miércoles, 30 de abril de 2014

Capítulo 11

Capítulo 11










Habían pasado unas semanas –tres para ser más exacta– desde el incidente lleno de deseos con Dimitri, y desde entonces, no habíamos vuelto a hablar. Raro pero cierto. Solo habíamos compartido unos saludos cordiales y algún que otro comentarío en clase.

            Faltaban apenas unos días para la fiesta de graduación de los mayores, y en lo único que era capaz de pensar, era en las estúpidas notas. Lo había aprovado todo, claro estaba, pero pensar en ello me mantenía distraida, evitando que mis pies se movieran por voluntad del corazón y me llevaran a rastras al despacho rojo (o atardecer), donde pondría toda la carne en el asador y le haría un sinfín de cosas a Dimitri. Cosas extrañas. Cosas que quería hacerle desde hacía tres semanas, diez horas, veinte minutos y cuatro segundos… cinco segundos… seis segundos… vale, tenía que dejar de contar o no acabaría nunca.

            Resignada, dejé de pensar en tonterías y preste atención a Raquel y a Elisa, que no dejaban de enseñarme, página tras página, fotos de vestidos hermosos, intentando ayudarme  e intentando que las ayudara yo a ellas, a elegir uno –o varios– para la fiesta.
 
            Había visto de todo: de los ochenta; largos, espectaculares y finos; cortos, pomposos y escotados; entallados, de espalda desnuda y brillantes… Los colores también variaban: desde el negro hasta el rojo pasión, pasando por los turquesas, corales, pasteles, brillantes, fluorescentes… pero no, aún no había visto nada digno de mi admiración. Hasta aquel momente…

            Levanté una mano con los ojos como platos, indicándole a Elisa que se detuviera ¡ZAZ! Fue amor a primera vista. Claramente divirtiéndose, Elisa y Raquel leyeron la información del vestido y silbaron murmurando cosas como <<Excelentes gustos…>> o <<Digno de una Diosa>>.

                Vestido importado desde Italia. Confeccionado con seda de alta gama, con la posibilidad de encontrarse en distintas gamas de tonalidad: turquesa, rosa, rosa palo, azul medianoche, rojo sangre, verde musgo, anacardo, gris perla…



           
 >>Falda de capas, todas y cada una de ellas de fino material. Escote corazón ribeteado con hilo de oro. Incluye un cinturón de: seda, cuenta o hilos; con complementos a elección del cliente.

                Esta exquisita prenda está incluida en la colección <<Joyas de la Noche>>, cuyo coste, por toda la gama de materiales de primera clase, ronda los quinientos euros. Querida, tienes unos gustos muy caros –Elisa alargó la vocal del muy hasta quedarse sin aire.

            Solté una risita tímida y decidí que ese iba a ser mi vestido. Mi joya de la noche. Y con él, pensé mientras en mi rostro se dibujaba una sonrisa malvada, iba a llevar a cabo un plan que dejaría a todos los hombres secos, él incluido.

            Saqué el móvil para hacer el pedido y con dedos rápidos por la práctica, envitando echarme a reír mientras Elisa y Raquel hacían caretas por no encontrar sus propias joyas; entré en google, busqué la página de la tienda e hice el pedido. Pocos segundos más tarde, me enviaron una especie de recibo, donde se señalaba el plazo de entrega. ¡Uf! Que suerte iba a tener. El vestido llegaría un día antes de la fiesta y, por lo tanto, no tendría que estar preocupada por ello –un punto menos en mi lista de dolores de cabeza–. Ademas, iba a disponer de la ayuda de Angy en el caso de que el vestido me quedara muy estrecho o muy ancho.

            Como flotando en una nube, las chicas y yo seguimos hablando sobre el traje ideal. Entonces, Ink y Luck, que lo habían estado escuchando todo desde un poco más lejos, se acercaron a nosotras para dar el visto bueno a los modelitos de las tres.

            Raquel eligió un vestido de encajes de color gris perla, entallado y corto, con un hermoso escote “melocotón” y una pequeña abertura en la espalda, dejando a la vista su tatuaje: una frase hermosa y religiosa, escrita en una lengua que llevaba muerta por lo menos, milenios. La frase decía: <<Una voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre sola>>.

            Elisabeth por otra parte, acabó eligiendo un modelito que también estaba dentro de la colección Joyas de la Noche. Un largo vestido rosa palo de excelente seda. La falda se ceñía al cuerpo hasta la cintura y luego caía en una fina cascada hasta el suelo. Su vestido, era menos llamativo que el mío, pero estaba bordado con hilo y cuentas siguiendo un perfecto patrón de rosas.

            Los dos chicos, al ver esos “adorables” modelitos –la palabra adorable salió de sus boquitas– se pusierón a silbar, llamando la atención de todos aquellos que pasarán por nuestro lado. Elisa logro hacer que Luck se callara con la ayuda de un ardiente beso que casi se podría haber considerado un delito; mientras que Ink fue acallado por un dedo de Raquel y una cruel mirada por mi parte. Si eso hubiera sido una obra de arte, habría tenído el siguiente título: <<¡MUJERES AL PODER!>>

            Sumida en mis propios pensamientos, solté una carcajada parecida al canto de un ruiseñor, a la que mis cuatro amigos se sumaron casi de inmediato. Eso si era vida. O al menos, la que a mí me gustaba.

            El timbre, estridente e importuno, sonó indicando que el descanso se había acabado y despidiendome de mis amigos con dos besos al más puro estilo español, me dirigí a clase de historia en la cual, estabamos estudiando historia griega –o los mitos, para el caso –de los cuales, la profesora Jordana, estaba completamente enamorada. Siempre encontraba alguna escusa para hablarnos de Calipso, Eurídice, Minos, Prometeo, Pandora (encerrada en un cofre junto a todos los males del mundo), Deméter (la diosa Ceres de los romanos), Cloris (la diosa Flora de los romanos)… y al final, me había acabado enamorando hasta yo.

            Entré en clase cuando lo hacía también Sophye, mi compañera y otra amante de los mitos. Al verme, se me acercó sonriendo y nos pusimos a hablar porque con el tiempo, nos habíamos hecho buenas amigas. Me felicitó ya que gracias a Jade, amiga de Raquel, se había enterado de que en el último examen de la preparatoria había sacado la mayor nota, y así, empezamos a charlar animadamente de todo lo que habíamos estado aprendiendo en historia. Habíamos estado estudiando con profundidad el mito de Apolo y Dafne, el cual era narrado de la siguiente manera:

            Apolo, gran cazador, quiso matar a la temible serpiente Pitón que se escondía en el monte Párnaso. Habiéndola herido con sus flechas, la siguió, moribunda, en su huida hacía el templo de Delfos. Allí acabó con ella mediante varios disparos de sus flechas. Delfos era un lugar sagrado donde se pronunciaban los oráculos de la Madre Tierra. Hasta los dioses consultaban el oráculo y se sintieron ofendidos de que allí se hubiera cometido un asesinato. Querían que Apolo reparase de algún modo lo que había hecho, pero Apolo reclamó Delfos para sí. Se apoderó del oráculo y fundo unos juegos anuales que debían celebrarse en un gran anfiteatro, en la colina que había junto al templo.  Orgulloso Apolo de la victoria conseguida sobre la serpiente Pitón, se atrevió a burlarse del dios Eros por llevar arco y flechas siendo tan niño: <<¿Qué haces, joven afeminado –le dijo–, con esas armas? Sólo mis hombros son dignos de llevarlas. Acabo de matar a la serpiente Pitón, cuyo enorme cuerpo cubría muchas yugadas de tierra. Confórmate con que tus flechas hieran a gente enamoradiza y no quieras competir conmigo>>. Irritado, Eros se vengó disparándole una flecha, que le hizo enamorarse locamente de la ninfa Daphne, hija de la Tierra y del río Ladón o del río tesalio Peneo, mientras a ésta le disparó otra flecha que le hizo odiar el amor y especialmente el de Apolo. Apolo la persiguió y cuando iba a darle alcance, Daphne pidió ayuda a su padre, el río, el cual la transformó en laurel. En otras versiones, Daphne pide ayuda a su madre Gea. La metamorfosis de Daphne ha sido magistralmente descrita por Ovidio: <<Apenas había concluido la súplica, cuando todos los miembros se le entorpecen: sus entrañas se cubren de una tierna corteza, los cabellos se convierten en hojas, los brazos en ramas, los pies, que eran antes tan ligeros, se transforman en retorcidas raíces, ocupa finalmente el rostro la altura y sólo queda en ella la belleza>>.

            Mientras nos sentabamos donde siempre me enseño su última adquisición: un libro antiguo y maltratado por los años pero cuidado con ternura que explicaba la verdadera historia de Hades y Perséfone. Con una radiante sonrisa me prometió que cuando lo acabara me lo prestaría. Pero antes de eso me advirtió de que seguramente, estaría lleno de apuntes. Sonreí y se lo agradecí mientras la profesora Jordana entraba en clase murmurando alegremente el tema que íbamos a tratar ese día: Zeus y Hera.

            La clase se desarroyó con normalidad, a excepción de un pequeño accidente, en el que Jude, tan pálido y escuálido como siempre, tuvo que salir de clase corriendo porque tenía nauseas. Para la desgracia de todos, vomito antes de llegar al pasillo. Una imagen que siempre desearia poder eliminar de mis pupilas.

            Sonó el timbré y suspiré feliz mientras me levantaba. Solo tenía que afrontar una clase más antes de que me pudiera largar con las chicas de comprar, en busca de los complementos que nos restaban para estar perfectas en la noche del baile.

            Por el camino, tras la clase de la señora Jordana, volví a ponerme a hablar con Sophy y le propuse que se viniera con nosotras, ya que Raquel había invitado a Jade y Elisa a Romy. Sopy no se lo creyó, pero cuando le juré que era verdad, que todas nos montariamos en mi BMV M6 Coupé gris e iríamos “volando” hacia el centro comercial para pasear por todas las tiendas con la única finalidad, de completar nuestros atuendos, saltó emocionada y se puso a gritar lo encantada que estaría de venir con nosotras porque necesitaba algunas “cositas” para estar perfecta.

            Le sonreí con dulzura y nos despedimos con dos besos, quedando nada más tocara el timbre en el parking.

 

 

A las dos y media nos reunimos las seis delante del parking y descubrimos, no sin cierta sorpresa, que en el coche solo cabíamos cinco. Así que las tres de detrás se tuvieron que sentar tan pegadas que me recordaron a las sardinas en lata. Elisa y yo nos libramos, ya que yo conducía y ella se sentó al lado del copiloto.

            Mientras arrancaba el coche, las oí gritar a todo pulmón: <<Ala, ¡A la aventura!>>, como en el anuncio del yogurt de fibra y eso, me sacó una sonrisa radiante. Estaban locas. Pero eran mis locas. Y yo formaba parte de ese grupo de locas.

            Llegamos al centro comercial antes de que nos diéramos cuenta y mientras salíamos del coche, llenas de emoción, un pensamiento oscuro y enfermizo cruzo mi mente como un relámpago: la única forma de hacer que un hombre se comportara según la voluntad de una mujer, era dándole donde más le dolía –allí abajo no –sinó en su orgullo. Y el orgullo de un hombre, por muy fuerte que fuera este, podía ser herido de gravedad por el arma de seducción más potente que poseía toda mujer: los celos.

 

 

Las chicas empezaron a arrastrarme, decididas a entrar en una tienda de zapatos donde habían visto un par de tacones que, según ellas, quedaría de perlas con mi joyita. Los vi y volví a notar un flexazo. Eran exquisitos. Simples, pero exquisitos, y en su sencillez, habíamos encontrado la belleza.

            Eran unos tacones de aguja de seis centímetros, estilo sandalia que se ataban en el tobillo por una fina cadena de tela azul eléctrico. Otra tira pasaba sobre la unión de los dedos con el pie y luego, esa tira, se unía a otra pasando sobre el arco, que a su vez, se unía a una preciosa piedra plateada; y de la piedra plateada, a la cinta del tobillo. Estaba claro, que esas chicas eran, al igual que yo, mujeres de buen gusto. Gustos caros, pero buenos, en el fondo.

            Todas acabamos comprandonos un par de bellos tacones, ya fueran cerrados, abiertos, altos, medianos, finos, gruesos… la quistión fue, que nos gastamos mucho, más de lo que teníamos planeado.

            La siguiente tienda que visitamos fue una bisutería, pero antes nos compramos unas bolitas de helado para enfriarnos. El verano se acercaba con mucha rapidez.

            Como siempre, fue maravilloso entrar en esa tienda porque al final, todas salimos con más de una bolsa. Yo me acabé decantando por un brazalete de bronce labrado con mariposas y hojitas siguiendo un hermoso patrón; unos pendientes de plata compuestos por una fina hebra en vertical sobre la cual, caía otra que había sido doblada meticulosamente, haciendo una espiral; un collar de plata con una pequeña luna colgando con incrustaciones de zafiros sintéticos; y por último, y no por eso menos importante, un broche de cristal con motivos florales. Algo muy trabajado y que, sin dudarlo ni un segundo, era la mejor combinación para mi joya de la noche.

 

 

Tras haber realizado todas las compras, con un total de tres horas invertidas, dejé a cada chica en su casa, menos a Sophy, el rostro de la cual, empezó a adoptar una expresión de tristesa.

            – ¿No te lo has pasado bien? –pregunté sin apartar la mirada de la carretera, dudando de si quería oír o no su respuesta. Si me decía que no iba a sentirme mal conmigo misma durante un tiempo, ya que yo había sido la que la había invitado.

            – Sí –soltó un suspiro y me miró mientras me detenía en un semáforo –es solo que…

            Esperé a que siguiera pero no lo hizo. Empecé a impacientarme y cuando el semáforo se puso en verde arranqué el coche preguntándole que ocurría.

            – Es solo que desearía que este día durara más, porque ahora me dejaras en casa y yo estaré sola hasta que el borracho de mi padre vuelva. Y le tengo miedo Alexia… nunca se que ocurrirá. Ya le pegaba a mi madre como para que ahora empiece a pegarme a mí…

            La miré de reojo entendiendo todo lo que me estaba explicando, triste por el horrible pasado que llevaba sobre su espalda. Sin apartar la vista de la calle le dije, que si quería,  podía venir conmigo, que solo tenía que añadir un plato más a la mesa. Por el retrovisor vi que me miraba sin acabar de creerselo.

            – Lo digo de verdad, quiero que vengas, así, de paso, te mostraré un libro de mitos que me dejó mi madre. Una de las pocas cosas que tengo de ella, si te soy sincera, pero una de las mejores. Es super antiguo.

            Me dedicó una radiante sonrisa y aceptó con un estridente y agudo gracias. Sonreí y aceleré, dejando que el aire golpeara con brusquedad nuestros rostros. Con que sencillez se podía ganar el corazón de una chica tímida.

 

 

El miércoles día cinco, a primera hora de la mañana, recibí el vestido. Tras pagar al cartero un pequeño soborno para que me dejara en paz, cerré la puerta y fui corriendo a mi habitación para provarmelo.    
Sonriendo embobada mientras acariciaba la fina tela de alta cosura, me enfundé el vestido.

            Me miré en el espejo alucinando y no pude evitar piropeearme a mi misma. Moviendome con mucho cuidado, fui a por el móvil y me tome una foto para enviársela a las chicas y que ellas, jueces de la moda, me dijeran que opinaban. La primera en responder fue Elisabeth.

 

Elisabeth 16:00 <<¡Hermosa! Sabía que serias como una diosa. El mio llegará pronto, ya te enseñaré. Xoxo>>

 

La siguiente fuer Raquel:

 

Raquel 16:06 <<¡Yo me encargo de las fotos! Eres única>>

 

El último fue el de Angy. Entonces caí en la cuenta de que no se lo había enseñado a Sophy y por eso, le envié una foto con un mensaje que decía: <<Llego tarde. ¡Perdon!>>

Nada más hacer eso, leí el mensaje de Angy y veinte minutos más tarde me llegó la respuesta de Sophy.

 

Angelina 16:15 <<Que ganas tengo de que te unas a mi agencia. Estas hermosa y tranquila, la foto estará a salvo del pesado de mi hermano. Besos linda>>

Sophy 16:36 <<Me he quedado sin palabras ¿Pero sabes como estarías aún más perfecta? Sueltaté el pelo y haz que caiga en finos tirabuzones. Ponte el broche en el pelo y un maquillaje pálido. Chao hermosa>>

 

Cada uno de esos mensajes me hizo sonreír animadamente y mientras me quitaba el vestido con cuidado, decidí hacerle caso a Sophy y preparar el material para hacerme los tirabuzones.

            Entré en el baño atropelladamente y mientras cogía la maquina de rulos y la ponía a calentar pensé en lo que iba a pasar al día siguiente; pero solo era capaz de imaginarme una cosa: Dimitri llevandome a la pista de baile donde guiaba mis pasos en un bals lento.     Bajo la luz de las velas, y a escondidas de todo el mundo, me susurraba lo que mucho que me amaba y sin apartar mis ojos de los suyos, me besaría con infinita ternura.

            Sacudí lo cabeza para librarme de ese estúpido pensamiento; un pensamiento que nunca llevaría a cabo. De eso ya me encargaría yo personalmente.

 

 

Sobre las ocho y media llamaron a la puerta, y mi hermano, vistiendo sus mejores galas, fue a abrirla mientras yo, acababa de aplicarle a mis labios un leve tono rosado.

            Oí unas risitas tímidas procedentes del salón y salí, adentrandome en el pasillo hasta la puerta de la sala de estar, que se mantenía entreabierta, esperándome. No pude evitar que un leve rubor se apoderada de mí cuando me di cuenta de que todos me estaban mirando. Catorce pares de ojos se pusieron sobre mí persona, escuchando el lento repiquear de los tacones sobre la tarima flotante.     Me sentía abrumada, allí, sola, llamando la atención; y eso se debía a que desde que había entrado, el silenció se había adueñado de la cargada estáncia. Por un momento tuve miedo de que nadie fuera a decir nada y de que me siguieran observando como si de un mono de circo me tratara. La primera persona en darse cuenta de lo histérica que me estaba poniendo fue Raquel, quien se me acerco sonriendo y me abrazó con fuerza sin media palabra. Lentamente todos se me fueron acercando y abrazando.

            Salimos de casa antes de tiempo, y me sorprendió enormemente encontrarme, aparcado en al arcén, el oscuro y potente jaguar de Dimitri. Pero no había rastro de este por ningún lado. Miré interrogativamente a Angy, pero ella solo le quitó importancia al tema del coche con un leve moviente de cabeza, como si me estuviera diciendo <<Está por aquí, pero no aquí del todo. Es un energía para la sociedad>>. Le sonreí algo nerviosa y me monté en mi querida joya.

 

 

Solté otro suspiro y miré aburrida como toda la gente bailaba al son de una melodía y un compás marchoso y alegre. Todos estaban felices menos yo. Como siempre. La única pendeja sin pareja.

            Apuré de un trago la mitad del ponche que restaba en mi vaso y me dispuse a ir a buscar otro baso nuevo cuando de repente, una fuerte mano se poso sobre mí hombro.

            Esperanzada, me giré, pero la decepción me llenó rápidamente el alma. Quien me había tocado no era quien yo deseaba; se trataba de Julius, vestido elegantemente con un traje azul medianoche y el pelo peinado a lo antiguo –con mucha gomina, eso sí–. Se dio cuenta de que había entristecido e intentó sonreír como haciendo que no pasaba nada, cosa que hizo que mi mirada se enturbiara más. Trago en seco y bajó la mirada.

            – Vaya… siento no ser quien esperabas.

            Me di cuenta demasiado tarde de que lo estaba ofendiendo, y para quitarle hierro al asunto, le sonreí pidiendo perdón, argumentando que estaba un poco cansada y me había confundido. Asintio para dar a entender que no ocurría nada y como un caballero, me ayudo a poner en pie. Me alise una arruguita del vestido y le dediqué una radiante sonrisa de agradecimiento. Me devolvió la sonrisa e hizo una leve reverencia.

            – ¿Bailaria conmigo, bella dama? –me tendió una mano mientras se levantaba lentamente, con los ojos brillantes de felicidad. Parecía tan bueno…

            – Será un placer.

            Me tomó de la mano con ternura y me llevó lentamente hacia la pista de baile, consciente de que llevaba unos tacones que me estaban matando. En la pista empezó a sonar una melodía lenta, siguiendo el ritmo dulce y dócil de los violines. Todo era perfecto. Casi. Me sentía cómoda con las sabes manos de Julius sobre mis caderas, con sus ojos verdes siguiendo atentamente todos mis movimientos, intentando acompasarse a mi torpe baile. Pero no era suficiente. Había probado la fruta prohibida y nada más que esa dulce manzana podría saciarme.           Podría tener delante una dulce fresa, la fruta que más amaba en el mundo, pero no me parecia apetecible.

            Seguimos bailando hasta que me empecé a cansar y Julius, tan amable y adorable como siempre, se ofreció a ir a por una copa de ponche mientras salíamos de la pista de baile. Acepté encantada, agradeciendole a la Diosa del descanso por dejarme estar un rato tranquila.

            Mientras Julius se iba hacia la mesa donde estaban todos los manjares de la fiesta bellamente expuestos, yo me fui derechita al rincón que había estado ocupando, pero nunca logré llegar hacia allí, porque otra vez alguien me agarró del hombro, con la diferencia, de que fui arrastrada como un saco de patatas. Pasamos pos la pista de baile y salimos al exterior, lugar que los mayores habían adornado con bolas de cristal que en su interior, contenían velas de dulces aromas. La fuente relucía bajo el tenue brillo de la luna llena y dentro de ella hermosos nenúfares flotaban agenos a lo que pasaba a su alrededor.

            Quien me había secuestrado me hizo dar una vuelta entera sobre mi misma y con una voz que conocía a la perfección me rogó:

            – Una diosa ha bajado de los cielos para torturar y matar a este pobre diablo.

            – Dimi… profesor. Déjeme en paz, Julius me está esperando.

            – ¿Ese gilipollas? –bramo más que preguntó mientras sus ojos relucían llenos de odio– No Estrellita, él se lo está pasando de perlas con una tipeja que se ha encontrado cerca de la ponchera y creo que ella estaba dispuesta (lo suficientemente borracha), a ir con él y bajarle la bragueta de los pantalones con los dientes.   Supongo que sabes lo que irá a continuación ¿no? –sonrió y vi como se relamía –algo que no me diste a probar.

            Enrojecí con furia y cuando me giré hacia él dispuesta a gritarle, me abrazó y empezó a moverse lentamente, llevándome. Claramente perpleja, solté un gemido al notar como sus manos me masageaban con dulzura las caderas y como su dureza se pegaba a mi vientre.

            Dimos vueltas y más vueltas a un ritmo lento, hasta que estuve tan mareada, que por un momento creí que iba a caerme de bruces al suelo llevándomelo conmigo. Cuando me recompuse  y logré hacer que el ponche se quedara dentro de mi cuerpo, alargué una mano hacia el rostro de Dimitri y le acaricié la mejilla, bajando la mano hasta acariciarle el labio inferior.

            Me puse de puntillas y cerrando los ojos, lamí esos labios de infarto dócilmente. Él entreabrió la boca esperándome y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, me aparté con brusquedad, mirándolo sin pestañear, horrorizada por mis actos. O los actos de mi corazón para el caso.

            – Disculpe mi atrevimiento, profesor –vi, con horror, que una chispa de ira prendía en sus ojos.

            – ¡No me llames PROFESOR! Vasta Alexia, entiendo que estés enfadada, pero deja de ser tan estúpida. Eres responsabilidad mía desde el momento en que…  –dejó la frase suspendida en el aire y apreté los puños.

            – Desde ¿qué! Venga, sueltalo. Es fácil. Tienes, o crees tener la responsabilidad de cuidarme desde que me follaste ¡como si fueras un animal en celo y luego me echaste!

            – Estuvo mal, muy mal, lo se, pero no puedo estar con una alumna. Si lo hago perderé mi empleo, me trataran de acosador o pedofilo ¡podría acabar en la cárcel! Y tu… ¿has pensado que te pasaría si alguien descubriera lo que ocurrió hace un mes? Alexia, te echarían inmediatamente de la universidad.  Eres una chica estupenda, pero solo eres una cría la cual he mancillado. Te mereces a alguien mejor, no a un cabrón como yo.

            Lo miré fijamente sin parpadear, intentando que la dama de hielo quisiera aparecer y controlar el caos que un solo hombre había armado en mi destrozado corazón, pero ella no parecía estar para la labor, pues parecía que también se había quedado de piedra ante las profundas palabras de ese demonio disfrazado de humano.

            – ¿Ahora lo entiendes?

            – ¿Me hiciste daño solo por qué te dio un arrebato de humildad? –mi voz sonó incrédula y se elevó unas octavas al pronunciar la última palabra–. Claro que lo entiendo –intentó detenerme cuando vio el brillo destrozado del fondo de mis ojos–. Entiendo que eres un jodido hijo de puta que se cree el rey del mambo ¡Pero yo no soy tuya!

            – ¡No demostraste lo mismo mientras te daba placer, haciendo que tu primera vez fuera asombrosa y única! Encima, ¡te me declaraste!

            Lo miré horrorizada mientras sus palabras resonaban en la oscuridad de la noche y se clavaban en mi pecho como un veneno. Así que era eso… estaba acojonado porque una estúpida niñita se le había declarado… Una chispa de odio se encendió en mí oscuro corazón y bramé:

            – ¡Estaba borracha! No era consciente de mis acciones…

            – Por eso me asusté y te eche Alexia. Sabía que tenía que haberme negado a hacerte lo que te hice, pero no quería mandarte de nuevo a esa fiesta, dejandote en las manos de ese gilipollas.

            – En el fondo tienes corazón, Dimitri, pero lo que hiciste no se va a arreglar con un “perdón” hueco y sin sentimientos.

            – ¿Qué tengo que hacer para ganarme tu perdón? Te daré lo que sea, solo quiero una segunda oportunidad y que intentemos ser… amigos –pronunció la palabra “amigos” como si se tratara de una pregunta y solté una carcajada algo enojada pero sabiendo que tenía razón.

            – La verdad, podríamos intentarlo. Los amigos se lo suelen perdonar todo y, por encima de todas las cosas, eres el hermano de Angy y no puedo estar eternamente odiandote… cuñado.

            – Entonces eso significa…

            Extendí la mano e intenté sonreír, pero más bien, pareció como si le estuviera lanzando un desafió.

            – Eso significa que aceptó tus disculpas y quiero que volvamos a empezar ¿Amigos?

            – Amigos –extendió la mano y estrecho la mía.

            Sabía que las cosas no saldrían bien, pero eso significaba estar viva: equivocarse, aprender de los errores, volver a caer y volver a levantarse. Que estúpida era.

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