domingo, 29 de junio de 2014

Capítulo 14

Capítulo 14









 
El gorila que custodiaba la entrada de la discoteca Amnesia se apartó un poco, dejándonos pasar con una mueca algo desdeñosa en el rostro. Al vernos entrar, volvió a recuperar rápidamente su lugar y miró desafiantemente a unas muchachas que intentaban colarse. Con su voz gutural las mandó al final de la cola y estas, asustadas ante los imponentes ojos verdes de ese enorme hombre, retrocedieron y salieron pitando, perdiéndose entre las sombras del callejón más cercano.

            Carol tan emocionada como estaba, se me pegó como una lapa y empezó a dar saltitos de felicidad sobre sus tacones de aguja. Se le subió un poco la ceñida falda del corto vestido de brillantitos verdes y me obligué a arreglarle el borde, manteniéndolo en su lugar y mandando miradas asesinas a todo aquel que pusiera los ojos en sus doradas piernas.

            La voz de Pablo se sobrepuso a la estridente música y nos fue pidiendo que queríamos beber. Carol y Róman pidieron un Paraíso, que básicamente se trataba de una bebida a base sumo de naranja, coñac de albaricoque y ginebra. Yo, al no saber que elegir, acabé agarrada del brazo de Pablo –quien me ayudaba a sostenerme sobre los tacones–, y me llevó a la barra para que preguntara que era mejor.
 
                En la barra la gente se arremolinaba entorno a sus copas, parloteando de cosas sin sentido –algunos comentarios un poco subiditos de tono–. Pablo me empujó hasta el fondo y llamó a un joven, el cual vino a nosotros sonriendo y bufando por todo el trabajo que tenía. Era un joven alto y pelirrojo, de ojos verdes, tes pálida y torso firme pero sin llegar a tener unos músculos memorables.

            Me estudió de arriba abajo y luego centró toda su atención en Pablo. Me di cuenta, casi al instante, por el brillo en sus ojos y como se humedecía de vez en cuando los labios, de que ese joven camarero estaba coladito por Pablo, y que, lastimosamente, el susodicho no sentía lo mismo. Se veía que claramente, prefería a las mujeres. En resumidas cuentas, me prefería a mí.


           
 – ¡Christian! –se cernió sobre la barra y chocaron los puños, guiándose un ojo con complicidad. Entonces llegué a su lado y mi compañero se olvidó de Christian–. Está conmigo y no sabe lo que quiere; así que necesita tu ayuda para elegir. Róman y su chica quieren un Paraíso, doble. Para mí será lo de siempre.

            Christian asintió mientras apuntaba el pedido y me tendía una carta de bebidas. Esa vez, mirándome como si quisiera echarse sobre mi yugular y matarme por haberle robado el chico. Se dio media vuelta y bramó algo parecido a una palabrota en un idioma que no conocía de nada. Era una palabra extraña, algo que había sonado como hovno. Estaba claro que, cuando dispusiera de un ordenador, miraría lo que significaba.

            – ¿Lo de siempre? –pregunté mientras miraba el menú, un poco perdida y confundida.

            – Si. Un Alexander. Lleva…

            – Soy una negada a la hora de elegir, pero se lo que lleva: ginebra, cacao y leche. Un poco infantil, ¿no crees?

            Se le dibujó una enorme y socarrona sonrisa en el rostro y me estudió fijamente.

            – Puede, pero esta bueno. Este –señaló un coctel verde iridescente– es un ángel caído –miré fijamente el diseño intentando saber de que se componía. Pero no lo sabía.

            – Ginebra, crema de menta, angostura y jugo de limón –una voz femenina y aguda me hizo apartar la mirada del dibujo.

            Miré a la recién llegada y me sentí desfallecer. Era ella. Era la chica con la que Jack me había engañado. Seguía teniendo el mismo aspecto de siempre: tes pálida, largo cabello rubio que caía en finas ondas hasta sus estrechas caderas y sonrisa posesiva. La muy golfa… Iba con un vestido gris ceñido al cuerpo, con un escote precioso y una falda muy corta. Me obligué a sonreír y aparté la mirada de esa puta.

            – Eduardo, querido –lo abrazó y besó en la boca levemente, haciéndome gruñir. La zorra se había puesto a trabajar–. No te has dejado ver últimamente ¿Muy ocupado con tus capturas?

            – Miriam… ahora no, estoy acompañado –Miriam –me gustaba más llamarla La Polvos– me miró y guiñó un ojo.

            – ¿Así que tu eres su nuevo juguete? Eres bonita y sexy, hay que reconocerlo, pero lo guardas para ti misma –me estudió fijamente y pestañeó un par de veces–. Oye ¿nosotras nos conocemos? Tu cara me suena un poco.

            – No creo…

            – Si, nos conocemos –corté tajantemente a Pablo y miré a esa mujer con ira–. Tú te tiraste a mi novio. ¿Te acuerdas de Jack? Aún sigue libre, si te interesa. Pero siendo tan golfa, seguro que no lo necesitas para que te caliente la cama o… otra cosa.

            Enrojeciendo con furia, levantó una mano y la estampó contra mi mejilla, haciéndome girar el rostro. Yo ni corta ni perezosa, se la devolví con el doble de fuerza.

            – ¡Puta! –volvió a alzar la mano y antes de que me volviera a golpear, me moví velozmente situandome cerca de Pablo, quien observaba la escena alucinado.

            – Mira quien fue a hablar, zorra anorexica y tetona. Cuando tengas cuarenta se te caerán ¿o ya tienes los cuarenta? A lo mejor por ese motivo que las tienes ya tan fuera de su sitio.

            – Arpía…

            Sonreí maliciosamente. Ese era el último comentario que necesitaba para joderle la noche.

            – Ui ¿escuchas eso? Si, si, ese ruido tan ensordecedor ¡Son mis amigas arpías que vienen a destrozarte el rostro y a desincharte las tetas! –abrió los ojos alarmada y miró a su alrededor, buscando una forma de escaparse de mí. La sola mención de destrozarle el rostro la había alarmado. Y mucho –Largo puta –empezó a correr como una cobarde sin volver a mirarme y se perdió entre la multitud de cuerpos que se movían en la pista.

 

 

Miré a Pablo y sonreí para intentar calmar el ambiente. Poco después volvió Christian con dos bebidas servidas en copas de cristal. Una –Alexander– era blanca con cacao espolvoreado por encima. La otra –Paraíso– era de un tono anaranjado, acompañado con una sombrilla.

            Le acabé pidiendo a Christian que me trajera un Ángel Caído y un Sex on the Beach. Necesitaba olvidarme de todo lo que había ocurrido y la mejor forma de hacerlo era darle a la bebida. Un poco de ginebra y otro tanto de vodka no sentarían nada mal.

            Al tener todo lo que queríamos, fuimos hacia las escaleras que conducían a la zona superior, donde había un espacio de butacas rojas y mesas, sobre la pista de baile, pero insonorizado. Un lugar para disfrutar de los amigos, el alcohol y un buen ligoteo.

            Encontramos a Carol y Róman acaramelados en uno de los reservados. Cuando dejamos la bebida sobre la mesa, sobresaltándolos, Carol levantó la mirada y conteniendo un chillido se levanto para examinar la marca roja que, seguramente, destacaba sobre la palidez de mi piel. La obligué a calmarse, y cuando todos nos encontrábamos sentados con nuestras respectivas bebidas en la mano, les conté el percance con Miriam, dándole sorbos a mí Ángel Caído. Estaba delicioso. El fuerte sabor de la ginebra había quedado mitigado por la dulzura y frescura de la crema de menta.

            Carol estuvo mirándome con espanto hasta que hube acabado de redactar lo ocurrido. Al acabar, dio un trago largo al Paraíso y soltó un hipido. Se levantó, sentó a mí lado y tomó mis manos con ternura, mirándome fijamente a los ojos.

            – La voy a matar –sentenció con seriedad–. Mira que robarte el chico ¿Y ahora te insulta? No tiene remedio. Una bofetada no es suficiente, necesitamos algo más de chispa…

            De repente mi amiga se calló y escuchó atentamente la canción que había empezado a sonar a todo volumen. Su adorable rostro moreno se iluminó de felicidad. Miró a todos los que nos rodeaban, que por algún motivo que no entendía, estaban más o menos igual de ilucionados que ella por la canción.

            – ¡Vamos a bailar Alexia! ¡Adoro esta canción!

            Sin esperar respuesta, se levantó y me arrastró hacia las escaleras, haciéndome chocar con todo ser humano que se plantara delante. Bajamos las escaleras a saltitos –yo, obligada por Carol–. Tendrían que haberle dado un trofeo por la gran proeza que estaba haciendo: bajar las empinadas escaleras a saltitos, sobre unos tacones de aguja y a una velocidad asombrosa.

            Llegamos a la pista de baile y nos unimos a más jóvenes que brincaban como corderitos y chillaban excitados. Alguna que otra pareja se daba el lote mientras bailaban un vals lento, sacando la melodía de sus respectivas cabezas; o directamente se metían mano sin decoro.

            Carol se puso a imitar a los adolescentes, saltando sobre los tacones y balanceándose de un lado al otro. Yo intenté imitarla, pero mí equilibrio era pésimo y acabé tropezando y cayendo en los brazos de alguien. Eran brazos musculosos, eso fue lo primero que noté. Fuera quien fuera el que había evitado que me diera le peor ostia del siglo, me soltó y levantó la barbilla, obligándome a fijar los ojos en un rostro angelical. Pelo negro azabache como las plumas de un cuervo, ojos grises y fríos, piel pálida y perfecta, pómulos esculpidos, pestañas negras y rizadas y labios gruesos y sensuales.

            Me disculpé por lo torpe que había sido y su sonrisa se ensancho, dejando a la vista unos dientes perfectos y dos dulces hoyuelos en cada mejilla. Era encantador, pero algo en él gritaba que era peligroso, mucho.

            – No te disculpes angelito. Soy afortunado por haberme chocado contigo. Me llamo Izan. Izan Costa. ¿Y tu, bella ninfa de los bosques?

            Tardé unos segundos en responder, y en lo que duró mi silencio, recibí dos pisotones, cinco empujones que me pegaron más a ese misterioso hombre y una tanda de maldiciones. Acabé sonriendo a pesar de las circunstancias y le respondí con voz agradable:

            – Soy Alexia. Alexia Marie Marroway –extendí una mano, dispuesta a estrechar la suya, pero en su lugar, recibí un beso en la palma.

            – Un nombre encantador para una chica encantadora ¿Bailas?

            Asentí y al minuto siguiente, ya nos encontrábamos bailando algo similar a un tango con una pizca de salsa y vals. La gente a nuestro alrededor fue dispersándose un poco, dejándonos más espacio para movernos y vitoreándonos. Por una vez, me alegré de haber asistido a clase de baile durante dos años.

 

 

Iz y yo nos sentamos arriba mientras los demás bailaban y me hizo reír de mala manera al contarme un chiste que, por el simple hecho de lo cutre que era, valía la pena. Tenía un sentido de la broma alucinante, según había podido comprobar en la media hora que llevábamos juntos. Era australiano, aún que su padre era francés y su madre rumana. Tocaba en una banda desde los diez años e iba a sacar un disco en agosto: MICI ȘI UITATA; Pequeños y olvidados, un título bastante curioso, extraído de su lengua materna. Luego le conté todo lo que tenía que saber sobre mí. Al igual que Pablo, me escucho sin interrumpir.

            – Seattle ¿eh? Nunca he ido, pero dicen que es hermoso.

            – No te voy a engañar, Iz, no es nada del otro mundo. Otra gran ciudad como Nueva York; con grandes rascacielos, centros históricos, universidades y esas cosas. Lo tengo un poco aburrido ya, porque vivo allí con mí hermano desde que mis padres se separaron. Mi madre se fue quien sabe a donde y mi padre sigue en Grécia, estudiando la vida acuática que hay por allí.

            – ¿Eres griega? –se le salieron los ojos de las órbitas, alarmado.

            No, soy medio griega medio española ¿o era gallega? No estoy muy segura.

            Empezó a reír a carcajadas y la música cambió, siendo substituida por algo lento y enternecedor. No conocía esa pieza, pero mi compañero, si. Mirándome fijamente a los ojos, empezó a cantar con voz gutural y grave. No cantaba nada bien y eso, por algún motivo que desconocía, me hizo enfadar, pues no era la voz que deseaba escuchar.

            <<Mierda Alexia… deja de pensar en él y acábate esto –cogí la copa de Sex on the Beach y apuré el contenido sin pensármelo dos veces.>>

            Me levanté y situé delante de Iz, quien se me quedó mirando fijamente. Sonreí y me incliné para darle un beso en la mejilla. Por extraño que me resultara, no giró el rostro ni hizo nada para que nuestras bocas se rozaran, y eso le hizo ganar un par de puntos.

            Nos despedimos mutuamente y me fui al servicio con pasitos cortos y tambaleantes, un poco mareada por el alcohol que cantaba en mi sangre como el más dulce canto de sirena. Al detenerme delante de la puerta, vi que un corrillo de chicas rodeaban a otra que estaba hecha un ovillo en el suelo, llorando. Mil murmullos llegaron a mis oídos: que la habían violado, que su pareja había cometido un robo y se encontraba camino de la cárcel, que debía dinero a la mafia, que la habían dejado plantada… y mil rumores más.

            Sin estar interesada en todo aquel lio, aparté a un par de chicas de delante de la puerta, ganándome dos o tres miradas llenas de odio  y algún que otro insulto. Entré en el servicio sin hacer caso a todo eso y una deslumbrante luz blanca me cegó. Me planté delante del único espejo que no estaba roto ni pintado y suspiré mirándome fijamente. Esa no podía ser yo. Ese ser de mejillas sonrojadas, pelo alborotado y un vestido demasiado subidito no podía ser yo.

            Intenté arreglar el desastre que había ocasionado en mí el frenético baile y al lograr dejare el pelo en su sitio, sonreí una última vez a mí reflejo distorsionado por el mareo. Anduve con pasos cortos hacia la puerta pero entonces un susurro procedente del exterior me hizo parar en seco. Se trataba de la chica que había estado llorando, la cual no dejaba de tartamudear una y otra vez un nombre: Izan.  Y entonces entendí lo que había ocurrido. Izan era un ligón de categoría, y tras abandonar a esa pobre chica, había ido a por otra presa, y claro estaba, esa presa había sido yo.

            Inspiré y expiré un par de veces, intentando calmarme para no salir disparada de allí y partirle la nariz a ese canalla. Me calmé, conté hasta diez, mentalizándome, y abrí la puerta. Todas las miradas se posaron sobre mí persona. Me obligué a pasar olimpicamente de ello y anduve a grandes zancadas hacia la joven.

            Al verme parada delante de ella, la joven levantó la cabeza, haciendo que rojos mechones de su largo cabello ocultaran la palidez de su rostro y las lágrimas que emanaban de sus profundos ojos castaños. Era delgada y con curvas, de pecho voluminoso y extremidades flexibles, como las de una bailarina.

            Me puse en cuclillas y, aún sin conocernos, le cogí las manos sonriendo con ternura.

            – Izan ¿verdad?

            La sola mención de ese nombre hizo que se me lanzara a los brazos, sollozando desesperada y sabiéndose la nariz. Empecé a acariciarle la cabeza sonriendo algo triste.

            – Me llamo Alexia y ese canalla estaba conmigo hasta hace un rato ¿Puedo preguntar tu nombre?

            Asintió levemente y su voz llegó a mí como el cántico de un ángel celestial. Lo curioso fue que se llamaba Asaliah, como el Dios de la justicia.

            Lentamente ayudé a que se pusiera en pie y todas las chicas que nos rodeaban se apartaron, dejándonos espacio para maniobrar sin problemas.

            – ¡Eso es Asali! Ya era hora de que te pusieras en pie –bramó una chica bajita, de piel tostada y rostro cincelado.

            – ¡Sí! Nos tenías muy preocupadas. Gracias em… ¿Alexia? Por todo –una chica más alta que yo, de piel caramelizada, pecas y pelo negro me sonrió abiertamente, enseñando una dentadura imperfecta con aparatos.

            Las dos chicas que habían hablado se presentaron como Pia y Katherine, respectivamente; las dos eran de Florida, de una ciudad cercana a la costa norte.

            Ashaliah se secó las lágrimas con un pañuelo de Pia y le di mi número. También se lo di a Pia y Katherine, porque iban a hacer un viaje a Seattle y cuando vinieran, querían llamarme para que les hiciera un tour personal. Acepté encantada, y entonces me acordé de que había dejado mis amigos abandonados y que debían de estar muy preocupados. También cabía la posibilidad de que ese mal nacido siguiera por allí.

            A regañadientes me dejaron ir y me despedí de las tres con dos besos. Antes de desaparecer detrás de una esquina le hice una promesa a Asali, la cual iba a cumplir, costara lo que costara: Izan iba a pagar todo el daño que le había hecho a ella y a quien sabía cuantas más.

 

 

Encontré a mis amigos sentados en la misma mesa de antes, lo único diferente de la situación era que Pablo tenía cara de estar muy cabreado y Izan ya no estaba. Menos mal, porque sino le hubiera dado una buena en ese mismo instante sin pararme a pensar en la situación ni en el plan que se estaba desarrollando dentro de mi cabeza como una película a camera lenta. Carol estaba muy nerviosa, dando vueltas, sin parar, a una copa; y Róman la intentaba calmar con leves caricias y besos en la coronilla.

            Los observé fijamente, sin mediar palabra, y unos minutos después, carraspeé con fuerza, haciendo que se sobresaltaran y me miraran.

            – ¡Alexia! –la primera en reaccionar fue Carol, quien se levantó escopetada y me abrazó algo temblorosa–. Sabía que ese bastardo mentía, tu no podías haberte ido a uno de los reservados para… –calló momentáneamente y acabé la frase por ella en mi mente <<Para un polvo rápido>>

            – ¿Estas bien? –esa vez fue Róman quien se nos acercó. Con cura me tomó el pulso–. Tiene el pulso muy elevado, la respiración entrecortada y el rostro muy sonrojado –entonces llevó una mano a mi frente e hizo una mueca –Maldita sea… cariño, tenemos que irnos ya, Alexia tiene fiebre.

            Todo ocurrió a la velocidad de la luz: Carol me apoyó en su hombro con mucho cuidado y me ayudó a descender a trompicones las escaleras mientras los chicos, recogían las cosas. Cada vez me costaba más respirar. Estaba mareada y empezaba a tener frío. Me estaba asustando y Carol lo sabía, pues no dejaba de murmurar palabras tranquilizadoras que solo lograban preocuparme más. Al llegar a la planta baja, donde la música era atronadora y lacerante, tuve que hacer un gran esfuerzo para no derrumbar todo mi peso sobre el frágil cuerpo de mí amiga.  Las manos de Carol fueron substituídas por las de Róman y Pablo, quienes me mantuvieron derecha y se interpusieron entre todos los cuerpos que se movían vertiginosamente a mí alrededor. Cuando faltaban unos pasos para llegar a la puerta donde el Sr. Gorila seguía apostillado, me detuve al ver a Izan darse el lote con… ¡Miriam! Me separé de los chicos como pude  y anduve tambaleante hasta dónde se encontraban. Iba a salvar a esa zorra anoréxica de que se acostara con ese insecto; aunque me cayera mal. Pablo me observó fijamente sin apartar la mirada, apretando los puños con fuerza, preparándose para la pelea.

            – ¡Ey! –grité a todo pulmón, cosa que logro que los dos amantes del sexo se separaran– Miriam, si te vas a acostar con este, usa protección, no vayas a pillas lo que tiene allí abajo.

            Miriam chilló asqueada y se apartó de Izan como si fuera el ser más horrendo del mundo. Tuve tiempo de disfrutar un poco más del espectáculo antes de que unos fuertes brazos me sostuvieran y la oscuridad me tragara.

 

 

Me desperté un par de horas más tarde en el dormitorio del hotel, con un pañuelo húmedo sobre la frente, un sabor rancio en la boca y un vaso de agua al alcance de la mano. Estaba sedienta así que apuré el contenido de un trago, cosa que hizo que me mareara nuevamente y que ese sabor asqueroso en mi boca se intensificara. El sabor del vomito. Algo asqueroso que, costara lo que costara, iba a mantener dentro de mí.

            Cerré los ojos dispuesta a descansar y me dormí con una sonrisa en los labios, una sonrisa de victoria. Esa noche, ese canalla se iba a quedar sin polvo fácil. Todo gracias a mí.

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