jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 10

Capítulo 10










Bien entrada la madrugada, salí de casa llevando puesto unos shorts de correr, una camiseta de tirantes roja que me quedaba dos dedos por encima del abdomen, zapatos de correr, una coleta alta y los cascos conectados al Energy, decidida a gastar un poco de energía.           Mentalmente empecé a contar hasta diez mientras entrenaba un poco los músculos para poco después, empezar a correr con furia, imaginando que el suelo que estaba pisando se trataba del innombrable, y que, con cada zancada que daba, a él le daba una patada en el lugar que más le dolía. Allí no, sino en su orgullo. Aún que claro, no hubiera estado mal darle “allí” así podría ver lo que se sentía al sufrir un dolor lacerante y profundo...

            Mis caderas rugían de dolor, pero era un dolor al que me estaba acostumbrando, al cual ya no hacía caso. Cuando volviera a casa tomaría un iboprufeno, suspiraría y todo el dolor se iría en segundos, pero no iba a dejar que eso me quitara la vida, ya no, no era la misma floja que se ponía a llorar en los rincones.

            La canción que más adoraba, la que me acompañaba siempre en las malas, empezó a tronar en mis oídos; e insistivamente, subí el volumen, ahogando todos los sonidos de la calle.


This is wrong/ I should be gone/ yet here we lay/ ‘cause I can’t stay ayay1

 

Era curioso oír como la canción se complementaba perfectamente con mi alma, como si se tratara de un fragmento que hacía mucho tiempo había sido mandado al fondo del abismo. Perdido para que nadie lo encontrara, como si se tratara de un hijo bastardo. Todo parecía distinto visto desde esa perspectiva, seguramente hubiera sido eso el causante de el fragmento <<Yet here we lay>>, me afectaba tanto al corazón, dándole alas a mis pies.

 

Roses bloom/ in your dirty room/ I come to play/ ‘cause I can’t stay away/ No I can’t stay away – ay… ay…2


 
La canción se repitió unas mil veces –exagerando–, hasta que me detuve para tomar aire y mirar el lugar donde me habían acabado llevando mis pies. Traidores y estúpidos pies; me habían llevando a la casa de ese ser despreciable.

            Paré la música y miré todo lo que me rodeaba. El silencio se había adueñado del lugar,  ni los pájaros cantaban, era como si el mundo de repente se hubiera sumergido en una burbuja gigante, acallando hasta el condenado e incansable murmullo del viento invisible. Ese silencio no podía significar nada bueno, así que me dispuse a irme antes de que alguien –y con ese alguien me refería a él– me pudiera encontrar. Entonces todo cambió, y el silencio que tanto me atormentaba fue roto por el sonido de una voz gritando y algo siendo roto. Pocos segundos más tarde la puerta de su casa se abrió y Sombra salió escopetado, mientras su dueño salía detrás de él, bramando:

            – ¡Sí! ¡Largate tú también gato del diablo! ¡Dejame como lo hace todo el mundo! –y cerró la puerta con un portazo sin llegar a recaer en mi presencia.

            <<¡Cuidadora! –la voz de Sombra llegó a mis oídos antes que él a mis brazos>>

            Lo sujeté contra mi pecho protectoramente, y miré al pequeño gato con los ojos entornados. Estaba muy alterado, con el pelo erizado y las orejas gachas, como amenazador y asustado.

            <<¿Qué ha ocurrido allí adentro?>>

            <<Mi amo está descontrolado, desde que usted, cuidadora, se fue ayer y la oyó llorar, no ha parado de romper cosas ¡Tengo miedo de que me haga daño! Y por eso, cuando lo he visto cernirse amenazadoramente sobre mí, he salido asustado por la ventana. Y el resto de la historia, usted ya la conoce>>

            Asentí sumida en mis pensamientos y empecé a andar hasta franquear los verdes setos que rodeaban la mansión Rafael; todo eso, sin dejar de acariciar el lomo se Sombra, que bufaba algo asustado.

            Me planté delante de la puerta, toqué el timbre y mientras esperaba que me abriera, cree a “la Dama de Hielo”, una mujer infranqueable como una fortaleza, dura e inverna, segura de si misma, sin miedo. Alguien que iba a acompañarme siempre, sin lágrimas que derramar. Iba a dejar de ser una llorica.

            La puerta se abrió con brusquedad, estrellándose contra la pared, y Dimitri acalló todos sus gruñidos cuando me vio allí plantada, con su gato en brazos.

            – Creo que se te ha escapado algo más, profesor –murmuré con voz cortante mientras dejaba a sombra en el suelo. Le acaricié la cabeza con ternura antes de ponerme derecha–. Te veo cansado ¿no has dormido bien? –intentó hablar pero lo acallé con un movimiento seco–. No me importa, solo te digo una cosa, como le hagas daño a Sombra se lo contaré a la protectora de animales. Ahora, si me disculpas…

            A punto de marcharme, Dimitri me detuvo y lo miré a los ojos sin apenas inmutarme.

            – Yo…

            – No se preocupe profesor, no le de importancia a lo de ayer. Solo fue sexo, nada más –y dichas esas palabras bajé los escalones–. No le diré a nadie lo que paso entre esas paredes y como me pediste, lo olvidaré. A partir de ahora, y para siempre, para usted soy la señorita Marroway. Adiós, Dimitri –pronuncié su nombre una última vez antes de empezar a correr nuevamente.

            A partir de ese momento Alexia la llorona estaba muerta, solo quedaba Alexia, la dama de hielo. No iba a llorar por él. Otra vez no.

 

 

            Llegué a casa jadeando, después de haber corrido durante horas sin descanso. Me detuve en el umbral y miré el reloj; eran las ocho, llevaba corriendo desde las cinco.

            Toqué el timbre y pocos segundos más tarde me abrió Lucius, mirándome entre sorprendido y alegre. Esa era yo para él, la verdadera yo, una mujer fuerte que adoraba salir a correr aún que hiciera un tiempo horrible como el de ese día; una mujer dura y responsable que no se relajaba ante nadie, ni con ella misma.

            Se apartó para dejarme pasar y me dio un fuerte abrazo, haciendo que cerrara los ojos, en parte por el placer de ser mimada y en parte de dolor.

            – ¿Lo has ido a ver, verdad, Alexia? –puse cara de pocker y lo miré con limpidos ojos negros.

            – No se de quien me hablas, hermanito. He ido a correr, lo necesitaba. Necesitaba liberar mi cuerpo de todo mal.

            Asintió sin decir nada, me acarició la cabeza mientras cerraba la puerta y me dio un tierno beso en la frente antes de irse a la cocina donde se podía oír el <<tic, tac>> del reloj. Supuse que sería el desayuno: tostadas. Ricas y crujientes. Para untarlas en mantequilla y mermelada y luego chuparse los dedos.

            Me volví a poner los cascos y Animales Racionales de Porta resonó en mis oídos, y mientras marchaba hacia el cuarto de baño dispuesta a lavarme, tarareaba el estribillo de la canción. Estaba cansada, me dolía todo el cuerpo, pero ya no era solo por lo que había ocurrido, todo lo que tenía que olvidar. Esconder en lo más hondo de mi subconsciente.

            Por el camino me desnudé y entré en el baño para encontrarme directamente con mi reflejo. No era fea, y él me había rechazado, pero había muchos peces en el mar, y el mar era muy grande. Sonreí maliciosamente entrando en la ducha y abrí el agua, siendo masageada por una cascada fría. Me miré las numerosas marcas que me cubrían el cuerpo y las empecé a frotar con fricción. Iba a borrar todo rastro de él de mí.

 

 

Lunes. Primera hora. Clase de biología. Todo eso equivalía a una cosa: Dimitri.

            Eran las siete y cuarto de la mañana y me encontraba sentada en mi escritorio observando unos apuntas sin apenas pestañear. Dimitri se había sentado delante de mí y no dejaba de mirarme de reojo, como confirmando que aún me encontraba allí. Estaba empezando a cansarme un poco, y la dama de hielo no toleraba que la molestaran.

            – Profesor, deje de mirarme o me veré en la obligación de lanzarle un vaso de agua a la cara –bromee notándome extraña por el tono de voz que había usado. Esa no era yo. Yo no era tan fría ni tan cortante.

            Me miró sin entender porque lo trataba de esa forma, mientras me enviaba su mejor expresión de cachorrillo abandonado; pero yo solo aparté la mirada y seguí estudiando. Eso tendría que haber bastado para lanzar su autoestima por los suelos. Pero solo hizo que me mirara con más insistencia.

            Cogí un folio dispuesta a empezar uno de mis super esquemas, cuando su voz hilerante me detuvo en seco. Parecía casi preocupado, pero demostró un profundo orgullo cuando me preguntó:

            – ¿Te duele? –tragué en seco y negué con la cabeza sin mirarlo– ¿Y la garganta? –volví a negar mientras empezaba a escribir–. A mí me duele la espalda, me la dejaste hecha un cuadro.

            – ¿Quién dijo que tirarse a una virgen iba a ser divertido? –abrió la boca decidido a responder pero lo corté con sequedad– Nadie, y ahora que el tema ha quedado zanjado, dejeme estudiar en paz.

            Por extraño que me pareciera, se levantó de la silla que había estando ocupando sin hacer ruido y se sentó detrás de su mesa con los hombros encogido <<Que se joda –pensó la dama de hielo, pero la Alexia sepultada sintió una punzada de remordimientos y tristeza. Estaba siendo muy dura, pero en el fondo, se lo merecía>>

 

 

En mitad de práctica me lavanté con sigilio y acerqué  a Julius, que mantenía su cabeza peliroja sobre el microscopio, mirando unas muestras que yo ya había analizado tres veces: sangre de cuervo, leche agria, moho sacado del tronco de un roble milenario, una fina lámina de cebolla y polen de amapola. Muestras sencillas, casi para principiantes.

            Con cuidado y sercionandome de que Dimitri me observara, posé mis uñas esmaltadas sobre su musculoso brazo y cuando me miró, le sonreí de forma seductora. Sin decir palabra me dejó espacio en la silla que estaba ocupando y me senté a su lado, rozandolo a modo de juego. Eso hizo que un escalofrío le recorriera el cuerpo y en su rostro aflorara una sonrisa socarrona.

            – ¿Qué estas planeando, pequeña? –susurró, con unos inquisitivos ojos verdes.

            Julius era mi mejor amigo desde la infancia, pero mucha gente no lo sabía, e iba a usar eso como un cebo. Una trampa para gilipollas celosos.

            – Nada, solo necesito que me ayudes. Un clavo saca a otro clavo cariño. Y tú vas a ser ese clavo.

            – Vamos, que me usaras para darle celos a alguien ¿quién es el pobre desgraciado que recibirá tal castigo? –con cuidado, le indiqué con la cabeza que se trataba de Dimiti y sus ojos se oscurecieron. No supe descifrar si se trataba de ira o mera curiosidad.

            Me acaricío la cabeza soltando un suspiro y siguió estudiando las muestras mientras murmuraba palabras cariñosas, entrando más en el papel de enamorado perfecto.

            El timbre sonó estridentemente y Julius me ayudó a poner en pie, manteniendo una mano firmemente colocada sobre mi cadera para que mantuviera el equilibrio. Le sonreí agredecida y di un beso en la mejilla y el me lo devolvió entre risitas cutres. Sonaba empalagoso, pero me encantaba el efecto que eso producia sobre los demás. Todos nos miraban, algunos con ira, otros encantados y algunos más sin entender exactamente que estaba ocurriendo.

            Mientras esperabamos a que la clase se vaciara, me preguntó si quería, después de las clases, ir con él y unos amigos a tomar algo. Acepté encantada con la única condición de que después, cuando nos quedaramos solos, me acompañara a casa y saludara a Lucius.

            Me permití mirar de reojo a Dimitri y vi que miraba a Julius como si lo fuera a matar. Y a mí como si…

            – Señorita Marroway, –musitó con voz monótona al notar que lo estaba mirando– necesito que se quede un momento para que podamos discutir sobre un punto de su trabajo. Yo le explicaré directamente a la señorita Karmen porque ha vuelto a llegar tarde.

            Mentalmente conté hasta diez para calmarme y le di dos besos a Julius antes de sentarme en mi sitio y mirar fijamente a Dimitri. Solo cuando Julius hubo salido, sus labios se despegaron.

            – No, señorita Marroway –me miró con lacsividad–. A mi despacho. Ahora.

            Me levanté frunciendo el ceño y lo seguí intentando no tirarme sobre él para gritarle que lo odiaba, que era un maldito cobarde. Un desgraciado del que me arepentía terriblemente haber enamorado; pero a la vez, también queria besarlo con furia, morderle las caderas , que me bajara las bragas y que, empotrada contra una pared, me penetrara con una sola embestida, en mitad del pasillo. Morbosidad a tope.

            Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, murmuré entre dientes la última palabra que había pronunciado ese día, la que había matado a Alexia: largo.

            Al entrar en su despacho, se me cayó la mandibula, desencajada por la sorpresa. Era una sala espaciosa de suelos de madera pulida y paredes del color del amanecer. En mitad de la sala, había una enorme mesa de maziso roble, un ordenador portatil y fotografias. Un estante por detrás, yendo de lado a lado de la sala, estaba cargada de libros, archivadores, tesis, estatuillas… todo colocado de una forma muy meticulosa. Ese hombre era un falso, lo demostraba en el mobiliario de roble, en el orden inquebrantable y en el silencio de todos los alumnos que pasaban por delante de su despacho. Un infierno personalizado.

            Con un vago gesto de la mano, me indicó que me sentara en uno de los sillones de piel que había delante del escritorio. Le hice caso sin decir palabra. Tras sentarme pude ver que todas las fotos que adornaban la mesa eran de él, joven e inocente y de Raquel, bella y preparada; ambos sonriendo a la cámara o siendo tomados por sorpresa. En la mesa solo había una cosa que destacaba sobre todas las demás, una foto del cuarenta por cuarenta de otra obra que yo también poseía: Alegoría de Guerra de Rubens, la original era un oleo sobre madera, relatando los horrores de la guerra.

            Arrastré la silla sobre una mullida alfombra de piel blanca y esperé a que Dimitri hablara, cruzando las manos sobre los muslos. Este me observó durante unos segundos y sonrió con malicia, seguramente recordando todo lo que había ocurrido hacía unas noches. Pero la sonrisa desapareció casi de inmediato.

            – ¿Por qué me has estado menospreciando durante toda la clase, Estrellita?

            – Para usted, profesor, soy la señorita Marroway, por favor, mantenga las formalidades.

            – Dejate de idioteces Alexia ¡La otra noche no estabas tan cerrada!

            – No lo sabes bien, Dimitri. La otra noche me abriste de piernas, me follaste y tras dejar tus necesidades de macho satisfechas, me hechaste a patadas ¡Ni una llamada! ¡Ni una explicación! ¡Ni una nota…! ¡Nada! Después llegué a casa y me golpearon ¡todo por tu culpa, por tú gran culpa! Ten por seguro que si vuelves a aparecer por la casa de mi hermano, y él descubre que fuiste tú quien desvirgó a su querida niñita, te mataría.

            Lo miré a los ojos, desafiandolo a que apartara la suya, pero no lo hizo. Al contrario. Fui yo la que aparto la mirada abrumada por la intensidad de la suya.

            – ¿Puedo irme?

            – No –bramó cortantemente.

            – ¡No puede retenerme contra mi voluntad!

            – Estas en la universidad, en mis dominios, puedo y te retendré en contra de tu voluntad tanto como quiera.

            – ¡Qué te follen!

            – Oh, ya lo han hecho, y por ser su primera vez, me dejó un bonito regalo. Espero que me deje más marcas como esas. Verdaderamente la chica que me tiré ayer era maravillosa.

            Cerré los ojos notando como una descarga de adrenalina me recorría el cuerpo. Como impulsada por un resorte, me levanté de la silla. Cogí todas mis cosas y me dispuse a huir de ese infierno. Mientras Dimitri miraba por la ventana, acariciandose inconscientemente la barba que le empezaba a ensombrecer el mentón, di un paso hacia atás, dando gracias al Dios de las alfombras peuldas por haberlas hecho a prueva de sonidos.

            – Alexia, detente. El juego se ha terminado, y el ganador soy yo.

            – ¿¡Eso quien lo dice?! –grité girándome y tirando la muchila sobre la silla que antes había estado ocupando.

            – Yo. Je veux te baiser jusqu’à ce que vous me supplier la miséricorde.

            Sin entender lo que decía, di un paso hacia la derecha. Me sentía como si fuera la presa. Una presa que todos querian devorar.

            Entonces me vino a la cabeza el significado de esa frase <<Voy a follarte hasta que me sulpiques misericordia>>; y antes de que me diera cuenta, estaba en los brazos de Dimitri, besandolo y provocandolo con mi afilada lengua. No tardó en reacciónar y con la lengua me recorrió el labio inferior y lo mordió. Mientras me relamía la zona mordida, bajé la guardia y Dimiti lo tomo como una oportunidad para hacerme retroceder hasta dejarme tumbada en el suelo.

            Nuestros besos se volvierón más salvajes y gracias a ello, aprendí a respirar a traves de su aliento. Dulce y embriagador. Como un soplo de aire rociado del dulce aroma de la menta.

            Pasé la lengua por la punta de sus dientes y me regodee llena de gozo.

            – Dimitri… –beso– para un… –beso– momento… –beso– ¿Por qué… –beso– me hechaste…? –beso y quieto.

            No respondió y con dedos veloces me desabrocho la camiseta para segundos después, dejar una senda de besos humedos por todo mi abdomen hasta el ombligo. Parado allí, metió la lengua en el agujerito y sorbio, como si pudiera beber de él. Bajo ese intimo contacto, me arquee, formando con mí cuerpo un arco perfecto y empece a jadear. El aire entraba con dificultad en mis pulmones y notaba en la piel su respiración entrecortada. Ambos estabamos a punto de sucumbir a ese oscuro placer.

            Con manos temblorosas, le jalé la camisa y separando un poco mis labios de los suyos, le bese el cuello donde ya no había rasto de mi marca. Volví a chupar, lamer y morder mientras notaba como sus manos se colaban por debajo de mi falda hasta llegar a las finas bragas de encajes. Acarició esa zona con ternura y gemí, cayendo en la cuenta de lo que estaba planeando: la seducción era la mejor forma de llevar a una mujer a la cama para hecharle un polvo rápido.

            Muerta de asco, lo empujé con fuerza obligandolo a soltarme. Cuando lo logré, me puse en pie de un salto y lo miré desde arriba. El jodido era sexy incluso en una situación como esa, con el pelo alborotado, las mejillas teñidas con un intenso rubor, los labios morados e hinchados por los arranques de pasión por mí parte y tes botones de la camisa fuera de sitio, dejando a la vista su esculpido torso. Tenía unas ganas enormes de volver a tumbarlo, arrancarle los botones que aún quedaban estáticos y lamer, como una gata en celo, esos abdominales de chocolate para llegar al dulce caramelo. <<No Alexia, vuelve dentro y deja que salga yo>>

            La dama de hielo se apoderó de mí y le dediqué a Dimitri mi mirada más fría.

            – Disculpe mi arrebato de locura, profesor. Creo que será mejor que me marche ya –cogí mis cosas y sin mirar atrás, salí del despacho.

            Mientras andaba sumida en mis sueños, discutiendo mentalmente con la dama de hielo, una voz nueva se abrió paso por mi mente, una voz dulce, suave y luminosa que no dejaba de repetir, una y otra vez, una frase que conocía de memoria y que me habían repetido mil veces: <<Tú mente grita no, tú corazón sí, entonces amalo, se suya y él sera tuyo>>

            – Abuela –ella ya no estaba, pero incluso muerta, seguía intentando llenar mi oscuro mundo de luz.

            Cerré las manos en dos puños y me apresuré en llegar a clase, sabiendo que me esperaba una buena repimenda por haber faltado la primera media hora.

 

 

Las horas pasaron lentamente y mientras iba de clase en clase, intentaba adivinar por que me había hechado de su casa esa noche y que había significado todo eso para su león dominante.

            El último timbre sonó indicandome que el día se había acabado. Me fui directamente, dejando atrás la zona del parking y las barreras de entrada, enfilando hacia casa por el camino más largo. Necesitaba andar un poco y relajarme.

            Mi mobil sonó indicando que tenía un whatsapp y vi que se trataba de Julius quien me preguntaba donde estaba. Me desconecté casi de inmediato. En ese momento no me apetecía nada hablar, solo quería volver a casa, sentarme en el piano y tocando Hijo de la Luna hasta quedarme dormida sobre el teclado.

 
 
 Esto está mal/ debería haberme ido/ todavía seguimos acostados/ porque no puedo alejarme…1
 
 
Flores de rosa/ en tu habitación sucia/ vengo a jugar/ porque no puedo alejarme/ no, no puedo alejarme.2

1 comentario:

  1. ¡Buenas noches, guapa! Tengo muchas ganas de leer este capítulo, lo haré en cuanto tenga un rato libre. Quería avisarte de que has sido nominada a un premio en mi blog: http://thefinalfantasyhistory.blogspot.com.es/

    Muchos besos.

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