Capítulo
6
Me desperté notandome enferma;
con la boca pastosa, los miembros rígidos y voz de pito. Reí ante mi propia
ocurrencia “voz de pito”, que gracia.
Mientras contenia una carcajada, sacudí la cabeza y un potente mareo se apoderó
de todo mi cuerpo, siendo más profundo en el centro del estomago. Era como si
me hubiera pasado horas montada en un carrusel, dando vuelvas y vueltas, a una
velocidad exagerada. Sí, un carrusel, parecía la cosa más inocente del mundo
¡Pero no se podía confiar en las cosas inocentes! Porque acavaban volviendose
terrorificas…
Me levanté
dispuesta a ir al baño mientras me atacaba otra onda de arcadas; cuando de
repente, me di cuenta de que no estaba en mi habitación. Me encontraba en un
salón enorme de estilo clásico, con muebles blancos ribeteados con oro, una
enorme chimenea, delante de la cual, había un silloncito de estilo victoriano y
una mesa con libros, y cuadros de paisajes, de los cuales, reconocía dos: La Carreta de Heno de John Constable,
datada del 1821 y Campo de Tulipanes
de Van Gogh, del 1883. Me acerqué a esa en particular y tuve que conener un
chillido cuando vi en el cuadro la firma del pintor… Ese cuadro no era una
replica ¡Era el original! Intenté respirar mientras contaba hasta diez para que
no me diera un ataque al corazón. Me obligué a apartar la vista del cuadro,
resistiendo las ganas de acariciarlo, y seguí mirando el salón. Las paredes
eran de un suave tono cielo y el suelo de tarima flotante, dando una sensación
de espacios abiertos. Delanté del sofá y sus respectivos sillones, había una
televisión plana pegada a la pared con su reproductor, home cinema y todos esos
trastos de tecnología moderna que los hombres se empeñaban en poseer, yo, los
odiaba a muerte, ya que nunca, repito, nunca, los iba a entender. Al otro lado
del salón, había una puerta de cristal que dejaba salir al exterior, donde
había el jardín que se podía contemplar desde delante, con rosales,
plantaciones de lirios, margaritas, amapolas… y una piscina de granito negro.
Pero lo que más me impactó, fue el sofá de cuero blanco… Sobre el, acurrucado
como si se tratara de un cachorrito, dormía un Dimitri de mejillas sonrojadas y
pelo alborotado. Para mí desgrácia, en su cuello, había quedado la marca del
beso que le había dado sin ser llenamente consciente de lo que estaba haciendo,
pues el vino se había apoderado de mi sistema circulatorio. Seguro que si en
ese momento me hubieran echo un test de alcoholemia, habría dado positivo y con
un número muy elevado. ¿Cúal era la mayor tasa? No lo sabía, así que tendría
que buscarlo más tarde…
Nuevamente,
sin darme cuenta de lo que hacía, extendí una mano y acaricié temblorosa, un
fino mechon de su castaño cabello. Ese leve rozé lo alteró y abrió los ojos,
apresandome las muñecas con rudeza, y observando a su alrededor como si llevara
mucho tiempo siendo vigilado po alguien y al fin, después de mucho tiempo,
hubieran mandado a alguien a por él.
Al ver que era
yo la que lo tocaba, me soltó la muñeca soltando un gruñido sordo a modo de
disculpa. Me froté las muñecas e hice una mueca <<Nota mental, cuando el
follaalumnas se despierta, esta de muy mala leche. Si en clase lo despierto
alguna vez, que sea con la ayuda de un palo o lanzandole una tiza. Todo sea
para mantener una distancia prudente, no vaya a ser que un día se despierte, se
olvide de que estamos en clase y me tire sobre la mesa. También puedo dejar que
duerma, llamar al director y que lo eche a la calle por estar pegando una sista
durante la hora lectiva>>
Sin dirigirme
la mirada, se levantó del sofá y se fue, estirandose, hasta perderse por detrás
de una columna. Me froté los ojos cansada y luego me miré las muñecas donde
habían quedado marcados sus dedos. Mientras me las frotaba, oí un leve ronroneo
que me hizo clabar la mirada sobre la
chimenea. Lo que al principio me había parecido la estatua de un mau egipto,
resultó ser realmente un gato de relucientes ojos verde-amarrillentos; de
reluciente pelaje gris, moteado de negro, dando a la cola la textura del pelaje
de un tigre. Sus rasgos eran finos pero fieron, al igual que los del dueño.
El gato –era
un macho según había podido captar con un solo movimiento suyo–, se levantó y
desesperezó, mientras pensaba en ir a atacar la cocina ya que su dueño no estaba.
Como aún me acordaba de donde se enconraba porque la había visto la noche
anterior, anduve hacia ella, seguida del pequeño, que se dio cuenta, casi al
instante, de que representaba yo en su mund –a parte, de una joven mortal–.
<<No sabía que mi amo conociera a la Cuidadora,
incluso llegue a pensar, disculpe las palabras que estoy a punto de pronunciar,
que se trataba de una leyenda inventada por mis hermanos para sentirse
superiores –empezó a ronronear mientras le servía
la comida y no pude evitar reír a carcajadas al ver esa tierna reacción; se
parecía tanto a Kira>>
<<Pues existo –el gato
soltó un respingo al oír mi voz, pero se calmó casi al instante–. Por cierto chiquitin ¿Cuál es tu nombre? Yo
soy Alexia, y tengo una gatita llamada Kira, la luz de mis ojos>>
<<Mi amo me llama Sombra, porque casi nunca me ve,
pero los gatos de la calle, como yo antes de que mi amo me rescatara, me
conocen como “Zarpa de Fuego” porque una vez le deje una bonita marca a una
protectora de animales que quería llevarnos a una perrera>>
Lo miré
estupefacta, Zarpa de Fuego era el nombre de un gato que siempre iba buscando
pelea por los alrededores de mi casa. Siempre lo había visto como un gato
esqualido y fiero, pero que en el fondo, solo buscaba un poco de mimo. Y lo
había encontrado, porque desde que vivía con Dimitri, habíam engordado y vivia
a cuerpo de Rey.
-
¡Hija de puta! –un grito
ensordesedor llegó hasta mis oídos y alertó a Sombra. Poco después,
apareció Dimitri con la cara sonrojada por la ira y la vergüenza mientras se
tapaba el cuello, con firmeza–. ¡TÚ! ¡MALDITA! ¿¡Me quieres explicar que
demonios es esto?! –se apartó la mano del cuello para dejar a la vista la marca. Había oscurecido y si se
miraba fijamente, se podía vislumbrar unas marcas de dientes.
-
Conociendote como te conosco, y
sabiendo tu reputación de follaalumnas –note como parte del
alcohol que había ingerido la noche anterior, despertaba en mí una crueldad que
me era desconocida. Fría e inquebrantable– estoy segura de que eso que tiene en
el cuello, se trata de un chupetón causado por dientes y lengua. Muy bonito,
por cierto.
-
¡Maldita sea, se lo que es! Solo
quiero saber ¿Por. Qué. Tengo. Esto. En. El. Cuello?
-
A mí no me mires, ayer me dejaste
en ese cuarto y yo, buscando el aseo –usé una palabra culta y
lo mire divertida, viendo como se retorcia nervioso el cuello de la camisa– acabé
a tu lado, tras sufrir un desmayo. El alcohol y yo no somos compatibles, creo
que te has dado cuenta.
Me miró
duvitativo y tuvo que respirar tres veces profundamente, antes de poder volver
a hablar.
-
Buenos días, Estrellita.
-
Buenos días seran para ti
profesor Dimitri –soltó un suspiro entrecortado y me miró fijamente
a los ojos, estudiando todos mis movimientos.
-
¿Qué tal te encuentras?
-
¿La verdad? –lo miré y movio la
cabeza afirmativamente– Pues me siento echa, en palabras
vulgares, una mierda. Siento como si una apisonadora me hubiera aplastado todos
huesos, como si un dentista me hubiera anesteciado la boca y me estuviera
taladrando los dientes; y como si unos tambores retumbaran en mi cabeza. En
algunas ocaciones, se me llena el cuerpo de arcadas, pero por lo demás, son
meras tonterias. Cosas a las que una buena mujer puede llegar a acostumbrarse,
claro, si vuelve a desear acercarse a una botella de vino tinto.
Un fuerte
sonido retumbó en la cocina y fui casi corriendo, sobresaltada; miré a Sombra
que había tirado su bol de la comida al suelo, después de haberlo limpiado a
consciencia con su aspera lengua. Por suerte, el bol al estrellarse contra el
suelo, ya estaba vacío, así que no había causado ningún desastre.
-
Sombra, eso no está bien –murmuré
casi en un susurro para que Dimitri no me oyera, pero, por
desgrácia, si que lo oyó.
En su frente
se formo una arruga de intriga, y antes de que pudiera mediar palabra, vi que se
inclinaba para sacar del horno una bandeja llena de brownies de chocolate con nueces ¡Mis preferidos! Se me hizo la
boca agua y me giré en redondo, para empezar a suplicarle que me diera uno, que
los amaba y que haría lo que quisiera. Me di cuenta demasiado tarde de que
había cometido un tremendo error, porque en su rostro apareció una sonrisa
misteriosa y oscura, y sus ojos brillaron lujuriosamente. <<Mierda>>.
Mientras me desnudaba con la mirada, se
relamio el labio inferior y se quedo anlcado en las curbad de mis pechos,
mirando como se movian al compas de mi respiración. <<Doble mierda>>
-
Lo que sea, ¿verdad? Entonces
quiero verte desnuda para poder comprovar, cuanto perfecto hace
esa blusa tu cuerpo, y cuanto perfecto es en realidad. Para que lo entiendas
mejor, una comparación, porque tu anatomia es una incognita sin resolver. Y me
esta volviendo loco.
Enrojecí de la
indignación y la vergüenza, y antes de que me diera cuenta, estaba corriendo
hacía la puerta exterior.
<<¡Dios! ¡Dios! ¡DIOS!>>
¡Le acababa de
patear el trasero a Dimitri Rafael! Literalmente. Había quedado tirado en el
suelo mientras se le desvanecía la sonrisa del rostro y se volvía una mueca de
furia. La forma con la que me había tratado, había echo que en mi cuerpo
estallara una chispa de deseo y rencor, una sensación nueva para mí. Con mucha
fuerza había deseado tirarlo sobre el sofá y hacer que sus manos me recorrieran
el cuerpo, al mismo tiempo, que esa idea me asqueaba. Así que antes de que se
me acercara, o yo cumpliera esos pensamientos, levanté una pierna y le golpee
con fuerza en la espinilla, y luego sali huyendo, apartandolo de mi camino de
un empujón.
-
¡Alexia ten cuidado! –me giré
para ver a Dimitri que me seguia sosteniendo a Sombra, quien me
susurraba que me detuviera, que no iba a ocurrirme nada malo. Di un paso hacia
atrás asustada y luego sentí… nada, el vacío.
No tuve tiempo
a hacer nada y me precipité escaleras abajo. Lo último que oí antes de
estrellarme contra el suelo, fue a Dimitri correr hacia mí como poseido por el
diablo. Depués, la oscuridad y un dolor punzante en la cabeza, me engullierón.
Me desperté oyendo un pitido
incomodo y el sonido de voces en susurros.
Abrí los ojos
y una punzada de dolor me recorrio de la cabeza a los pies, sonsacandome un
rugido de dolor que se convirtió en un gimoteo lastimero. Las voces volvieron a
plagar el blanco lugar en el que me encontraba. ¿Estaría muerta?
-
Mire profesor, ya está despierta
–la aterciopelada voz de Elisa llegó a mís oídos, como cantos de
un ángel, pero mitigados por mis propios demonios y entendí que no estaba
muerta.
Unas fuertes
manos apretarón las mías y vi que me encontraba en la habitación de un
hospital, el hospital del que era dueño el padre de Luck. Dimitri se encontraba
a mí lado, sosteniendome las manos con mucha ternura y un profundo dolor en el
fondo de su asombrosa mirada. Elisa estaba sentada cerca de la ventana, con el
maquillaje corrido, agarrandose con fuerza a la camiseta de Luck, quien estaba
a su lado, intentando calmarla. Lo que más me impactó fue ver a mi hermano,
tumbado en el sofá con lágrimas secas pegadas a sus pálidas mejillas. Tenía
heridas en los brazos y sangre en las uñas, como si se hubiera pasado horas arañandose,
sintiendose culpable por lo que me había sucedido que era… ¿qué era?
Una voz
femenina llegó a mis oidos, extrayendome de las profundidades de mi nublada
mente, y una mujer de unos sesenta años, encorbada y de canoso pelo negro,
entró en la habitación con un carrito lleno de vendas, unguentos, pastillas,
dos botecitos de cristal, una bolsa de suero y una jeringuilla.
-
Lo tuvimos que sedar, señorita
Marroway. El señor Marroway estaba tan mal, que empezó a
gritar, romper cosas y a arañarse. Le gritó a la mitad del personal y al hombre
que la trajo. Estaba muy preocupado, porque por lo que entendí antes de que me
asignaran a usted, el señor Rafael lo llamó para avisarle de que usted se había
caído y estaba en un hospital. Pobrecita niña, mira que caerte de una escalera,
tiene que estar más atenta.
La miré
fijamente, recordando a duras penas lo que había ocurrido: el comentario de
Dimitri, mi patada, verme correr hacia el exterior, la voz de Sombra y…
-
Disculpe señora –Dimitri empezó a
hablar con voz aterciopelada– ¿Cómo se encuentra mi alumna?
-
La señorita ha sufrido una
contución cranoencefalica, ruptura de dos costillas y una torcedura de
tercer grado en el tobillo derecho. Presenta un alto contenido de alcohol en la
sangre y es anemica, así que podrá tardar un poco en eliminarse de su organismo
todo rastro de bebida. A parte, tiene las defensas bajas, por eso tendremos que
imponerle una dieta con alto contenido de carboidratos. Necesita engordar un
poco señorita.
-
Entiendo –Dimitri me apretó la
mano con mucha fuerza, haciendome daño. Se dio cuenta de ello
cuando solté un gimoteo. Me soltó la mano compulgido y clabando la mirada en el
suelo. Tras estar unos segundos en silencio empezó a hablar en voz monotona–:
Por favor, salgan todos unos minutos, tengo que hablar con Estr… Con la
señorita Marroway. En privado.
-
Entiendo señor Rafael, pero
tengo… –la enfermera intentó hablar, sin tener del todo seguro
que decir.
-
Jane –Luck habló por primera vez
desde que estaba allí. Empezó a andar arrastrando a Elisa que
se rehusaba a andar– dejelos solos, ya la curara más tarde.
-
Como usted mande señor, pero…
-
Nada de peros Jane, sal, ya
–rugío mirandola fijamente. Jana se puso pálida y salio, seguida por
los otros dos.
Al final
quedamos en la habtación los tres: un incosciente Lucius, Dimitri a punto de ahorcarse
por lo que me había sucedido y yo que empezaba a perder parcialmente el
sentido. Me habían vuelto a suministrar un potente somnifero.
-
Alexia… –Dimitri me miró y por primera vez, vi que
sus ojos estaba rojos e hinchados. Se daba
la culpa por lo de las escaleras–. Dios… Ha sido todo culpa mía, maldita mente
pervertida.
-
No pasa nada… –murmuré muy cansada. Se me empezaron a cerrar los ojos pero antes de que
tragara la oscuridad, vi como las lágrimas emanaban de sus ojos y se deslisaban
por sus perfectos pómulos.
Nunca iba a
olvidar eso: la primera vez que vi a una fiera, llorar.
Las muletas no ayudaban mucho.
Llevaba días usandola y aún me quedaban semanas para aprender a usarlas.
Diariamente, tenía dolores intensos de cabeza y lagunas que hacían que olvidara
algunas cosas, para poco después, recordarlas. Lo que más me molestaba, era la
zona donde tenía dos costillas fracturadas. Dolía, escocia, estaba inchado y
morado y lo peor de todo, me confinaba en casa sin poder ir a ningun lado.
Adiós a todos los planes que había echo con las chicas. Adiós ir de compras, a
la piscina de Carol, a alguna librería a distraernos, al parque para ver a tios
sin camiseta...
Solté otro
suspiro en lo que llevaba de tarde –ya llevaba unos veinté–. Estaba aburrida y
las paredes me empezaban a agobiar. Cuando recuperara mi vida, iba a cambiar el
color de la pared. Un tono verde a lo mejor quedaría bien…
Unos golpes
resonarón en mi puerta y Lucius entró seguido de Dimitri, quien aún estaba muy
pálido, con los ojos enrojecidos y la piel quebrada, como si no durmiera.
Llevaba unos vaqueros de marca y una camisa blanca desgarbada, sin abotonar
algunos botones. Tenía una aparencia triste y demacrada, pero seguia estano
igual de bueno.
Al verme
postrada en la cama con miles de papales esparcidos sobre ella, le pidio educadamente
a Lucius que lo dejara quedarse conmigo a solas unos minutos. Lucius lo miró
con mala cara, y solo aceptó salir cuando le explique que Dimitri era mi
profesor de biologia, quien me había encontrada desmayada a los pies de una
escalera. Cuando Lucius abandono la habitación y la puerta estubo cerrada,
Dimitris se derrumbó contra la cama donde días antes había estado intentando
meterme mano; me tomó la mejilla con mucho cuidado y la beso, haciendo que en
mi estomago aflorara algo extraño. Unas mariposas revoloteantes y brillantes.
Demasiado cursis.
-
Lo siento… Lo siento… Lo siento…
Lo siento… –empezó a repetirse como si se tratara de
una radio estropeada– Lo siento tanto pequeña, si no te hubiera asustado de esa
forma, a lo mejor no habrías caído por esas condenadas escaleras. Si te hubiera
dado los brownies que tanto deseabas.
Fue la segunda
vez que vi a ese hombre llorar. La sola visión de sus lágrimas perlandole las
pestañas y las mejillas, hizo que mi corazón se encojiera y empezara a latir
lentamente, haciendome sufrir, como si cada latido fuera un castigo. Haciendo
caso omiso al dolor, alargue una mano hasta acariciarle la mejilla, la cual
abarque con la otra mano y ya que estaba tumbado en la cama, muy cerca, apoyé su
cabeza sobre mi pecho.
-
Ya esta corazón –sin llegar a ser
consciente de lo que ocurria a mí alrededor, dentro de mí nacio
el alma de una madre– no tuviste la culpa de nada, al menos, yo no te la doy.
Podré tener una semana terrible, pero gracias a ti, mi Dimitri, tuve una noche
preciosa. Y siempre, oyeme bien, siempre te lo voy a agradecer.
Al ver como su
rostro enrojecía, lo aparté de mi pecho con cuidado de no hacerme daño y le
seque una lágrima.
-
No me gusta verte llorar…
Dimitri.
Todo cambió en
cinco segundos, y antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, tenía
sus labios pegados a los míos. Empezó a devorarme lentamente, dejandome
respirar.
-
Por un momento creí que me ibas a
dar la culpa de todo lo ocurrido Estrellita.
Noté la punta
de su lengua contre mis dientes y solté un jadeo. Penetró mi boca sin esperar invitación
y empezó a jugar con la mia, hasta que los jadeos se intencificarón y el beso
se volvió ardiente, haciendome mover las piernas y soltar un sollozo por el dolor
del tobillo.
-
Eres tan dulce –murmuró mientras
se separaba para dejarme recuperar el aliento– y algún día,
seras mía. Eso, tu y todos, lo teneis que tener presente.
Pasó la mano
sobre mi cuerpo y al detenerse sobre mis costillas rotas, ejerció un poco de
presión que me hizo gritar de dolor sin querer, pues él no sabía que esas eran
las que estaban mal. Unos pasos rápidos resonarón en el pasillo y Dimitri me
soltó con el rostro contraído en una espreción de dolor, justo en el mismo
momento en que la puerta se abrió dejando paso a mi hermano, con el rostro rojo
de ira y perlado de sudor.
Estaba segura
de saber que estaba viendo: yo tumbada en la cama con los labios rojos e
inchados, Dimitri recostado a mi lado, manteniendo una distancia mínima de mi
rostro. Mi rostro sonrojado y perlado de sudor por el esfuerzo de soportar el
dolor y el de él pálido y asusatado. Una imagen pintoresca, pero nada agradable
para un hermano. Cerró la puerta detrás de él y se adentró unos pasos hasta
situarse delante de mi cama.
-
¿¡Se puede saber que está pasando
aquí?! –bramó Lucius enrojeciendo aún más por la ira– ¡Suelta
a mí hermana, cerdo!
Al ver que
Dimitri no me soltaba, levantó un puño y antes de que lo estallara en su cara,
lo detuve soltando un grito.
-
¡Para idiota! –me miró asustado
por el tonod e voz que acababa de usar para dirigirme a él y
Dimitri, mirandome también sorprendido, se levantó y dio la vuelta a la cama
para apartarse de la trayectoria de los puños de mi hermano– Lucius, el
profesor no me ha hecho nada, solo se ha sentado a mí lado y cuando me he
puesto a llorar, maldiciendo mi mala fortuna, no ha podido evitar abrazarme.
Estoy sola, aquí encerrada la mitad del día y toda la noche y no puedo evitar
que ocurra esto, así que baja los puños y calmate. No quería tener que ir al
Coronel Frank y contarle que mi propio hermano ha agredido a un profesor de la
universidad.
Ambos me miraron
con los ojos desorvitados y yo a ellos, alternativamente, desafiandolos a contradecirme.
Tenía una arma, y ellos estaban desarmados. Sabían que tenía las de ganar.
-
Largate de esta casa y no vuelvas
nunca –miró a Dimitri mientras pronunciaba todas esas
palabras cargadas de veneno–. Tu y yo hablaremos más tarde.
-
Espere un momento, señor
Marroway. Soy el profesor de la señorita Marroway y mientras ella
esté en cama, tendré que venir a instruirla, porque su destino es ser una de
las m,ejores biologas del mundo y no puede dejarlo de lado por un accidente.
Por muy grave que haya sido.
-
Lar… go –empezó a gruñir Lucius.
Ambos, hermano y profesor, se mirarón como si se fueran a
linchar. Enemigos a muerte ¡Hurra ellos!
-
Esta bien –se acercó mucho a mi
hermano y susurró–: Me largo solo porque la señorita Marroway
y yo hemos terminado de tratar el tema a tratar –me miró con ojos relucientes
de pasion oscura y se fue por donde había venido.
Lucius me miró
con mala cara y cuando oyó la puerta de entrada ser cerrada, se tranquilizo y suspiro.
Con ternura me acarició la cabeza y se fue al oír el reloj de la cocina. No me
iba a echar el sermón ¡otro hurra! Esa vez para mí. La suerte que podía llegar a
poseer una persona enferma.
Kira, después
de que él se fuera, se tumbó a mí lado y empezó a ronronear y a llenarme la cabeza
de pensamientos dulces sobre un pajarillo que había estado observando, mientras
yo, maldecía la madre que había parido a Dimitri y su sensual boca, la cual,
era capaz de arrancarme suspiros y gemidos temblorosos.
Iba a tenet unas semanas de mierda si no dejaba de
pensar en él.
Que chuliii !!!!! Y pobre Alexia , espero que esté bien !
ResponderEliminarMe alegro que te guste ^^ Y tranquila, volveras a verla andar
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