Capítulo 10
Bien entrada la madrugada, salí de casa
llevando puesto unos shorts de correr, una camiseta de tirantes roja que me
quedaba dos dedos por encima del abdomen, zapatos de correr, una coleta alta y
los cascos conectados al Energy, decidida a gastar un poco de energía. Mentalmente empecé a contar hasta diez
mientras entrenaba un poco los músculos para poco después, empezar a correr con
furia, imaginando que el suelo que estaba pisando se trataba del innombrable, y
que, con cada zancada que daba, a él le daba una patada en el lugar que más le
dolía. Allí no, sino en su orgullo. Aún que claro, no hubiera estado mal darle
“allí” así podría ver lo que se sentía al sufrir un dolor lacerante y
profundo...
Mis
caderas rugían de dolor, pero era un dolor al que me estaba acostumbrando, al
cual ya no hacía caso. Cuando volviera a casa tomaría un iboprufeno, suspiraría
y todo el dolor se iría en segundos, pero no iba a dejar que eso me quitara la
vida, ya no, no era la misma floja que se ponía a llorar en los rincones.
La
canción que más adoraba, la que me acompañaba siempre en las malas, empezó a
tronar en mis oídos; e insistivamente, subí el volumen, ahogando todos los
sonidos de la calle.
This is wrong/
I should be gone/ yet here we lay/ ‘cause I can’t stay ayay1…
Era curioso oír como la canción se
complementaba perfectamente con mi alma, como si se tratara de un fragmento que
hacía mucho tiempo había sido mandado al fondo del abismo. Perdido para que
nadie lo encontrara, como si se tratara de un hijo bastardo. Todo parecía
distinto visto desde esa perspectiva,
seguramente hubiera sido eso el causante de el fragmento <<Yet
here we lay>>,
me afectaba tanto al corazón, dándole alas a mis pies.
Roses bloom/ in your dirty
room/ I come to play/ ‘cause I can’t stay away/ No I can’t stay away – ay… ay…2
La canción se repitió unas mil
veces –exagerando–, hasta que me detuve para tomar aire y mirar el lugar donde
me habían acabado llevando mis pies. Traidores y estúpidos pies; me habían
llevando a la casa de ese ser despreciable.
Paré
la música y miré todo lo que me rodeaba. El silencio se había adueñado del lugar, ni los pájaros cantaban, era como si el mundo
de repente se hubiera sumergido en una burbuja gigante, acallando hasta el
condenado e incansable murmullo del viento invisible. Ese silencio no podía
significar nada bueno, así que me dispuse a irme antes de que alguien –y con
ese alguien me refería a él– me
pudiera encontrar. Entonces todo cambió, y el silencio que tanto me atormentaba
fue roto por el sonido de una voz gritando y algo siendo roto. Pocos segundos
más tarde la puerta de su casa se abrió y Sombra salió escopetado, mientras su
dueño salía detrás de él, bramando:
–
¡Sí! ¡Largate tú también gato del diablo! ¡Dejame como lo hace todo el mundo!
–y cerró la puerta con un portazo sin llegar a recaer en mi presencia.
<<¡Cuidadora! –la voz de Sombra llegó a mis
oídos antes que él a mis brazos>>
Lo
sujeté contra mi pecho protectoramente, y miré al pequeño gato con los ojos
entornados. Estaba muy alterado, con el pelo erizado y las orejas gachas, como
amenazador y asustado.
<<¿Qué ha ocurrido allí adentro?>>
<<Mi amo está descontrolado, desde
que usted, cuidadora, se fue ayer y la oyó llorar, no ha parado de romper cosas ¡Tengo
miedo de que me haga daño! Y por eso, cuando lo he visto cernirse
amenazadoramente sobre mí, he salido asustado por la ventana. Y el resto de la
historia, usted ya la conoce>>
Asentí
sumida en mis pensamientos y empecé a andar hasta franquear los verdes setos
que rodeaban la mansión Rafael; todo eso, sin dejar de acariciar el lomo se
Sombra, que bufaba algo asustado.
Me
planté delante de la puerta, toqué el timbre y mientras esperaba que me
abriera, cree a “la Dama de Hielo”, una mujer infranqueable como una fortaleza,
dura e inverna, segura de si misma, sin miedo. Alguien que iba a acompañarme
siempre, sin lágrimas que derramar. Iba a dejar de ser una llorica.
La
puerta se abrió con brusquedad, estrellándose contra la pared, y Dimitri acalló
todos sus gruñidos cuando me vio allí plantada, con su gato en brazos.
–
Creo que se te ha escapado algo más, profesor –murmuré con voz cortante
mientras dejaba a sombra en el suelo. Le acaricié la cabeza con ternura antes
de ponerme derecha–. Te veo cansado ¿no has dormido bien? –intentó hablar pero
lo acallé con un movimiento seco–. No me importa, solo te digo una cosa, como
le hagas daño a Sombra se lo contaré a la protectora de animales. Ahora, si me
disculpas…
A
punto de marcharme, Dimitri me detuvo y lo miré a los ojos sin apenas
inmutarme.
–
Yo…
–
No se preocupe profesor, no le de importancia a lo de ayer. Solo fue sexo, nada
más –y dichas esas palabras bajé los escalones–. No le diré a nadie lo que paso
entre esas paredes y como me pediste, lo olvidaré. A partir de ahora, y para
siempre, para usted soy la señorita Marroway. Adiós, Dimitri –pronuncié su
nombre una última vez antes de empezar a correr nuevamente.
A
partir de ese momento Alexia la llorona estaba muerta, solo quedaba Alexia, la
dama de hielo. No iba a llorar por él. Otra vez no.
Llegué
a casa jadeando, después de haber corrido durante horas sin descanso. Me detuve
en el umbral y miré el reloj; eran las ocho, llevaba corriendo desde las cinco.
Toqué
el timbre y pocos segundos más tarde me abrió Lucius, mirándome entre
sorprendido y alegre. Esa era yo para él, la verdadera yo, una mujer fuerte que
adoraba salir a correr aún que hiciera un tiempo horrible como el de ese día;
una mujer dura y responsable que no se relajaba ante nadie, ni con ella misma.
Se
apartó para dejarme pasar y me dio un fuerte abrazo, haciendo que cerrara los ojos,
en parte por el placer de ser mimada y en parte de dolor.
–
¿Lo has ido a ver, verdad, Alexia? –puse cara de pocker y lo miré con limpidos
ojos negros.
–
No se de quien me hablas, hermanito. He ido a correr, lo necesitaba. Necesitaba
liberar mi cuerpo de todo mal.
Asintió
sin decir nada, me acarició la cabeza mientras cerraba la puerta y me dio un
tierno beso en la frente antes de irse a la cocina donde se podía oír el <<tic, tac>> del
reloj. Supuse que sería el desayuno: tostadas. Ricas y crujientes. Para untarlas
en mantequilla y mermelada y luego chuparse los dedos.
Me
volví a poner los cascos y Animales Racionales de Porta resonó en mis oídos, y
mientras marchaba hacia el cuarto de baño dispuesta a lavarme, tarareaba el
estribillo de la canción. Estaba cansada, me dolía todo el cuerpo, pero ya no
era solo por lo que había ocurrido, todo lo que tenía que olvidar. Esconder en
lo más hondo de mi subconsciente.
Por
el camino me desnudé y entré en el baño para encontrarme directamente con mi
reflejo. No era fea, y él me había rechazado, pero había muchos peces en el
mar, y el mar era muy grande. Sonreí maliciosamente entrando en la ducha y abrí
el agua, siendo masageada por una cascada fría. Me miré las numerosas marcas
que me cubrían el cuerpo y las empecé a frotar con fricción. Iba a borrar todo
rastro de él de mí.
Lunes. Primera hora. Clase de
biología. Todo eso equivalía a una cosa: Dimitri.
Eran
las siete y cuarto de la mañana y me encontraba sentada en mi escritorio
observando unos apuntas sin apenas pestañear. Dimitri se había sentado delante
de mí y no dejaba de mirarme de reojo, como confirmando que aún me encontraba
allí. Estaba empezando a cansarme un poco, y la dama de hielo no toleraba que
la molestaran.
–
Profesor, deje de mirarme o me veré en la obligación de lanzarle un vaso de
agua a la cara –bromee notándome extraña por el tono de voz que había usado.
Esa no era yo. Yo no era tan fría ni tan cortante.
Me
miró sin entender porque lo trataba de esa forma, mientras me enviaba su mejor
expresión de cachorrillo abandonado; pero yo solo aparté la mirada y seguí
estudiando. Eso tendría que haber bastado para lanzar su autoestima por los
suelos. Pero solo hizo que me mirara con más insistencia.
Cogí
un folio dispuesta a empezar uno de mis super esquemas, cuando su voz hilerante
me detuvo en seco. Parecía casi preocupado, pero demostró un profundo orgullo
cuando me preguntó:
–
¿Te duele? –tragué en seco y negué con la cabeza sin mirarlo– ¿Y la garganta?
–volví a negar mientras empezaba a escribir–. A mí me duele la espalda, me la
dejaste hecha un cuadro.
–
¿Quién dijo que tirarse a una virgen iba a ser divertido? –abrió la boca
decidido a responder pero lo corté con sequedad– Nadie, y ahora que el tema ha
quedado zanjado, dejeme estudiar en paz.
Por
extraño que me pareciera, se levantó de la silla que había estando ocupando sin
hacer ruido y se sentó detrás de su mesa con los hombros encogido <<Que se joda –pensó la dama de hielo, pero la Alexia sepultada sintió una
punzada de remordimientos y tristeza. Estaba siendo muy dura, pero en el fondo,
se lo merecía>>
En mitad de práctica me lavanté
con sigilio y acerqué a Julius, que
mantenía su cabeza peliroja sobre el microscopio, mirando unas muestras que yo
ya había analizado tres veces: sangre de cuervo, leche agria, moho sacado del
tronco de un roble milenario, una fina lámina de cebolla y polen de amapola.
Muestras sencillas, casi para principiantes.
Con
cuidado y sercionandome de que Dimitri me observara, posé mis uñas esmaltadas
sobre su musculoso brazo y cuando me miró, le sonreí de forma seductora. Sin
decir palabra me dejó espacio en la silla que estaba ocupando y me senté a su
lado, rozandolo a modo de juego. Eso hizo que un escalofrío le recorriera el
cuerpo y en su rostro aflorara una sonrisa socarrona.
–
¿Qué estas planeando, pequeña? –susurró, con unos inquisitivos ojos verdes.
Julius
era mi mejor amigo desde la infancia, pero mucha gente no lo sabía, e iba a
usar eso como un cebo. Una trampa para gilipollas celosos.
–
Nada, solo necesito que me ayudes. Un clavo saca a otro clavo cariño. Y tú vas
a ser ese clavo.
–
Vamos, que me usaras para darle celos a alguien ¿quién es el pobre desgraciado
que recibirá tal castigo? –con cuidado, le indiqué con la cabeza que se trataba
de Dimiti y sus ojos se oscurecieron. No supe descifrar si se trataba de ira o
mera curiosidad.
Me
acaricío la cabeza soltando un suspiro y siguió estudiando las muestras
mientras murmuraba palabras cariñosas, entrando más en el papel de enamorado
perfecto.
El
timbre sonó estridentemente y Julius me ayudó a poner en pie, manteniendo una
mano firmemente colocada sobre mi cadera para que mantuviera el equilibrio. Le
sonreí agredecida y di un beso en la mejilla y el me lo devolvió entre risitas
cutres. Sonaba empalagoso, pero me encantaba el efecto que eso producia sobre
los demás. Todos nos miraban, algunos con ira, otros encantados y algunos más sin
entender exactamente que estaba ocurriendo.
Mientras
esperabamos a que la clase se vaciara, me preguntó si quería, después de las
clases, ir con él y unos amigos a tomar algo. Acepté encantada con la única
condición de que después, cuando nos quedaramos solos, me acompañara a casa y
saludara a Lucius.
Me
permití mirar de reojo a Dimitri y vi que miraba a Julius como si lo fuera a
matar. Y a mí como si…
–
Señorita Marroway, –musitó con voz monótona al notar que lo estaba mirando– necesito
que se quede un momento para que podamos discutir sobre un punto de su trabajo.
Yo le explicaré directamente a la señorita Karmen porque ha vuelto a llegar
tarde.
Mentalmente
conté hasta diez para calmarme y le di dos besos a Julius antes de sentarme en
mi sitio y mirar fijamente a Dimitri. Solo cuando Julius hubo salido, sus
labios se despegaron.
–
No, señorita Marroway –me miró con lacsividad–. A mi despacho. Ahora.
Me
levanté frunciendo el ceño y lo seguí intentando no tirarme sobre él para
gritarle que lo odiaba, que era un maldito cobarde. Un desgraciado del que me
arepentía terriblemente haber enamorado; pero a la vez, también queria besarlo
con furia, morderle las caderas , que me bajara las bragas y que, empotrada contra
una pared, me penetrara con una sola embestida, en mitad del pasillo. Morbosidad
a tope.
Sin
ser plenamente consciente de lo que hacía, murmuré entre dientes la última
palabra que había pronunciado ese día, la que había matado a Alexia: largo.
Al
entrar en su despacho, se me cayó la mandibula, desencajada por la sorpresa.
Era una sala espaciosa de suelos de madera pulida y paredes del color del
amanecer. En mitad de la sala, había una enorme mesa de maziso roble, un
ordenador portatil y fotografias. Un estante por detrás, yendo de lado a lado
de la sala, estaba cargada de libros, archivadores, tesis, estatuillas… todo
colocado de una forma muy meticulosa. Ese hombre era un falso, lo demostraba en
el mobiliario de roble, en el orden inquebrantable y en el silencio de todos
los alumnos que pasaban por delante de su despacho. Un infierno personalizado.
Con
un vago gesto de la mano, me indicó que me sentara en uno de los sillones de
piel que había delante del escritorio. Le hice caso sin decir palabra. Tras
sentarme pude ver que todas las fotos que adornaban la mesa eran de él, joven e
inocente y de Raquel, bella y preparada; ambos sonriendo a la cámara o siendo
tomados por sorpresa. En la mesa solo había una cosa que destacaba sobre todas
las demás, una foto del cuarenta por cuarenta de otra obra que yo también
poseía: Alegoría de Guerra de Rubens, la original era un oleo sobre madera,
relatando los horrores de la guerra.
Arrastré
la silla sobre una mullida alfombra de piel blanca y esperé a que Dimitri
hablara, cruzando las manos sobre los muslos. Este me observó durante unos
segundos y sonrió con malicia, seguramente recordando todo lo que había
ocurrido hacía unas noches. Pero la sonrisa desapareció casi de inmediato.
–
¿Por qué me has estado menospreciando durante toda la clase, Estrellita?
–
Para usted, profesor, soy la señorita Marroway, por favor, mantenga las
formalidades.
–
Dejate de idioteces Alexia ¡La otra noche no estabas tan cerrada!
–
No lo sabes bien, Dimitri. La otra noche me abriste de piernas, me follaste y
tras dejar tus necesidades de macho satisfechas, me hechaste a patadas ¡Ni una
llamada! ¡Ni una explicación! ¡Ni una nota…! ¡Nada! Después llegué a casa y me
golpearon ¡todo por tu culpa, por tú gran culpa! Ten por seguro que si vuelves
a aparecer por la casa de mi hermano, y él descubre que fuiste tú quien
desvirgó a su querida niñita, te mataría.
Lo
miré a los ojos, desafiandolo a que apartara la suya, pero no lo hizo. Al contrario.
Fui yo la que aparto la mirada abrumada por la intensidad de la suya.
–
¿Puedo irme?
–
No –bramó cortantemente.
–
¡No puede retenerme contra mi voluntad!
–
Estas en la universidad, en mis dominios, puedo y te retendré en contra de tu
voluntad tanto como quiera.
–
¡Qué te follen!
–
Oh, ya lo han hecho, y por ser su primera vez, me dejó un bonito regalo. Espero
que me deje más marcas como esas. Verdaderamente la chica que me tiré ayer era
maravillosa.
Cerré
los ojos notando como una descarga de adrenalina me recorría el cuerpo. Como
impulsada por un resorte, me levanté de la silla. Cogí todas mis cosas y me
dispuse a huir de ese infierno. Mientras Dimitri miraba por la ventana,
acariciandose inconscientemente la barba que le empezaba a ensombrecer el
mentón, di un paso hacia atás, dando gracias al Dios de las alfombras peuldas
por haberlas hecho a prueva de sonidos.
–
Alexia, detente. El juego se ha terminado, y el ganador soy yo.
–
¿¡Eso quien lo dice?! –grité girándome y tirando la muchila sobre la silla que
antes había estado ocupando.
–
Yo. Je veux te baiser jusqu’à ce que vous me supplier la miséricorde.
Sin
entender lo que decía, di un paso hacia la derecha. Me sentía como si fuera la
presa. Una presa que todos querian devorar.
Entonces
me vino a la cabeza el significado de esa frase <<Voy a follarte hasta que me
sulpiques misericordia>>; y antes de que me diera cuenta, estaba en los brazos de Dimitri,
besandolo y provocandolo con mi afilada lengua. No tardó en reacciónar y con la
lengua me recorrió el labio inferior y lo mordió. Mientras me relamía la zona
mordida, bajé la guardia y Dimiti lo tomo como una oportunidad para hacerme
retroceder hasta dejarme tumbada en el suelo.
Nuestros
besos se volvierón más salvajes y gracias a ello, aprendí a respirar a traves
de su aliento. Dulce y embriagador. Como un soplo de aire rociado del dulce
aroma de la menta.
Pasé
la lengua por la punta de sus dientes y me regodee llena de gozo.
–
Dimitri… –beso– para un… –beso– momento… –beso– ¿Por qué… –beso– me hechaste…?
–beso y quieto.
No
respondió y con dedos veloces me desabrocho la camiseta para segundos después,
dejar una senda de besos humedos por todo mi abdomen hasta el ombligo. Parado
allí, metió la lengua en el agujerito y sorbio, como si pudiera beber de él.
Bajo ese intimo contacto, me arquee, formando con mí cuerpo un arco perfecto y
empece a jadear. El aire entraba con dificultad en mis pulmones y notaba en la piel
su respiración entrecortada. Ambos estabamos a punto de sucumbir a ese oscuro placer.
Con
manos temblorosas, le jalé la camisa y separando un poco mis labios de los
suyos, le bese el cuello donde ya no había rasto de mi marca. Volví a chupar,
lamer y morder mientras notaba como sus manos se colaban por debajo de mi falda
hasta llegar a las finas bragas de encajes. Acarició esa zona con ternura y
gemí, cayendo en la cuenta de lo que estaba planeando: la seducción era la
mejor forma de llevar a una mujer a la cama para hecharle un polvo rápido.
Muerta
de asco, lo empujé con fuerza obligandolo a soltarme. Cuando lo logré, me puse
en pie de un salto y lo miré desde arriba. El jodido era sexy incluso en una
situación como esa, con el pelo alborotado, las mejillas teñidas con un intenso
rubor, los labios morados e hinchados por los arranques de pasión por mí parte
y tes botones de la camisa fuera de sitio, dejando a la vista su esculpido
torso. Tenía unas ganas enormes de volver a tumbarlo, arrancarle los botones
que aún quedaban estáticos y lamer, como una gata en celo, esos abdominales de
chocolate para llegar al dulce caramelo. <<No Alexia, vuelve
dentro y deja que salga yo>>
La
dama de hielo se apoderó de mí y le dediqué a Dimitri mi mirada más fría.
–
Disculpe mi arrebato de locura, profesor. Creo que será mejor que me marche ya
–cogí mis cosas y sin mirar atrás, salí del despacho.
Mientras
andaba sumida en mis sueños, discutiendo mentalmente con la dama de hielo, una
voz nueva se abrió paso por mi mente, una voz dulce, suave y luminosa que no
dejaba de repetir, una y otra vez, una frase que conocía de memoria y que me
habían repetido mil veces: <<Tú mente grita no, tú corazón
sí, entonces amalo, se suya y él sera tuyo>>
–
Abuela –ella ya no estaba, pero incluso muerta, seguía intentando llenar mi
oscuro mundo de luz.
Cerré
las manos en dos puños y me apresuré en llegar a clase, sabiendo que me esperaba
una buena repimenda por haber faltado la primera media hora.
Las horas pasaron lentamente y
mientras iba de clase en clase, intentaba adivinar por que me había hechado de su
casa esa noche y que había significado todo eso para su león dominante.
El
último timbre sonó indicandome que el día se había acabado. Me fui
directamente, dejando atrás la zona del parking y las barreras de entrada,
enfilando hacia casa por el camino más largo. Necesitaba andar un poco y relajarme.
Mi
mobil sonó indicando que tenía un whatsapp y vi que se trataba de Julius quien
me preguntaba donde estaba. Me desconecté casi de inmediato. En ese momento no
me apetecía nada hablar, solo quería volver a casa, sentarme en el piano y
tocando Hijo de la Luna hasta
quedarme dormida sobre el teclado.
Esto está mal/ debería haberme ido/ todavía seguimos acostados/ porque no puedo alejarme…1
Flores de rosa/ en tu habitación sucia/ vengo a jugar/ porque no puedo alejarme/ no, no puedo alejarme.2
¡Buenas noches, guapa! Tengo muchas ganas de leer este capítulo, lo haré en cuanto tenga un rato libre. Quería avisarte de que has sido nominada a un premio en mi blog: http://thefinalfantasyhistory.blogspot.com.es/
ResponderEliminarMuchos besos.