algo de girar
la página, de olvidar algo y volver a empezar. Una canción preciosa.
Con mucho cuidado, notándome agotada y con un leve dolor de cabeza, me levanté
de la cama y anduve lentamente, hipnotizada por esa voz. Al salir al salón se
me hizo la boca agua y el estomago me ronroneo, señal inequívoca de que quería
un poco de atención. Esas crepês iban a ser mías.
Sin hacer ruido, y aprovechando que Dimitri estaba
distraído haciendo sumo de naranja mientras cantaba tranquilamente, me senté,
cogí el plato de las crepês y me comí una casi babeando. Dios, que rica estaba.
Debí hacer algún ruidito porque después de darle un mordisquito a mi segunda
crêpe, él se giró mirándome divertido, sonriendo dulcemente. Por Freyja1…
como siguiera sonriendo de esa forma acabaría lanzándome sobre él y plantándole
un beso en toda regla. Mentalmente me di un par de tortas y miré como se me
acercaba llevando un vaso lleno de sumo de naranja. Me lo tendió irradiando
felicidad y, después de que lo tomara entre las manos, me beso la frente con
dulzura, comprobando mi temperatura.
Sorprendido, seguramente por ver que ya me encontraba bien –dentro de lo que
cabía–, se sentó delante de mí, cogió una crepê y cual embadurnó con sirope de
chocolate. Se la llevó a la boca y empezó a masticar como si fuera la cosa más
maravillosa y deseada del mundo.
Lo miré tiernamente y no pude evitar echarme a reír viéndolo. Parecía un niño
pequeño.
Pocas horas más tarde, nos encontrábamos en el
aeropuerto. Se nos habían acabado las vacaciones. Al menos a él. Pero eso me
daba mucho que pensar. Pronto empezaría un nuevo curso; pronto todo lo que
había ocurrida con Eduardo quedaría en el olvido. Pronto volvería a ser la
misma… o lo intentaría, porque un intento de violación era algo que no se podía
olvidar con facilidad. Ni con la ayuda de los mejores psicólogos. Y como yo no pensaba
decirle lo que había ocurrido a nadie, las cosas iban a ir un poquito lentas.
– El avión está a punto de despegar, Alexia –susurró Dimitri mirándome
fijamente.
Suspiré sabiendo que eso no había acabado y le rodee la cintura con un brazo,
ocultando la cabeza en su pecho, dejando que me guiara.
1Freyja: diosa de la mitología nórdica asociada con la
magia, chamanismo, Seir, el sacrificio, la guerra, la muerte y la sexualidad.
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