lunes, 24 de febrero de 2014

Capítulo 9

Capítulo 9









 
Murmuré un par de veces el nombre de Dimitri, mientras veía como se cernía sobre mi rostro y me acallaba con furia, metiendo su bípeda lengua en mi boca, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Empecé a ronronear, entreabriendo más la boca, dejando que jugara conmigo, destruyéndome.

Sin poderlo evitar, notando como los pezones se me erguian al contacto con la fina tela del sujetador, solté un gemido que acabó convertido en un ronco gruñido, cosa que hizo que él se detuviera momentaneamente, con excreción ofendida o asustada, o las dos cosas, no estaba segura. Me soltó mientras se dibujaba una mueca en sus labios y desvió la mirada, apretando las manos en dos firmes puños. Que me hubiera clavado un puñal en el pecho hubiera dolido menos que eso. Estaba equivocado, mucho. Lo deseaba con locura y no iba a permitir que se marchara cuando más lo necesitaba.

Mientras Dimitri miraba por la ventana, con el rostro aún contraido en una sombria mueca, me acerqué a su oreja con mucho sigilo, gateando sobre la cama; y le mordí el lóbulo, como si de una gatita en celo me tratara, para luego lamerlo y hacer que jadeara. Intencifiqué el juego y acabé lamiendolo provocadoramente, contoneando las caderas mientras atrapaba su lóbulo con los labios y chupaba un poco.

Se giró para mirarme y bajo la atención de su penetrante y ardiente mirada, me tumbé en el colchon de forma sensual, moviendo las caderas, esparciendo mi pelo por todo el colchon y lamiendome el labio inferior con ojos llamenates de pasión y malisía. Sus ojos se abrieron de par en par y en cuestion de segundos, se volvió a cernir sobre mi. Antes de perderse en mi boca llegó a murmurar unas palabras que iban a acompañarme siempre. Incluso en mis fantasias más oscuras:

-        La sexualidad, el erótismo y el placer estan siempre en el mismo grupo… Joder, ahora si que lo creo. Antes me parecía un mero sueño y he estado con mil chicas pero tú… creo que tú serás la que rompa la tradición.
 

Me beso y lo reclamé como mío, saboreandolo como si fuera la mejor droga del mundo. Mi droga personal. Mi adicción. En un momento de descuido suyo, fui yo la que allanó su boca y me permití explorarla, como Julio Verne en la Isla Misteriosa. Sin ser plenamente consciente de lo que hacia, pues el placer que me enturbaba la mente, entreabrí las piernas y Dimitri resbaló entre ellas hasta quedarse perfectamente acoplado sobre mí cuerpo que temblaba de placer y anhelo. Soltó un murmullo de admiración y se pegó mucho más a mí mientras profundizaba el beso. Con ese simple gesto pude notar por encima de mi vientre su dura, gruesa y palpitante erección, que se mantenía a la espera de explorar un lugar que nunca nadie había explorado.

Mientras Dimitri me quitaba el vestido con manos rápidas y expertas, el alcohol dejo de nublarme la mente por unos segundos, permitiendome pensar con claridad. Cosa que duró poco, pero me hizo reaccionar. Abrí los ojos asustada mientras notaba como Dimitri dejaba una senda de ardientes besos sobre mi cuello y la clavícula. Entonces mi mente me mandó una señal de alerta, recordandome que algo estaba mal en mí, un secreto que había estado ocultando durante años y que nunca me había atrevido a mencionar en voz alta. Una vergüenza que me destrozaba por dentro, como un veneno. Me empezarón a castañear los dientes, notando como todo mi cuerpo se tensaba. El ardor remitió, quedando en un segundo plano, y mi cuerpo se enfrió con lentitud. Cuando Dimitri me miró asustado, solté la verdad con una bocanada de aire, notandome enrojecer:

-        Soy virgen…

Todo ocurrió en una fracción de segundo: Dimitri se apartó de mí como si le hubiera dado una patada, con el rostro blanco como la cal, se levantó de la cama como si tuviera un muelle en el cuelo y se fue hacia la otra punta del dormitorio, donde se puso a dar vueltas, como si se tratara de un tigre enjaulado; insultandose a si mismo por lo que había estado a punto de hacer. Un poco más y hubiera perdido todo el autocontrol, sumergiendose en mí sin miramientos para hacerme lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer, o lo que yo había empezado a desear hacía poco tiempo.

Me levanté de la cama notandome insegura y me di cuenta, con absoluta sorpresa, que aún llevaba puesta la ropa interior. Pensaba que no iba ni a durar cinco segundos con ella puesta. Que milagro. Me intenté acercar a Dimitri para intentar calmarlo, pero con cada paso que daba deseando tocarlo, él retrocedia frotandose los ojos dolorosamente. Su rostro era la clara representación del rostro de un niño al que habían pillado haciendo algo malo y se sentía culpable. Lo miré mientras se volvía a apartar de mí y solté un gemido lastimero. Me estaba haciendo daño que huyera de mí cuando más lo necesitaba. Ambos estabamos ardiendo por la necesidad de tocarnos, de besarnos, de estallas de placer. Solo se me ocurrió hacer una cosa para que se diera cuenta de lo que realmente deseaba sin tener que expresarlo en voz alta.

Cuidadosamente atrapé a Dimitri contra la pared y mientras él buscaba una forma de escapar sin apenas mirarme, me desabroche el sujetador, usando todos mis atributos femeninos y se lo tiré a los pies. El aire acondicionado acarició con dulzura mis senos y se me escapó un gemido de placer, mientras notaba como me ardia el rostro, no me podía creer que estuviera haciendo eso, pero se había acabado. No iba a dejar que me calentara para después dejarme enfriar.

Bajo la atenta mirada de Dimitri me empecé a acariciar los pezones, estimulandolos y haciendo que endurecieran bajo el contacto de mis manos inespertas. Por un momento me imaginé que eran sus manos  las que me estában probocando placer y cuando oí a Dimitri jadear, supe que había llegado la hora de comportarme como una presa un poco perra.

-        No tengas miedo Di-mi-tri –jugue con su nombre mientras me seguia masageando el pecho derecho– se que los quieres tocar, nadie te priva…

-        Lo siento… no puedo… no puedo hacer esto…  –me cortó con cuidado, tremulamente.

-        ¿Tanto te importa? ¿No has hecho esto mil veces?

-        Si… pero… –enrojeció con furia y me miró por primera vez.

Lo miré, esperando que siguiera, pero nunca llegó a acabar la frase. Apartó la mirada, como si tuviera miedo, y suspiré algo frustrada. Era idiota si creía que iba a dejar que las cosas se quedaran de esa forma. Necesitaba explicaciones, y las iba a conseguir.

-        Pero ¿Qué? ¿Qué quieres de mí?

Tardó unos segundos en responder, mordiendose el labio con desespero, como sopesando las opciones que tenía. Me empecé a impacientar. Como no hablara no sabía de que sería capaz. Con cuidado, y meditando mucho, empezó a hablar:

-        Quiero tu cuerpo. Lo quiero todo. Quiero hacerte gritar, gemir y suplicar hasta que te quedes sin voz, pero no así, no podría.

-        Eres un cobarde.

-        No, estas borracha, yo mismo estoy borracho, al día siguiente podrías despertar y pensar que te he violado…

-        Dimitri… te estoy dando permiso… nadie me esta obligando a nada… Soy yo la que te esta pidiendo que me hagas tuya…

Fue decir esas palabras y tenerlo de repente lamiendo y mordiendo mi pezón izquierdo, mientras que con la mano abarcaba el pecho derecho, dandole tiernos mimos. En su mirada pude ver que no me iba a escapar, que había perdido contra la razón, y la locura y el deseo iban a ser dueños de sus movimientos. Empecé a soltar gemidos y jadeos de excitación, mientras notaba como las caricias eran transportadas a otro nivel. Más intensas. Más volátiles. Más duras.

Dimitri me pegó contra la pared e hizo que le rodeara las caderas con las piernas. Solo dejó mis pechos libres una vez, lo justo y necesario para decir lo hermosa que era y poco después volvió a ponerse con ellos.

Nuevamente frotó su pene contra mí y noté toda su embergadura. Dios, era enorme… no me podía creer que “eso” fuera a penetrarme. Me lami el labio mirandolo y me pregunté como sería su sabor. Mi captor se dio cuenta de que algo pasaba por mi cabeza y me lamio la yugular antes de morderme para hacerme estallar. Yo era la polvora y él fuego. Dimitri empezó a andar, manteniendome aún a horcajadas contra su cuerpo, sorteando algunos obstaculos y quitandose los zapatos de una patada. Mientras me miraba con los ojos enturbados por la lujuria, me tumbó en la cama y se sacó los pantalones y los boxers, dejando su prominente erección en libertad. Era aún más grande y gruesa de lo que en un principio había imaginado, cubierta con un fino y rizado vello.

-        Tranquila, no te haré daño, pero si realmente eres virgen, cosa que me extraña, ya que los hombres tienen que estar ciegos por no haberte tocado; tendré que enseñarte como estar relajada.

Y sin más demora bajó la mano hasta mi sexo, me separó un poco las bragas, dejando mi entrada sombreada de vello castaño casi inexistente; a la vista y me acarició el clítoris con cuidado, haciendome soltar un chillido entrecortado por el placer que me embargó. Mi sexo se humedecio y Dimitri separó los labios vaginales con un dedo habil antes de meterlo en mi interior, doblandolo con cuidado haciendome sisear. Me miró como pidiendome disculas y lo siguio moviendo: arriba, abajo, arriba, lado, abajo, dentro… Al ver que estaba más dilatada y humeda, metió otro dedo en mi tierno interior y sus labios se cerrarón sobre los míos, impidiendome gritar ante la sorpresa de la repentina invasión. Ambas lenguas empezarón a jugar, acompañando los embistes de sus dedos. Inconscientemente empecé a balancear las caderas, notando como algo humedo me empapaba las bragas.

-        Joder… –siseó Dimitri siguiendo con las embestidas– como sigas moviendote de esta forma me correre sin haber estado dentro de ti.

Oír esas provocadoras palabras hizo que el orgasmo estallará y se me contrajera la vagina. Él, sorprendido, soltó un silvido mientras observaba como mi cuerpo era recorrido por una ráfaga de puro y ardiente placer. Extasiado me bajo las bragas hasta dejarlas en el suelo y no pude evitar pensar que me hubiera gustado que las rasgara.

Con cuidado retiró los dedos de mi interior y se los llevó a la boca para lamerlos; en su rostro, instantáneamente, aparició una expreción de extasis. Los volvio a lamer y me miró divertido al notar que mi rostro había enrojecido. Era realmente sexy lo que había hecho, pero también repulsivo ¡Quién sabía cuantos germenes se acababa de meter en el cuerpo! Entonces, y sin más demora, poso su ardiente boca entre mis pechos y empezó a lamer, morder y chupar, dejando, tras de si, un camino humedo y caliente. El último paso que realizo, y el que más placer me provocó, fue besarme la cara interna del muslo y subir con la lengua hasta la unión de este y el pubis. Me miró a los ojos, y antes de que entendiera que estaba pasando, lamió mi entrada; un lametazo rápido y humedo que dejó una estela de ardiente placer en ese punto tan sencible. Volvio a hacerlo un par de veces, dejandome deseosa y temblorosa. Solté un chillido entrecortado antes de que empezara a chuparme el clítoris, acercandome peligrosamente a las puertas del segundo orgasmo. Metió la punta de la lengua dentro de mí, moviendola arriba y abajo, como si tuviera vida própia, y al sentir como el ardor de sus lamidas me empapaba, estallé llegando al clímax, mientras lanzaba al aire un chillido lacerante que Dimitri acalló con una mano mientras me seguia torturando.

Aún jadeante, vi que mi amado me miraba con adoración. Se levantó haciendo chirriar los muelles de la cama y me plantó un dulce beso en la frente antes de desaparecer en el cuarto de baño. Pocos minutos más tarde volvió llevando algunas cosas en la mano: una caja de condones, dos botellas de lubricante –de fresa y chocolate– una toalla humeda y una corbata morada. ¿Una corbata? ¿Para que diablos queria una corbata? ¿Ese era su fetiche? ¿Masturbar a su amada con una corbata? Dios mio… me había metido en la boca del lobo. Literalmente. Me estaba mirando como si fuera una presa y él un lobo hambriento. Sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, me tomó las muñecas con ternura y las ató al cabezal de la cama, haciendome sentir inferior, desprotegida y pequeña.

-        ¿Di… Dimitri…? – jadee intentando ver lo que hacia.

-        No temas, esto es solo para que puedas soportar la primera embestida, si no estas relajada te dolera un poco, así que es mejor mantenerte cautiva para que no te muevas mucho y poder hacerte el amor tranquilo.

Asentí cerrando los ojos y segundos más tarde noté algo humedo y pegajoso rozarme el sexo. Jadee y abrí los ojos para ver a Dimitri rompiendo un paquetito naranja y sacar un condón de su interior. Con destreza se lo puso. Empecé a sudar antes de ver como vaciaba medio bote de lubricante sobre su pene, haciendolo más resbaladizo, todo eso, con la simple finalidad de poder llegar hasta el fondo de mi útero, para tocar mí punto de extásis. Se colocó correctamente entre mis piernas y siguió estimulandome, acariciandome el clítoris con pasión, viendo como mi rostro cambiaba de color, pasando de rojo fresa a rojo grana.

Cuando consideró que estaba lo suficientemente preparada, dejo de acariciarme, pegó la punta de su miembro contra mí obertura y se froto contra ella de arriba a bajo, intentando relajarme y prepararme para lo que estaba a punto de acontecer.

Subió los labios hasta mis senos y empezó a mordisquearme el pezón derecho, mientras seguia con los estímulos de mis partes bajas; y mientras gemia desconreoladamente, empapandolo con mis fluidos, me penetró con lentitud, provocandome un dolor lacerante. Solté un chillido desgarrador e intenté moverme para que saliera; pero con cada movimiento que realizaba, él se clabava aún más en mí, provocandome un dolor aún menos soportable.

-        Sácalo… Dimitri sácalo ¡Me está matando!

Dimitri apretó con fuerza la mandíbula y se impulsó un poco más, haciéndome gritar nuevamente. Sentía como si me estuvieran partiendo en mil pedazos. Intenté mover las manos y al notar que estaba inmovilizada, mis ojos escocierón por las lágrimas que estaba conteniendo. Me sentía mal, me dolía. Me estaba matando.

-        Joder… –siseó empujandosé un poco más– estas muy apretada… cariño… calmaté… por favor, relaja los músculos para que esto vaya mejor… ya veras que el dolor desaparecerá… calmaté…

Pero no le hice caso. Incliné la cabeza hacia atrás y me intenté librar de esa condenada corbata. No podía seguir con eso. Tenía que detenerlo antes de que se adentrara en las profundidades más oscuras de mi cuerpo.

Cuando mi captor se dio cuenta de lo que estaba planeando, puso las manos a cada lado de mi cabeza y de una sola embestida, llegó hasta el fondo, rasgandome el himen y rompiendome a mí en mil pedazos. Intenté ocultar el rostro bajo sus brazos, o moverme, pero no me lo permitió. Gruesas lágrimas empezaron a resbalarme por las mejillas y se me perló la frente de sudor, al igual que a Dimitri, quien estaba haciendo un gran esfuerzó para parar quieto y no hacerme más daño.

-        No te muevas ma belle étoile1, deja que tu cuerpo se acostumbre a tenerme… ya esta… no llores… ya verás que cuando te calmes, el dolor también se calmará.

Solté aire tremulamente y Dimitri empezó a moverse con lentitud, clavandose en mí hasta lo más hondo, haciendome sentir sus bolac contra mi pubis. Todo ello, con una ternura infinita.

Empecé a hiperventilar a medida que hacía las embestidas más profundas. Salía momentáneamente de mí para luego volver a invadirme. Una yo jadeante y con las mejillas teñidas con un intenso rubor, empezó a suplicarle a Dimitri que le desatara las muñecas, y este, dispuesto a complacer todos sus deseos, la liberó. Así me sentía realmente: como si no fuera yo.

Frenética, y buscando cualquier cosa para librarme del dolor que me atormentaba, posé las manos sobre la espalde de Dimitri, acercándolo más a mí y le clavé las uñas con fuerza, haciendo que siseara y augmentara sus movimientos pélvicos. Avido de mí, poso los labios sobre la sudada piel de mi cuello y me saboreó con suaves mordiscos.

-        Voy a augmentar el ritmo un poco más Estellita –me avisó con voz jadeante. La única respuesta que fui capaz de darle fue un profundo y guturral gemido que no pude creer que hubiera salido de mi garganta.

Tras penetrarme una última vez con extrema lentitud, empezó a montarme con rudez, curbandose en mi interior e intentando, a mi parecer, meterse a él mismo dentro de mí, algo absurdo, pero un poco de humor en un momento como ese sentaba a las mis maravillas. Ese ser superior ya me había roto una vez, e iba a hacerlo otra vez más, y todas las que deseara esa fiera.

Pero estaba cansada de sentirme débil, de dejar que él se ocupara de todo, así que empecé a mover las caderas con brusquedad, ayudandolo, si era posible, a que llegara aún más hondo. Dimitri emitió un gruñido y todo el autocontrol que había intentado guardar, se desvaneció como un soplo de aire. Con fuerza animal me levantó de la cama sin dejar de follarme y me aplastó contra la pared, donde empezó a morderme la aureola, llevandose toda esa piel rosada a la boca.

-        Dimitri… –gemí su nombre antes de notar como un tercer orgasmo me hacía temblar.

Él, exprimido por mis contracciones, se corrió con fuerza, soltando un rugido de placer con mí nombre intercalado entre cortos y sonoros gemidos, que hacían temblar todo mí cuerpo, intensificando el orgasmo. Mis piernas fallarón a la hora de sostenerme, mis ojos desenfocaron la realidad de la fantasia y caí en un pozo negro clavandole las uñas en el trasero a Dimitri, quien gritó por la sorpresa, antes de caér conmigo, exhausto.

 

 

Estaba caliente y fría a la vez ¿Era eso posible? Sí. Era extraño, pero agradable, una sensación que podría haber deseado experimentar toda la vida, si no hubiera resultado tan demoledora.

Abrí los ojos con mucho cuidado, notandome entumecida, y miré con cariño al hombre que yacía completamente desnudo a mí lado. Mi hombre, un guerrero en la cama, pero manteniendose siempre dulce y cariñoso. Tierno y sincero. Suave y romántico… Una infinita ternura colmó mi mente tras ese pensamiento y le revolví la desordenada melena. Corta, pero una melena, y en ese momento, se parecía mucho a la de un león.

Con cuidado de no hacer ningún ruido me empecé a levantar de la cama, pero un dolor agudo en la zona baja de mi vientre hizo que tuviera que volver a sentarme. Me dolían partes del cuerpo que hasta ese momento, desconocía que poseía. La cama cedió bajo mí peso y Dimitri soltó un jadeo para luego, empezar a gruñir y tartamudear en sueños:

-        No… vuelve…

-        ¿Di… Dimitri? –intenté volver a tocarlo, pero sus palabras me detuvierón en seco.

-        Janie… vuelve… princesse… vuelve… ¡JANIE! –se avalazó sobre mí y todo mi cuerpo gritó, yo incluida. Me había desgarrado el cuerpo, y peor aún, el corazón.

Dimitri abrió los ojos y cuando me vio, palideció y me soltó. Hice una mueca y él se dio cuenta al instante, de lo que pasaba, pues mi cuerpo se había colocado en una pocision muy dolorosa para mis pobres piernas y la cadera… como me dolía la condenada.

-        Lo siento… yo… –le di un abrazó e hice que se callara. Su rostro era la versión más triste de la obra más hermosa de Miguel Ángel.

-        Tranquilo, no me haras daño ¿Sabes como lo sé? –le agarré de la barbilla, obligandolo a que me mirara –Porque te amo, y confio en la gente a la que quiero.

Como si todo lo que acababa de decir fuera algo nuevo para él, se le abrió la boca de par en par y empezó a negar con la cabeza.

-        Esto no está bien…  –murmuró dolido, mordiendose con fuerza el labio–. No tendría que haber pasado… lo siento…

-        Dimitri… no pasa nada…

-        ¡Si que pasa, joder! Eres mí alumna, esto no tendría que haber ocurrido ¡He violado a una alumna! Te he condenado Alexia, ¡Maldita sea!

-        ¿¡Qué…?! ¡No! Yo te he dado el permiso. No me has violado, y no hay necesidad de que nadie se entere, puede ser un secreto entre los dos. Por favor –intenté acercarme para calmarlo, pero no me dejó. Se alejó de mí como si tuviera la peste.

-        Largate de mi casa… y olvida que todo esto ha ocurrido. Haz como si nunca me hubieras visto fuera de clase. Piensa que aprovaste el examen y que nunca hicimos esa estúpida apuesta.

-        Pero…

-        ¡Largo! –bramó, apretando los puños con fuerza.

Sintiendome triste, sola y usada, recogí toda mi ropa y me la puse conteniendo las lágrimas. Ya me había echo suficiente daño, no necesitaba que me viera llorar y sintiera lástima por mí. Eso era lo último que me faltaba; acabar más humillada de lo que ya me sentía. Lo miré una última vez antes de bajar las escaleras con la cabeza bajo, hacia la planta baja y perderme en la oscuridad que impregnaba el salón.

Un quedo maullido me hizo levantar la cabeza <<¿Sombra? –miré al pequeño gato que se frotaba lastimosamente contra mis piernas –Cuida de tu dueño pequeño, y dale todo el cariño que yo no he podído darle>>.

Volvió a maullar y eso hizo desencadenar el llanto que tanto me había costado esconder. Acabé saliendo de ese lugar sollozando. No iba a volver nunca más a pisar esa casa, porque como lo hiciera, acabaría por matar al dueño, o imitando la tragédia de Romeo y Julieta pero solo con la muerte de Romeo.

 

 

Entré en casa cojeando y agarrandome las caderas con dolor. Cada paso que daba, enviaba una descarga de dolor por toda mi zona baja; y había tenido que subir cuarenta escalones… maldito ascensor, siempre se estropeaba cuando más lo necesitaba.

En el mismo momento que puse un pie dentro del apartamento, el pesado cuerpo de Lucius cayó sobre el mio, apresandome en un ferreo abrazó, el cual me hizo gimotear de dolor. Un tanto exaltado, se apartó un poco para mirarme y se disculpó por haberme olvidado. En mitad de disculpa pero, su rostro perdio todo rastro de pena y humanidad, siendo substituido por una mascara de ira, dolor y asco. Con brusquedad me apartó un poco el escote del vestido dejando a la vista una fina porción de mi sujetador. Empezó a respirar con dificultad y su rostro pasó del blanco absoluto al rojo grana.

-        ¿Qué desgraciado te ha hecho esto, Alexia? –me miró, me miró de verdad, esperando una respuesta que nunca llegó– ¡Alexia! ¿¡Quien ha mancillado tú honor?! –bramó sacudiendome con brusquedad.

-        Nadie… no me han violado… ha sido voluntario… yo… –pero nunca llegué a acabar la frase porque su mano se clavó en mi mejilla, estrellandome contra la pared.

Sorprendida y dolida, lo miré frotandome la mejilla y notando como se me llenaban los ojos de lágrimas. No solo me había echo daño Dimitri; incluso mi hermano, la perdona que más amaba en el mundo, me había levantado la mano. Intentó tocarme y pedirme disculpas por el dolor que me había provocado, pero me aparté antes de que se me acercara, notando más punzadas de dolor.

-        Pequeña… lo siento –me tomó del brazo con cuidado y me abrazó con fuerza–. Lo siento… me he cegado, no tendría que haberte tocado, pero no puedo soportarlo… no puedo creer que te hayan hecho esto…

-        Estoy bien solo… no me sueltes hermanito… necesito que me des calor y apacigues el dolor que me han provocado. No me quiere… le he contado mis sentimientos y me ha echado como si fuera un vulgar perro…

Me volvió a abrazar y empezó a andar, arrastrandome hasta mi dormitorio, donde me tumbó en la cama y él conmigo. Dándome el cariño que el otro se había negado a darme, empezó a acariciarme la cabeza con ternura, cosa que hizo que las lágrimas afloraran a la superfície. Durante horas, me acarició el pelo, hasta que pasé del llanto desgarrador a los sollozos y finalmente, a las lágrimas silenciosas.

Exhausta, me dejé caer en un abismo oscuro mientras mimaba a Kira, que se había hecho una bolita entre el hueco que creaba el cuerpo de Lucius y el mío. Calentita y resguardada, al igual que yo.


Ma belle étoile1. Del francés <<Mi bella estrella>>
 

2 comentarios:

  1. ¡Me ha gustado mucho este capítulo! Tengo mucha curiosidad sobre lo que va a pasar, espero el próximo capítulo impaciente :D
    Un besito.

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  2. K chuli !!! Aunque me dió mucha pena Alexia ... pobrecita ! Casi lloro cuando fuel el hermano el k le dió el calor que necesitaba .... Anda k tambien .... tierno y sensible ? Y UNA PORRA ! ( no se que pasará pero eso es lo k pienso ahora >( )

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