Capítulo
9
Murmuré un par de veces el nombre de Dimitri, mientras veía como se cernía sobre mi rostro y me acallaba con furia, metiendo su bípeda lengua en mi boca, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Empecé a ronronear, entreabriendo más la boca, dejando que jugara conmigo, destruyéndome.
Sin
poderlo evitar, notando como los pezones se me erguian al contacto con la fina
tela del sujetador, solté un gemido que acabó convertido en un ronco gruñido,
cosa que hizo que él se detuviera momentaneamente, con excreción ofendida o
asustada, o las dos cosas, no estaba segura. Me soltó mientras se dibujaba una
mueca en sus labios y desvió la mirada, apretando las manos en dos firmes puños.
Que me hubiera clavado un puñal en el pecho hubiera dolido menos que eso.
Estaba equivocado, mucho. Lo deseaba con locura y no iba a permitir que se
marchara cuando más lo necesitaba.
Mientras
Dimitri miraba por la ventana, con el rostro aún contraido en una sombria
mueca, me acerqué a su oreja con mucho sigilo, gateando sobre la cama; y le
mordí el lóbulo, como si de una gatita en celo me tratara, para luego lamerlo y
hacer que jadeara. Intencifiqué el juego y acabé lamiendolo provocadoramente,
contoneando las caderas mientras atrapaba su lóbulo con los labios y chupaba un
poco.
Se
giró para mirarme y bajo la atención de su penetrante y ardiente mirada, me
tumbé en el colchon de forma sensual, moviendo las caderas, esparciendo mi pelo
por todo el colchon y lamiendome el labio inferior con ojos llamenates de
pasión y malisía. Sus ojos se abrieron de par en par y en cuestion de segundos,
se volvió a cernir sobre mi. Antes de perderse en mi boca llegó a murmurar unas
palabras que iban a acompañarme siempre. Incluso en mis fantasias más oscuras:
-
La sexualidad, el erótismo y el placer
estan siempre en el mismo grupo… Joder, ahora si que lo creo. Antes me parecía
un mero sueño y he estado con mil chicas pero tú… creo que tú serás la que
rompa la tradición.
Me beso y lo reclamé como mío, saboreandolo como si fuera la mejor droga del mundo. Mi droga personal. Mi adicción. En un momento de descuido suyo, fui yo la que allanó su boca y me permití explorarla, como Julio Verne en la Isla Misteriosa. Sin ser plenamente consciente de lo que hacia, pues el placer que me enturbaba la mente, entreabrí las piernas y Dimitri resbaló entre ellas hasta quedarse perfectamente acoplado sobre mí cuerpo que temblaba de placer y anhelo. Soltó un murmullo de admiración y se pegó mucho más a mí mientras profundizaba el beso. Con ese simple gesto pude notar por encima de mi vientre su dura, gruesa y palpitante erección, que se mantenía a la espera de explorar un lugar que nunca nadie había explorado.
Mientras
Dimitri me quitaba el vestido con manos rápidas y expertas, el alcohol dejo de
nublarme la mente por unos segundos, permitiendome pensar con claridad. Cosa
que duró poco, pero me hizo reaccionar. Abrí los ojos asustada mientras notaba
como Dimitri dejaba una senda de ardientes besos sobre mi cuello y la
clavícula. Entonces mi mente me mandó una señal de alerta, recordandome que
algo estaba mal en mí, un secreto que había estado ocultando durante años y que
nunca me había atrevido a mencionar en voz alta. Una vergüenza que me
destrozaba por dentro, como un veneno. Me empezarón a castañear los dientes,
notando como todo mi cuerpo se tensaba. El ardor remitió, quedando en un
segundo plano, y mi cuerpo se enfrió con lentitud. Cuando Dimitri me miró
asustado, solté la verdad con una bocanada de aire, notandome enrojecer:
-
Soy virgen…
Todo
ocurrió en una fracción de segundo: Dimitri se apartó de mí como si le hubiera
dado una patada, con el rostro blanco como la cal, se levantó de la cama como
si tuviera un muelle en el cuelo y se fue hacia la otra punta del dormitorio,
donde se puso a dar vueltas, como si se tratara de un tigre enjaulado;
insultandose a si mismo por lo que había estado a punto de hacer. Un poco más y
hubiera perdido todo el autocontrol, sumergiendose en mí sin miramientos para
hacerme lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer, o lo que yo había empezado
a desear hacía poco tiempo.
Me
levanté de la cama notandome insegura y me di cuenta, con absoluta sorpresa,
que aún llevaba puesta la ropa interior. Pensaba que no iba ni a durar cinco
segundos con ella puesta. Que milagro. Me intenté acercar a Dimitri para
intentar calmarlo, pero con cada paso que daba deseando tocarlo, él retrocedia
frotandose los ojos dolorosamente. Su rostro era la clara representación del
rostro de un niño al que habían pillado haciendo algo malo y se sentía
culpable. Lo miré mientras se volvía a apartar de mí y solté un gemido lastimero.
Me estaba haciendo daño que huyera de mí cuando más lo necesitaba. Ambos
estabamos ardiendo por la necesidad de tocarnos, de besarnos, de estallas de
placer. Solo se me ocurrió hacer una cosa para que se diera cuenta de lo que
realmente deseaba sin tener que expresarlo en voz alta.
Cuidadosamente
atrapé a Dimitri contra la pared y mientras él buscaba una forma de escapar sin
apenas mirarme, me desabroche el sujetador, usando todos mis atributos
femeninos y se lo tiré a los pies. El aire acondicionado acarició con dulzura
mis senos y se me escapó un gemido de placer, mientras notaba como me ardia el
rostro, no me podía creer que estuviera haciendo eso, pero se había acabado. No
iba a dejar que me calentara para después dejarme enfriar.
Bajo
la atenta mirada de Dimitri me empecé a acariciar los pezones, estimulandolos y
haciendo que endurecieran bajo el contacto de mis manos inespertas. Por un
momento me imaginé que eran sus manos
las que me estában probocando placer y cuando oí a Dimitri jadear, supe
que había llegado la hora de comportarme como una presa un poco perra.
-
No tengas miedo Di-mi-tri –jugue con su
nombre mientras me seguia masageando el pecho derecho– se que los quieres
tocar, nadie te priva…
-
Lo siento… no puedo… no puedo hacer
esto… –me cortó con cuidado,
tremulamente.
-
¿Tanto te importa? ¿No has hecho esto
mil veces?
-
Si… pero… –enrojeció con furia y me
miró por primera vez.
Lo
miré, esperando que siguiera, pero nunca llegó a acabar la frase. Apartó la
mirada, como si tuviera miedo, y suspiré algo frustrada. Era idiota si creía
que iba a dejar que las cosas se quedaran de esa forma. Necesitaba
explicaciones, y las iba a conseguir.
-
Pero ¿Qué? ¿Qué quieres de mí?
Tardó
unos segundos en responder, mordiendose el labio con desespero, como sopesando
las opciones que tenía. Me empecé a impacientar. Como no hablara no sabía de
que sería capaz. Con cuidado, y meditando mucho, empezó a hablar:
-
Quiero tu cuerpo. Lo quiero todo.
Quiero hacerte gritar, gemir y suplicar hasta que te quedes sin voz, pero no
así, no podría.
-
Eres un cobarde.
-
No, estas borracha, yo mismo estoy
borracho, al día siguiente podrías despertar y pensar que te he violado…
-
Dimitri… te estoy dando permiso… nadie
me esta obligando a nada… Soy yo la que te esta pidiendo que me hagas tuya…
Fue
decir esas palabras y tenerlo de repente lamiendo y mordiendo mi pezón
izquierdo, mientras que con la mano abarcaba el pecho derecho, dandole tiernos
mimos. En su mirada pude ver que no me iba a escapar, que había perdido contra
la razón, y la locura y el deseo iban a ser dueños de sus movimientos. Empecé a
soltar gemidos y jadeos de excitación, mientras notaba como las caricias eran
transportadas a otro nivel. Más intensas. Más volátiles. Más duras.
Dimitri
me pegó contra la pared e hizo que le rodeara las caderas con las piernas. Solo
dejó mis pechos libres una vez, lo justo y necesario para decir lo hermosa que
era y poco después volvió a ponerse con ellos.
Nuevamente
frotó su pene contra mí y noté toda su embergadura. Dios, era enorme… no me
podía creer que “eso” fuera a
penetrarme. Me lami el labio mirandolo y me pregunté como sería su sabor. Mi
captor se dio cuenta de que algo pasaba por mi cabeza y me lamio la yugular
antes de morderme para hacerme estallar. Yo era la polvora y él fuego. Dimitri
empezó a andar, manteniendome aún a horcajadas contra su cuerpo, sorteando
algunos obstaculos y quitandose los zapatos de una patada. Mientras me miraba
con los ojos enturbados por la lujuria, me tumbó en la cama y se sacó los
pantalones y los boxers, dejando su prominente erección en libertad. Era aún más
grande y gruesa de lo que en un principio había imaginado, cubierta con un fino
y rizado vello.
-
Tranquila, no te haré daño, pero si
realmente eres virgen, cosa que me extraña, ya que los hombres tienen que estar
ciegos por no haberte tocado; tendré que enseñarte como estar relajada.
Y
sin más demora bajó la mano hasta mi sexo, me separó un poco las bragas,
dejando mi entrada sombreada de vello castaño casi inexistente; a la vista y me
acarició el clítoris con cuidado, haciendome soltar un chillido entrecortado
por el placer que me embargó. Mi sexo se humedecio y Dimitri separó los labios
vaginales con un dedo habil antes de meterlo en mi interior, doblandolo con
cuidado haciendome sisear. Me miró como pidiendome disculas y lo siguio
moviendo: arriba, abajo, arriba, lado, abajo, dentro… Al ver que estaba más
dilatada y humeda, metió otro dedo en mi tierno interior y sus labios se
cerrarón sobre los míos, impidiendome gritar ante la sorpresa de la repentina
invasión. Ambas lenguas empezarón a jugar, acompañando los embistes de sus
dedos. Inconscientemente empecé a balancear las caderas, notando como algo
humedo me empapaba las bragas.
-
Joder… –siseó Dimitri siguiendo con las
embestidas– como sigas moviendote de esta forma me correre sin haber estado dentro
de ti.
Oír
esas provocadoras palabras hizo que el orgasmo estallará y se me contrajera la
vagina. Él, sorprendido, soltó un silvido mientras observaba como mi cuerpo era
recorrido por una ráfaga de puro y ardiente placer. Extasiado me bajo las
bragas hasta dejarlas en el suelo y no pude evitar pensar que me hubiera
gustado que las rasgara.
Con
cuidado retiró los dedos de mi interior y se los llevó a la boca para lamerlos;
en su rostro, instantáneamente, aparició una expreción de extasis. Los volvio a
lamer y me miró divertido al notar que mi rostro había enrojecido. Era
realmente sexy lo que había hecho, pero también repulsivo ¡Quién sabía cuantos
germenes se acababa de meter en el cuerpo! Entonces, y sin más demora, poso su
ardiente boca entre mis pechos y empezó a lamer, morder y chupar, dejando, tras
de si, un camino humedo y caliente. El último paso que realizo, y el que más
placer me provocó, fue besarme la cara interna del muslo y subir con la lengua
hasta la unión de este y el pubis. Me miró a los ojos, y antes de que
entendiera que estaba pasando, lamió mi entrada; un lametazo rápido y humedo
que dejó una estela de ardiente placer en ese punto tan sencible. Volvio a
hacerlo un par de veces, dejandome deseosa y temblorosa. Solté un chillido
entrecortado antes de que empezara a chuparme el clítoris, acercandome
peligrosamente a las puertas del segundo orgasmo. Metió la punta de la lengua
dentro de mí, moviendola arriba y abajo, como si tuviera vida própia, y al
sentir como el ardor de sus lamidas me empapaba, estallé llegando al clímax,
mientras lanzaba al aire un chillido lacerante que Dimitri acalló con una mano
mientras me seguia torturando.
Aún
jadeante, vi que mi amado me miraba con adoración. Se levantó haciendo chirriar
los muelles de la cama y me plantó un dulce beso en la frente antes de
desaparecer en el cuarto de baño. Pocos minutos más tarde volvió llevando algunas
cosas en la mano: una caja de condones, dos botellas de lubricante –de fresa y
chocolate– una toalla humeda y una corbata morada. ¿Una corbata? ¿Para que
diablos queria una corbata? ¿Ese era su fetiche? ¿Masturbar a su amada con una
corbata? Dios mio… me había metido en la boca del lobo. Literalmente. Me estaba
mirando como si fuera una presa y él un lobo hambriento. Sin dejar de mirarme
fijamente a los ojos, me tomó las muñecas con ternura y las ató al cabezal de
la cama, haciendome sentir inferior, desprotegida y pequeña.
-
¿Di… Dimitri…? – jadee intentando ver
lo que hacia.
-
No temas, esto es solo para que puedas
soportar la primera embestida, si no estas relajada te dolera un poco, así que
es mejor mantenerte cautiva para que no te muevas mucho y poder hacerte el amor
tranquilo.
Asentí
cerrando los ojos y segundos más tarde noté algo humedo y pegajoso rozarme el
sexo. Jadee y abrí los ojos para ver a Dimitri rompiendo un paquetito naranja y
sacar un condón de su interior. Con destreza se lo puso. Empecé a sudar antes
de ver como vaciaba medio bote de lubricante sobre su pene, haciendolo más
resbaladizo, todo eso, con la simple finalidad de poder llegar hasta el fondo
de mi útero, para tocar mí punto de extásis. Se colocó correctamente entre mis
piernas y siguió estimulandome, acariciandome el clítoris con pasión, viendo
como mi rostro cambiaba de color, pasando de rojo fresa a rojo grana.
Cuando
consideró que estaba lo suficientemente preparada, dejo de acariciarme, pegó la
punta de su miembro contra mí obertura y se froto contra ella de arriba a bajo,
intentando relajarme y prepararme para lo que estaba a punto de acontecer.
Subió
los labios hasta mis senos y empezó a mordisquearme el pezón derecho, mientras
seguia con los estímulos de mis partes bajas; y mientras gemia
desconreoladamente, empapandolo con mis fluidos, me penetró con lentitud,
provocandome un dolor lacerante. Solté un chillido desgarrador e intenté
moverme para que saliera; pero con cada movimiento que realizaba, él se clabava
aún más en mí, provocandome un dolor aún menos soportable.
-
Sácalo… Dimitri sácalo ¡Me está
matando!
Dimitri
apretó con fuerza la mandíbula y se impulsó un poco más, haciéndome gritar
nuevamente. Sentía como si me estuvieran partiendo en mil pedazos. Intenté
mover las manos y al notar que estaba inmovilizada, mis ojos escocierón por las
lágrimas que estaba conteniendo. Me sentía mal, me dolía. Me estaba matando.
-
Joder… –siseó empujandosé un poco más–
estas muy apretada… cariño… calmaté… por favor, relaja los músculos para que
esto vaya mejor… ya veras que el dolor desaparecerá… calmaté…
Pero
no le hice caso. Incliné la cabeza hacia atrás y me intenté librar de esa
condenada corbata. No podía seguir con eso. Tenía que detenerlo antes de que se
adentrara en las profundidades más oscuras de mi cuerpo.
Cuando
mi captor se dio cuenta de lo que estaba planeando, puso las manos a cada lado
de mi cabeza y de una sola embestida, llegó hasta el fondo, rasgandome el himen
y rompiendome a mí en mil pedazos. Intenté ocultar el rostro bajo sus brazos, o
moverme, pero no me lo permitió. Gruesas lágrimas empezaron a resbalarme por
las mejillas y se me perló la frente de sudor, al igual que a Dimitri, quien
estaba haciendo un gran esfuerzó para parar quieto y no hacerme más daño.
-
No te muevas ma belle étoile1,
deja que tu cuerpo se acostumbre a tenerme… ya esta… no llores… ya verás que
cuando te calmes, el dolor también se calmará.
Solté
aire tremulamente y Dimitri empezó a moverse con lentitud, clavandose en mí
hasta lo más hondo, haciendome sentir sus bolac contra mi pubis. Todo ello, con
una ternura infinita.
Empecé
a hiperventilar a medida que hacía las embestidas más profundas. Salía
momentáneamente de mí para luego volver a invadirme. Una yo jadeante y con las
mejillas teñidas con un intenso rubor, empezó a suplicarle a Dimitri que le
desatara las muñecas, y este, dispuesto a complacer todos sus deseos, la
liberó. Así me sentía realmente: como si no fuera yo.
Frenética,
y buscando cualquier cosa para librarme del dolor que me atormentaba, posé las
manos sobre la espalde de Dimitri, acercándolo más a mí y le clavé las uñas con
fuerza, haciendo que siseara y augmentara sus movimientos pélvicos. Avido de
mí, poso los labios sobre la sudada piel de mi cuello y me saboreó con suaves
mordiscos.
-
Voy a augmentar el ritmo un poco más
Estellita –me avisó con voz jadeante. La única respuesta que fui capaz de darle
fue un profundo y guturral gemido que no pude creer que hubiera salido de mi
garganta.
Tras
penetrarme una última vez con extrema lentitud, empezó a montarme con rudez,
curbandose en mi interior e intentando, a mi parecer, meterse a él mismo dentro
de mí, algo absurdo, pero un poco de humor en un momento como ese sentaba a las
mis maravillas. Ese ser superior ya me había roto una vez, e iba a hacerlo otra
vez más, y todas las que deseara esa fiera.
Pero
estaba cansada de sentirme débil, de dejar que él se ocupara de todo, así que
empecé a mover las caderas con brusquedad, ayudandolo, si era posible, a que
llegara aún más hondo. Dimitri emitió un gruñido y todo el autocontrol que
había intentado guardar, se desvaneció como un soplo de aire. Con fuerza animal
me levantó de la cama sin dejar de follarme y me aplastó contra la pared, donde
empezó a morderme la aureola, llevandose toda esa piel rosada a la boca.
-
Dimitri… –gemí su nombre antes de notar
como un tercer orgasmo me hacía temblar.
Él,
exprimido por mis contracciones, se corrió con fuerza, soltando un rugido de
placer con mí nombre intercalado entre cortos y sonoros gemidos, que hacían
temblar todo mí cuerpo, intensificando el orgasmo. Mis piernas fallarón a la
hora de sostenerme, mis ojos desenfocaron la realidad de la fantasia y caí en
un pozo negro clavandole las uñas en el trasero a Dimitri, quien gritó por la
sorpresa, antes de caér conmigo, exhausto.
Estaba caliente y fría a la vez ¿Era
eso posible? Sí. Era extraño, pero agradable, una sensación que podría haber
deseado experimentar toda la vida, si no hubiera resultado tan demoledora.
Abrí
los ojos con mucho cuidado, notandome entumecida, y miré con cariño al hombre
que yacía completamente desnudo a mí lado. Mi hombre, un guerrero en la cama,
pero manteniendose siempre dulce y cariñoso. Tierno y sincero. Suave y
romántico… Una infinita ternura colmó mi mente tras ese pensamiento y le
revolví la desordenada melena. Corta, pero una melena, y en ese momento, se
parecía mucho a la de un león.
Con
cuidado de no hacer ningún ruido me empecé a levantar de la cama, pero un dolor
agudo en la zona baja de mi vientre hizo que tuviera que volver a sentarme. Me
dolían partes del cuerpo que hasta ese momento, desconocía que poseía. La cama
cedió bajo mí peso y Dimitri soltó un jadeo para luego, empezar a gruñir y
tartamudear en sueños:
-
No… vuelve…
-
¿Di… Dimitri? –intenté volver a
tocarlo, pero sus palabras me detuvierón en seco.
-
Janie… vuelve… princesse… vuelve…
¡JANIE! –se avalazó sobre mí y todo mi cuerpo gritó, yo incluida. Me había
desgarrado el cuerpo, y peor aún, el corazón.
Dimitri
abrió los ojos y cuando me vio, palideció y me soltó. Hice una mueca y él se
dio cuenta al instante, de lo que pasaba, pues mi cuerpo se había colocado en
una pocision muy dolorosa para mis pobres piernas y la cadera… como me dolía la
condenada.
-
Lo siento… yo… –le di un abrazó e hice
que se callara. Su rostro era la versión más triste de la obra más hermosa de
Miguel Ángel.
-
Tranquilo, no me haras daño ¿Sabes como
lo sé? –le agarré de la barbilla, obligandolo a que me mirara –Porque te amo, y
confio en la gente a la que quiero.
Como
si todo lo que acababa de decir fuera algo nuevo para él, se le abrió la boca
de par en par y empezó a negar con la cabeza.
-
Esto no está bien… –murmuró dolido, mordiendose con fuerza el
labio–. No tendría que haber pasado… lo siento…
-
Dimitri… no pasa nada…
-
¡Si que pasa, joder! Eres mí alumna,
esto no tendría que haber ocurrido ¡He violado a una alumna! Te he condenado
Alexia, ¡Maldita sea!
-
¿¡Qué…?! ¡No! Yo te he dado el permiso.
No me has violado, y no hay necesidad de que nadie se entere, puede ser un
secreto entre los dos. Por favor –intenté acercarme para calmarlo, pero no me
dejó. Se alejó de mí como si tuviera la peste.
-
Largate de mi casa… y olvida que todo
esto ha ocurrido. Haz como si nunca me hubieras visto fuera de clase. Piensa
que aprovaste el examen y que nunca hicimos esa estúpida apuesta.
-
Pero…
-
¡Largo! –bramó, apretando los puños con
fuerza.
Sintiendome
triste, sola y usada, recogí toda mi ropa y me la puse conteniendo las
lágrimas. Ya me había echo suficiente daño, no necesitaba que me viera llorar y
sintiera lástima por mí. Eso era lo último que me faltaba; acabar más humillada
de lo que ya me sentía. Lo miré una última vez antes de bajar las escaleras con
la cabeza bajo, hacia la planta baja y perderme en la oscuridad que impregnaba
el salón.
Un
quedo maullido me hizo levantar la cabeza <<¿Sombra? –miré al pequeño
gato que se frotaba lastimosamente contra mis piernas –Cuida de tu dueño
pequeño, y dale todo el cariño que yo no he podído darle>>.
Volvió
a maullar y eso hizo desencadenar el llanto que tanto me había costado
esconder. Acabé saliendo de ese lugar sollozando. No iba a volver nunca más a
pisar esa casa, porque como lo hiciera, acabaría por matar al dueño, o imitando
la tragédia de Romeo y Julieta pero solo con la muerte de Romeo.
Entré en casa cojeando y agarrandome
las caderas con dolor. Cada paso que daba, enviaba una descarga de dolor por
toda mi zona baja; y había tenido que subir cuarenta escalones… maldito
ascensor, siempre se estropeaba cuando más lo necesitaba.
En
el mismo momento que puse un pie dentro del apartamento, el pesado cuerpo de
Lucius cayó sobre el mio, apresandome en un ferreo abrazó, el cual me hizo
gimotear de dolor. Un tanto exaltado, se apartó un poco para mirarme y se
disculpó por haberme olvidado. En mitad de disculpa pero, su rostro perdio todo
rastro de pena y humanidad, siendo substituido por una mascara de ira, dolor y
asco. Con brusquedad me apartó un poco el escote del vestido dejando a la vista
una fina porción de mi sujetador. Empezó a respirar con dificultad y su rostro
pasó del blanco absoluto al rojo grana.
-
¿Qué desgraciado te ha hecho esto,
Alexia? –me miró, me miró de verdad, esperando una respuesta que nunca llegó–
¡Alexia! ¿¡Quien ha mancillado tú honor?! –bramó sacudiendome con brusquedad.
-
Nadie… no me han violado… ha sido
voluntario… yo… –pero nunca llegué a acabar la frase porque su mano se clavó en
mi mejilla, estrellandome contra la pared.
Sorprendida
y dolida, lo miré frotandome la mejilla y notando como se me llenaban los ojos
de lágrimas. No solo me había echo daño Dimitri; incluso mi hermano, la perdona
que más amaba en el mundo, me había levantado la mano. Intentó tocarme y
pedirme disculpas por el dolor que me había provocado, pero me aparté antes de
que se me acercara, notando más punzadas de dolor.
-
Pequeña… lo siento –me tomó del brazo
con cuidado y me abrazó con fuerza–. Lo siento… me he cegado, no tendría que
haberte tocado, pero no puedo soportarlo… no puedo creer que te hayan hecho
esto…
-
Estoy bien solo… no me sueltes
hermanito… necesito que me des calor y apacigues el dolor que me han provocado.
No me quiere… le he contado mis sentimientos y me ha echado como si fuera un
vulgar perro…
Me
volvió a abrazar y empezó a andar, arrastrandome hasta mi dormitorio, donde me
tumbó en la cama y él conmigo. Dándome el cariño que el otro se había negado a
darme, empezó a acariciarme la cabeza con ternura, cosa que hizo que las lágrimas
afloraran a la superfície. Durante horas, me acarició el pelo, hasta que pasé
del llanto desgarrador a los sollozos y finalmente, a las lágrimas silenciosas.
Exhausta,
me dejé caer en un abismo oscuro mientras mimaba a Kira, que se había hecho una
bolita entre el hueco que creaba el cuerpo de Lucius y el mío. Calentita y
resguardada, al igual que yo.
¡Me ha gustado mucho este capítulo! Tengo mucha curiosidad sobre lo que va a pasar, espero el próximo capítulo impaciente :D
ResponderEliminarUn besito.
K chuli !!! Aunque me dió mucha pena Alexia ... pobrecita ! Casi lloro cuando fuel el hermano el k le dió el calor que necesitaba .... Anda k tambien .... tierno y sensible ? Y UNA PORRA ! ( no se que pasará pero eso es lo k pienso ahora >( )
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