martes, 15 de octubre de 2013

Capítulo 6

Capítulo 6










Me desperté notandome enferma; con la boca pastosa, los miembros rígidos y voz de pito. Reí ante mi propia ocurrencia “voz de pito”, que gracia. Mientras contenia una carcajada, sacudí la cabeza y un potente mareo se apoderó de todo mi cuerpo, siendo más profundo en el centro del estomago. Era como si me hubiera pasado horas montada en un carrusel, dando vuelvas y vueltas, a una velocidad exagerada. Sí, un carrusel, parecía la cosa más inocente del mundo ¡Pero no se podía confiar en las cosas inocentes! Porque acavaban volviendose terrorificas…

Me levanté dispuesta a ir al baño mientras me atacaba otra onda de arcadas; cuando de repente, me di cuenta de que no estaba en mi habitación. Me encontraba en un salón enorme de estilo clásico, con muebles blancos ribeteados con oro, una enorme chimenea, delante de la cual, había un silloncito de estilo victoriano y una mesa con libros, y cuadros de paisajes, de los cuales, reconocía dos: La Carreta de Heno de John Constable, datada del 1821 y Campo de Tulipanes de Van Gogh, del 1883. Me acerqué a esa en particular y tuve que conener un chillido cuando vi en el cuadro la firma del pintor… Ese cuadro no era una replica ¡Era el original! Intenté respirar mientras contaba hasta diez para que no me diera un ataque al corazón. Me obligué a apartar la vista del cuadro, resistiendo las ganas de acariciarlo, y seguí mirando el salón. Las paredes eran de un suave tono cielo y el suelo de tarima flotante, dando una sensación de espacios abiertos. Delanté del sofá y sus respectivos sillones, había una televisión plana pegada a la pared con su reproductor, home cinema y todos esos trastos de tecnología moderna que los hombres se empeñaban en poseer, yo, los odiaba a muerte, ya que nunca, repito, nunca, los iba a entender. Al otro lado del salón, había una puerta de cristal que dejaba salir al exterior, donde había el jardín que se podía contemplar desde delante, con rosales, plantaciones de lirios, margaritas, amapolas… y una piscina de granito negro. Pero lo que más me impactó, fue el sofá de cuero blanco… Sobre el, acurrucado como si se tratara de un cachorrito, dormía un Dimitri de mejillas sonrojadas y pelo alborotado. Para mí desgrácia, en su cuello, había quedado la marca del beso que le había dado sin ser llenamente consciente de lo que estaba haciendo, pues el vino se había apoderado de mi sistema circulatorio. Seguro que si en ese momento me hubieran echo un test de alcoholemia, habría dado positivo y con un número muy elevado. ¿Cúal era la mayor tasa? No lo sabía, así que tendría que buscarlo más tarde…



Nuevamente, sin darme cuenta de lo que hacía, extendí una mano y acaricié temblorosa, un fino mechon de su castaño cabello. Ese leve rozé lo alteró y abrió los ojos, apresandome las muñecas con rudeza, y observando a su alrededor como si llevara mucho tiempo siendo vigilado po alguien y al fin, después de mucho tiempo, hubieran mandado a alguien a por él.

Al ver que era yo la que lo tocaba, me soltó la muñeca soltando un gruñido sordo a modo de disculpa. Me froté las muñecas e hice una mueca <<Nota mental, cuando el follaalumnas se despierta, esta de muy mala leche. Si en clase lo despierto alguna vez, que sea con la ayuda de un palo o lanzandole una tiza. Todo sea para mantener una distancia prudente, no vaya a ser que un día se despierte, se olvide de que estamos en clase y me tire sobre la mesa. También puedo dejar que duerma, llamar al director y que lo eche a la calle por estar pegando una sista durante la hora lectiva>>

Sin dirigirme la mirada, se levantó del sofá y se fue, estirandose, hasta perderse por detrás de una columna. Me froté los ojos cansada y luego me miré las muñecas donde habían quedado marcados sus dedos. Mientras me las frotaba, oí un leve ronroneo que me hizo clabar la mirada  sobre la chimenea. Lo que al principio me había parecido la estatua de un mau egipto, resultó ser realmente un gato de relucientes ojos verde-amarrillentos; de reluciente pelaje gris, moteado de negro, dando a la cola la textura del pelaje de un tigre. Sus rasgos eran finos pero fieron, al igual que los del dueño.

El gato –era un macho según había podido captar con un solo movimiento suyo–, se levantó y desesperezó, mientras pensaba en ir a atacar la cocina ya que su dueño no estaba. Como aún me acordaba de donde se enconraba porque la había visto la noche anterior, anduve hacia ella, seguida del pequeño, que se dio cuenta, casi al instante, de que representaba yo en su mund –a parte, de una joven mortal–.

<<No sabía que mi amo conociera a la Cuidadora, incluso llegue a pensar, disculpe las palabras que estoy a punto de pronunciar, que se trataba de una leyenda inventada por mis hermanos para sentirse superiores –empezó a ronronear mientras le servía la comida y no pude evitar reír a carcajadas al ver esa tierna reacción; se parecía tanto a Kira>>

<<Pues existo –el gato soltó un respingo al oír mi voz, pero se calmó casi al instante–. Por cierto chiquitin ¿Cuál es tu nombre? Yo soy Alexia, y tengo una gatita llamada Kira, la luz de mis ojos>>

<<Mi amo me llama Sombra, porque casi nunca me ve, pero los gatos de la calle, como yo antes de que mi amo me rescatara, me conocen como “Zarpa de Fuego” porque una vez le deje una bonita marca a una protectora de animales que quería llevarnos a una perrera>>

Lo miré estupefacta, Zarpa de Fuego era el nombre de un gato que siempre iba buscando pelea por los alrededores de mi casa. Siempre lo había visto como un gato esqualido y fiero, pero que en el fondo, solo buscaba un poco de mimo. Y lo había encontrado, porque desde que vivía con Dimitri, habíam engordado y vivia a cuerpo de Rey.

-        ¡Hija de puta! –un grito ensordesedor llegó hasta mis oídos y alertó a Sombra. Poco después, apareció Dimitri con la cara sonrojada por la ira y la vergüenza mientras se tapaba el cuello, con firmeza–. ¡TÚ! ¡MALDITA! ¿¡Me quieres explicar que demonios es esto?! –se apartó la mano del cuello para dejar a la vista la marca. Había oscurecido y si se miraba fijamente, se podía vislumbrar unas marcas de dientes.

-        Conociendote como te conosco, y sabiendo tu reputación de follaalumnas –note como parte del alcohol que había ingerido la noche anterior, despertaba en mí una crueldad que me era desconocida. Fría e inquebrantable– estoy segura de que eso que tiene en el cuello, se trata de un chupetón causado por dientes y lengua. Muy bonito, por cierto.

-        ¡Maldita sea, se lo que es! Solo quiero saber ¿Por. Qué. Tengo. Esto. En. El. Cuello?

-        A mí no me mires, ayer me dejaste en ese cuarto y yo, buscando el aseo –usé una palabra culta y lo mire divertida, viendo como se retorcia nervioso el cuello de la camisa– acabé a tu lado, tras sufrir un desmayo. El alcohol y yo no somos compatibles, creo que te has dado cuenta.

Me miró duvitativo y tuvo que respirar tres veces profundamente, antes de poder volver a hablar.

-        Buenos días, Estrellita.

-        Buenos días seran para ti profesor Dimitri –soltó un suspiro entrecortado y me miró fijamente a los ojos, estudiando todos mis movimientos.

-        ¿Qué tal te encuentras?

-        ¿La verdad? –lo miré y movio la cabeza afirmativamente– Pues me siento echa, en palabras vulgares, una mierda. Siento como si una apisonadora me hubiera aplastado todos huesos, como si un dentista me hubiera anesteciado la boca y me estuviera taladrando los dientes; y como si unos tambores retumbaran en mi cabeza. En algunas ocaciones, se me llena el cuerpo de arcadas, pero por lo demás, son meras tonterias. Cosas a las que una buena mujer puede llegar a acostumbrarse, claro, si vuelve a desear acercarse a una botella de vino tinto.

Un fuerte sonido retumbó en la cocina y fui casi corriendo, sobresaltada; miré a Sombra que había tirado su bol de la comida al suelo, después de haberlo limpiado a consciencia con su aspera lengua. Por suerte, el bol al estrellarse contra el suelo, ya estaba vacío, así que no había causado ningún desastre.

-        Sombra, eso no está bien –murmuré casi en un susurro para que Dimitri no me oyera, pero, por desgrácia, si que lo oyó.

En su frente se formo una arruga de intriga, y antes de que pudiera mediar palabra, vi que se inclinaba para sacar del horno una bandeja llena de brownies de chocolate con nueces ¡Mis preferidos! Se me hizo la boca agua y me giré en redondo, para empezar a suplicarle que me diera uno, que los amaba y que haría lo que quisiera. Me di cuenta demasiado tarde de que había cometido un tremendo error, porque en su rostro apareció una sonrisa misteriosa y oscura, y sus ojos brillaron lujuriosamente. <<Mierda>>. Mientras me desnudaba con la mirada,  se relamio el labio inferior y se quedo anlcado en las curbad de mis pechos, mirando como se movian al compas de mi respiración. <<Doble mierda>>

-        Lo que sea, ¿verdad? Entonces quiero verte desnuda para poder comprovar, cuanto perfecto hace esa blusa tu cuerpo, y cuanto perfecto es en realidad. Para que lo entiendas mejor, una comparación, porque tu anatomia es una incognita sin resolver. Y me esta volviendo loco.

Enrojecí de la indignación y la vergüenza, y antes de que me diera cuenta, estaba corriendo hacía la puerta exterior.

<<¡Dios! ¡Dios! ¡DIOS!>>

¡Le acababa de patear el trasero a Dimitri Rafael! Literalmente. Había quedado tirado en el suelo mientras se le desvanecía la sonrisa del rostro y se volvía una mueca de furia. La forma con la que me había tratado, había echo que en mi cuerpo estallara una chispa de deseo y rencor, una sensación nueva para mí. Con mucha fuerza había deseado tirarlo sobre el sofá y hacer que sus manos me recorrieran el cuerpo, al mismo tiempo, que esa idea me asqueaba. Así que antes de que se me acercara, o yo cumpliera esos pensamientos, levanté una pierna y le golpee con fuerza en la espinilla, y luego sali huyendo, apartandolo de mi camino de un empujón.

-        ¡Alexia ten cuidado! –me giré para ver a Dimitri que me seguia sosteniendo a Sombra, quien me susurraba que me detuviera, que no iba a ocurrirme nada malo. Di un paso hacia atrás asustada y luego sentí… nada, el vacío.

No tuve tiempo a hacer nada y me precipité escaleras abajo. Lo último que oí antes de estrellarme contra el suelo, fue a Dimitri correr hacia mí como poseido por el diablo. Depués, la oscuridad y un dolor punzante en la cabeza, me engullierón.

 

 

Me desperté oyendo un pitido incomodo y el sonido de voces en susurros.

Abrí los ojos y una punzada de dolor me recorrio de la cabeza a los pies, sonsacandome un rugido de dolor que se convirtió en un gimoteo lastimero. Las voces volvieron a plagar el blanco lugar en el que me encontraba. ¿Estaría muerta?

-        Mire profesor, ya está despierta –la aterciopelada voz de Elisa llegó a mís oídos, como cantos de un ángel, pero mitigados por mis propios demonios y entendí que no estaba muerta.

Unas fuertes manos apretarón las mías y vi que me encontraba en la habitación de un hospital, el hospital del que era dueño el padre de Luck. Dimitri se encontraba a mí lado, sosteniendome las manos con mucha ternura y un profundo dolor en el fondo de su asombrosa mirada. Elisa estaba sentada cerca de la ventana, con el maquillaje corrido, agarrandose con fuerza a la camiseta de Luck, quien estaba a su lado, intentando calmarla. Lo que más me impactó fue ver a mi hermano, tumbado en el sofá con lágrimas secas pegadas a sus pálidas mejillas. Tenía heridas en los brazos y sangre en las uñas, como si se hubiera pasado horas arañandose, sintiendose culpable por lo que me había sucedido que era… ¿qué era?

Una voz femenina llegó a mis oidos, extrayendome de las profundidades de mi nublada mente, y una mujer de unos sesenta años, encorbada y de canoso pelo negro, entró en la habitación con un carrito lleno de vendas, unguentos, pastillas, dos botecitos de cristal, una bolsa de suero y una jeringuilla.

-        Lo tuvimos que sedar, señorita Marroway. El señor Marroway estaba tan mal, que empezó a gritar, romper cosas y a arañarse. Le gritó a la mitad del personal y al hombre que la trajo. Estaba muy preocupado, porque por lo que entendí antes de que me asignaran a usted, el señor Rafael lo llamó para avisarle de que usted se había caído y estaba en un hospital. Pobrecita niña, mira que caerte de una escalera, tiene que estar más atenta.

La miré fijamente, recordando a duras penas lo que había ocurrido: el comentario de Dimitri, mi patada, verme correr hacia el exterior, la voz de Sombra y…

-        Disculpe señora –Dimitri empezó a hablar con voz aterciopelada– ¿Cómo se encuentra mi alumna?

-        La señorita ha sufrido una contución cranoencefalica, ruptura de dos costillas y una torcedura de tercer grado en el tobillo derecho. Presenta un alto contenido de alcohol en la sangre y es anemica, así que podrá tardar un poco en eliminarse de su organismo todo rastro de bebida. A parte, tiene las defensas bajas, por eso tendremos que imponerle una dieta con alto contenido de carboidratos. Necesita engordar un poco señorita.

-        Entiendo –Dimitri me apretó la mano con mucha fuerza, haciendome daño. Se dio cuenta de ello cuando solté un gimoteo. Me soltó la mano compulgido y clabando la mirada en el suelo. Tras estar unos segundos en silencio empezó a hablar en voz monotona–: Por favor, salgan todos unos minutos, tengo que hablar con Estr… Con la señorita Marroway. En privado.

-        Entiendo señor Rafael, pero tengo… –la enfermera intentó hablar, sin tener del todo seguro que decir.

-        Jane –Luck habló por primera vez desde que estaba allí. Empezó a andar arrastrando a Elisa que se rehusaba a andar– dejelos solos, ya la curara más tarde.

-        Como usted mande señor, pero…

-        Nada de peros Jane, sal, ya –rugío mirandola fijamente. Jana se puso pálida y salio, seguida por los otros dos.

Al final quedamos en la habtación los tres: un incosciente Lucius, Dimitri a punto de ahorcarse por lo que me había sucedido y yo que empezaba a perder parcialmente el sentido. Me habían vuelto a suministrar un potente somnifero.

-        Alexia…  –Dimitri me miró y por primera vez, vi que sus ojos estaba rojos e hinchados. Se daba la culpa por lo de las escaleras–. Dios… Ha sido todo culpa mía, maldita mente pervertida.

-        No pasa nada…  –murmuré muy cansada. Se me empezaron a cerrar los ojos pero antes de que tragara la oscuridad, vi como las lágrimas emanaban de sus ojos y se deslisaban por sus perfectos pómulos.

Nunca iba a olvidar eso: la primera vez que vi a una fiera, llorar.

 

 

Las muletas no ayudaban mucho. Llevaba días usandola y aún me quedaban semanas para aprender a usarlas. Diariamente, tenía dolores intensos de cabeza y lagunas que hacían que olvidara algunas cosas, para poco después, recordarlas. Lo que más me molestaba, era la zona donde tenía dos costillas fracturadas. Dolía, escocia, estaba inchado y morado y lo peor de todo, me confinaba en casa sin poder ir a ningun lado. Adiós a todos los planes que había echo con las chicas. Adiós ir de compras, a la piscina de Carol, a alguna librería a distraernos, al parque para ver a tios sin camiseta...

Solté otro suspiro en lo que llevaba de tarde –ya llevaba unos veinté–. Estaba aburrida y las paredes me empezaban a agobiar. Cuando recuperara mi vida, iba a cambiar el color de la pared. Un tono verde a lo mejor quedaría bien…

Unos golpes resonarón en mi puerta y Lucius entró seguido de Dimitri, quien aún estaba muy pálido, con los ojos enrojecidos y la piel quebrada, como si no durmiera. Llevaba unos vaqueros de marca y una camisa blanca desgarbada, sin abotonar algunos botones. Tenía una aparencia triste y demacrada, pero seguia estano igual de bueno.

Al verme postrada en la cama con miles de papales esparcidos sobre ella, le pidio educadamente a Lucius que lo dejara quedarse conmigo a solas unos minutos. Lucius lo miró con mala cara, y solo aceptó salir cuando le explique que Dimitri era mi profesor de biologia, quien me había encontrada desmayada a los pies de una escalera. Cuando Lucius abandono la habitación y la puerta estubo cerrada, Dimitris se derrumbó contra la cama donde días antes había estado intentando meterme mano; me tomó la mejilla con mucho cuidado y la beso, haciendo que en mi estomago aflorara algo extraño. Unas mariposas revoloteantes y brillantes. Demasiado cursis.

-        Lo siento… Lo siento… Lo siento… Lo siento… –empezó a repetirse como si se tratara de una radio estropeada– Lo siento tanto pequeña, si no te hubiera asustado de esa forma, a lo mejor no habrías caído por esas condenadas escaleras. Si te hubiera dado los brownies que tanto deseabas.

Fue la segunda vez que vi a ese hombre llorar. La sola visión de sus lágrimas perlandole las pestañas y las mejillas, hizo que mi corazón se encojiera y empezara a latir lentamente, haciendome sufrir, como si cada latido fuera un castigo. Haciendo caso omiso al dolor, alargue una mano hasta acariciarle la mejilla, la cual abarque con la otra mano y ya que estaba tumbado en la cama, muy cerca, apoyé su cabeza sobre mi pecho.

-        Ya esta corazón –sin llegar a ser consciente de lo que ocurria a mí alrededor, dentro de mí nacio el alma de una madre– no tuviste la culpa de nada, al menos, yo no te la doy. Podré tener una semana terrible, pero gracias a ti, mi Dimitri, tuve una noche preciosa. Y siempre, oyeme bien, siempre te lo voy a agradecer.

Al ver como su rostro enrojecía, lo aparté de mi pecho con cuidado de no hacerme daño y le seque una lágrima.

-        No me gusta verte llorar… Dimitri.

Todo cambió en cinco segundos, y antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, tenía sus labios pegados a los míos. Empezó a devorarme lentamente, dejandome respirar.

-        Por un momento creí que me ibas a dar la culpa de todo lo ocurrido Estrellita.

Noté la punta de su lengua contre mis dientes y solté un jadeo. Penetró mi boca sin esperar invitación y empezó a jugar con la mia, hasta que los jadeos se intencificarón y el beso se volvió ardiente, haciendome mover las piernas y soltar un sollozo por el dolor del tobillo.

-        Eres tan dulce –murmuró mientras se separaba para dejarme recuperar el aliento– y algún día, seras mía. Eso, tu y todos, lo teneis que tener presente.

Pasó la mano sobre mi cuerpo y al detenerse sobre mis costillas rotas, ejerció un poco de presión que me hizo gritar de dolor sin querer, pues él no sabía que esas eran las que estaban mal. Unos pasos rápidos resonarón en el pasillo y Dimitri me soltó con el rostro contraído en una espreción de dolor, justo en el mismo momento en que la puerta se abrió dejando paso a mi hermano, con el rostro rojo de ira y perlado de sudor.

Estaba segura de saber que estaba viendo: yo tumbada en la cama con los labios rojos e inchados, Dimitri recostado a mi lado, manteniendo una distancia mínima de mi rostro. Mi rostro sonrojado y perlado de sudor por el esfuerzo de soportar el dolor y el de él pálido y asusatado. Una imagen pintoresca, pero nada agradable para un hermano. Cerró la puerta detrás de él y se adentró unos pasos hasta situarse delante de mi cama.

-        ¿¡Se puede saber que está pasando aquí?! –bramó Lucius enrojeciendo aún más por la ira– ¡Suelta a mí hermana, cerdo!

Al ver que Dimitri no me soltaba, levantó un puño y antes de que lo estallara en su cara, lo detuve soltando un grito.

-        ¡Para idiota! –me miró asustado por el tonod e voz que acababa de usar para dirigirme a él y Dimitri, mirandome también sorprendido, se levantó y dio la vuelta a la cama para apartarse de la trayectoria de los puños de mi hermano– Lucius, el profesor no me ha hecho nada, solo se ha sentado a mí lado y cuando me he puesto a llorar, maldiciendo mi mala fortuna, no ha podido evitar abrazarme. Estoy sola, aquí encerrada la mitad del día y toda la noche y no puedo evitar que ocurra esto, así que baja los puños y calmate. No quería tener que ir al Coronel Frank y contarle que mi propio hermano ha agredido a un profesor de la universidad.

Ambos me miraron con los ojos desorvitados y yo a ellos, alternativamente, desafiandolos a contradecirme. Tenía una arma, y ellos estaban desarmados. Sabían que tenía las de ganar.

-        Largate de esta casa y no vuelvas nunca –miró a Dimitri mientras pronunciaba todas esas palabras cargadas de veneno–. Tu y yo hablaremos más tarde.

-        Espere un momento, señor Marroway. Soy el profesor de la señorita Marroway y mientras ella esté en cama, tendré que venir a instruirla, porque su destino es ser una de las m,ejores biologas del mundo y no puede dejarlo de lado por un accidente. Por muy grave que haya sido.

-        Lar… go –empezó a gruñir Lucius. Ambos, hermano y profesor, se mirarón como si se fueran a linchar. Enemigos a muerte ¡Hurra ellos!

-        Esta bien –se acercó mucho a mi hermano y susurró–: Me largo solo porque la señorita Marroway y yo hemos terminado de tratar el tema a tratar –me miró con ojos relucientes de pasion oscura y se fue por donde había venido.

Lucius me miró con mala cara y cuando oyó la puerta de entrada ser cerrada, se tranquilizo y suspiro. Con ternura me acarició la cabeza y se fue al oír el reloj de la cocina. No me iba a echar el sermón ¡otro hurra! Esa vez para mí. La suerte que podía llegar a poseer una persona enferma.

Kira, después de que él se fuera, se tumbó a mí lado y empezó a ronronear y a llenarme la cabeza de pensamientos dulces sobre un pajarillo que había estado observando, mientras yo, maldecía la madre que había parido a Dimitri y su sensual boca, la cual, era capaz de arrancarme suspiros y gemidos temblorosos.
Iba a tenet unas semanas de mierda si no dejaba de pensar en él.

2 comentarios:

  1. Que chuliii !!!!! Y pobre Alexia , espero que esté bien !

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    1. Me alegro que te guste ^^ Y tranquila, volveras a verla andar

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