Capítulo 11
Habían pasado unas semanas –tres para
ser más exacta– desde el incidente lleno de deseos con Dimitri, y desde
entonces, no habíamos vuelto a hablar. Raro pero cierto. Solo habíamos
compartido unos saludos cordiales y algún que otro comentarío en clase.
Faltaban
apenas unos días para la fiesta de graduación de los mayores, y en lo único que
era capaz de pensar, era en las estúpidas notas. Lo había aprovado todo, claro
estaba, pero pensar en ello me mantenía distraida, evitando que mis pies se
movieran por voluntad del corazón y me llevaran a rastras al despacho rojo (o
atardecer), donde pondría toda la carne en el asador y le haría un sinfín de
cosas a Dimitri. Cosas extrañas. Cosas que quería hacerle desde hacía tres
semanas, diez horas, veinte minutos y cuatro segundos… cinco segundos… seis
segundos… vale, tenía que dejar de contar o no acabaría nunca.
Resignada,
dejé de pensar en tonterías y preste atención a Raquel y a Elisa, que no
dejaban de enseñarme, página tras página, fotos de vestidos hermosos,
intentando ayudarme e intentando que las
ayudara yo a ellas, a elegir uno –o varios– para la fiesta.
Había
visto de todo: de los ochenta; largos, espectaculares y finos; cortos, pomposos
y escotados; entallados, de espalda desnuda y brillantes… Los colores también
variaban: desde el negro hasta el rojo pasión, pasando por los turquesas,
corales, pasteles, brillantes, fluorescentes… pero no, aún no había visto nada
digno de mi admiración. Hasta aquel momente…
Levanté
una mano con los ojos como platos, indicándole a Elisa que se detuviera ¡ZAZ!
Fue amor a primera vista. Claramente divirtiéndose, Elisa y Raquel leyeron la
información del vestido y silbaron murmurando cosas como <<Excelentes gustos…>>
o <<Digno de una
Diosa>>.
– Vestido importado desde Italia. Confeccionado
con seda de alta gama, con la posibilidad de encontrarse en distintas gamas de tonalidad:
turquesa, rosa, rosa palo, azul medianoche, rojo sangre, verde musgo, anacardo,
gris perla…
>>Falda de capas, todas y cada una de ellas de fino material. Escote corazón ribeteado con hilo de oro. Incluye un cinturón de: seda, cuenta o hilos; con complementos a elección del cliente.
– Esta exquisita prenda está incluida en
la colección <<Joyas de la Noche>>, cuyo coste, por toda la gama de
materiales de primera clase, ronda los quinientos euros. Querida, tienes unos
gustos muy caros –Elisa alargó la vocal del muy
hasta quedarse sin aire.
Solté una risita tímida y decidí que
ese iba a ser mi vestido. Mi joya de la noche. Y con él, pensé mientras en mi
rostro se dibujaba una sonrisa malvada, iba a llevar a cabo un plan que dejaría
a todos los hombres secos, él incluido.
Saqué el móvil para hacer el pedido
y con dedos rápidos por la práctica, envitando echarme a reír mientras Elisa y
Raquel hacían caretas por no encontrar sus propias joyas; entré en google,
busqué la página de la tienda e hice el pedido. Pocos segundos más tarde, me
enviaron una especie de recibo, donde se señalaba el plazo de entrega. ¡Uf! Que
suerte iba a tener. El vestido llegaría un día antes de la fiesta y, por lo
tanto, no tendría que estar preocupada por ello –un punto menos en mi lista de
dolores de cabeza–. Ademas, iba a disponer de la ayuda de Angy en el caso de
que el vestido me quedara muy estrecho o muy ancho.
Como flotando en una nube, las
chicas y yo seguimos hablando sobre el traje ideal. Entonces, Ink y Luck, que
lo habían estado escuchando todo desde un poco más lejos, se acercaron a
nosotras para dar el visto bueno a los modelitos de las tres.
Raquel eligió un vestido de encajes
de color gris perla, entallado y corto, con un hermoso escote “melocotón” y una
pequeña abertura en la espalda, dejando a la vista su tatuaje: una frase
hermosa y religiosa, escrita en una lengua que llevaba muerta por lo menos,
milenios. La frase decía: <<Una voz
interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me
encuentre sola>>.
Elisabeth
por otra parte, acabó eligiendo un modelito que también estaba dentro de la
colección Joyas de la Noche. Un largo vestido rosa palo de excelente seda. La
falda se ceñía al cuerpo hasta la cintura y luego caía en una fina cascada
hasta el suelo. Su vestido, era menos llamativo que el mío, pero estaba bordado
con hilo y cuentas siguiendo un perfecto patrón de rosas.
Los
dos chicos, al ver esos “adorables” modelitos –la palabra adorable salió de sus
boquitas– se pusierón a silbar, llamando la atención de todos aquellos que
pasarán por nuestro lado. Elisa logro hacer que Luck se callara con la ayuda de
un ardiente beso que casi se podría haber considerado un delito; mientras que
Ink fue acallado por un dedo de Raquel y una cruel mirada por mi parte. Si eso
hubiera sido una obra de arte, habría tenído el siguiente título: <<¡MUJERES
AL PODER!>>
Sumida
en mis propios pensamientos, solté una carcajada parecida al canto de un
ruiseñor, a la que mis cuatro amigos se sumaron casi de inmediato. Eso si era
vida. O al menos, la que a mí me gustaba.
El
timbre, estridente e importuno, sonó indicando que el descanso se había acabado
y despidiendome de mis amigos con dos besos al más puro estilo español, me
dirigí a clase de historia en la cual, estabamos estudiando historia griega –o
los mitos, para el caso –de los cuales, la profesora Jordana, estaba
completamente enamorada. Siempre encontraba alguna escusa para hablarnos de Calipso,
Eurídice, Minos, Prometeo, Pandora (encerrada en un cofre junto a todos los
males del mundo), Deméter (la diosa Ceres de los romanos), Cloris (la diosa
Flora de los romanos)… y al final, me había acabado enamorando hasta yo.
Entré
en clase cuando lo hacía también Sophye, mi compañera y otra amante de los
mitos. Al verme, se me acercó sonriendo y nos pusimos a hablar porque con el
tiempo, nos habíamos hecho buenas amigas. Me felicitó ya que gracias a Jade,
amiga de Raquel, se había enterado de que en el último examen de la
preparatoria había sacado la mayor nota, y así, empezamos a charlar
animadamente de todo lo que habíamos estado aprendiendo en historia. Habíamos
estado estudiando con profundidad el mito de Apolo y Dafne, el cual era narrado
de la siguiente manera:
Apolo, gran cazador, quiso matar a
la temible serpiente Pitón que se escondía en el monte Párnaso. Habiéndola
herido con sus flechas, la siguió, moribunda, en su huida hacía el templo de
Delfos. Allí acabó con ella mediante varios disparos de sus flechas. Delfos era
un lugar sagrado donde se pronunciaban los oráculos de la Madre Tierra. Hasta
los dioses consultaban el oráculo y se sintieron ofendidos de que allí se
hubiera cometido un asesinato. Querían que Apolo reparase de algún modo lo que
había hecho, pero Apolo reclamó Delfos para sí. Se apoderó del oráculo y fundo
unos juegos anuales que debían celebrarse en un gran anfiteatro, en la colina
que había junto al templo. Orgulloso
Apolo de la victoria conseguida sobre la serpiente Pitón, se atrevió a burlarse
del dios Eros por llevar arco y flechas siendo tan niño: <<¿Qué haces, joven afeminado –le dijo–, con esas armas?
Sólo mis hombros son dignos de llevarlas. Acabo de matar a la serpiente Pitón,
cuyo enorme cuerpo cubría muchas yugadas de tierra. Confórmate con que tus
flechas hieran a gente enamoradiza y no quieras competir conmigo>>. Irritado, Eros se vengó disparándole una flecha, que
le hizo enamorarse locamente de la ninfa Daphne, hija de la Tierra y del río
Ladón o del río tesalio Peneo, mientras a ésta le disparó otra flecha que le
hizo odiar el amor y especialmente el de Apolo. Apolo la persiguió y cuando iba
a darle alcance, Daphne pidió ayuda a su padre, el río, el cual la transformó
en laurel. En otras versiones, Daphne pide ayuda a su madre Gea. La
metamorfosis de Daphne ha sido magistralmente descrita por Ovidio: <<Apenas había concluido la súplica, cuando
todos los miembros se le entorpecen: sus entrañas se cubren de una tierna
corteza, los cabellos se convierten en hojas, los brazos en ramas, los pies,
que eran antes tan ligeros, se transforman en retorcidas raíces, ocupa
finalmente el rostro la altura y sólo queda en ella la belleza>>.
Mientras
nos sentabamos donde siempre me enseño su última adquisición: un libro antiguo
y maltratado por los años pero cuidado con ternura que explicaba la verdadera
historia de Hades y Perséfone. Con una radiante sonrisa me prometió que cuando
lo acabara me lo prestaría. Pero antes de eso me advirtió de que seguramente,
estaría lleno de apuntes. Sonreí y se lo agradecí mientras la profesora Jordana
entraba en clase murmurando alegremente el tema que íbamos a tratar ese día:
Zeus y Hera.
La
clase se desarroyó con normalidad, a excepción de un pequeño accidente, en el
que Jude, tan pálido y escuálido como siempre, tuvo que salir de clase
corriendo porque tenía nauseas. Para la desgracia de todos, vomito antes de
llegar al pasillo. Una imagen que siempre desearia poder eliminar de mis
pupilas.
Sonó
el timbré y suspiré feliz mientras me levantaba. Solo tenía que afrontar una
clase más antes de que me pudiera largar con las chicas de comprar, en busca de
los complementos que nos restaban para estar perfectas en la noche del baile.
Por
el camino, tras la clase de la señora Jordana, volví a ponerme a hablar con
Sophy y le propuse que se viniera con nosotras, ya que Raquel había invitado a
Jade y Elisa a Romy. Sopy no se lo creyó, pero cuando le juré que era verdad,
que todas nos montariamos en mi BMV M6 Coupé gris e iríamos “volando” hacia el
centro comercial para pasear por todas las tiendas con la única finalidad, de
completar nuestros atuendos, saltó emocionada y se puso a gritar lo encantada
que estaría de venir con nosotras porque necesitaba algunas “cositas” para
estar perfecta.
Le
sonreí con dulzura y nos despedimos con dos besos, quedando nada más tocara el
timbre en el parking.
A las dos y media nos reunimos las seis
delante del parking y descubrimos, no sin cierta sorpresa, que en el coche solo
cabíamos cinco. Así que las tres de detrás se tuvieron que sentar tan pegadas
que me recordaron a las sardinas en lata. Elisa y yo nos libramos, ya que yo
conducía y ella se sentó al lado del copiloto.
Mientras
arrancaba el coche, las oí gritar a todo pulmón: <<Ala,
¡A la aventura!>>, como en el anuncio del yogurt de fibra y eso, me
sacó una sonrisa radiante. Estaban locas. Pero eran mis locas. Y yo formaba
parte de ese grupo de locas.
Llegamos
al centro comercial antes de que nos diéramos cuenta y mientras salíamos del
coche, llenas de emoción, un pensamiento oscuro y enfermizo cruzo mi mente como
un relámpago: la única forma de hacer que un hombre se comportara según la
voluntad de una mujer, era dándole donde más le dolía –allí abajo no –sinó en
su orgullo. Y el orgullo de un hombre, por muy fuerte que fuera este, podía ser
herido de gravedad por el arma de seducción más potente que poseía toda mujer:
los celos.
Las chicas empezaron a arrastrarme,
decididas a entrar en una tienda de zapatos donde habían visto un par de
tacones que, según ellas, quedaría de perlas con mi joyita. Los vi y volví a
notar un flexazo. Eran exquisitos. Simples, pero exquisitos, y en su sencillez,
habíamos encontrado la belleza.
Eran
unos tacones de aguja de seis centímetros, estilo sandalia que se ataban en el
tobillo por una fina cadena de tela azul eléctrico. Otra tira pasaba sobre la
unión de los dedos con el pie y luego, esa tira, se unía a otra pasando sobre
el arco, que a su vez, se unía a una preciosa piedra plateada; y de la piedra
plateada, a la cinta del tobillo. Estaba claro, que esas chicas eran, al igual
que yo, mujeres de buen gusto. Gustos caros, pero buenos, en el fondo.
Todas
acabamos comprandonos un par de bellos tacones, ya fueran cerrados, abiertos,
altos, medianos, finos, gruesos… la quistión fue, que nos gastamos mucho, más
de lo que teníamos planeado.
La
siguiente tienda que visitamos fue una bisutería, pero antes nos compramos unas
bolitas de helado para enfriarnos. El verano se acercaba con mucha rapidez.
Como
siempre, fue maravilloso entrar en esa tienda porque al final, todas salimos con
más de una bolsa. Yo me acabé decantando por un brazalete de bronce labrado con
mariposas y hojitas siguiendo un hermoso patrón; unos pendientes de plata
compuestos por una fina hebra en vertical sobre la cual, caía otra que había
sido doblada meticulosamente, haciendo una espiral; un collar de plata con una
pequeña luna colgando con incrustaciones de zafiros sintéticos; y por último, y
no por eso menos importante, un broche de cristal con motivos florales. Algo
muy trabajado y que, sin dudarlo ni un segundo, era la mejor combinación para
mi joya de la noche.
Tras haber realizado todas las compras,
con un total de tres horas invertidas, dejé a cada chica en su casa, menos a
Sophy, el rostro de la cual, empezó a adoptar una expresión de tristesa.
–
¿No te lo has pasado bien? –pregunté sin apartar la mirada de la carretera,
dudando de si quería oír o no su respuesta. Si me decía que no iba a sentirme
mal conmigo misma durante un tiempo, ya que yo había sido la que la había
invitado.
–
Sí –soltó un suspiro y me miró mientras me detenía en un semáforo –es solo que…
Esperé
a que siguiera pero no lo hizo. Empecé a impacientarme y cuando el semáforo se
puso en verde arranqué el coche preguntándole que ocurría.
–
Es solo que desearía que este día durara más, porque ahora me dejaras en casa y
yo estaré sola hasta que el borracho de mi padre vuelva. Y le tengo miedo
Alexia… nunca se que ocurrirá. Ya le pegaba a mi madre como para que ahora
empiece a pegarme a mí…
La
miré de reojo entendiendo todo lo que me estaba explicando, triste por el
horrible pasado que llevaba sobre su espalda. Sin apartar la vista de la calle
le dije, que si quería, podía venir
conmigo, que solo tenía que añadir un plato más a la mesa. Por el retrovisor vi
que me miraba sin acabar de creerselo.
–
Lo digo de verdad, quiero que vengas, así, de paso, te mostraré un libro de
mitos que me dejó mi madre. Una de las pocas cosas que tengo de ella, si te soy
sincera, pero una de las mejores. Es super antiguo.
Me
dedicó una radiante sonrisa y aceptó con un estridente y agudo gracias. Sonreí
y aceleré, dejando que el aire golpeara con brusquedad nuestros rostros. Con
que sencillez se podía ganar el corazón de una chica tímida.
El miércoles día cinco, a primera hora
de la mañana, recibí el vestido. Tras pagar al cartero un pequeño soborno para
que me dejara en paz, cerré la puerta y fui corriendo a mi habitación para
provarmelo.
Sonriendo embobada
mientras acariciaba la fina tela de alta cosura, me enfundé el vestido.
Me
miré en el espejo alucinando y no pude evitar piropeearme a mi misma.
Moviendome con mucho cuidado, fui a por el móvil y me tome una foto para
enviársela a las chicas y que ellas, jueces de la moda, me dijeran que
opinaban. La primera en responder fue Elisabeth.
Elisabeth 16:00 <<¡Hermosa! Sabía
que serias como una diosa. El mio llegará pronto, ya te enseñaré. Xoxo>>
La siguiente fuer Raquel:
Raquel 16:06 <<¡Yo me encargo de
las fotos! Eres única>>
El último fue el de Angy. Entonces caí
en la cuenta de que no se lo había enseñado a Sophy y por eso, le envié una
foto con un mensaje que decía: <<Llego tarde. ¡Perdon!>>
Nada más hacer eso, leí el mensaje de
Angy y veinte minutos más tarde me llegó la respuesta de Sophy.
Angelina 16:15 <<Que ganas tengo
de que te unas a mi agencia. Estas hermosa y tranquila, la foto estará a salvo
del pesado de mi hermano. Besos linda>>
Sophy 16:36 <<Me he quedado sin
palabras ¿Pero sabes como estarías aún más perfecta? Sueltaté el pelo y haz que
caiga en finos tirabuzones. Ponte el broche en el pelo y un maquillaje pálido.
Chao hermosa>>
Cada uno de esos mensajes me hizo
sonreír animadamente y mientras me quitaba el vestido con cuidado, decidí
hacerle caso a Sophy y preparar el material para hacerme los tirabuzones.
Entré
en el baño atropelladamente y mientras cogía la maquina de rulos y la ponía a
calentar pensé en lo que iba a pasar al día siguiente; pero solo era capaz de
imaginarme una cosa: Dimitri llevandome a la pista de baile donde guiaba mis
pasos en un bals lento. Bajo la luz de
las velas, y a escondidas de todo el mundo, me susurraba lo que mucho que me
amaba y sin apartar mis ojos de los suyos, me besaría con infinita ternura.
Sacudí
lo cabeza para librarme de ese estúpido pensamiento; un pensamiento que nunca
llevaría a cabo. De eso ya me encargaría yo personalmente.
Sobre las ocho y media llamaron a la
puerta, y mi hermano, vistiendo sus mejores galas, fue a abrirla mientras yo,
acababa de aplicarle a mis labios un leve tono rosado.
Oí
unas risitas tímidas procedentes del salón y salí, adentrandome en el pasillo
hasta la puerta de la sala de estar, que se mantenía entreabierta, esperándome.
No pude evitar que un leve rubor se apoderada de mí cuando me di cuenta de que
todos me estaban mirando. Catorce pares de ojos se pusieron sobre mí persona,
escuchando el lento repiquear de los tacones sobre la tarima flotante. Me sentía abrumada, allí, sola, llamando la
atención; y eso se debía a que desde que había entrado, el silenció se había
adueñado de la cargada estáncia. Por un momento tuve miedo de que nadie fuera a
decir nada y de que me siguieran observando como si de un mono de circo me
tratara. La primera persona en darse cuenta de lo histérica que me estaba
poniendo fue Raquel, quien se me acerco sonriendo y me abrazó con fuerza sin
media palabra. Lentamente todos se me fueron acercando y abrazando.
Salimos
de casa antes de tiempo, y me sorprendió enormemente encontrarme, aparcado en
al arcén, el oscuro y potente jaguar de Dimitri. Pero no había rastro de este
por ningún lado. Miré interrogativamente a Angy, pero ella solo le quitó
importancia al tema del coche con un leve moviente de cabeza, como si me
estuviera diciendo <<Está por aquí, pero no aquí del todo. Es un energía
para la sociedad>>. Le sonreí algo nerviosa y me monté en mi querida
joya.
Solté otro suspiro y miré aburrida como
toda la gente bailaba al son de una melodía y un compás marchoso y alegre. Todos
estaban felices menos yo. Como siempre. La única pendeja sin pareja.
Apuré
de un trago la mitad del ponche que restaba en mi vaso y me dispuse a ir a
buscar otro baso nuevo cuando de repente, una fuerte mano se poso sobre mí
hombro.
Esperanzada,
me giré, pero la decepción me llenó rápidamente el alma. Quien me había tocado
no era quien yo deseaba; se trataba de Julius, vestido elegantemente con un
traje azul medianoche y el pelo peinado a lo antiguo –con mucha gomina, eso sí–.
Se dio cuenta de que había entristecido e intentó sonreír como haciendo que no
pasaba nada, cosa que hizo que mi mirada se enturbiara más. Trago en seco y bajó
la mirada.
–
Vaya… siento no ser quien esperabas.
Me
di cuenta demasiado tarde de que lo estaba ofendiendo, y para quitarle hierro
al asunto, le sonreí pidiendo perdón, argumentando que estaba un poco cansada y
me había confundido. Asintio para dar a entender que no ocurría nada y como un
caballero, me ayudo a poner en pie. Me alise una arruguita del vestido y le
dediqué una radiante sonrisa de agradecimiento. Me devolvió la sonrisa e hizo
una leve reverencia.
–
¿Bailaria conmigo, bella dama? –me tendió una mano mientras se levantaba
lentamente, con los ojos brillantes de felicidad. Parecía tan bueno…
–
Será un placer.
Me
tomó de la mano con ternura y me llevó lentamente hacia la pista de baile,
consciente de que llevaba unos tacones que me estaban matando. En la pista
empezó a sonar una melodía lenta, siguiendo el ritmo dulce y dócil de los
violines. Todo era perfecto. Casi. Me sentía cómoda con las sabes manos de
Julius sobre mis caderas, con sus ojos verdes siguiendo atentamente todos mis
movimientos, intentando acompasarse a mi torpe baile. Pero no era suficiente. Había
probado la fruta prohibida y nada más que esa dulce manzana podría saciarme. Podría tener delante una dulce fresa,
la fruta que más amaba en el mundo, pero no me parecia apetecible.
Seguimos
bailando hasta que me empecé a cansar y Julius, tan amable y adorable como
siempre, se ofreció a ir a por una copa de ponche mientras salíamos de la pista
de baile. Acepté encantada, agradeciendole a la Diosa del descanso por dejarme
estar un rato tranquila.
Mientras
Julius se iba hacia la mesa donde estaban todos los manjares de la fiesta
bellamente expuestos, yo me fui derechita al rincón que había estado ocupando,
pero nunca logré llegar hacia allí, porque otra vez alguien me agarró del
hombro, con la diferencia, de que fui arrastrada como un saco de patatas. Pasamos
pos la pista de baile y salimos al exterior, lugar que los mayores habían adornado
con bolas de cristal que en su interior, contenían velas de dulces aromas. La fuente
relucía bajo el tenue brillo de la luna llena y dentro de ella hermosos
nenúfares flotaban agenos a lo que pasaba a su alrededor.
Quien
me había secuestrado me hizo dar una vuelta entera sobre mi misma y con una voz
que conocía a la perfección me rogó:
–
Una diosa ha bajado de los cielos para torturar y matar a este pobre diablo.
–
Dimi… profesor. Déjeme en paz, Julius me está esperando.
–
¿Ese gilipollas? –bramo más que preguntó mientras sus ojos relucían llenos de
odio– No Estrellita, él se lo está pasando de perlas con una tipeja que se ha
encontrado cerca de la ponchera y creo que ella estaba dispuesta (lo
suficientemente borracha), a ir con él y bajarle la bragueta de los pantalones
con los dientes. Supongo que sabes lo
que irá a continuación ¿no? –sonrió y vi como se relamía –algo que no me diste
a probar.
Enrojecí
con furia y cuando me giré hacia él dispuesta a gritarle, me abrazó y empezó a
moverse lentamente, llevándome. Claramente perpleja, solté un gemido al notar
como sus manos me masageaban con dulzura las caderas y como su dureza se pegaba
a mi vientre.
Dimos
vueltas y más vueltas a un ritmo lento, hasta que estuve tan mareada, que por
un momento creí que iba a caerme de bruces al suelo llevándomelo conmigo. Cuando
me recompuse y logré hacer que el ponche
se quedara dentro de mi cuerpo, alargué una mano hacia el rostro de Dimitri y
le acaricié la mejilla, bajando la mano hasta acariciarle el labio inferior.
Me
puse de puntillas y cerrando los ojos, lamí esos labios de infarto dócilmente. Él
entreabrió la boca esperándome y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo,
me aparté con brusquedad, mirándolo sin pestañear, horrorizada por mis actos. O
los actos de mi corazón para el caso.
–
Disculpe mi atrevimiento, profesor –vi, con horror, que una chispa de ira
prendía en sus ojos.
–
¡No me llames PROFESOR! Vasta Alexia, entiendo que estés enfadada, pero deja de
ser tan estúpida. Eres responsabilidad mía desde el momento en que… –dejó la frase suspendida en el aire y apreté
los puños.
–
Desde ¿qué! Venga, sueltalo. Es fácil. Tienes, o crees tener la responsabilidad
de cuidarme desde que me follaste ¡como si fueras un animal en celo y luego me
echaste!
–
Estuvo mal, muy mal, lo se, pero no puedo estar con una alumna. Si lo hago
perderé mi empleo, me trataran de acosador o pedofilo ¡podría acabar en la
cárcel! Y tu… ¿has pensado que te pasaría si alguien descubriera lo que ocurrió
hace un mes? Alexia, te echarían inmediatamente de la universidad. Eres una chica estupenda, pero solo eres una
cría la cual he mancillado. Te mereces a alguien mejor, no a un cabrón como yo.
Lo
miré fijamente sin parpadear, intentando que la dama de hielo quisiera aparecer
y controlar el caos que un solo hombre había armado en mi destrozado corazón,
pero ella no parecía estar para la labor, pues parecía que también se había
quedado de piedra ante las profundas palabras de ese demonio disfrazado de
humano.
–
¿Ahora lo entiendes?
–
¿Me hiciste daño solo por qué te dio un arrebato de humildad? –mi voz sonó
incrédula y se elevó unas octavas al pronunciar la última palabra–. Claro que lo
entiendo –intentó detenerme cuando vio el brillo destrozado del fondo de mis
ojos–. Entiendo que eres un jodido hijo de puta que se cree el rey del mambo ¡Pero
yo no soy tuya!
–
¡No demostraste lo mismo mientras te daba placer, haciendo que tu primera vez
fuera asombrosa y única! Encima, ¡te me declaraste!
Lo
miré horrorizada mientras sus palabras resonaban en la oscuridad de la noche y
se clavaban en mi pecho como un veneno. Así que era eso… estaba acojonado
porque una estúpida niñita se le había declarado… Una chispa de odio se
encendió en mí oscuro corazón y bramé:
–
¡Estaba borracha! No era consciente de mis acciones…
–
Por eso me asusté y te eche Alexia. Sabía que tenía que haberme negado a
hacerte lo que te hice, pero no quería mandarte de nuevo a esa fiesta,
dejandote en las manos de ese gilipollas.
–
En el fondo tienes corazón, Dimitri, pero lo que hiciste no se va a arreglar
con un “perdón” hueco y sin sentimientos.
–
¿Qué tengo que hacer para ganarme tu perdón? Te daré lo que sea, solo quiero
una segunda oportunidad y que intentemos ser… amigos –pronunció la palabra “amigos”
como si se tratara de una pregunta y solté una carcajada algo enojada pero
sabiendo que tenía razón.
–
La verdad, podríamos intentarlo. Los amigos se lo suelen perdonar todo y, por
encima de todas las cosas, eres el hermano de Angy y no puedo estar eternamente
odiandote… cuñado.
–
Entonces eso significa…
Extendí
la mano e intenté sonreír, pero más bien, pareció como si le estuviera lanzando
un desafió.
–
Eso significa que aceptó tus disculpas y quiero que volvamos a empezar ¿Amigos?
–
Amigos –extendió la mano y estrecho la mía.
Sabía
que las cosas no saldrían bien, pero eso significaba estar viva: equivocarse, aprender
de los errores, volver a caer y volver a levantarse. Que estúpida era.
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