Capítulo 1
El
timbre indicando que las clases iban a empezar sonó, diez segundos después de
que hubiera ocupado mi lugar y dejado el informe de “Lo Extinto” sobre
la mesa del profesor, la cual estaba casi vacía, a no ser que se contara un
informe parecido al mío, pero más pequeño. Había estado casi dos semanas para
hacerlo, llenando más de cien hojas, llamando a distintas fundaciones y
protectoras de animales e incluso un laboratorio ecológico; y me sentía muy
orgullosa de el, solo esperaba que el profesor, quien siempre, por algún motivo
que desconocía, me trataba como si fuera un bicho; opinara lo mismo. Como no
fuera así, me iba a indignar de tal forma, que me pondría a gritarle que era un
gilipollas y mil sandeces más, mientras el trabajo volaba por el laboratorio
–humor de familia.
Los alumnos fueron llegando lentamente,
algunos bostezando, otros mandando los últimos mensajes con el móvil, aún que
tuvieran planeado seguir usando el móvil durante toda la clase; y algunos pocos
llevando cascos y estando sumidos en sus mundos, mientras la música a todo
volumen les perforaba los tímpanos, el mundo era extraño y en él podíamos
encontrar de todo. Y tenía un claro ejemplo de ello, ya que incluso una chica,
la más alta, más ruda y más fuerte, entró blandiendo un mosquete de su club de
esgrima.
La clase de biología y genética, también
conocida como “El Infierno”, por todos los alumnos que no asistían a ella, se
lleno de gente rápidamente, ocupando el lugar que les tocaba. La mayoría eran
repetidores, catetos o “amantes” de WWF. Decía amantes entre comillas, porque
algunos de ellos estaban obligados por causas familiares, así que no lo hacían
de buena fe. También podíamos encontrar un club de fans para el profesor,
constituido por cinco chicas de la clase, un chico: el único que había sido
capaz de admitir que estaba locamente “enamorado” del profesor; y diversas
chicas de otras clases y cursos, creado el primer día, tras ver aparecer al
profesor por la puerta, un hombre muy joven y apuesto, demasiado ligón, eso fue
lo primero que pensé al verlo. Mi caso no era ninguno de los anteriores, yo era
hija de uno de los biólogos marinos más reconocidos por todo el mundo, un hombre
de agua y además, también era la estrella de la universidad. Y solo para que
quedara claro, yo no pertenecía al club de fans y nunca lo iba a hacer, aún que
ya me habían pedido un montón de veces que me uniera, pero siempre les decía: No,
gracias, –mientras ponía una sonrisa de disculpa en mi rostro. Y todo eso
ocurría porque yo realmente…
La puerta se cerró una última vez, dejando paso a Dimitri, joven, sexy y rico, la persona que más odiaba. Detestaba. Aborrecía: el profesor de biología. Engreído e inteligente, un pecado viviente, tanto para las mujeres, como para los hombres… y el lo sabía.
Se sentó en su mesa, cruzando las
piernas y con penetrantes ojos castaños y lagunas de negro, nos observo a todos
atentamente, pasando lista sin necesidad de palabras. Con un movimiento sexy y
metódico, se pasó la mano por su perfectamente despeinado pelo caoba y taladró
con la mirada a cinco de las seis chicas de la clase, haciendo que rieran
tímidamente. Luego me miró a mí. No me gustaba que se cruzaran nuestras miradas,
porque cada vez que pasaba, mi cuerpo se llenaba de escalofríos; así que aparté
violentamente la mirada, en señal de odio, y lo miré cuando dejo de mirarme, él
estaba sonriendo, como no. Al ver mi informe sobre su mesa, esbozo una radiante
sonrisa de dientes blancos. Si no hubiera sido porque era la única que no
estaba enamorada de él, me hubiera hecho derretir, ya que era el hombre más
acojonadamente sexy que nunca había conocido. Cogió una tiza con una fuerte
mano dorada y con trazos lentos y hermosos escribió: <<La Rana de Pecho
Dorado>>
-
Bien
alumnos –su sensual voz retumbó por todo el laboratorio,N haciéndome
temblar. Dios, como lo detestaba cuando se creía el mejor del mundo os tengo
que encomendar una pequeña tarea, algo que algunos de vosotros, los que queráis
seguir la carrera de biología, tendréis que hacer –con cuidado puso una caja de
plástico sobre la mesa y de su interior, desde donde me encontraba yo, pude
vislumbrar diez pequeñas y doradas ranas –.
>>Aquí están ellas, las ranas de
pecho dorado, ranas muy extrañas en la gran ciudad y tiendas especializadas,
pero muy comunes en la América Amazónica. tendréis la tarea de estudiar la
anatomía de estas pequeñas ya que según muchos estudios, es un anfibio muy
extraño, porque su temperatura es superior a los datos estudiados –en un
susurro casi inaudible para el oído humano dijo –: Mientras, yo estudiare otro
tipo de anatomía.
Gritos de miedo se elevaron por parte de
las chicas y gritos de euforia por parte de los chicos. Estos últimos estaban
tan emocionados, que se levantaron, aplaudiendo y vitoreando a Dimitri. Yo fui
la única que me mantuve callada, con la vista firmemente clavada en los
saltones ojos de una de las ranitas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y
entendí por que; esa iba a ser la pobre ranita que me tocaría a mí –un pequeño
e insignificante ser que no había echo nada a nadie, salvo nacer y dejarse
capturar por un par de idiotas que poco entendían sobre la vida y se
arriesgaban a morir a causa de mordidas de serpientes venenosas o devorados por
animales salvajes; solo para ganar unas míseras monedas, que luego perdían
bebiendo como cosacos en cualquier bar –.
El profesor fue llamando a cada alumno,
entregando entre risitas las ranas a las chicas y susurrándoles que no
temieran, que él las protegería, –cuando realmente tenían que protegerse de él–
y entonces les palmeaba un poco el culo. Ellas no decían nada y una de cada dos
que él llamaba, hacían lo posible para que la mano de él subiera un poco más
–cosa que ninguna lograba, pues parecía tener los limites bien marcados–.
Cuando me llamó a mí, no aparté la
mirada de la indefensa ranita, que se había quedado paralizada por el terror.
Era la última que quedaba, las otras estaban en las puertas de la muerte. Me
miró con sus saltones ojos, y trago en seco; se estaba secando a medida que su
temperatura aumentaba. Algo natural y siniestro.
Dimitri me miró sin entender nada y me
la entregó con ceremonidad. Tras entregármela, alargó la mano, dispuesto a
palmearme a mí también, pero la aparté de un manotazo, con asco en el rostro y
el me miró sorprendido, mientras una sonrisa extraña despertaba en sus
perfectos labios rosados; era una sonrisa retadora, llena de promesas oscuras y
lujuria. Sus ojos brillaron como si estuviera observando a una presa y aparté
la mirada. Ese profesor me estaba dando arcadas, odiaba a los hombres como él,
y siempre lo iba a hacer, me recordaban demasiado a Jack, y nunca, jamás, iba a
confiar en alguien igual que él.
Volví a mi sitio y me giré un segundo
para saludar a Saba, quien acababa de llegar, atándose su largo y rizado pelo
en una cola alta; momento justo para ver como Dimitri se relamía el labio
inferior mientras miraba el contoneo involuntario de mis caderas. Un escalofrío me volvió a recorrer el cuerpo,
pero esa vez perduro y se quedo anclada en mi espalda, haciéndome temblar de
ira. Me había equivocado con él, él era peor que Jack. Mucho peor. Mucho más
repulsivo y calculador. La pequeña ranita tembló en mis manos y volví a ponerme
a andar, intentando que no se me movieran las caderas.
<<Yo también lo he
visto, crok, es repulsivo. Cree que por estar bueno y ser poderoso, podrá
tirarse a todas las chicas, crock. Pero se equivoca, crok, porque usted no es
como las otras>>
<< ¿Sabías que te
entiendo?
–la miré emocionada, había entablado una xarla con pocos animales, solo con mí
gata y algunos perros y roedores que encontraba en la calle. Siempre los solía
escuchar manteniendo el silencio, manteniendo mi don y maldición en secreto,
algo que había descubierto a los ocho años tras sufrir un accidente>>
<<Todo el mundo
animal la conoce, yo no soy una excepción, “cuidadora”>>
Empecé a reír con ternura y miré otra
vez por detrás de mis espaldas. Por suerte, nadie se había dado cuenta de ello.
Dimitri había vuelto la vista a la pizarra y estaba escribiendo unos apuntes
para realizar la práctica.
<<Tranquila, no te
haré nada, no pienso permitir que un engreído como él me de ordenes, solo
porque es poderoso como tu has dicho, no me va a obligar a matar a una de las
mías>>
Me senté al segundo siguiente de hacer
esa promesa y clavé la vista al frente, apuntando todo lo de la pizarra con
lentitud. Durante los treinta minutos que siguieron a ello, me dedique a
tantear el terreno e intentar que los gritos de dolor de las otras ranas no me
afectaran. Todas ellas fueron dejando de gritar a medida que se les escapaba la
vida entre sus membranosos pies.
Cuando faltaban diez minutos para que el
timbre final sonara, todas las miradas de empezaron a clavar en mí.
Moví nerviosamente mis piernas desnudas
por debajo de la mesa del laboratorio, aparentando serenidad, aún que en mi
espalda había vuelto el temblor y me sudaban las manos.
Tenía que hacer algo, cualquier cosa
para distraerlos el tiempo suficiente como para poder salvarla.
Dimitri se me acercó por detrás y miró
por encima de mi hombro, observando seriamente a la ranita que estaba tranquilamente
sentada sobre una cama que le había improvisado con un trozo de cotón que había
encontrado dentro de mi mochila.
-
Y
bien Estrellita ¿vas a abrir hoy a la rana, o esperamos que pasé
más tiempo? Podemos espetar, tenemos toda la eternidad, pero como antes acabes
con esto, antes nos podremos ir todos.
Busqué una excusa y dije lo primero que
se me cruzo por la cabeza, sin tiempo de meditarlo mucho:
-
No
me encuentro muy bien, necesito ir al baño, ya sabe profesor,
problemas femeninos.
<<Métete dentro
del bolso rojo que hay dentro de la mochila cuando nadie te vea, yo lo cogeré
ya que acabo de decirle al profesor que tengo la regla, siendo un hombre de
tantas mujeres, seguro que sabe de que le estoy hablando>>
-
Entiendo,
puedes ir, pero necesitaré que vuelvas ya que tenemos que
hablar además, tendrás que devolverme la nota de salida.
<<Esta bien, ahora
me esconderé –mientras
Dimitri me observaba, la pequeña rana entró en mi mochilas gracias,
“cuidadora” –asentí sin que nadie se diera cuenta>>
Dimitri se apartó para que pudiera
levantarme y me entregó un papel certificando que tenía permiso para vagar a mi
aire por el campus, sin salir de él.
Cogí el bolso rojo y lo puse
protectoramente sobre el pecho, sin apretar. Anduve con paso decidido hasta
salir del laboratorio. Cerré la puerta detrás de mi espalda y solté un suspiro.
Al fin libre y sin estar sometida a la penetrante mirada de ese hombre.
Empecé a andar y al tomar la primera
curva que me ocultaba de miradas curiosas, empecé a correr hacia el exterior
como si un grupo de perros del infierno me persiguieran, entreabriendo las
fauces de horrendos dientes amarillentos, con baba translúcida y soltando
aullidos potentes y tenebrosos. Ya fuera, sabiendo que nadie me podía ver,
anduve tranquilamente y antes de que me diera cuenta, me estaba adentrando en
la espesura del bosque que rodeaba la universidad.
Seguí andando pensando que podrían haber
significado las últimas palabras de Dimitri “Ya que tenemos que hablar”. Un
escalofrío me recorrió la espalda, ¿qué podía ser tan importante como para que
solo me lo pudiera decir en horas fuera de clase?
Al cabo de pocos minutos me detuve en
mitad de una clariana de verdes pastos moteados de blanco. En mitad de dicho
lugar, se extendía majestuosamente, un profundo lago de aguas cristalinas, con
nenúfares flotando alegremente.
Cogí la ranita con manos temblorosas y
la deje con cuidado sobre el suelo. Ella me miró una última vez, me dio las
gracias mientras me advertía que fuera con mucho cuidado con Dimitri y se adentró
en las profundidades del lago, haciendo algo semejante a chof –chof
Solté un suspiro y me dejé caer al suelo
como un peso muerto. Al cabo de un tiempo miré el reloj, faltaban dos minutos
para que sonara el timbre, pero iba a disfrutar del tiempo libre que había
robado. Cerré los ojos y me dedique a oír los sonidos del lago. Los gorgoteos
de las ranas, las entretenidas charlas de las ocas que estaban de paso por
allí, los suspiros de aburrimiento de los renacuajos, los gritos de algunas
cigarras que estaban a punto de desaparecer de la faz de la tierra sin ellas
saberlo…
Estuve tranquila hasta que en la lejanía
oí el timbre indicando el final de la jornada lectiva sonar. Esperé unos
segundos antes de levantarme y al hacerlo empecé la marcha, levantando la
curiosidad de todos los animales que había estado oyendo. Anduve arrastrando
los pies hasta detenerme delante de las imponentes puertas de entrada. Detrás
de ellas no se veía a nadie más a parte de las mujeres de la limpieza que se
afanaban a acabar el trabajo para poder volver a sus casas y seguir la vida tal
y como la conocían. Entré y seguí adelante saludándolas, dos cabezas rubias se
giraron en mi dirección para saludarme a la vez y una de las dos, una anciana
de ojos azules, me miró con pena, como presenciando algo malo. Anduve hasta
detenerme delante de las puertas cerradas del laboratorio.
Puse una mano sobre el pomo dispuesta a
abrir la puerta y entonces logré oír un sonido quedo proveniente del interior.
Se trataba de un gemido contenido, proferido por parte de una mujer. Tomé una
profunda bocanada de aire y volví a oír un gemido al cabo de pocos segundos,
sonaba agudo y lleno de placer.
Me preparé mentalmente para lo que iba a
presenciar –sin llegar a estar preparada– y abrí la puerta de un tirón. La
imagen que presencie hizo que se me removiera el estomago. Edith, una de las
pijas de la universidad, estaba sentada sobre la mesa del profesor, con las
piernas completamente abiertas, dejando espacio para el perfecto cuerpo de
Dimitri, que mantenía las manos sobre la cinturilla de los ajustados
mini-shorts que llevaba ella puestos. Había perdido la corbata y un botón de su
inmaculada camisa blanca, había sido arrancado y depositado cerca de la caja de
las ranas. Edith volvió a gemir cuando el cuerpo de Dimitri se pegó más al suyo
y tuve que hacer un gran esfuerzo para contener una arcada.
Se me escapo un suspiro de frustración y
estres al ver como ella ponía las manos sobre el bien puesto culo del profesor.
Visto de esa forma… tenía un culo asombroso. Sacudí la cabeza para quitarme ese
perverso pensamiento de la mente y me volví con cuidado hacia el umbral de la
puerta, pero entonces perdí el
equilibrio y estuve a punto de caer; eso hizo que soltara un grito entrecortado.
Los dos, alumna y profesor, se giraron al mismo tiempo para observarme con ojos
inquisitivos.
-
Vaya
–murmuró Dimitri pegando una vez más los labios al moreno
cuello de Edith, su voz sonaba perturbadoramente oscura se me había olvidado
que teníamos que teníamos que hablar Estrellita –me miró con los ojos llenos de
lujuria y noté algo extraño en la forma en como recorría de arriba a bajo mi
cuerpo, como dándome nota. Y por la sonrisa que apareció en sus labios, entendí
que me había aprobados. Espera unos segundos –volvió a clavar la mirada en
Edith, que lo miraba con suplicantes ojos verdes seguiremos luego ¿te parece,
preciosidad? –ella no dijo nada, pero se alejó de la mesa muy erguida y al
pasar a mí lado, me envió una sonrisa heladora, cargada de ira y celos. Salió
del salón de clase balanceando sus anchas caderas y casi dejando su negro pelo
enganchado en el pomo, cerró la puerta dando un brusco portazo. Genial, ya
había logrado que me odiara. ¿Por qué tenía que importarme? Eso era bueno.
Miré a Dimitri que miraba claramente
divertido la escenita de celos que acababa de demostrar su alumna y con dedos
ágiles, se arreglo la camisa, como si fuera una costumbre.
Esperé a que dejara algo, lo que fuera,
pero se mantuvo en silencio, observándome mientras sus labios perfectos y
rosados adoptaban la sonrisa de Mona Lisa. Seguí esperando, pero él siguió
callado, y cuando vi que sus ojos se paraban en mis pechos, mirándolos
lacsivamente, me los protegí protectoramente, haciendo que soltara una
carcajada y empezara a hablar.
-
¿Dónde
está la rana?
-
Yo
no tengo ninguna rana, profesor –murmure friamete– ella ha escapado
–con cuidado me acaricié el brazo y Dimitri siguió el movimiento hipnotizado.
Después de meditarlo mucho, siguiendo
recorriendo mi cuerpo con la mirada, soltó, como si fuera una cosa sin
importancia:
-
Tienes
una bonita anatomía Alexia.
Enrojecí ferozmente y me volví a cubrir
el cuerpo con la mano, notando como un escalofrío me recorría la espalda.
-
¿Me
estas acosando? –mi voz salió chillona y entrecortada sí es así,
avisaré a la policía.
El rostro de Dimitri adoptó una sonrisa
oscura y tenebrosa, y me di cuenta, por las reacciones de su cuerpo, que estaba
realmente muy enfadado. Mierda, daba miedo.
Movió velozmente una mano y me agarró
las muñecas, mientras me estampaba contra la pared dolorosamente. Tuve que
cerrar los ojos a causa del dolor y pocos segundos después el rostro de Dimitri
se pegó a mi cuello. Aspiró con fuerza y soltó un gemido.
Me moví nerviosa y noté como algo me
tiraba levemente de la piel. Me di cuenta casi al instante, que ese “algo”, en
realidad eran dientes. Dimitri presiono mucho su cuerpo al mío, y tuve que
contener un gemido de horror al notar la dureza de sus pantalones contra mi
vientre.
-
No
te asustes Estrellita –levanto los ojos de mi pecho donde se habían
quedado anclados–. Es solo que vas tan escotada que a cualquiera, sobre todo
hombres, desearían tenerte así como te tengo yo –puso las manos a cada lado de
mi cabeza e incino el rostro hasta pegar los labios contra mi oreja atrapada.
-
No
estoy atrapada, me puedo liberar cuando quiera –intenté sonar
desafiante, pero sabía que era una idiotez por mi parte, que él me tenía
atrapada como una rata de laboratorio.
-
Estas
peleona hoy ¿eh, Estrellita?
-
Deja
de llamarme “Estrellita”, me llamo Alexia, Alexia Marie Marroway.
Recuérdalo bien profesor y... –lo miré desafiante una vez más– suelteme, me
estoy haciendo daño.
-
Esta
bien, esta bien –me soltó– y solo para que quede claro, Alexia
–pronuncio mi nombre como si fuera un caramelo que necesitaba masticar y
saborear mucho– si te estuviera acosando, no saldrías vestida de esta clase.
-
Cabrón
de mierda –murmuré para mis adentros, lo más bajo que me
fue posible.
Pareció ser que mi susurro pasó
inadvertido para él, porque pro-siguío con su discurso.
-
Bueno,
Alexia, mañana te quiero aquí a primera hora. Ese será tu
castigo por haber perdido una rana tan valiosa –su voz se llenó de seducción y
sus ojos de lujuria. Él decía la verdad, iba a tener mucha suerte de salir de
esa clase con las bragas puestas.
Cerré las manos en dos puños y asentí
con la cabeza. Dimitri señaló la puerta con un largo y pálido dedo, se sentó en
la silla que había detrás de su mesa y sacó del cajón una revista. Estaba casi
segura de saber que contenía ella. Me giré y salí de la clase manteniendo la
cabeza en alto, sin mostrar temor alguno, aún que por dentro estaba muerta de
miedo. Oí una carcajada procedente de la clase y maldije, no necesitaba que ese
gilipollas se diera cuenta de lo cagada que estaba. Gi-li-po-llas, sí, lo había
llamado GI-LI-PO-LLAS.
Cerré la puerta detrás de mis espaldas y
empecé a correr sintiéndome extraña, sobre todo, en el lugar donde él había
apoyado los labios.
Salí al exterior, me recosté contra la
pared y con recelo busqué el espejo de mano que siempre llevaba encima –en mi
bolso nunca iba a faltar eso y el spray contra violadores. Enfoqué el espejo
hacia el lugar que me dolía y a duras penas pude contener un grito ¡el cabrón
de mierda, hijo de su madre, me había dejado un chupetón tan morado como el
esmalte de mis uñas!
Volví a meter la mano dentro del bolso y
desesperada busqué algo con lo que poderme cubrir la marca ¡como mi hermano la
viera se iba a desatar el infierno en la Tierra! Seguí buscando, pero no
encontré nada, así que lo único que se me ocurrió fue soltarme el pelo de la
cola de caballo y que este se esparciera libre sobre mi espalda. Me llegaba
casi por la cintura, así que podía estar segura de que no se iba a notar nada.
O eso esperaba…
Emprendí la marcha y el móvil en mi
bolsillo empezó a vibrar. Lo cogí y vi que había recibido un mensaje de
Elizabeth. Empecé a leer y me puse a reír con solo leer la primera frase:
¿Qué
quería ese pervertido/don Juan, del profesor Dimitri?
Espero
que no te haya tocado, todos tus colegas los conocemos perfectamente.
Bueno,
ya me avisaras. Luck y yo estamos donde siempre, por si quieres venir a
visitarnos. Xo, xo.
Pulse en la tecla de reenviar y con
dedos veloces y sin prestar atención a las faltas de ortografía, empecé a
escribir:
Ese
pervertido solo quería echarme un “sermón” por haber perdido a la rana de la
práctica. Nada de mucha importancia.
Puedes
ir preparando el cuchillo carnicero de tu padre, porque el pervertido me ha…
dejado un chupetón enorme en el cuello. Ya lo veras mañana, porque creo que
estará por allí un tiempo a la vista.
Me
encantaría quedar con vosotros tortolitos, pero tengo que hacer un trabajo de
música y encima, el profesor cabrón, me ha dicho que tengo que ir a la
universidad más temprano.
¿Te
lo imaginas? Yo allí a las seis y media de la mañana… ¡uf! Que dolor de cabeza
solo de tener que pensar en ver ese tío tan temprano. Nos mantenemos en
contacto. Xao.
Antes de que me diera cuenta, ya me
encontraba delante de la puerta de mi apartamento. Bueno, mío no, de mi
hermano, aunque antes había pertenecido a nuestro tío. Abrí la puerta esperando
que Lucius no se encontrara en casa, pero es no fue mi suerte. En el mismo
momento que oyó la puerta ser cerrada, salio de la cocina, blandiendo una
cuchara de madrea. Se me acercó sonriendo y me abrazó con fuerza. Cuando me
soltó, me volví a poner el pelo sobre el cuello.
-
¿Qué
tal ha ido el día pequeñaja? –me miró con sus radiantes ojos
marrones y se secó las manos en la camiseta negra que se le ceñía al cuerpo.
Mi hermano era uno de los hombres más
apuestos que había visto nunca. Tenía unos treinta años, media casi dos metros, de pelo castaño como el
mío, aún que un poco más oscurecido en las puntas, ojos de un marrón asombroso,
que brillaban llenos de bondad, pestañas negras y tupidas, piel dorada, un
cuerpo musculoso por dedicar cada día dos horas a ejercitarse y una voz, a la
hora de leer cualquier cosa, asombrosa.
-
Bien…
¿qué hay para comes? –cambie rápidamente de tema, intentando
que no notara lo nerviosa que me acababa de poner.
-
Tendrías
que saberlo con solo olfatear un poco el aire pequeñaja, hoy
tenemos tortelinis al queso azul y pastel de verduras hervidas.
-
Buena
mesca –tosí con dramatismo, para dar énfasis a lo que estaba
a punto de hacer –. Ahora vendré hermano, me duele un poco el cuello –volví a
toser y me arquee dolorosamente –creo que lo mejor será que me lo vaya a
cubrir.
-
¿Estarás
bien? ¿quieres que te traiga la comida y comes en la cama
relajada?
-
Si,
estaré bien y no, quiero comer contigo. Solo necesito reposar un
poco, luego me encontraré de maravilla.
-
Ve
tranquila entonces, mientras tanto, te prepararé un vasito de leche
con miel. Es una mezcla milagrosa.
Con un leve asentimiento, di gracias por
la oferta mientras la aceptaba, y me fui a la habitación. Allí deje la mochila
y me acerque al espejo; mi reflejo me devolvió la imagen de una Alexia
sonrojada y con una marca morada y perfecta en mitad del cuello. Al verla solté
un suspiro y fui al armario rascándome distraidamente la nuca. Del interior del
armario (que era casi tan grande como el dormitorio) saque un pañuelo azul
borneo, con el que me rodee el cuello, intentando que tapara lo suficiente como
para estar tranquila.
Me quite los zapatos y me puse las
zapatillas de andar por casa. Eran unas viejas zapatillas de mi madre, y me
quedaban grandes, puesto que llevaba una talla 39 y esas eran una 41.
Mi móvil volvió a sonar y esa vez vi que
se trataba de Luck, el novio de Elizabeth. Lo fui leyendo hasta sentarme en la
mesa, sonde todo estaba dispuesto para proporcionar una comida agradable.
El mensaje decía:
¿Así
que haciendo enemigos? Alexia, Alexia, tendrías que empezar a salir con
nosotros más veces.
Has
cabreado bastante a Eli, creo que mañana se presentara en la Uni llevando el
cuchillo degollador de su padre (como se te ocurra decir “suegro”, te mato)
Para
que te quede claro, somos peor que un par de tortolitos, nosotros nos pasamos
largas noches en la cama sin dormir y largos días deseando que llegue la noche.
Hablamos
luego… y, solo para cabrearte, ES-TRE-LLI-TA
PD:
Dále recuerdos a Lucius, que estamos seguro que ahora está sentado a tu lado,
pidiéndote por favor, que escondas el móvil.
Cerré el móvil y miré a Lucius, Luck
tenía razón, me estaba pidiendo desde que nos habíamos sentado, que dejara “la
cosa” sobre la mesa para poder empezar a comer. Deje el móvil sobre la mesa y
miré a Lucuis con una sonrisa de disculpa.
-
Era
Luck –susurré, media hora más tarde, cuando empezábamos a
comer el postre; mil hojas de hojaldre y merengue rosa–. Te envía recuerdos y
ha sido gracias a él que haya dejado el móvil, porque te conoce muy bien y
sabía que ya estarías harto de esperar.
Empezó a reír a carcajadas y todo volvió
a ser como en los viejos tiempos, cuando papá y mamá vivían juntos. Pero mamá
murió y papá se retiró cerca de la costa donde siguió con su trabajo,
dejándonos en manos de nuestro tío, entonces murió, Lucius cumplió 18 años y se
hizo mi tutor legal.
Lucius chasqueo los dedos por delante de
mis ojos, dando a entender que mi mente había “volado”. Me volvió a preguntar
si estaba bien y yo, conteniendo las ganas de acariciarme el cuello, le dije
que sí, pero que me quería librar de las tareas de la casa porqué tenía que
preparar un trabajo.
Un poco preocupado susurró que estaba
bien, que ya se encargaría él de las tareas. Le di dos besos y salí de la
cocina para entrar directamente en el salón. Era espacioso, de paredes color
gris perla, con unas hermosas y antiguas molduras, blancas, pero con un leve
rastro de desconchamiento, por el paso de los años; suelos de tarima flotante,
de un pálido tono dorado, con dos sofás y un sillón de terciopelo negro de
estilo antiguo, delante de una televisión de pantalla plana. En un lado del
salón había un piano que había pertenecido al tío Orlow, un viejo gruñón que ya
estaba en brazos de Dios. En el otro lado, dos puertas de cristal ornamentado
se alzaban imponentes, dando paso al balcón que rodeaba todo el apartamento.
Tras dejar el salón, y por el camino
coger un caramelo de dentro del tarro victoriano que me había regalado Jessy,
entré en un alargado pasillo de paredes pintadas de color crema. Desde ese
pasillo se podía acceder al cuarto de invitados, el cuarto de Lucius, el de mí
difunto tío y el mío, al fondo del todo.
Entré en mi habitación y di tres pasos,
mirando las pálidas paredes color cielo. Cerré la puerta con mucho cuidado de
no hacer ruido mientras me quitaba el pañuelo y anduve un poco más. Al pararme
cerca de la cama, una cama de matrimonio, con sabanas de seda roja, me dejé
caer soltando un sonido ronco parecido a un gimoteo y noté como algo se me
clavaba en el muslo. Metí la mano dentro del bolsillo sintiéndome extraña, como
si tuviera un deja-vu y saque un pos-it amarillo que estaba doblado por
la mitad. Lo desdoble y vi aparecer una lenta que ya conocía de memoria.
Mi
número es el 626748222, lo digo por si algún día decides llamarme. Te quiero
mañana a las siete en la clase. Dimitri.
Hice una bolita con el pos-it y lo lancé
hacia la otra punta de la habitación. Rebotó contra el estante y cayó cerca del
cubo de la basura. Solté un bufido y me levanté para poco después, agacharme y
recoger el condenado pos-it.
Lo observe fijamente y al final lo deje
sobre la mesa. <<Va a ser bueno
tener su numero para cuando necesite ayuda con algún trabajo –pensé mientras
me mordía el labio inferior. Entonces caí en la cuenta de que eso era una
completa estupidez ¿Pero que estoy pensando? ¿Yo? ¿¡Necesitar ayuda de ese
sádico?! ¡Nunca!>> Volví a coger la
nota y la lancé definitivamente.
Ya un poco más calmada, cogí el MP5, que
se encontraba sobre la mesilla de noche y me puse los cascos para mantenerme
distraída mientras buscaba el material para realizar el trabajo.
I’m holding on your rope/ got me ten feet off the ground/
and hearing what you say/ but I just can't make a sound/ you tell me that you
need me/ then you go and cut me down/ but wait…/ Tell me that you're sorry/
didn’t think I'd turn around/ you Say hey…/ It's too late to apologize, / it’s
too late/ said it's too late to apologize, / it's too late.
Mientras
sonaba esa canción de One Republic, puse sobre la mesa toda la información que
había estado redactando anteriormente, las imágenes y una cartulina azul
borneos, que había adornado haciendo unos márgenes con papel verde coral, una
maravilla. Me senté y empecé a acabar de arreglar las cosas, sumiéndome
completamente en mi mundo paralelo.
Horas
más tarde, muchas, pues había empezado a oscurecer, Lucius llamó a la puerta
indicándome que era hora de cenar. Dejé el trabajo a un lado, listo para
entregarlo y me volví a rodear el cuello con el pañuelo azul.
Me
senté en la mesa mientras Lucius disponía la mesa y la música sonaba del salón.
Se sentó y estuvimos en silencio la mayor parte del tiempo. Mientras comíamos,
solté un suspiro y miré por la ventana que había a mi lado. Era noche cerrada y
las luces de la ciudad le devolvían la vida. La Luna menguante dominaba el
firmamento y las estrellas titilaban alegremente, se veían poco, pero para mí
era sufi-ciente, puestos que era capaz de verlas.
Mi
móvil sonó dentro del bolsillo y me excusé con mi hermano para cogerlo. Después
de haberme mirado como diciendo “ni se te ocurra coger ese trasto, sea quien
sea, puede esperas”. Asintió con la cabeza y miré quien me molestaba a esas
horas.
Era
un número que me era completamente desconocido y me sorprendí hasta el punto de
que abrí el mensaje para cotillear un poco. En el decía:
Te
quiero mañana temprano, abrígate un poco, ya que iremos al lago; estoy casi
seguro de que ese reptil, aún está por allí.
Estrellita,
descansa, lo vas a necesitar.
Abrí
la boca consternada y antes de que se me escapara un grito de indignación me
tapé la boca y cerré el móvil, dejándolo a un lado como si se tratara de un
bicho. ¿Cómo era posible que el profesor supiera mí número?
Cuando
miré la mesa, vi que Lucius ya la había limpiado y que sobre la encimera, había un poco de pastel de chocolate,
seguramente se lo había llevado del seminario donde practicaba para policía.
-
¿Postre
pequeñaja?
-
Quiero
pastel –hizo la típica mueca de “yo no te doy de mi pastel”
y no pude evitar echarme a reír.
Me
entregó un trocito de pastel y en dos mordiscos grandes, había desaparecido. Me
lamí los dedos y miré a mi hermano con una radiante sonrisa de chica enamorada.
Eso hizo que él también sonriera. Me tenía bien calada, porque mí punto débil
eran los dulces.
Salimos
de la cocina y Lucius ocupó su sillón con un café en la mano y yo me senté en
el piano, dispuesta a empezar a tocar. Cada noche de jueves, tocaba alguna
cosita para quitárme las tenciones del cuerpo y “fusionarme” con la oscuridad.
Estiré
los dedos, conté hasta tres mentalmente y empecé a tocar, haciendo memoria de
todas las notas de Marcha Fúnebre, de Chopin.
Toque,
poniendo todas las emociones en las notas, pero al cometer un pequeño fallo de
concentración, dejé de tocar y me levanté mientras cerraba la tapa y miraba a
Lucius, que estaba sentado leyendo tranquilamente. Al darse cuenta de que había
dejado de tocar, levantó la mirada del enorme tomo que sostenía sobre una mano
y sonrió:
-
Ha
estado muy bien pequeñaja, pero recuerda que, es una nota inferior
a la que has tocado tú, sigue así y veras que pronto te saldrá a la perfección.
Él
estaba equivocado, no necesitaba practica, solo necesitaba calma para que las
notas salieran solas sin equivocaciones.
Me
levanté y desespérese como un gato, y fue entonces cuando oí un maullido
procedente de la cocina. Kira, se me había olvidado que existía mi
pequeña. Me dirigí hasta la cocina, y
cuando mi gatita me vio franquear el umbral, se me pegó a las piernas y empezó
a ronronear. Era una gata de bosque noruego, con el pelaje atigrado de tonos
ocres, ojos felinos y redondos de un verde enigmático y por último, y no menos
importante, unas orejas pequeñas y muy sensibles que iban de perlas con su
esbelto y pequeño cuerpo.
Cuando
me vio servirle la comida, dejo de pegarse a mis piernas y se lanzó rauda hacia
su Vol., balanceando la cola un poco enfadada.
<<Tardona –refunfuño Kira
con su encantador tono gatuno ya pensaba que me iba a quedar sin comer>>
-
Lo
siento –le rasqué la oreja y esa vez movió la cola alegremene
de un lado al otro–. Es solo que me había olvidado que existías.
Kira
dejó de comer y se giró para mirarme, con enormes pupilas negras contrastadas
con el verde.
<<¿Te habías
olvidado de mi? –por
extraño que fuera, el tono de voz de Kira estaba cargado de incredulidad y una
pizca de enfad.– ¿De mi, tú alma gemela? ¡Ya me estas diciendo de quien
estas enamorada Alexia! –rugió enfurruñada, mientras se le erizaba el pelo
del lomo y estiraba una suave patita para rozar mi mano>>
-
No
estoy enamorada, cosita hermosa, es solo que estoy cansada, tengo que levantarme más temprano de lo normal
mañana, entregar un trabajo y además, tu eres la que hoy no me ha venido a
visitar. Así que no me rechistes y come. Cuando acabes ven, me voy a dormir ya.
Kira
ronroneo en respuesta, se desesperezó, estirando con gracia su fiero cuerpo; y
volvió a ponerse con el bol que se acababa con rapidez.
Salí
de la cocina y fui a darle el beso de las buenas noches a mi hermano, pero este
estaba completamente dormido. Le quité las gafas y las deje sobre la mesilla.
Con ternura acaricié su radiante pelo castaño, que estaba un poco revuelto; y
me fui de puntillas, sin hacer ruido.
En
la habitación, me tumbé en la cama tras dejarlo todo bien preparado y antes de
quedarme dormida, Kira se tumbó sobre mis piernas ejerciendo una presión sobre
ellas. Entonces un retorcido pensamiento me invadió el cerebro… Quería que
fuera Dimitri quien causara ese peso sobre mí. Enrojecí ferozmente, me tapé la
cara con las manos e intenté sumirme en un sueño “blanco”.
Ari :D Me encanta, mucho mejor que la anterior, mejojras rápidamente, me encanta en serio :))
ResponderEliminarJajajajajaj muchas gracias. Besos :)
EliminarEsta muy bueno el capitulo, me gusto mucho y el profesor me da risa jajaja, la ranita ains que mona y el hermano *----------* jajajaja bueno sigue si? un besito
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