Capítulo 15
Me empecé a arreglar para ir a pasar un día a la playa
con mis amigos, a disfrutar del sol tras haber estado encerrada en el hotel un
día entero. La fiebre me había dejado agotada y sin ganas de nada, teniendo
alucinaciones al creer ver a Sombra merodeando por los rincones más oscuros del
dormitorio. Pero claro estaba, eso no era posible, porque Sombra estaba a
quilómetros de Miami y en ese cuarto solo estábamos Carol y yo –yo, medio
muerta, con espasmos de frío y el cuerpo ardiendo, pero estaba–.
Gracias
a Róman, quien iba a ser un gran médico en el futuro y al sinfín de
medicamentos y caldos que me había hecho tragar la mañana anterior, me encontraba
sola en el dormitorio, poniéndome el bikini mientras que de la sala me llegaba
el ritmo de I’m walking Away, de Craig David. Eso quería decir que aún
estábamos solas, y que los chicos tardarían un poco más en llegar.
Acabé
de atarme la parte superior del bikini que me había diseñado Angy y solté un
silbido. Era alucinante. Esa ligera prenda creaba un infinito sobre mis senos,
siendo levantados por un fino aro de acero que estaba escondido bajo un
ribeteado de hilo purpura. No tenía tirantes, solo una gruesa cinta que se
ataba en la espalda. La parte inferior era de cintura baja y con dos grandes
lazos a cada lado, uniendo la tela que lo confeccionaba para que no se soltara.
Todo el conjunto estaba hecho con una tela de un verde lima precioso y cálido;
rematado con unas estrellas de plata que colgaban de las puntas de los lazos
inferiores y hilo purpura como ribeteo para darle un poco de alegría al diseño.
Cogí los shorts vaqueros, una camiseta de tirantes roja, lisa; las sandalias y me vestí dando saltitos por la falta de equilibrio. No estaba acostumbrada a vestirme de pie, pero tenía prisa. Tal era mí torpeza y la prisa, que estuve a punto de tirar la lámpara de pie, una mesita de noche y un par de cosas más; pero por suerte pude evitar el desastre.
Jadee
por el esfuerzo que había realizado y me dejé caer en la cama, con los
pantalones a medio poner, los zapatos medio cordados y la camiseta un poco
fuera de sitio. Mientras respiraba con dificultad, tres golpes resonaron el la
puerta y Carol entró con el rostro contraído en una mueca de espanto. Genial,
empezábamos bien el día.
Mi amiga, que llevaba un conjunto muy parecido al mío, me recorrió con la mirada lentamente y soltó un suspiro. Una mezcla de preocupación, cariño y enfado. Cariño por encima de todo.
–
Estas tardando un poco, cariño ¿acabas de despertar?
Como
única respuesta acabé de subirme los pantalones y cogí un coletero para atarme
el cabello en un moño algo mediocre. Tres movimientos veloces de muñeca y
estuve lista.
– Lo
siento –murmuré con un hilito de voz. Me miró con dulzura y me sentí más
tranquila. Un “lo siento” sincero iba mejor que una escusa llena de hipocresía.
Y más con la dulce Carol.
Pasé
por su lado y la cogí del brazo, empezando a tirar de ella hacia el salón donde
la voz de Drew Seeley había substituido a la de Craig David. Unos minutos
después, tras cerrar todas las ventanas, apagar el equipo de música y coger
nuestras cosas, salimos del saloncito y nos “precipitamos” al pasillo entre
risitas. Al llegar cerca del ascensor una pareja de ancianos de pelo canoso y
ojos sabios se nos acercó y acompañó, yendo a una conversión de científicos, en
la que, según nos contaron, la mayoría serían biólogos o profesores de dicha
asignatura en universidades; el único que iba a faltar sería el gran William
Marroway, que, como no, seguía en esas inhóspitas islas, estudiando la fauna y
flora marina, visitando ruinas y lugares donde miles de romances imposibles
habían sido inventados.
– Alexia –noté una mano en mi espalda y di un respingo.
Se trataba de Róman, quien me miraba con una sonrisa enorme. Llevaba el torso
desnudo y empapado por el recién baño en la saladez del agua.
–
¿Sí? –lo miré por encima de las garras de sol y sonreí.
Me devolvió el gesto y se tumbó a mi
lado, haciendo que la arena que se le había pegada a los pies quedara,
momentáneamente, suspendida en el aire. Lo miré de reojo mientras disfrutaba
de la sensación del sol sobre mí piel.
– Ve
a divertirte un rato, yo guardo las cosas –dudé sobre que hacer. Tenía ganas de
bañarme, pero a la vez no sonaba tan prometedor–. Ve pajarito, no soy un
irresponsable. Por algún motivo me voy a casar dentro de un mes.
– ¿Seguro? –lo miré duvitativamente
mientras me ponía en pie y sacudía la arena del pelo.
Sonrió
nuevamente como única respuesta y alargó la mano, como queriendo que le diera
algo. Lo entendí casi al instante, tras mirarlo unos segundos. Me quité las
gafas y se las di.
Sin
borrar la sonrisa de mi rostro fui corriendo hacia Pablo y Carol, imitando la
escena típica de la amante desesperada corriendo hacia la puesta de sol, hasta
su amante eterno. Curioso, pero imposible, porque yo no tenía un amante eterno
y aún era medio día. Quedaban unas siete horas para que el sol se fusionara con
el horizonte en una boda perfecta.
Justo
antes de que llegara a tocar la orilla, me cayó encima un cubazo de agua fría
tomándome por sorpresa y haciéndome soltar un chillido entrecortado. Como si me
tratara de un perro mojado, me atusé el pelo haciendo un mohín. Calada hasta
los huesos, busqué a los causantes del desastre y me encontré mirando fijamente
la reluciente sonrisa de Pablo, en la mano del cual, con el brazo aún levantado
sobre su cabeza, se sostenía un cubo de plástico azul precariamente. Maldito
canalla… Pero, a pesar del enfado, no pude evitar carcajearme con alegría,
contagiándolos a los dos, cosa que hizo que mi amiga perdiera el equilibrio y
cayera de espalda, chocando contra la pálida y cristalina superficie del agua,
transformando lo que la rodeaba en una ola pronunciada y burbujeante espuma.
– Por
la Diosa… ¡Carol! –corrí hacia ella, empapándome definitivamente.
Le
extendí una mano para ayudarla a salir y pocos segundos después, Carol emergió
del agua a toda velocidad, me agarró del codo y caí con ella, maldiciéndola en
todos los idiomas que conocía. Unos minutos después, tras la sorpresa inicial, se
nos unió Pablo y la fiesta estuvo bien montada. Reímos, jugamos, nadamos y
chillamos como cuando éramos pequeños, disfrutando al máximo ese caluroso día
de verano.
Mientras
jugábamos a saltar las olas –ya lo había dicho, parecíamos crios–, un graznido
me hizo levantar el rostro, al igual que lo hicieron todos mis compañeros;
quedándonos mirando fijamente una gaviota de encrespado pelaje blanco y gris
que batía las alas con furia, sin dejar de mirarme. Estudiándome como si fuera
un peligro natural para los de su especie.
<<Cuidadora –graznó, penetrando en mi mente con furia animal– está en peligro. Se acercan tormentas que ni
usted misma es capaz de imaginar –desvió un poco la mirada y observo a
Pablo. Poco después volvió a mirarme–. Escóndase,
cuidadora. Usted es la única que queda, nuestra única esperanza>>
Con
un último graznido, el cual quedó suspendido en el aire y grabado a fuego en mi
corazón como un aviso de peligro, se alejó, sorteando los cielos como si su
vida dependiera de ello.
Nuevamente
noté una mano tocándome la espalda y parpadee un par de veces, intentando
mentalizarme para volver al mundo mortal. Negué levemente con la cabeza y
sonreí, viendo y entendiendo porque toda esa gente que nos rodeaba con los
rostros llenos de preocupación miraba como me sostenía a duras penas erguida,
dejando que el musculoso brazo de Pablo soportara todo mi peso. Solo les estaba
arruinando el día a mis amigos, así que decidí que lo mejor que podía hacer era
largarme un rato para despejar la mente y entender la amenaza que me asechaba.
Con
un leve beso en la mejilla, me despedí de Carol y fui corriendo hacia las
toallas para ponerme, al menos, los pantalones y no sentir que todos me miraban
con ese ceñido bikini. Encontré a Róman dormido y para no despertarlo, dejé una
pequeña notita sobre su estomago en la que le ponía una excusa tonta por mi
repentina fuga. Perfecto, ya estaba todo solucionado, ahora solo faltaba que me
fuera.
Me encaminé por un caminito de piedra y arena,
intentando volver a la playa; pero nunca había sido buena a la hora de
orientarme, así que estaba perdida en una zona de calas rocosas y cuevas
marinas.
Solté
un suspiro cuando hube dado más de diez vueltas por lo que me parecía ser un
lugar alejado del mundo y me dejé caer contra un tronco, suspirando y
maldiciendo mi mala suerte. No podía estar quieta, claro que no, tenía que irme
sola por lugares que no conocía de nada. Era una verdadera idiota.
Miré
el rejos que llevaba en el bolsillo y jadee ¿ya era esa hora? Los chicos tenían
que estar muy preocupados y yo allí, recostada contra una palmera, como si
fuera la condenada reina del mambo y me importara una mierda el mundo.
–
Tranquilízate Alexia –me murmuré a mí misma–, solo busca un animal que pueda
ayudarte…
Era
fácil de decir, pero difícil de hacer. Me encontraba completamente sola. Ni una
gaviota, un gato o un mamífero pequeño ¿cómo había podido desaparecer todo tan
repentinamente? Empecé a ponerme muy nerviosa. La soledad era casi como mi
segundo nombre, porque desde pequeña siempre había estado sola, pero ese
silencio hueco y esa soledad palpable eran peor de lo que me había imaginado.
Necesitaba que la Dama de hielo se hiciera cargo de la situación, pero ella se
negaba a salir como si estuviera asustada ¿¡La mujer más fría del mundo,
asustada?! ¡Eso era una estupidez!
Me
sobresalté momentáneamente, creyendo haber oído como alguien gritaba mí nombre
en la lejanía. Pero no podía ser…
– ¡… xia!... ¡Alexia! –me separé
rápidamente del tronco y agudicé el oído. Pasaron unos segundos antes de que lo
volviera a oír
–
¡Alexia! ¿¡Dónde estás?!
¡Sí,
era posible! Pablo había venido a buscarme. Pero… no lo veía. Me preparé para
llamarlo, para que pudiera saber donde estaba cuando de repente, unas fuertes y
morenas manos me taparon la boca. Me quedé a cuadros y contuve un chillido de
puro terror. Intenté zafarme del fuerte agarre de mi captor hasta que descubrí
quien me tenía prisionera. Su dulce y almizclado aroma lo delataba.
– Pablo…
–gemí su nombre mientras me daba la vuelta, dispuesta a abrazarlo; pero algo
me detuvo. Algo oscuro y peligroso: sus ojos.
No
era él… Podía tener su rostro, el mismo musculoso torso de dorado vello o el
bañador verde esmeralda que Carol se había empeñado en comprar. No, él era
Eduardo. Ya había visto esos ojos antes… Unos ojos oscuros y profundos que me
atormentaban constantemente desde la primera vez que los había visto.
–
Eduardo… – sonrió con malicia mientras me levantaba la barbilla.
–
Eres más tonta de lo que pensaba, Alexia –lo miré. Lo miré de verdad. Entonces
lo entendí todo. En mí cabeza se empezaron a juntar las piezas de un puzzle que
hasta el momento, había sido una quimera.
Abrí
la boca como pez fuera de agua, boqueando, intentando llenarme los pulmones de
aire. Palidecí y me sentí desfallecer. <<No… No… No por favor… >>
–
Pablo no exista… –empecé a temblar descontroladamente y el silencio confirmó la
horrible verdad que acababa de descubrir–. Oh Dios mío… nunca ha existido… nos
has engañado a todos…
Pablo,
Eduardo o como diablos se llamara, recorrió con un dedo el contorno de mi boca
y me obligó a abrirla, cosa que me hizo tener una idea perfecta para quitármelo
de encima. Dejé que hiciera lo que quería y cuando me rozó los dientes con ese
repulsivo dedo, cerré la boca con brusquedad y lo mordí con fuerza, notando
pocos segundos después el empalagoso y cobrizo sabor de su sangre. Bramó
enfurecido y empezó a zarandearme con brusquedad. Levanto la mano dispuesto a
golpearme pero unos segundos antes de que su puño lograra impactar contra mi
mejilla, me escapé.
Corrí,
corrí como si mi vida dependiera de ello y entendí a que había venido el aviso
de peligro. Mi peligro era él, y tenía que esconderme antes de que me
infringiera algún mal. Mientras corría saqué el teléfono del bolsillo trasero
de los pantalones –bendita yo y mi vicio de llevar siempre encima ese trasto– y
marqué un número rápidamente; pero no hubo respuesta. Mierda. Carol quedaba
descartada. Seguramente estaría en el agua o dormida. Ajena a todo. Marqué otro
número mientras en la lejanía divisaba una cueva que me iría fenomenal para
esconderme. Róman tampoco respondió. Doble mierda…
Me
adentré en la fría gruta, agarrando el móvil con fuerza y temblando
descontroladamente. Tenía que haber alguien a quien poder avisar del gran
peligro en el que me encontraba, pero solo era capaz de pensar que quería
hablar con Dimitri. Necesitaba oír su voz antes de que me violara, golpeara o…
matara…
Contestó
con voz monótona al tercer toque. Su voz grave pero aterciopelada hizo mella en
mi corazón y me puse a sollozar desolada. Eso hizo que casi al instante se
diera cuenta de que era yo.
–
¿Estrellita…? ¿Eres tú? –como única respuesta gemí entre sollozos, cosa que lo
alarmo más de lo que ya estaba y se puso a chillarle a alguien de quien no
logré oír la respuesta. Se oyeron unos pasos frenéticos antes de que el
silencio lo invadiera todo.
Me
adentré más en la gruta, agarrándome a las paredes para no resbalar por la
cantidad de algas que con el paso del tiempo se habían adueñado del lugar. En
la lejanía oí como Pablo rugía mi nombre con furia animal, sobresaltándome más.
–
Dimitri… Necesitaba oír tu voz antes… Antes de que… –no fui capaz de acabar la
frase y me desmorone contra una pared, respirando pesadamente. Eso hizo que mi
amado se alarmara aún más.
–
¿¡Alexia?! ¿¡Qué pasa?! ¿¡Antes de que?! ¡Alexia maldita sea, respóndeme!
– Te
amo… Tenlo presente pase lo que pase… –oí como contenía la respiración y
sollocé quedamente. El silencio se adueño de la línia, incluso dejé de oír sus
pesados pasos sobre la gravilla. Me entró aún más miedo. No quería perderlo.
Aún no…
–
Alexia… –mí nombre fue un gimoteo quedo procedente de sus labios y me estremecí
creyendo notar las lágrimas que estaba derramando.
–
Tengo unos segundos, mi amor… ahora mismo yo… estoy perdida… y… me están
asechando… él lo intentará todo hasta encontrarme y, si no me viola… puedo
darme por muerta…
–
¿Qué…? ¿Dónde…? ¿¡Qué canalla quiere hacerte eso?! –levantó la voz y su rugido
se prolongó por mí cuerpo hasta herirme el corazón.
– Miami…
Estoy en la playa… Costa Dorada… Pero… Tengo miedo… Y… Necesitaba decirte lo
mucho que me importas… Lo mucho que odié el momento en que acordamos ser solo
amigos…
Nuevamente
el grito de Pablo rasgó el aire y supe que se encontraba cerca. Muy cerca.
Estaba perdida.
–
Espérame Alexia… No te vayas… Ahora no… ¡Ni se te ocurra colgar! ¡No hasta que
te haya encontrado!
– Te
amo… –la línea fue brutalmente cortada cuando el móvil me fue arrancado de las
manos y se estrelló con fuerza contra la pared.
A eso
le siguieron unos segundos de silencio antes de que una voz atormentadora
resonara en la caverna y en mi cabeza.
– Te
encontré.
Solté
un chillido ensordecedor e intenté retroceder, alejarme de sus hermosas pero
perversas manos; pero no podía. No era capaz de mover ni un solo músculo. El
miedo me corroía la sangre y la respiración se me empezó a hacer más profunda e
irregular, jadeante.
– ¡No! ¡Aléjate de mí!
Me
levanté a trompicones pero pocos segundos después volví a encontrarme en el
suelo, con las manos de Pablo recorriéndome el cuerpo con lascividad y
posesividad. Sisee con asco al notar como me rozaba los pechos y me acalló con
su boca. Me beso con furia, arrasando con todo a su paso clavándome los dientes
en el labio inferior hasta hacerme sangrar. Dolor era lo único que lograba
sentir. Eso y una enorme agonía.
Antes
de que pudiera volver a gritar o hacerle algún daño para obligarlo a soltarme,
me desabrocho la parte superior del bikini y silbo segundos antes de besar uno
de mis pezones, llevándoselo a la boca para empezar a morderlo, chuparlo y
lamerlo; hasta dejarlo hinchado y muy, muy dolorido. Hizo exactamente lo mismo
con el otro y tuve que contener un sollozo ante las dolorosas punzadas que me
recorrían. No quería enfurecerlo y despertar la bestia que palpitaba en su
interior.
Me
besó y lamió el estómago hasta llegar al ombligo, dónde se quedó anclado,
metiendo la lengua dentro del pequeño agujerito y dejándome llena de saliva. Un
perro hubiera sido mucho mejor en esos momentos.
Di un
respingo al notar sus manos sobre el botón de mis vaqueros y me los quitó, dejándome
únicamente con la paste baja del bañador. Silbo mientras me devoraba con los
ojos y me sentí a las puertas del desmayo cuando noté sus manos contra los
lazos de las bragas. Él iba a por todas.
No iba a prepararme ni hacer nada para que no me doliera o relajara… No, iba a
tomarme como si nada, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.
Resignada
y sabiendo lo que me esperaba –más si lo hacia cabrear–, paré quieta y cerré
los ojos, cosa que, seguramente, hizo sonreír a Pablo.
– Ya te has
rendido ¿eh, zorra? Ahora todo irá mucho mejor y lo sabes –empezó a desacordarme
el lazo del bañador y contuve un chillido al notar su otra mano levantándome el
muslo por encima de su hombro–Todo será más fácil y no tendré que…
Sus palabras
se perdieron con el último soplo de viento y solo logre escuchar como su cuerpo
se estrellaba con brusquedad contra la pared. A eso lo siguió un grito que me
heló la sangre en las venas y una carcajada profunda y perversa, llena de malas
intenciones y ansia de sangre.
Asustada
de lo que podría ver, abrí los ojos muy lentamente y suerte que me encontraba
en las puertas del desmayo porque, sino, me hubiera levantado de un salto para
abrazar a mi salvador. Mi amante de las sombras: Dimitri.
Este
cabreado y con cara de querer cometer una masacre, se sentó a horcajadas sobre
el tronco de un desvalido Pablo y se puso a darle puñetazos. Cada vez que
estrellaba el puño contra cualquier parte de su rostro que pudiera encontrar,
era capaz de oír el crujir de los huesos al quebrarse y ver salpicaduras de
sangre por todas partes. Como siguiera golpeándolo de esa forma tan brutal,
acabaría matándolo y yo no podía permitirlo por mucho que lo odiara.
–
Dimitri… Para… –me acerqué a él cojeando, tapándome a duras penas los pechos.
Pero él no hacía caso, estaba sumergido en un mar de ira oscuro y profundo–
Para… Dimitri… No tiene sentido que lo mates…
Pensando
que su parte racional estaba dormida y que la irracional regia su
comportamiento, me dispuse a llamarlo otra vez pero tras asestarle otro
puñetazo a Pablo, quien tenía el rostro deformado y lleno de sangre, me
respondió con voz cortante:
– ¡Ha
intentado violarte! –rugió levantando nuevamente el puño.
No
podía verlo de esa forma, tenía que hacer alguna cosa para calmarlo. Algo que
yo sabía que iba a funcionar. A pesar de que estaba temblando y de que tenía el
pulso muy inestable, rodee a Dimitri por la espalda y me puse a besarle el
cuello lentamente. Tras ese contacto, sus músculos empezaron a calmarse un poco.
– No
pasa nada. Detente. No merece la pena este ser repugnante. Tu vales mucho más
y no quiero que acabes en la cárcel por la muerte de este canalla. Déjalo ir y
ven conmigo.
A
regañadientes lo dejó y se giró para abrazarme con fuerza, sin prestar atención
a la desnudez de mi cuerpo. Sobre mi coronilla se puso a murmurar palabras
llenas de cariño que hicieron mella en mi corazón por segunda vez y las
lágrimas que había estado conteniendo durante todo el ataque, surgieron al
exterior, haciéndome berrear como una niñita de papá.
La policía llegó media hora más tarde, encontrando a
Pablo medio muerto en un charco de su propia sangre; y a mí temblando como una
hoja, firmemente agarrada a la desgarrada camisa de Dimitri. Sin mediar
palabra, lo esposaron y se lo tuvieron que llevar con la ayuda de una camilla ya
que era incapaz de aguantarse por si mismo. Pocos minutos más tarde llegaron
Róman y Carol, quienes, buscándome, habían visto como la poli se llevaba a ese
canalla y se apresuraron a argumentar los motivos de su extraña forma de
actuar. Estuve a punto de gritarles que eran unos estúpidos, que Pablo nunca
había existido, que solo existía esa personalidad psicópata. Pero me contuve. No
por él, sino por su hermano y mi amiga.
Dimitri
me ayudó a dar unos pasitos algo temblorosos hasta el sargento Wartz para
comunicarle que iba a llevarme a un lugar más tranquilo para que pudiera
descansar porque, según él, todos los acontecimientos del día me habían
afectado mucho. El sargento Wartz, un hombre corpulento, de unos cincuenta
años, rasgos afilados, pelo rubio ceniza y unos ojos jaspeados, aceptó con la
única condición de conocer el hotel en el que nos íbamos a hospedar y que,
cuando me sintiera con fuerza, fuera a su oficina para explicar que había ocurrido.
Tras comunicarle
que así lo haríamos, Dimitri empezó a andar y yo lo seguí a trompicones, intentando
que las piernas me respondieran; pero acabé en el suelo de rodillas, sollozando
y temblando. Mi amado no se dio cuenta de ello hasta que lo llamé con voz temblorosa.
Entonces me miró, vino casi corriendo a mí lado y me abrazó con fuerza, dándome
calor y cariño.
– Dimitri…
–tartamudee contra su cuello, devolviéndole el abrazo a duras penas.
– Ya esta…
Tranquila preciosa. No volveré a dejarte sola…
Lentamente,
muy lentamente, la oscuridad lo fue dominando todo y, antes de desmayarme, logré
susurrar que lo quería. La oscuridad de apoderó de mí y no pude escuchar las dulces
palabras que dijo en respuesta:
– Y yo
a ti, mi dulce princesa. Y yo a ti…
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