sábado, 21 de junio de 2014

Capítulo 13

Capítulo 13










– Levanta el culo de una vez dormilona. Es hora de levantarse.

            Inconscientemente moví un pie bajo las sabanas que me cubrían y, la voz que intentaba sacarme de las profundidades de un espeluznante sueño, soltó un chillido de enojo y dolor. Pasaron cinco segundos exactos antes de que notara como las sabanas me eran arrebatadas. Abrí los ojos un poco aturdida e intenté enfocar mejor la vista para saber quien era el malvado que no me dejaba dormir en paz. Estudie la habitación de doradas paredes y luego centre toda mi atención en Carol, quien me miraba desde la otra punta de la cama de matrimonio con las sabanas de satén blanco entre las manos. Iba ataviada con unos shorts de correr blancos, una camiseta de tirantes rosa chillón que me quedaba tres dedos por encima del ombligo, calzaba unas deportivas y… ¡Había ocurrido un milagro! ¡Casi no iba maquillada!

            A regañadientes, y mirándola con cara de rabia, me levanté de la cama bostezando y me acordé de que tenía que actuar con un poco de educación, por eso mismo me llevé la mano a la boca. Miré el despertador que se encontraba a mi derecha y solté una maldición; solo eran las cinco de la mañana.

            – Carol –rechiste enojada– son las cinco ¡Por la Diosa! Se que tú nunca tienes sueño, que eres un maldito ser de la oscuridad, pero yo soy distinta y necesito mis horas de sueño…
 
           – Menos parlotear y más moverte. Los chicos vendrán a buscarnos dentro de media hora. Más o menos, tardaremos una hora en llegar al Parque de los Everglades. Allí nos harás de profesora particular porque creo que eres la única que entiende de estas cosas.
    
   
>>Tenemos hasta las dos para pasear en la lancha y hacer mil cosas más. Luego volveremos al aparcamiento y tomaremos el coche hasta la ciudad para ir a comer con los chicos y… –caraspeó un poco mientras sus mejillas se tenían de rojo– mi suegra. Te gustará. Tiene una finca en la que cultiva todo tipo de plantas, una piscina natural –así que ponte el bañador –y por alguna zona, perdida en las profundidades del bosque, hay una pequeña pradera rodeada de almendros. Creo que tendremos suerte, puede que aún veamos alguno o que las cerezas sean comestibles.




            >>Por la noche iremos a Prime Italian ¡ya veras que comida más buena! Y para finalizar este día tan ajetreado, seguramente pasaremos la noche y la mitad del amanecer en Amnesia. Y no te preocupes, veremos lo que tanto deseas ver –enrojecí con furia y le lancé un cojín, el cual ella esquivó soltando una risotada aguda– ¡Cariño! ¡Estamos en Miami Beach, verás parejitas por todas partes, les gusta venir en esta época del año, mucho. Ya sabes, por el apogeo de las fiestas veraniegas y bla, bla.

            Mientras seguía parloteando, me metí en el baño y me limpié el rostro, intentando apartar de mí la somnolencia. Me cambié de ropa interior sin prestar mucha atención a lo que hacía y volví a entrar en el dormitorio llevando únicamente un sujetador de encajes lilas y las bragas a juego. Carol me miró con los ojos un poco cerrados y yo me até el pelo, dejando dos mechones sueltos para que me enmarcaran el rostro. Entonces ella me lanzó la ropa, la cual se estrelló contra mi rostro, haciéndome perder momentáneamente el norte.  Aparté la ropa y cuando me dispuse a gruñirle a Carol, me di cuenta de que estaba completamente sola.

            Me vestí sumida en mis pensamientos, intentando recordar y arxibar el comportamiento de Pablo al “convertirse” en Eduardo, pero solo era capaz de pensar en una cosa: sus manos, elegantes, delicadas y pálidas, no me habían hecho sentir nada, no como las fuertes, elegantes y morenas manos de ese sexy hombre del cual, y para desgracia del universo, estaba locamente enamorada.

            Cuando me hube puesto todo el conjunto –shorts rojos, camiseta de tirantes verde coral, converse blancas y un par de pulseras –salí del dormitorio y entré en el salón donde un dulce aroma a limón impregnaba toda la estancia. Dulces y amargos limones… amaba ese aroma. Me embriagaba.

            Encontré a Carolina sentada cerca de la enorme ventana con vistas al mar, sosteniendo el móvil cerca de la oreja y hablando pausadamente, con una voz dulce y confiada.

            – … Lo se… Y lo entiendo –hizo una pausa– ¿Lleváis mucho esperando? –entonces fue cuando me vio. Hizo un movimiento de muñeca indicando que me acercara y tapando el auricular me susurró–: Los chicos es tan algo molestos. Están abajo esperando. Ve a decirles personalmente que suban, por favor. Demuestrale que estas despierta y no eres una vaga.

            Asentí sinriéndome algo insultada y me miré en el espero para comprobar que todo estaba en orden. Antes de cerrar la puerta detrás de mí, oí como Carol le decía a Róman que era muy cabezon.

 

 

Llegué a la planta principal antes de que me diera cuenta. El ascensor se abrió con su peculiar “cling” y salí a la planta de recepción. Era una zona de exuberante lujosidad, con paredes doradas y suelos de tarima flotante de nogal. Había sofás y sillones estratégicamente colocados delante de mesas de pulido cristal sobre las cuales había revistas, diarios y jarrones de porcelana europea, con hermosas rosas blancas. En el otro extremo, cerca de la puerta principal, descansaba una enorme y bien ordenada mesa de cristal y plata, sobre la cual descansaba un teléfono, una guia de llamadas, un ordenador –portatil –y una taza de café. Tras ella, sentada en una silla de cuero, esperaba la encargada, una mujer de avanzada edad, con canoso pelo rojo, ojos verdes que brillaban llenos de vida y una sonrisa petulante. Dejé de observar su extraña forma de actuar y busque a los hermanos. No me fue difícil encontrarlos, ya que todas las chicas allí reunidas no dejaban de suspirar por sus huesos. Cuando Pablo me vio, intento disimular una sonrisa y al darse cuenta de que no le iba a servir de nada, sonrió abiertamente, dejando a la vista toda su perfecta dentadura. Estaba casi segura de que, la mayor parte de las chicas, habían mojado las bragas solo con esa escena.

            – Alexia –se levantó del sillón en el que había estado leyendo y se cernió sobre mí, dándome un fuerte abrazo.

            El aire se quedo atascado en mis pulmones y noté pinchazos helados en la espalda. Obligando a Pablo que me soltara, me giré muy lentamente, sin estar preparada para enfrentarme a lo que mis ojos me iban a desvelar: una horda de mujeres celosas.

            Me quité esa extraña sensación de la cabeza y saludé a Róman, quien estaba tirado en el sofá de cualquier forma, sosteniendo aún el móvil.

            Los tomé a ambos del brazo, ganándome más miradas asesinas y los guié hasta el ascensor. Justo cuando llegamos, las puertas se abrieron y al ver las chillonas deportivas de Carol, me aparté dejándola salir. Me miró divertida, saludó a Pablo con un “hola” seco y finalmente puso toda su atención en Róman, quien hizo exactamente lo mismo. Se devoraron con la mirada, literalmente. Cuando creíamos que se iban a comer allí mismo, alguien cerca de nosotros carraspeo levemente y rompió el embrujo en el que se habían sumido. Nos giramos para ver quien había sido y nos encontramos con una mujer de unos sesenta años, de largo y canoso pelo negro, ojos azul zafiro y una piel pálida y fría; que nos observaba fijamente, negando con la cabeza en señal de descontentamiento. Con una leve inclinación de cabeza le pedí disculpas y ella las aceptó, inclinando la suya a la vez que se daba la vuelta, dispuesta a reunirse con un hombre muy parecido a ella pero con ojos marrones y una cálida sonrisa. Ante nuestros ojos vimos como se fundían en un tierno abrazo que hizo suspirar dulcemente a algunas personas, en especial a las románticas; como yo.

            Me quedé mirándolos fijamente, pensando en que quería que me pasara lo mismo. Entonces, subida en mi nube de fantasía, me imaginé en brazos de Dimitri, vestida de blanco, entre encaje, brocado y seda, sosteniendo un imponente ramo de lirios blancos, un velo de seda translúcido que envolvía maravillosamente mis caderas y sintiéndome la mujer más feliz del mundo. Él iba con un traje del siglo XIX, de camisa blanca, rígida (bien almidonada), de cuello normal sin botones, puño doble para gemelos; una corbata gris de seda y nudo tipo Windsor;  chaleco blanco, de una fila de botones, de corte clásico y seda de piqué; pantalón negro, listado de finas rayas verticales, y de corte clásico; zapatos negros, lisos y de piel; y chaqueta tipo levita, con faldones separados en su parte delantera y solapas clásicas. Ambos nos mirábamos a los ojos, acercando nuestros rostros buscando avidamente los labios del otro, y, de repente… alguien me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación.

            Fruncí el ceño y miré a mis amigos, dándome cuenta, demasiado tarde, de que me habían dicho algo.

            ¿Q…Qué? –pregunté sintiéndome cohibida.

            Carol suspiró exasperada y los chicos tuvieron que hacer un gran esfuerzo para contener una carcajada. Les lancé una mirada asesina que solo logro que tuvieran que contenerse más.

            He preguntado, si podemos irnos ya. –remarcó cada palabra sin quitarme los ojos de encima– Tenemos un par de horas de recorrido por delante y muchas cosas que hacer.

            Como única respuesta, me agarré al brazo de Pablo quien me miró perplejo y empecé a andar hacia la salida, murmurando para mis adentros una leve melodía, pero con muy poca sutileza, porque todas las miradas se clavaron en mí, y cuando empecé a bajar el tono, dispuesta a volverlo algo mental, Pablo, Carol y Róman me pidieron que no parara, que todos me miraban porque mi forma de cantar les sorprendía. Tragué en seco y solo me atreví a elevar el tono cuando nos encontramos en el exterior. Me mordí el labio y empecé a cantar Angel With a Shotgun de The Cab. Primero con un poco de vergüenza, pero a medida que pasaban los segundos fui cogiendo confianza hasta que Carol empezó a cantar conmigo y Pablo nos ayudó con una bateria imanaría.

 

Get out your guns, battles begun,/ are you a saint, or a sinner?1

 

Entonces Róman empezó a tararear la melodía con un tono decadente y encantador que me enamoró, porque me recordaba mucho a la voz de Alex DeLeon, el cantante de la banda.

 

They say before you start a war,/ you better know what you're fighting for./ Well baby, you are all that I adore,/  if love is what you need,/ a soldier I will be.2

 

Subimos en el mini rojo de Pablo y mientras arrancaba, buscó la canción que hasta hacia unos minutos había estado cantando. Puso un montón de CDs, pero finalmente la encontró. Resultó que estaba en el quinto CD, canción número 35. Por desgracia empezó a sonar por casi el final. Frunciendo el ceño, se dispuso a cambiarla, pero lo detuve y seguí cantando sonriendo como una niña pequeña. Estaba feliz. Radiante. Eso se notaba en el aire, en el ambiente, en mis carcajadas que revoloteaban en el aire.

 

 

– Llegamos –la cálida voz de Pablo volvió a sacarme de mi ensoñación y miré donde nos encontrábamos. Mi corazón dio un vuelco y se puso a latir a un ritmo frenético. Haciendo un gran esfuerzo para no ponerme a llorar de la felicidad, tuve que pestañear un par de veces. Era precioso. El Parque Nacional de los Everglades era sin lugar a duda, el lugar más maravilloso del mundo.

            Delante de mí se extendía una gran masa de agua pantanosa, con una exuverante vegetación que se extendía y variaba durante miles de quilómetros.

            A simple vista todo parecía lo mismo: plantas. Pero no era así; allí había más de lo que un humano normal era capaz de imaginar.

            – Dios mio… nunca había visto algo así… Podophyllum peltatum3, Annonas Reticulatas4, Quercios robus5 y Orchideas6. –solté un gimoteo de felicidad mientras todos esos nombres salían de entre mis labios en un torrente de emocion– ¡Nymphaeaceae7!

            Se las fui enseñando a mis compañeros, sin poder borrar la sonrisa bobalicona de mi cara. Ese era el paraíso de cualquier biólogo que se apreciara.

 

 

Cogimos una barquita a remos y nos encaramamos a ella como pudimos. Pablo, que era el más fuerte –a mí humilde parecer– se puso a remar mientras Carol tomaba fotos sin ton ni son, Róman se mareaba y yo les iba señalando las distintas especies que era capaz de identificar.

            – Allí –murmuré por enésima vez, señalando un pájaro rosa, muy similar a un flamenco pero un poco más pequeño –es una Platalea Ajaja, una espátula rosada. Suelen alimentarse de casi cualquier cosa: insectos, moluscos, anfibios, plantas…

            >>Esa en especial va sola, pero normalmente suelen ir en pequeños grupos. Son preciosas y hay muchas por aquí. No las confundáis con los flamencos, las espátulas rosadas suelen medir unos setenta centímetros y los flamencos, que por cierto, hay unos cuantos en esa orilla –los señalé –suelen medir unos ochenta centímetros o metro cuarenta.

            Pero ya nadie me hacía caso. El pobre Róman había empezado a vomitar dentro de una bolsa y Carol, pálida como nunca la había visto, le daba instrucciones precisas a Pablo. Este tenía que volver a tierra. Carol se puso a frotarle la espalda  a su querido, intentando tranquilizarlo.

            Y así, acabó nuestra mañana en el pantano.

 

 

La suegra de Carol resultó ser una mujer tan hermosa como sus dos hijos, con unos hermosos ojos castaños, el pelo castaño con algunas canas que empezaban a aparecer  y alguna que otra arruga en su tostado rostro. Era una gran mujer, muy amable, y lo demostraba en cada palabra de cariño que nos dedicaba. Por encima de todo, adoraba a sus dos hijos por igual.

            Durante la comida sentados en su espacioso salón de paredes rosas, nos explicó que había quedado viuda poco después de tener a Pablo y que, desde ese momento, su única forma de vivir una vida feliz había sido cuidando de su recién nacido y un pequeño de tres años.

            – Y díme, querida –me miró esbozando una radiante sonrisa– ¿Estas estudiando ahora?

            La miré mientras acababa de mascar un trozo de tarta de arándanos y tragué antes de responder.

            – Si señora.

            – Oh, no, por favor, llámame Margaret. Que me llamen señora me hace sentir… no se… vieja –todos en la mesa empezaron a reír, pero nosotras los hicimos callar lanzándoles una mirada que claramente significaba <<Callad o la habéis cagado>> o por lo menos, eso era lo que significaba mi mirada, porque la de Margaret era un poco más dulce– Y bien, querida ¿de que halábamos antes de ser tan bruscamente interrumpidas?

            Solté una leve exclamación de sorpresa cuando noté una mano sobre mí pierna y me di cuenta de que Margaret me miraba divertida.

            – Me estabas preguntando, Margaret, si estudiaba. La respuesta es sí, estudio biología porque, al igual que mi padre, quiero volverme una gran bióloga. No para ser reconocida mundialmente, solo quiero poder salvar este desolado planeta. Esa es mi meta. No ambiciono riqueza ni placer; solo una vida modesta en un lugar algo mejor.

            Todos en el comedor se quedaron con la boca abierta por la sorpresa, incluso Margaret; quien se recompuso al instante y sonrió alegremente.

            – Tienes el aspecto de un ángel, el carácter de una Diosa, el corazón de una amada y el valor de la diosa de las amazonas. Te pareces tanto a mi amado Aarón… Cariño… –miró fijamente a Pablo, quien no había dejado de comer en ningún momento –Pablo Ozzan, deja de comer ahora mismo. Todos están…

            – …Prestando atención a la conversación. Lo se madre, escuchar no es sinónimo de estar quieto. Tú mejor que nadie lo sabe.

            – Tienes razón hijo, pero quería que escuches esto.

            – ¿El qué? ¿La tanda de elogios que le dedicas a Alexia? Mamá me he dado cuenta de todo ello solo. Es hermosa, canta y toca el piano como los mismísimos ángeles, es amable, dulce y letal; ella ha sido la única capaz de detenerlo.

            – ¿Detenerlo? ¿A qui…? –Margaret se llevó una mano a la boca y sus ojos se oscurecieron. Alternativamente nos miró a una y al otro, como si estuviera en mitad de un partido de tenis– ¿Él?

            – Exacto –suspiré mientras me secaba la comisura del labio con un trapo de lino–. No pasó nada, así que no tengas miedo.

            La comida avanzó tranquilamente, sin ningún contratiempo y acabamos gaudiendo de una velada muy agradable, oyendo todas las historias que Margaret nos contaba; historias que nunca iba a olvidar. Por una vez, me sentía completamente integrada en una familia; por una vez, no eramos solamente mi hermano y yo.





1 Saca tus armas/ las batallas comenzaron/ ¿Eres un santo o un pecador?
 
 2 Ellos dicen: antes de empezar una guerra/ tú debes saber bien por lo que peleas./ Pero cariño, tú eres todo lo que adoro/ si amor es lo que necesitas,/ un soldado seré.

3Podophyllum peltatum. Podofilio.

4 Annonas Reticulatas. Anona Roja.

5 Quercios robus. Roble.

6 Orchideas. Orquideas silvestres.

7 Nymphaeaceae. Nenúfar.

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