Capítulo 14
El gorila que custodiaba la entrada de la discoteca
Amnesia se apartó un poco, dejándonos pasar con una mueca algo desdeñosa en el
rostro. Al vernos entrar, volvió a recuperar rápidamente su lugar y miró
desafiantemente a unas muchachas que intentaban colarse. Con su voz gutural
las mandó al final de la cola y estas, asustadas ante los imponentes ojos
verdes de ese enorme hombre, retrocedieron y salieron pitando, perdiéndose
entre las sombras del callejón más cercano.
Carol
tan emocionada como estaba, se me pegó como una lapa y empezó a dar saltitos de
felicidad sobre sus tacones de aguja. Se le subió un poco la ceñida falda del
corto vestido de brillantitos verdes y me obligué a arreglarle el borde,
manteniéndolo en su lugar y mandando miradas asesinas a todo aquel que pusiera los
ojos en sus doradas piernas.
La
voz de Pablo se sobrepuso a la estridente música y nos fue pidiendo que
queríamos beber. Carol y Róman pidieron un Paraíso, que básicamente se trataba
de una bebida a base sumo de naranja, coñac de albaricoque y ginebra. Yo, al no
saber que elegir, acabé agarrada del brazo de Pablo –quien me ayudaba a
sostenerme sobre los tacones–, y me llevó a la barra para que preguntara que
era mejor.
En la
barra la gente se arremolinaba entorno a sus copas, parloteando de cosas sin
sentido –algunos comentarios un poco subiditos de tono–. Pablo me empujó hasta
el fondo y llamó a un joven, el cual vino a nosotros sonriendo y bufando por
todo el trabajo que tenía. Era un joven alto y pelirrojo, de ojos verdes, tes
pálida y torso firme pero sin llegar a tener unos músculos memorables.
Me
estudió de arriba abajo y luego centró toda su atención en Pablo. Me di cuenta,
casi al instante, por el brillo en sus ojos y como se humedecía de vez en cuando
los labios, de que ese joven camarero estaba coladito por Pablo, y que,
lastimosamente, el susodicho no sentía lo mismo. Se veía que claramente,
prefería a las mujeres. En resumidas cuentas, me prefería a mí.
– ¡Christian! –se cernió sobre la barra y chocaron los puños, guiándose un ojo con complicidad. Entonces llegué a su lado y mi compañero se olvidó de Christian–. Está conmigo y no sabe lo que quiere; así que necesita tu ayuda para elegir. Róman y su chica quieren un Paraíso, doble. Para mí será lo de siempre.
Christian
asintió mientras apuntaba el pedido y me tendía una carta de bebidas. Esa vez,
mirándome como si quisiera echarse sobre mi yugular y matarme por haberle
robado el chico. Se dio media vuelta y bramó algo parecido a una palabrota en
un idioma que no conocía de nada. Era una palabra extraña, algo que había
sonado como hovno. Estaba claro que, cuando dispusiera de un ordenador, miraría lo que
significaba.
– ¿Lo
de siempre? –pregunté mientras miraba el menú, un poco perdida y confundida.
– Si.
Un Alexander. Lleva…
– Soy
una negada a la hora de elegir, pero se lo que lleva: ginebra, cacao y leche.
Un poco infantil, ¿no crees?
Se le
dibujó una enorme y socarrona sonrisa en el rostro y me estudió fijamente.
–
Puede, pero esta bueno. Este –señaló un coctel verde iridescente– es un ángel
caído –miré fijamente el diseño intentando saber de que se componía. Pero no lo
sabía.
– Ginebra,
crema de menta, angostura y jugo de limón –una voz femenina y aguda me hizo
apartar la mirada del dibujo.
Miré
a la recién llegada y me sentí desfallecer. Era ella. Era la chica con la que
Jack me había engañado. Seguía teniendo el mismo aspecto de siempre: tes
pálida, largo cabello rubio que caía en finas ondas hasta sus estrechas caderas
y sonrisa posesiva. La muy golfa… Iba con un vestido gris ceñido al cuerpo, con
un escote precioso y una falda muy corta. Me obligué a sonreír y aparté la
mirada de esa puta.
–
Eduardo, querido –lo abrazó y besó en la boca levemente, haciéndome gruñir. La zorra
se había puesto a trabajar–. No te has dejado ver últimamente ¿Muy ocupado con
tus capturas?
–
Miriam… ahora no, estoy acompañado –Miriam –me gustaba más llamarla La Polvos–
me miró y guiñó un ojo.
–
¿Así que tu eres su nuevo juguete? Eres bonita y sexy, hay que reconocerlo,
pero lo guardas para ti misma –me estudió fijamente y pestañeó un par de
veces–. Oye ¿nosotras nos conocemos? Tu cara me suena un poco.
– No
creo…
– Si,
nos conocemos –corté tajantemente a Pablo y miré a esa mujer con ira–. Tú te
tiraste a mi novio. ¿Te acuerdas de Jack? Aún sigue libre, si te interesa. Pero
siendo tan golfa, seguro que no lo necesitas para que te caliente la cama o…
otra cosa.
Enrojeciendo
con furia, levantó una mano y la estampó contra mi mejilla, haciéndome girar el
rostro. Yo ni corta ni perezosa, se la devolví con el doble de fuerza.
–
¡Puta! –volvió a alzar la mano y antes de que me volviera a golpear, me moví
velozmente situandome cerca de Pablo, quien observaba la escena alucinado.
–
Mira quien fue a hablar, zorra anorexica y tetona. Cuando tengas cuarenta se te
caerán ¿o ya tienes los cuarenta? A lo mejor por ese motivo que las tienes ya
tan fuera de su sitio.
–
Arpía…
Sonreí
maliciosamente. Ese era el último comentario que necesitaba para joderle la
noche.
– Ui
¿escuchas eso? Si, si, ese ruido tan ensordecedor ¡Son mis amigas arpías que
vienen a destrozarte el rostro y a desincharte las tetas! –abrió los ojos
alarmada y miró a su alrededor, buscando una forma de escaparse de mí. La sola
mención de destrozarle el rostro la había alarmado. Y mucho –Largo puta –empezó
a correr como una cobarde sin volver a mirarme y se perdió entre la multitud de
cuerpos que se movían en la pista.
Miré a Pablo y sonreí para intentar calmar el
ambiente. Poco después volvió Christian con dos bebidas servidas en copas de
cristal. Una –Alexander– era blanca con cacao espolvoreado por encima. La otra
–Paraíso– era de un tono anaranjado, acompañado con una sombrilla.
Le
acabé pidiendo a Christian que me trajera un Ángel Caído y un Sex on the Beach.
Necesitaba olvidarme de todo lo que había ocurrido y la mejor forma de hacerlo
era darle a la bebida. Un poco de ginebra y otro tanto de vodka no sentarían
nada mal.
Al
tener todo lo que queríamos, fuimos hacia las escaleras que conducían a la zona
superior, donde había un espacio de butacas rojas y mesas, sobre la pista de baile,
pero insonorizado. Un lugar para disfrutar de los amigos, el alcohol y un buen
ligoteo.
Encontramos
a Carol y Róman acaramelados en uno de los reservados. Cuando dejamos la bebida
sobre la mesa, sobresaltándolos, Carol levantó la mirada y conteniendo un
chillido se levanto para examinar la marca roja que, seguramente, destacaba
sobre la palidez de mi piel. La obligué a calmarse, y cuando todos nos
encontrábamos sentados con nuestras respectivas bebidas en la mano, les conté
el percance con Miriam, dándole sorbos a mí Ángel Caído. Estaba delicioso. El
fuerte sabor de la ginebra había quedado mitigado por la dulzura y frescura de
la crema de menta.
Carol
estuvo mirándome con espanto hasta que hube acabado de redactar lo ocurrido. Al
acabar, dio un trago largo al Paraíso y soltó un hipido. Se levantó, sentó a mí
lado y tomó mis manos con ternura, mirándome fijamente a los ojos.
– La
voy a matar –sentenció con seriedad–. Mira que robarte el chico ¿Y ahora te
insulta? No tiene remedio. Una bofetada no es suficiente, necesitamos algo más
de chispa…
De
repente mi amiga se calló y escuchó atentamente la canción que había empezado a
sonar a todo volumen. Su adorable rostro moreno se iluminó de felicidad. Miró a
todos los que nos rodeaban, que por algún motivo que no entendía, estaban más o
menos igual de ilucionados que ella por la canción.
–
¡Vamos a bailar Alexia! ¡Adoro esta canción!
Sin
esperar respuesta, se levantó y me arrastró hacia las escaleras, haciéndome
chocar con todo ser humano que se plantara delante. Bajamos las escaleras a
saltitos –yo, obligada por Carol–. Tendrían que haberle dado un trofeo por la
gran proeza que estaba haciendo: bajar las empinadas escaleras a saltitos,
sobre unos tacones de aguja y a una velocidad asombrosa.
Llegamos
a la pista de baile y nos unimos a más jóvenes que brincaban como corderitos y
chillaban excitados. Alguna que otra pareja se daba el lote mientras bailaban
un vals lento, sacando la melodía de sus respectivas cabezas; o directamente se
metían mano sin decoro.
Carol
se puso a imitar a los adolescentes, saltando sobre los tacones y balanceándose
de un lado al otro. Yo intenté imitarla, pero mí equilibrio era pésimo y acabé
tropezando y cayendo en los brazos de alguien. Eran brazos musculosos, eso fue
lo primero que noté. Fuera quien fuera el que había evitado que me diera le
peor ostia del siglo, me soltó y levantó la barbilla, obligándome a fijar los
ojos en un rostro angelical. Pelo negro azabache como las plumas de un cuervo,
ojos grises y fríos, piel pálida y perfecta, pómulos esculpidos, pestañas
negras y rizadas y labios gruesos y sensuales.
Me
disculpé por lo torpe que había sido y su sonrisa se ensancho, dejando a la
vista unos dientes perfectos y dos dulces hoyuelos en cada mejilla. Era
encantador, pero algo en él gritaba que era peligroso, mucho.
– No
te disculpes angelito. Soy afortunado por haberme chocado contigo. Me llamo
Izan. Izan Costa. ¿Y tu, bella ninfa de los bosques?
Tardé
unos segundos en responder, y en lo que duró mi silencio, recibí dos pisotones,
cinco empujones que me pegaron más a ese misterioso hombre y una tanda de
maldiciones. Acabé sonriendo a pesar de las circunstancias y le respondí con
voz agradable:
– Soy
Alexia. Alexia Marie Marroway –extendí una mano, dispuesta a estrechar la suya,
pero en su lugar, recibí un beso en la palma.
– Un
nombre encantador para una chica encantadora ¿Bailas?
Asentí
y al minuto siguiente, ya nos encontrábamos bailando algo similar a un tango
con una pizca de salsa y vals. La gente a nuestro alrededor fue dispersándose
un poco, dejándonos más espacio para movernos y vitoreándonos. Por una vez, me
alegré de haber asistido a clase de baile durante dos años.
Iz y yo nos sentamos arriba mientras los demás
bailaban y me hizo reír de mala manera al contarme un chiste que, por el simple
hecho de lo cutre que era, valía la pena. Tenía un sentido de la broma
alucinante, según había podido comprobar en la media hora que llevábamos
juntos. Era australiano, aún que su padre era francés y su madre rumana. Tocaba
en una banda desde los diez años e iba a sacar un disco en agosto: MICI ȘI UITATA; Pequeños y
olvidados, un título bastante curioso, extraído de su lengua materna. Luego le
conté todo lo que tenía que saber sobre mí. Al igual que Pablo, me escucho sin
interrumpir.
–
Seattle ¿eh? Nunca he ido, pero dicen que es hermoso.
– No
te voy a engañar, Iz, no es nada del otro mundo. Otra gran ciudad como Nueva
York; con grandes rascacielos, centros históricos, universidades y esas cosas.
Lo tengo un poco aburrido ya, porque vivo allí con mí hermano desde que mis
padres se separaron. Mi madre se fue quien sabe a donde y mi padre sigue en
Grécia, estudiando la vida acuática que hay por allí.
–
¿Eres griega? –se le salieron los ojos de las órbitas, alarmado.
No,
soy medio griega medio española ¿o era gallega? No estoy muy segura.
Empezó
a reír a carcajadas y la música cambió, siendo substituida por algo lento y
enternecedor. No conocía esa pieza, pero mi compañero, si. Mirándome fijamente
a los ojos, empezó a cantar con voz gutural y grave. No cantaba nada bien y
eso, por algún motivo que desconocía, me hizo enfadar, pues no era la voz que
deseaba escuchar.
<<Mierda Alexia…
deja de pensar en él y acábate esto –cogí la copa de Sex on the Beach y apuré el contenido sin pensármelo dos
veces.>>
Me
levanté y situé delante de Iz, quien se me quedó mirando fijamente. Sonreí y me
incliné para darle un beso en la mejilla. Por extraño que me resultara, no giró
el rostro ni hizo nada para que nuestras bocas se rozaran, y eso le hizo ganar
un par de puntos.
Nos
despedimos mutuamente y me fui al servicio con pasitos cortos y tambaleantes,
un poco mareada por el alcohol que cantaba en mi sangre como el más dulce canto
de sirena. Al detenerme delante de la puerta, vi que un corrillo de chicas
rodeaban a otra que estaba hecha un ovillo en el suelo, llorando. Mil murmullos
llegaron a mis oídos: que la habían violado, que su pareja había cometido un
robo y se encontraba camino de la cárcel, que debía dinero a la mafia, que la
habían dejado plantada… y mil rumores más.
Sin
estar interesada en todo aquel lio, aparté a un par de chicas de delante de la
puerta, ganándome dos o tres miradas llenas de odio y algún que otro insulto. Entré en el
servicio sin hacer caso a todo eso y una deslumbrante luz blanca me cegó. Me
planté delante del único espejo que no estaba roto ni pintado y suspiré
mirándome fijamente. Esa no podía ser yo. Ese ser de mejillas sonrojadas, pelo
alborotado y un vestido demasiado subidito no podía ser yo.
Intenté
arreglar el desastre que había ocasionado en mí el frenético baile y al lograr
dejare el pelo en su sitio, sonreí una última vez a mí reflejo distorsionado
por el mareo. Anduve con pasos cortos hacia la puerta pero entonces un susurro
procedente del exterior me hizo parar en seco. Se trataba de la chica que había
estado llorando, la cual no dejaba de tartamudear una y otra vez un nombre:
Izan. Y entonces entendí lo que había
ocurrido. Izan era un ligón de categoría, y tras abandonar a esa pobre chica,
había ido a por otra presa, y claro estaba, esa presa había sido yo.
Inspiré
y expiré un par de veces, intentando calmarme para no salir disparada de allí y
partirle la nariz a ese canalla. Me calmé, conté hasta diez, mentalizándome, y
abrí la puerta. Todas las miradas se posaron sobre mí persona. Me obligué a
pasar olimpicamente de ello y anduve a grandes zancadas hacia la joven.
Al
verme parada delante de ella, la joven levantó la cabeza, haciendo que rojos
mechones de su largo cabello ocultaran la palidez de su rostro y las lágrimas
que emanaban de sus profundos ojos castaños. Era delgada y con curvas, de pecho
voluminoso y extremidades flexibles, como las de una bailarina.
Me
puse en cuclillas y, aún sin conocernos, le cogí las manos sonriendo con ternura.
–
Izan ¿verdad?
La
sola mención de ese nombre hizo que se me lanzara a los brazos, sollozando
desesperada y sabiéndose la nariz. Empecé a acariciarle la cabeza sonriendo
algo triste.
– Me
llamo Alexia y ese canalla estaba conmigo hasta hace un rato ¿Puedo preguntar
tu nombre?
Asintió
levemente y su voz llegó a mí como el cántico de un ángel celestial. Lo curioso
fue que se llamaba Asaliah, como el Dios de la justicia.
Lentamente
ayudé a que se pusiera en pie y todas las chicas que nos rodeaban se apartaron,
dejándonos espacio para maniobrar sin problemas.
–
¡Eso es Asali! Ya era hora de que te pusieras en pie –bramó una chica bajita,
de piel tostada y rostro cincelado.
–
¡Sí! Nos tenías muy preocupadas. Gracias em… ¿Alexia? Por todo –una chica más
alta que yo, de piel caramelizada, pecas y pelo negro me sonrió abiertamente,
enseñando una dentadura imperfecta con aparatos.
Las
dos chicas que habían hablado se presentaron como Pia y Katherine,
respectivamente; las dos eran de Florida, de una ciudad cercana a la costa
norte.
Ashaliah
se secó las lágrimas con un pañuelo de Pia y le di mi número. También se lo di a
Pia y Katherine, porque iban a hacer un viaje a Seattle y cuando vinieran,
querían llamarme para que les hiciera un tour personal. Acepté encantada, y
entonces me acordé de que había dejado mis amigos abandonados y que debían de
estar muy preocupados. También cabía la posibilidad de que ese mal nacido
siguiera por allí.
A
regañadientes me dejaron ir y me despedí de las tres con dos besos. Antes de
desaparecer detrás de una esquina le hice una promesa a Asali, la cual iba a
cumplir, costara lo que costara: Izan iba a pagar todo el daño que le había
hecho a ella y a quien sabía cuantas más.
Encontré a mis amigos sentados en la misma mesa de antes,
lo único diferente de la situación era que Pablo tenía cara de estar muy
cabreado y Izan ya no estaba. Menos mal, porque sino le hubiera dado una buena
en ese mismo instante sin pararme a pensar en la situación ni en el plan que se
estaba desarrollando dentro de mi cabeza como una película a camera lenta. Carol
estaba muy nerviosa, dando vueltas, sin parar, a una copa; y Róman la intentaba
calmar con leves caricias y besos en la coronilla.
Los
observé fijamente, sin mediar palabra, y unos minutos después, carraspeé con
fuerza, haciendo que se sobresaltaran y me miraran.
–
¡Alexia! –la primera en reaccionar fue Carol, quien se levantó escopetada y me
abrazó algo temblorosa–. Sabía que ese bastardo mentía, tu no podías haberte
ido a uno de los reservados para… –calló momentáneamente y acabé la frase por
ella en mi mente <<Para un polvo rápido>>
–
¿Estas bien? –esa vez fue Róman quien se nos acercó. Con cura me tomó el
pulso–. Tiene el pulso muy elevado, la respiración entrecortada y el rostro muy
sonrojado –entonces llevó una mano a mi frente e hizo una mueca –Maldita sea…
cariño, tenemos que irnos ya, Alexia tiene fiebre.
Todo
ocurrió a la velocidad de la luz: Carol me apoyó en su hombro con mucho cuidado
y me ayudó a descender a trompicones las escaleras mientras los chicos,
recogían las cosas. Cada vez me costaba más respirar. Estaba mareada y empezaba
a tener frío. Me estaba asustando y Carol lo sabía, pues no dejaba de murmurar
palabras tranquilizadoras que solo lograban preocuparme más. Al llegar a la
planta baja, donde la música era atronadora y lacerante, tuve que hacer un gran
esfuerzo para no derrumbar todo mi peso sobre el frágil cuerpo de mí
amiga. Las manos de Carol fueron
substituídas por las de Róman y Pablo, quienes me mantuvieron derecha y se
interpusieron entre todos los cuerpos que se movían vertiginosamente a mí
alrededor. Cuando faltaban unos pasos para llegar a la puerta donde el Sr.
Gorila seguía apostillado, me detuve al ver a Izan darse el lote con… ¡Miriam!
Me separé de los chicos como pude y
anduve tambaleante hasta dónde se encontraban. Iba a salvar a esa zorra
anoréxica de que se acostara con ese insecto; aunque me cayera mal. Pablo me
observó fijamente sin apartar la mirada, apretando los puños con fuerza,
preparándose para la pelea.
–
¡Ey! –grité a todo pulmón, cosa que logro que los dos amantes del sexo se
separaran– Miriam, si te vas a acostar con este, usa protección, no vayas a
pillas lo que tiene allí abajo.
Miriam
chilló asqueada y se apartó de Izan como si fuera el ser más horrendo del
mundo. Tuve tiempo de disfrutar un poco más del espectáculo antes de que unos
fuertes brazos me sostuvieran y la oscuridad me tragara.
Me desperté un par de horas más tarde en el dormitorio
del hotel, con un pañuelo húmedo sobre la frente, un sabor rancio en la boca y un
vaso de agua al alcance de la mano. Estaba sedienta así que apuré el contenido de
un trago, cosa que hizo que me mareara nuevamente y que ese sabor asqueroso en mi
boca se intensificara. El sabor del vomito. Algo asqueroso que, costara lo que costara,
iba a mantener dentro de mí.
Cerré
los ojos dispuesta a descansar y me dormí con una sonrisa en los labios, una sonrisa
de victoria. Esa noche, ese canalla se iba a quedar sin polvo fácil. Todo gracias
a mí.
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