sábado, 28 de febrero de 2015

Capítulo 17

Capítulo 17










Mi vida se sumió en el caos absoluto en el mismo momento que vi las listas de clase colgadas. Me habían separado de Raquel y Elisabet. Iba a cursar mi cuarto año en la universidad completamente sola. Incluso los chicos cursaban otra carrera. Sí, ese no iba a ser mi año; que gran sorpresa. Miré la lista fijamente, intentando recordar algún nombre. Pero solo me sonaron dos: Elliot Báez y Favila Green. Báez era el típico emo solitario que solía llevar gafas de pasta gruesa sin necesitarlas y tatuajes por todo el cuerpo, era un chico raro, aunque muy amable. Y Green… No tenía nada que decir de ella, apenas la conocia, solo habíamos compartido alguna que otra frase por obligación. Eran buenas personas, pero no se podán comparar con mis amigos.
 
            Suspiré y cerré el portatil, recortandome en la silla y cerrando los ojos. Solo me faltaba saber quien iba a ser mi profesor. Tenía un mal precentimiento…

 

La úlima semana pasó más deprisa de lo que hubiera imaginado y, antes de que me diera cuenta, me estaba arreglando para volver a la rutina. Apenas eran las seis de la mañana, pero yo ya me encontraba sentada en la cocina, completamente vestida y con un bol lleno de copos de avena delate.

            Lentamente y sin hacer ruido, empecé a desayunar, pensando tristemente en mi hermano quien, a esas horas, ya estaría trabajando, buscando pistas sobre el caso en el que llevaba trabajando tres meses: el secuestro de la joven Amy Wighs, de veinte años. La última vez que alguien la había visto, golpeaba con el rostro desencajado de terror, la luna trasera de un todoterreno negro. No sabía quien me daba más pena, si la joven secuestrada o mi propio hermano.

            Me acabé el desayuno y miré distraidamente por la ventana, pensando en cosas sin sentido. No entendía por qué, pero estaba muy nerviosa; como si mi cuerpo intentara decirme que algo no iba a salir bien.  Seguí mirando por la ventana y mi mente empezó a funcionar. <<No entiendo que está pasando, este nerviosismo es muy extraño… Ahora que me pongo a pensar… Hace tiempo que no se nada de Dimitri, necesito verlo, pero después de lo que le confesé…  –suspiré y miré el reloj; eran las seis y media – Aún no me creo que le dijera eso… ¡MALDITA SEA! –puse los codos sobre la mesa y me maldije hasta que un quedo ronroneo me sacó de las profundidades de mi subconsciente>>.



           
 Kira entró en la cocina tranquilamente, balanceando la cola de un lado al otro, pensanso que quería desayunar. Volví a mirar el reloj. Faltaban quince minutos para las siete. Me levante sin mucha ilusión, cogí su bol y lo llene de su comida favorita –la cara–. Feliz Kira empezó a correr hacia mí y me lamió la mano antes de atacar su bol. Le acaricié la cabeza y salí corriendo hacía mi dormitorio en busca de la bandolera.

            Entré en mi dormitorio casi cayendome de bruces al tropezarme con unos tacones que había usado el otro día, por suerte, no lo hice; cogí la bandolera de cuero que descansaba sobre la cama y me miré una última vez en el espejo antes de salir corriendo. Tenía unas ojeras oscuras y pronunciadas, no me extrañaba, pero al menos aún no estaba muerta. Que equivocada estaba…

 

Llegué a clase justo en el mismo momento que llegaba Elliot, tan extraño y misterioso como siempre, andando entre las sombras, sumido en un silencio absoluto.

            Estaba algo pálido, como siempre, llevando el pelo revuelto con mechas blancas y, bajo el ojo, tenía un nuevo tatuaje: una tela de araña. Iba vestido, como no, de negro. La verdad, daba algo de miedo, pero era un buen chico. Ojalá no tuviera tanto miedo a las multitudes.

            Pero ese año no se lo iba a permitir. Iba a ser amigo mío. Así que me infundé coraje y me acerque a él. Me miró con sus deprimentes ojos azuls y no pude evitar sentir lástima por él. Nos pareciamos tanto y a la vez tan poco…

            Hola –tartamudee a media voz, pero el pasó olímpicamente de mí y siguió con la mirada perdida. Volví a saludarlo y, cuando me vió, se le tiñeron las mejillas de rojo al dárse cuenta de que le estaba hablando a él.

            Tardó un rato en responder, unos segundos, o eso, pero cuando habló, descubrí que tenía una voz encantadora. Dulce y suave, como la voz de una chica.

            Me devolvió el saludo con cordialidad y me sonrojé un poco mientras extendía mi mano para estrecharla con la suya en muestra de simpatía. Sus manos eran frías pero cálidas, algo un poco raro y difícil de explicar; pero era agradable. Parecían manos para coger y no soltar nunca ya que no eran manos de transpiración rápida, más bien todo lo contrario.  

            Me llamo Alexia. Alexia Marie Marroway, encantada –le sonreí con dulzura y me sorprendió ver que hacía lo mismo.

            Elliot… Elliot Báez –musitó mientras se apartaba el flequillo de delante del ojo–. Encantado de conocerte em… ¿Alexia? –pronunció mi nombre un poco duditatrivo, como si tuviera miedo de que todo fuera un error, un burdo engaño y no quisiera hablar con él. Que equivocado estaba… Pobrecito.

            Me mordí el labio pensativa y se me ocurrió indagar un poco en sus vacaciones. Una manera asombrosa de entablar una combersación, si señor. Le pregunté a que se había estado dedicando y una cálida sonrisa adorno su rostro mientras empezaba a contarme que había ido a Viena, para quien no lo supiera, Viena era la capital de Austria, en Europa Central, donde se había encontrado con su novia Eva, a quien le había prometido amor y devoción eterna en la Catedralo de San Esteban, obra de arte gótica creada hacia el año 1360. Después de eso pasaron el mejor mes de sus vidas. Lo que más le dolió fue la despedida; me contó que nunca podía olvidar el pálido rostro de Eva, empapado por lágrimas cristalinas de sus azules ojos. Llegó a Seattle hecho polvo y, durante tres días, se quedó en casa encerrado, sin querer saber nada del mundo exterior. Solo se levantaba de la cama para ir a la cocina y al baño, llegando a asumir un estado deporable y maloliente. En agosto se compró un cachorrito de samoyedo, un hermoso y vivaz perrito blanco gracias a quien supo soportar la tristeza por no poder ver a su amada Eva. Le puso de nombre Wigh, en honor a un grupo de musica que habían creado unos colegas suyos.

            La verdad es que Wigh solo tiene seis meses, pero tiene la energia de un adolescente. Algun día te lo presentaré, estoy seguro de que le encantarás –me sonrió con gentileza y me sorprendi a mi misma devolviendole la sonrisa.

            Seguro que a mí también me caerá genial. Yo tengo una gatita. La perla de mis ojos y a la que le encanta la gente, normalmente. Estoy segura de que también le caerás genial.

            Le guiñé un ojo con picardía y los alumnos empezaron a llegar con lentitud. Era hora de entrar en clase.

 

Elliot y yo entramos juntos, hablando tranquilamente, y fuimos a ver la disposicion del aula. Ambos sonreimos al verlo. No lo pudimos evitar. Yo me sentaba en la primera fila, con Tiffany, una chica que había conocido cuando ambas ibamos a física y química –clase que al año siguiente había dejado porque no era para mi. A partir de ese momento me había dedicado en cuerpo y alma a la biología– y Elliot se iba a sentar detrás de Tiffany, cerca de una tal Penelope, alguien a quein yo no conocía pero que él se alegraba de tener cerca.

            Nos sentamos en nuestros respectivos asientos y empezamos a hablar de tonterias. En cinco minutos descubrimos que teníamos más cosas en común de lo que nunca hubiera imaginado. Los dos perteneciamos a la WWF y habíamos tenido tantos animales que eramos incapaces de contarlos con los dedos; los dos amabamos la literatura nórdica y todas sus leyendas. Su mayor sueño era poder pasar la vida con Eva. El mío… bueno, el mío era un algo parecido pero nunca sería posible. Porque mi amor era un amor prohibido. Un amor nacido del pecado y las malas artes del destino.

            Nuesta charla se detuvo drácticamente cuando una chica bajita y no muy mona se aceró a Elliot y le dio un abrazo tan fuerte que pense que me lo iba a matar. Posteriormente la chica se puso a llorar como una niñita. Supuse que se trataba de Penelope. Algo muy fácil de adivinar si llevaba un colgante con una reluciente “P” hecha de piedrecillas rosas.

            Solo se dio cuenta de que yo estaba allí cuando Elliot la apartó un poco y me presentó como amiga suya. Casi me levanté y puse a bailar tras oir eso. Un nuevo amigo ¡Y yo que pensaba que iba a estar sola todo el curso!

            Penelope me saludó con una enorme sonrisa, desvalando unos dientes imperfectos y muy graciosos. Se sentó con nosotros y empezó a contarnos que tal habían ido sus vacaviones en Brasil.

            Hablamos y reímos como niños pequeños. Pero de repente estalló el caos. Una voz fría y carente de emoción nos cortó en seco. Una voz que había deseado volver a oír durante las últimas semanas.

 

Todo el mundo a su sitio. YA –Dimitri irrumpió en clase con el seño fruncido y los ojos llenos de ira. Se vaía que no estaba nada cómodo–. Me llamo Dimitri Rafael, como muchos de vosotros ya sabeís. A partir de hoy seré el tutor del aula –sacó unos papeles de su maletín y suspiró mientras los miraba con mala cara–. Ahora os explicaré las normas de clase, más tarde pasaré lista y dejaré que os vayais conociendo. Bien…

            En el mismo momento que se puso a explicar las mismas normas de todos los años, mi cabeza se desconectó y empecé a recordar lo que había ocurrido la última vez que nos habíamos visto. Aunque habían pasado más de tres semanas desde el incidente, mi cabeza no era capaz de olvidar el cabreado rostro de Dimitri mientras golpeaba una y otra vez el rostro de ese maldito canalla.

            Suspiré y levanté la mirada, viendo como todas las miradas estaban clavadas en mí. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban pasando lista cuando vi a un perplejo y pálido Dimitri. Sonreí a duras penas y respondí con un tímido “lo siento”. Toda la clase se llenó de suspiros y él prosiguió con su tarea.

            Sonrojada miré de reojo a Ellios y a Penelope, los cuales se estaban riendo de mí entre dientes. Hinche las mejillas y volví la vista hacia el frente sin poder evitar reirme de mí misma ¡Qué idiotez había cometido!

            Clavé la mirada en la pared y volví a desconectar del mundo mortal. Me estaba empezando a acostumbrar a ello.

 

Eran las doce y media cuando sonó el timbre que indicaba el principio del descanso. Como los demás alumnos, me levanté tranquilamente sin coger otra cosa que el móvil, y salí al pasillo donde ya me estaban esperando las chicas. Sonreí con dulzura mientras iba y las abrazaba. Des di dos besos a cada una y se agarrarón a mí, una a cada lado para empezar a hacerme muchas preguntas. Yo les fui dando respuestas cortas y vagas. Eso hizo que se cabrearan un poco y me soltaron refunfuñando. ¡Al fin era libre!

            Les sonreí con inocencia y salimos al patio, lugar en el que ya se empezaban a formar los grupos de todos los años y algunos nuevos.

Me grupito se dirigió hacia donde siempre, pero a mitad de camino me detuve y tomé una gran bocanada de aire, como si me hubieran dado un puñetazo en el estomago. Levanté la cabeza y me encontré mirando fijamente una paloma gris que no dejaba de moverse inquieta sobre las ramas de un enorme olmo.

            <<Llega tarde Cuidadora… Pronto será la Luna de los Cazadores y usted será cazada. Llega tarde Cuidadora… No le va a quedar más remedio que dejarse cazar por el rey de los cazadores…>> La pequeña paloma emprendió el vuelo, alejándose sin dejar de repetir una y otra vez que fuera con cuidado, que se acercaba la temible Luna del Cazador.

            Me quedé con la vista perdida, intentando darle significado a esas palabras, pero estaba confundida y algo perdida. Pasaron los segundos, lentamente, dando la impresión de que las manecillas de los segundos se movia siete veces con más lentitud. No me din cuenta de que estaba parada en mitad del patio hasta que una fuerte mano me apretó el hombro, cosa que me hizo sobresaltar. Me giré en redondo y me sumergí en los castaños ojos del hombre que asechaba mis sueños.

            ¿Alexia? –su voz me llegó distante y difusa. Sacudí la cabeza para intentar escaparme del reino de los sueños y volver a plantar los pies en la Tierra.

            Abrí los ojos con cuidado y sonreí con timidez mientras las manos de Dimitri seguian sobre mis hombros, controlando que no me fuera a caer de un momento al otro.

            Estabamos en mitad del patio, rodeados por alumnos curiosos y profesores que no conocía de nada. Todo el mundo me miraba alarmado, como si creyeran que de un momento a otro me  fuera a salir otra boca capaz de escupir fuego y me fuera a volver un monstruo devorador de humanos.

            Abrí la boca para para pronunciar aunque fuera una misera vocal, pero de entre mis labios no salió ni muu y me quedé con un palmo de narices, acariciandome la garganta mientras un soplo de aire cálido me sacudía el cabello.

            ¿Alexia? –Dimitri volvió a sacudirme con cuidado y lo miré a los ojos intentando hacerle entender lo que estaba pasando.

            Al entenderme, dejó de zarandearme, me tomó de la mano y como si no fuera nada del otro mundo, empezó a andar arrastrándome con él, llevándome hacie un pasillo desierto. Al estar solos, me soltó sonriendo enigmáticamente, metió una mano dentro del bolsillo de sus pantalones y extrajo una cajita con pastillas amarillas. Con mucho cuidado sacó una y mientras yo lo miraba intrigada y un poco preocupada por mi voz, me la tendió. Lo miré sin entender y suspiró como si estuviera tratando con una niña pequeña.

            Es una pastilla para la voz, tipo el Strepsils, ya sabes, esos caramelitos tan famosos para el dolor de cuello. Te hará bien.

            Me metí el caramelo en la boca sin pensarmelo mucho e hice una mueca cuando el amargo sabor a limón estalló en mi boca. Era algo asqueroso, pero hacía milagros, porque unos minutos chupando el amargante caramelo hizo que mi garganta dejara de doler.

Dimitri aguardo pacientemente a que la pastilla se deshiciera completamente antes de soltarme:

            ¿Y bien?

            Lo miré fijamente, sin pestañear, reparando en como el sudor hacia que la camisa se le pagara al pecho. Me quedé fascinada ante esa escena e, inconscientemente, me relamí el labio inferior. Lo oí caraspear y me froté la garganta una última vez antes de intentar hablar.

            ¿P… Perdona…? –lo miré fijamente a los ojos, sonriendo a duras penas con un rubor encantador en las mejillas.

            Había preguntado que tal, si el caramelo había servido de algo. Pero ya veo que sí.

            Gracias… La verdad es que no se que me ha pasado… –dije con inseguridad– Estaba mirando… Algo… Y al darme cuenta tenía la garganta que no parecía mía.

            La mirada de Dimitri ensombreció un poco y, antes de que me diera cuenta, me encontraba entre sus brazos. Me abrazó con fuerza y suspiró quedamente. Desde allí fui capaz de ver, o mejor dicho, notar, como su cabeza empezaba a funcionar. Me apartó un poco y me miró tan fijamente que creí que en cualquier momento se adentraría en mi alma.

             –¿Qué tal llevas todo ese tema sobre…? –no hizo falta que acabara de hablar. Ya me hacía una idea de lo que intentaba preguntar. Quería saber que tal estaba llevando el asunto de que hacía apenas cuatro semanas me hubieran intentado violar.

            Intenté sonreír, pero no fui capaz y me obligué a bajar la mirada para que no viera las lágrimas que empezaban a empapar mis ojos. No queía y no iba a mostrar debilidad nunca más, o al menos eso iba a intentar. Estaba harta de ser una llorica.

            – Lo he superado –musité a media voz apretando los puños con fuerza y alejándome unos pasos– Disculpe, debería volver con mis amigos, estaran preocupados.

            No hizo nada para detenerme, pero vi como me miraba dolido mientras yo salia corriendo de allí para ir en busca de mis amigos. En el mismo momento que los encontré, el timbré sonó tan estridente y molesto como siempre y me pegué a un árbol, gruñendo frustrada. Lentamente el patio se fue vaciando de vida.

            Miré el reloj. Quedaban dos horas de tortura para que pudiera volver a casa. Genial.

 

Esas dos horas que pensaba que iban a ser eternas pasaron más rápido de lo que me hubiera imaginado y, antes de que me diera cuenta, me encontraba en el pasillo, yendo hacia las taquillas. Cogí unos papeles que tenía que entregarle a Jordan, el nuevo profesor de matemáticas. Era un buen tipo, un poco rarillo, pero bueno en su campo.

            Cogí un dosier lleno de anotaciones manuscritas y lo escondí dentro de la maleta.

            Con todo lo que me preocupaba resuelto, salí de las instalaciones y me dirigí hacia el aparcamiento para recoger mi amada joya y largárme de allí.

 

Solo llevaba media hora limpiando el salón cuando el timbré resonó en todo el apartamento, cosa que hizo que dejara a un lado el plumero y me sacudiera un poco el bajo del delantal. Me acerqué a la puerta murmurando para mi misma. Cuando iba a abrirla elevé un poco la voz.

            – Lucius te dije que te llevaras las…

            Me detuve abruptamente mientras volvía a ver a ese hombre del pecado plantado delante de mí, sin sonreír, mirándome con seriedad. Me quedé bloqueada, como en estado de shock, mirándolo sin pestañear.

            – ¿Me vas a dejar pasar o me tendrás aquí fuera como si fuera un vulgar perro? –utilizó un tono de voz lleno de ferocidad, como si estuviera cabreado.

            Sobresaltada, retrocedí unos pasitos y dejándole libre acceso. Entró sin musitar palabra, haciéndome retroceder, cerrando la puerta tras su espalda.

            – Se acabó el juego, Estrellita.

            Tragué en seco, sin dejar de morderme el labio inferior algo nerviosa. Daba miedo…

            – ¿Q… Qué…?

            Dio otro paso hacia mí y yo retrocedí dos más, intentando mantener las distáncias.

            – Me refiero exactamente a eso. Se ha acabado. Deja ya de evitarme. Te salvé la vida, pero eso no va a cambiar las cosas entre nosotros.

            – No se a que… –se me acercó otro paso más y yo retrocedí hasta que noté algo duro contra mi espalda. Maldita sea, volvía a estar acorralada –… Te refieres…

            – Dejate ya de tonterias Alexia. Ya te he dicho qe este juego ha acabado. No más “usted”, se acabó el evitárme. Se acabó.

            Abrí la boca para articular alguna frase que fuera relativamente coherente, pero no llegué a tener la oportunidad porque en ese mismo momento, un clic seco resonó en el recividor y Lucius entró tarareando una melodía que se detuvo abruptamente cuando vio a Dimitri acorralándome.

            Desencajó exageradamente la mandíbula y apretó con fuerza los puños mientras cerraba de una patada la puerta principal. En un abrir y cerrar de ojos se encontó sobre Dimitri, golpeándole sin piedad, soltando blasfemias dirigidas hacia él. Lo que más me asustó no fue ver a mi hermano fuera de si. No. Lo que saba auténtico miedo era que Dimitri no hacía nada para detenerlo. Recibia cada golpe como si no le hiciera daño. Lucius le dio un fuerte puñetazo en el estómago y eso me hizo reaccionar y saltar para detenerlo.

            – ¡Basta! Lucius detente –lo agarré por los hombros e intenté detenerlo, pero no pude y siguió golpeandolo– ¡Lo vas a matar! ¡Para!

            – Por mi –golpe– esta sabandija del diablo –puñetazo en el estómago– ¡Puede morir!

            Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo empujé con fuerza, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera. Soltó un quejido lleno de sobresalto y me miró con ojos oscurecidos por la ira.

            – ¡Me salvó la vida! –rugí mientras me secaba las mejillas.

            Su rostero se llenó de incredulidad y en un tiempo récor le conté la verdad. Le conté porque había vuelto de las vacaciones llena de moratones y traumatizada. Su rostro, a medida que le contaba un acontecimiento nuevo, perdía todo rastro de ira y de color. Al acabar, se puso en pie y, como alma llamada por el diablo, se fue de allí.

            Al oír un quedo gemido de dolor me arrodillé cerca de Dimitri y tuve que hacer un gran esfuerzo para no soltar un chillio de horror. Tartamudee su nombre y él se volvió a mover, gimoteando lastimosamente. Le dije que estuviera quiero y con mucho cuidado, como si estuviera ayudando a un pichon, ayudé a que se incorporara. Daba auténtico miedo. Estaba cubierto de sangre, con el labio y la ceja derecha partidos, cardenales que oscurecian su hermosa piel y marcas de uñas en el cuello. Nunca hubiera imaginado que mi hermano…

            – Tu hermano es un salvaje –susurró intentando, sin éxito, mantenerse derecho.

Reí llorando, viendo como me había leído la mente. Rápidamente me sequé las mejillas y con extrema delicadeza, hice que Dimitri se apoyara en mi hombro para hacer que se pusiera en pie.

            – Ve con cuidado –a pasitos cortos, lo llevé hacia mi dormitorio. Intentó hablar, pero lo callé con un leve movimiento de cabeza–. Tranquilo… No dejaré que te vuelva a tocar…

            Abrí la puerta del dormitorio y lo llevé hacia la cama, apartando de mi camino los tacones que esa mañana no había escondido. Lo tumbé entre mullidas almohadas y tras cercionarme de que estaba cómodo, entré corriendo en el baño y cogí el botiquín. De dentro saqué un par de vendas, alcohol y cotoncitos.

            Volví a entrar en el dormitorio y me quedé mirando como Kira se frotaba cuidadosamente contra la mano que Dimitri le había tendido. Suspiré enternecida y me senté a su lado.

            – No tendrías que moverte, quien sabe que te ha hecho el bruto de mi hermano –empecé a curarle las heridas, viendo como se removía incómodo y gemia de dolor– Lo siento… Debe doles mucho…

            Yendo con más cuidado, le limpié el labio y me percaté de que estaba temblando, como si estuviera conteniendo las ganas de reír. Así era. En el mismo momento que me detuve y lo miré a los ojos, estalló en carcajadas y se arqueó sobre si mismo, gruñendo y riendo.

            – Eres un desastre –susurró entre carcajadas mientras le golpeaba levemente el hombro y le lanzaba una mirada indignada–. No debes temer tanto por este diablo, aún no me voy a romper. Así que curame como toca.

            Así lo hice.

 

Una hora más tarde, después de estar segura de que Dimitri no se iba a caer rodando al suelo si lo soltaba, lo acompañé a casa, ambos sumidos en un silencio tranquilo. Al detenernos delante de su imponente casa blanca, me invitó a entrar, pero rechacé la invitación y volví a casa para calmar a mi hermano y de paso, a mi misma. Lo necesitaba…

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