Capítulo 12
A primera hora de la tarde nuestro
avión aterrizó en el aeropuerto Internacional de Palm Beach, en Florida. Carol
y yo salimos un poco mareadas del allí, abrumadas por el sinfín de emociones
que habíamos vivido durante cinco horas. Un niño pequeño, de la fila 6 B, cerca
de nosotras, había vomitado sobre una despampanante mujer de pelo rosa. Ese
pelo, que en un principio me había cautivado, resultó ser una peluca. El
verdadero color del cabello de esa mujer, cuyo nombre no recordaba, era un pálido tono rubio, un color casi
inexistente.
Durante
todo el viaje, loas azafatas nos trataron como si fuéramos reinas ¡Incluso llegamos
a creernoslo! Y cuando ambas nos dimos cuenta de lo estúpido que sonaba eso, ya
que era normal ese trato en primera clase, nos pusimos a reír como locas,
haciendo que una pareja con un bebé de un par de mese, nos chistaran y mirara
con mala cara. Se notaba desde lejos que eran nuevos en eso de ser padres y
estaban hasta la coronilla del bebé. Al ver esa curiosa estampa, no pude evitar
pensar que en el fondo, lo amaban con locura porque, quisieran o no, sus vidas
estaban irremediablemente atadas a las de ese pequeño.
Eran
las cinco menos cuarto cuando de entre la multitud, vimos aparecer y acercarse
a nosotras un joven alto y bello, con la piel tostada por el solo, ojos de un
imponente azul eléctrico y pelo negro. Su rostro estaba adornado por una
radiante sonrisa que me hizo sonreír a mí también. Llevaba unas bermudas color
tierra y una camiseta de tirantes que se le ceñía estupendamente al musculoso
cuerpo. Supe casi de inmediato de quien se trataba, todo gracias a la tierna
sonrisa que afloró en el rostro de Carol. Se trataba de Róman, su prometido.
Cuando
Róman nos vio, vino casi corriendo hacia nosotras y abrazó con fuerza a Carol,
elevandola del suelo haciendo que diera una pequeña vuelta con él, sin dejar de
murmurándole al oído lo mucho que la había echado de menos, lo mucho que la
amaba y lo hermosa que estaba.
Entre risitas entrecortadas, Carol lo llamó “lapa” y se soltó de él para, posteriormente, señalarme con un largo dedo dorado y unas uñas lacadas de rojo pasión. Cuando Róman se dio cuenta de que yo estaba allí, se sonrojó a más no poder y se apresuró a saludarme con un tímido “hola” y un beso en cada mejilla. Cuando iba a presentarse, lo detuve riendo y le dije que no hacía falta, que ya lo conocía, que había tenido que soportar a Carol durante más de una hora, quien no había dejado de hablar de él en ningún momento. Pero claro, Róman a mi no me conocía, así que me tocó presentarme.
<<Mi nombre es Alexia Marie Marroway. Tengo 23 años.
Vivo en Seattle junto a la pesada de tu prometida. Estoy en el último año de mi
carrera. Ciencias de la tierra o, como a mi me gusta llamarlo, biología externa>>
Me
sorprendió saber que Róman era un gran admirador de mi padre y cuando le dije
que en cualquier momento podría hablar con él, me dedicó una radiante sonrisa
que hizo que las mejillas de Carol se cubrieran de un intenso rubor.
Apartándose de nuestro lado, corrió a por su hermano menor, adjudicando que iba
a avisarlo de que habíamos llegado mientras nosotras recogíamos nuestro
equipaje.
Pocos
minutos más tarde, las dos nos encontrábamos sentadas en un banco, esperando
que Róman volviera a buscarnos ¡No podíamos irnos de allí si él no estaba!
Aburridas, nos pusimos a hablar sobre lo que íbamos a hacer durante las
vacaciones. Primero iríamos a visitar la Bahía de Florida, para ir a ver el
parque Nacional de los Everglades, al que solo se podía llegar por un caminito
de cabras. Al tratarse de un pantano de agua densa y plagada de criaturas que
habían sido catalogadas con mucho esmero, íbamos a necesitar la ayuda de un
hidrodeslizador. Íbamos a tener que hacer todo eso únicamente para que yo, la
hija del gran biologo Evan Marroway, les enseñara el nombre y características
de algunas plantas y animales que allí habitaban. Teníamos planeado ir a Miami
Beacha para disfrutar un poco de la vida nocturna de la ciudad. Ya habíamos
pedido mesa en el Prime Italiana, un restaurante de exquisita comida italiana.
Después de eso, esa misma noche, iríamos a tomar unas copas y a bailar un poco
en Louis o Amnesia, dos locales que hacía poco que habían abierto sus puertas
al público pero que ya esperaban a ganarse cierta popularidad. Después, como
no, iríamos a la playa para tomar un poco el sol y yo, que era muy mala, había
planeado dejar a los tortolitos a solas; pero eso era otra historia. Un punto
que Carol desconocía pero que estaba segura que iba a agradecer.
Mientras
Carol y yo discurríamos sobre a cual de las dos discotecas iríamos, un joven de
mi edad, parecido a Róman, pero vestido con unos vaqueros de diseño y una
camisa de seda azul burdeo, remangada hasta los codos; se detuvo delante de mis
maletas y carraspeo un poco, intentando llamar nuestra atención.
Carol
levantó la mirada de la guia que había estado ojeando y se levantó abriendo
exageradamente los brazos.
–
A mis brazos Pablo –allí teníamos al hermano de Róman.
Se
fundieron en un abrazo de oso que me hizo sonreír alegremente y cuando se
separaron, Carol me señaló con una cálida sonrisa en los labios.
–
Ella es Alexia. Alexia, él es Pablo. Espero que os llevéis bien –y así, sin
más, estuvo todo dicho–.
De camino al hotel Casa Blanca on the
Ocean, Róman y Carol, que habían ocupado los asientos delanteros, hablaban y
reían como dos bobos. Que suerte tenían, al contrario que Dimitri y yo, ellos
se habían encontrado en el momento idoneo. Y eso era lo que había ocasionado
que cayeran irremediablemente rendidos el uno por el otro.
Solté un suspiro de resignación y
miré por la ventana, viendo como enormes edificios y playas pasaban a toda
velocidad por delante de mis ojos. Por un momento sentí como las lágrimas me
llenaban los ojos, pero me controlé y hice que retrocedieran. No me podía
permitir llorar por una gilipollez como esa, era fuerte y pura de corazón.
De repente noté una mano sobre mi
hombro y al girarme, vi como Pablo me miraba
con las mejillas algo sonrojadas por el calor y con los ojos relucientes,
llenos de un sentimiento que no era capaz de descifrar. Con una voz
sensualmente oscura, pero no tan embriagadora como la de Dimitri; se puso a
preguntar cosas sobre mi vida. Quería saberlo todo. Si tenía hermanos, que
estaba estudiando, que tipo de música me gustaba, mi color preferido, que
animal me representaba… un sin fin de preguntas que fui respondiendo con escualidez.
Sí, uno. Ciencia de la tierra. La
clásica. El dorado. La pantera.
Media hora más tarde, me encargaba
yo del interrogatorio. Cuando me dijo que le habían encerrado en la carcel
porque no quería volver a casa, ya que había discutido con su padre; empecé a
reír a carcajadas y poco después, contagiados por mi “risueña” risa, Róman y
Carol se sumaron.
Cuando faltaban unos metros para
llegar a nuestro destino, todo se volvió a sumir en el silencio. Por suerte,
era un silencio agradable pero que yo, con mi inquietud, quebraba. No dejaba de
pensar en Angy y Lucius, en las chicas y… si, por qué negarlo, en Dimitri.
Desde que habíamos arreglado lo
nuestro y aceptado que solo seríamos amigos, mis ganas de tenerlo postrado en
una cama y torturarlo hasta que se clavara en mi se habían hecho más grandes,
pero ya lo había perdido una vez y no quería volver a hacer una gilipollez que
lo apartara de mí.
Estaba tan sumida en mis
pensamientos que ni me di cuenta de que el coche se había detenido ante una
imponente “fortaleza” de piedra dorada con enormes ventanales cubiertos con
blancas y mullidas cortinas, y columnas de piedra. Entonces fue cuando noté que
Pablo me tocaba el hombro, intentando devolverme a la realidad. Sonrojada, le
di las gracias mientras me ayudaba a salir del coche.
Ya fuera, vi que Carol y a Róman
estaban acaramelados bajo un enorme árbol. Suspiré un poco dolida. Como
siguiera mucho tiempo cerca de esa hermosa pareja, sabiendo lo desdichada que
era yo en el amor, todos mis esfuerzos para olvidarme de él se irían al traste, haciendo que me convirtiera un ser sin alma
y sin corazón, como la dama de hielo.
Argumentando que me dolía mucho la
cabeza, por tantas horas de viaje y las emociones vividad, le aconsejé a Carol
que fuera a dar una vuelta por los alrededores con Róman para que pudieran
hablar tranquilos de lo suyo. Pero Carol, tan protectora como siempre, quiso
estar segura de que se podía ir sin tener miedo de encontrarme desmayada en la
habitación del hotel cuando volviera.
Le juré, y rejuré (si es que eso
existía) que solo era la migraña, que en el mismo momento que me hubiera
tumbado en la cama, sumida en la espesura de la oscuridad, empezaría a
encontrarme mejor.
Aún un poco dubitativa, se me acerco,
me dio un tierno beso en la mejilla para luego acariciarla con cuidado y le
pidió a Pablo que me acompañara. Este aceptó casi de inmediato.
Me despedí de Carol y Pablo me
acompaño a recepción donde murmuró mi nombre entero casi sin inmutarme y le
entregó el número de registro al recepcionista, quien lo miró con mala cara
durante unos segundos. Poco después, Pablo volvió a mi lado tomándome del codo
con cuidado y empezamos a andar hasta los ascensores.
Pablo me acompaño hasta la suit 370,
ayudándome como todo un caballero a subir las maletas. Cuando nos detuvimos
delante de la puerta de mi número, se inclinó y me acarició la oreja con su
dulce aroma, susurrando:
–
¿No me vas a dejar entrar?
Di
un respingo y me relamí algo incómoda los labios resecos, notando como él
seguía el recorrido de mi lengua.
–
No me encuentro bien, tendría que descansar un poco.
Sus
ojos brillaron maliciosos y en su rostro afloro una sonrisa felina.
–
Alexia me infrabaloras si crees que no me he dado cuenta de que todo eso del
dolor de cabeza no era otra cosa más que una trata para enviar la feliz
parejita lejos.
–
¿Tanto se ha notado? –suspiré abriendo la puerta e indicándole que me siguiera.
–
No. Es solo que se detectar las mentiras mejor que nadie –y entró, arrastrando
la maleta tras él y cerrando la puerta.
La
suit que íbamos a compartir Carol y yo era una habitación amplia de paredes
doradas y suelos de opaco y pulido mármol. Desde la posición en la que me
encontraba era capaz de ver un enorme salón en el que destacaba, sobre todo,
lujosos muebles blancos y azules, lámparas de oleo colgadas de la pared, lo último
en electrodomésticos y un piano de cola negro, el cual estaba estratégicamente
colocado debajo de una partitura que se había enmarcado en dorado. La estudié
con determinación y al ver las primeras notas,
supe que se trataba de Lacrimosa de Mazar y, por extraño que pareciera,
la sabía tocar de memoria.
Controlando
las tremendas ganas que tenía de sentarme en el banquillo, poner los dedos
sobre las teclas y empezar a tocar cualquier melodia capaz de conmover hasta el
humano más insensible, me aparté con resignación de él y empecé a vagar por la
estancia, examinandolo todo con atención.
Dos
sillones acolchados, se encontraban a cada lado de un enorme sofá de tres
plazas con acientos reclinables que, como bien se podía apreciar, había sido
usado pocas veces. Ambos muebles eran de un puro y brillante tono blanco.
Recien comprados. Delante del sofá había una mesa de cristal, con los bordes
redondeados y cubiertos de oro. Delante
de la mesa había otro mueble: un enorme aparador con una televisión de
cincuenta pulgadas, reproductor de CDs y más trastos que no entendía –y nunca
iba a entender– para que servían.
Di
un par de vueltas por el salón, intentando fijar la vista en cualquier otra
cosa menos en el piano. Pero no era capaz. Parecía como si me estuviera
llamando, girándome que era hora de que fuera y dejara salir todos mis sentimientos
con la dulzura de sus notas.
Pablo
quien en ningún momento había desenfocado sus ojos de mí, se dio cuenta de que
no era capaz de apartar la mirada del piano y, como si no fuera nada del otro
mundo dijo:
–
Por mi no te cortes, puedes tocar el piano cuanto desees. Estas en tu “casa”
Lo
miré pestañeando algo confundida y me fijé en que me miraba con burla. Como si yo
fuera un mono de circo que nunca hubiera salido a actuar. Un animal que estaba
allí únicamente para que se rieran de su sufrimiento. Aún un poco dubitativa,
me mordí el labio inferior y Pablo clavo sus ojos en ellos.
–
No soy muy buena tocando ¿estás seguro de que puedo? –asintió con un movimiento seco.
Sin
apartar la mirada de mi extraño acompañante, me senté detrás del piano y pulsé
una tecla, la cual hizo vibrar las cuerdecitas internas del imponente instrumento,
emitiendo un agudo y dulce sonido que se perdió en el salón y se fugó por la ventana
abierta. El piano pareció suspirar, como si se alegara de qué me hubiera
atrevido a acariciarlo.
–
Bueno… hoy, aquí y ahora, voy a tocar una pieza de Yurima. Una pieza… la cual me
energullezco de conocer.
Lentamente,
muy lentamente, mis dedos corrieron sobre las teclas, llenando el salón de la
suit; llenándome de nostalgia. Una nostalgia desconocida, pero que a la vez, me
pertenecía solo a mí.
Entonces,
y sin que viniera a cuento, la voz de Palblo, armoniosa y sensual, se acompasó
a mis notas, entonando unas palabras en francés que yo ya conocía. Unas
palabras que eran únicamente mías: << Je me noie dans la solitude,/ par le
désir de posséder,/ et mourir sans votre corps...>>
Como
si me quitaran todo el aire del cuerpo, dejé de tocar el piano, produciendo un sonido
desgarrador, y Pablo me miró, divertido por mi reacción. Con los ojos
desorbitados lo miré a su vez y, en cuestión de segundos, me encontraba entre
sus brazos, aprisionada entre la pared y su cuerpo. Con manos veloces me apartó
el pelo del cuello, inclinó mi cabeza hacia atrás y me mordió la yugular,
haciéndome soltar un chillido por la sorpresa. Intenté safarme de su agarre,
pero me presionó con más fuerza y me tiró del pelo, obligándome a levantar la
cabeza. Levemente me beso en la boca y tuve que hacer un gran esfuerzo para no
vomitar sobre sus zapatos; mientras él, se regodeaba de placer.
– Estas buenisima, sabes de maravilla y seguro que en
la cama eres una fiera. Dime Alexia ¿has estado alguna vez con un hombre?
¿Sigues intacta?
Sacudi
la cabeza gruñendo, intentando que me soltara, pero solo logré que me atrapara
más. Me estaba agobiando. Dios, odiaba eso…
– ¡Hijo de puta! ¡Sueltame!
Todo lo
bueno que había visto en él se desvaneció, dejando paso a un odio infinito y
profundo. ¿Era normal poder odiar tanto a alguien solo por estar atrapada entre
sus brazos?
– Vaya, tienes una lengua un poco afilada cariño, pero
en una boca preciosa, y estoy seguro que ya te la han follado un par de veces.
Hice
una mueca de asco y un poco de alivio, porque Dimitri no me había obligado a
hacerlo y no creía que me fuera a obligar a nada.
–
Pablo, por favor, déjeme ir…
Como
si acabara de despertar de un sueño, Pablo abrió los ojos alarmado y cuando vio
como me mantenía cautiva, me soltó soltando un gruñido ronco intercalado con
una suplica de disculpa.
–
Alexia… –exalho todo el aire al pronunciar mi nombre– ¿Qué te he hecho? ¿¡Qué
te ha hecho Eduardo?!
–
¿Eduardo? –me separé de la pared respirando con un poco de dificultad– ¿Quién
es Eduardo?
Con cuidado, como si tuviera miedo,
Pablo me tomo de la mano y me llevó hacia uno de los sillones. Él se arrodillo
delante de mí y apretó mi mano entre las suyas.
–
Lo siento… Eduardo es mi… mi otro yo. Descubrieron que tenía trastorno bipolar
agudo a la edad de trece años, cuando, en mitad de clase, le palpe el pecho a
la profesora y le dije, con voz fría, como si no fuera nada del otro mundo, que
era plana como una tapia.
>>Por
algún motivo que ni los mejores psiquiatras entienden, mí otro yo es totalmente
independiente de mi yo actual. Cuando Eduardo se apodera de mi cuerpo es como
si yo, Pablo, desapareciera de la tierra y por desgracia no puedo saber que ha
ocurrido hasta que otra persona, a la que los especialistas llaman terceras personas,
me explican que he hecho.
>>El
problema no es que Eduardo sea un ladrón, un borracho o algo por el estilo; no,
él es un pervertido, que mediante la
vulgaridad, intenta acostarse con cualquier mujer –suspiró y me miró con pesar,
añadiendo en un susurro–: Entendería que me odiaras y pasaras olimpicamente de
mí.
No
dije nada y lo miré conmovida ¿Por tantas cosas había tenido que pasar? Pobre
chico…
Cuando
se disponía a irse, pensando que mi silencio era una forma de recriminación,
alargué la mano y lo detuve. Se volvió para mirarme y le dediqué una sonrisa
radiante que él me devolvió casi de inmediato.
–
No te preocupes Pablo, la próxima vez que Eduardo vuelva a la carga tendré en
mis manos un spry antivioladores y haré que despiertes. Claro que después… te
dolerán un poco los ojos.
–
Muy graciosa –musitó con tono enojado, pero se acabó riendo tanto o más que yo.
Media
hora más tarde, después de tomar un café y haber comido algunos pastelitos de crema
y frutillas, volvieron Róman y Carolina, ambos muy acaramelados. Se despidieron
con un emotivo beso, pues ya era muy tarde.
Cuando
la puerta se cerró y Carol y yo quedamos solas, vi que esta sonreía con
picardía y antes de que pudiera abrir la boca y soltar alguna estupidez, le
metí un caramelo de anís en la boca, cosa que hizo que su rostro se iluminara por
la dulzura del caramelo.
Nos
sentamos en el sofá, cogimos la libreta donde teníamos todos los apuntes de las
zonas que íbamos a visitar, la cual volvimos a dejar a un lado para empezar a hablar
de tonterías.
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