martes, 1 de octubre de 2013

Capítulo 1

Capítulo 1










El timbre indicando que las clases iban a empezar sonó, diez segundos después de que hubiera ocupado mi lugar y dejado el informe de “Lo Extinto” sobre la mesa del profesor, la cual estaba casi vacía, a no ser que se contara un informe parecido al mío, pero más pequeño. Había estado casi dos semanas para hacerlo, llenando más de cien hojas, llamando a distintas fundaciones y protectoras de animales e incluso un laboratorio ecológico; y me sentía muy orgullosa de el, solo esperaba que el profesor, quien siempre, por algún motivo que desconocía, me trataba como si fuera un bicho; opinara lo mismo. Como no fuera así, me iba a indignar de tal forma, que me pondría a gritarle que era un gilipollas y mil sandeces más, mientras el trabajo volaba por el laboratorio –humor de familia.

Los alumnos fueron llegando lentamente, algunos bostezando, otros mandando los últimos mensajes con el móvil, aún que tuvieran planeado seguir usando el móvil durante toda la clase; y algunos pocos llevando cascos y estando sumidos en sus mundos, mientras la música a todo volumen les perforaba los tímpanos, el mundo era extraño y en él podíamos encontrar de todo. Y tenía un claro ejemplo de ello, ya que incluso una chica, la más alta, más ruda y más fuerte, entró blandiendo un mosquete de su club de esgrima.

La clase de biología y genética, también conocida como “El Infierno”, por todos los alumnos que no asistían a ella, se lleno de gente rápidamente, ocupando el lugar que les tocaba. La mayoría eran repetidores, catetos o “amantes” de WWF. Decía amantes entre comillas, porque algunos de ellos estaban obligados por causas familiares, así que no lo hacían de buena fe. También podíamos encontrar un club de fans para el profesor, constituido por cinco chicas de la clase, un chico: el único que había sido capaz de admitir que estaba locamente “enamorado” del profesor; y diversas chicas de otras clases y cursos, creado el primer día, tras ver aparecer al profesor por la puerta, un hombre muy joven y apuesto, demasiado ligón, eso fue lo primero que pensé al verlo. Mi caso no era ninguno de los anteriores, yo era hija de uno de los biólogos marinos más reconocidos por todo el mundo, un hombre de agua y además, también era la estrella de la universidad. Y solo para que quedara claro, yo no pertenecía al club de fans y nunca lo iba a hacer, aún que ya me habían pedido un montón de veces que me uniera, pero siempre les decía: No, gracias, –mientras ponía una sonrisa de disculpa en mi rostro. Y todo eso ocurría porque yo realmente…
 


La puerta se cerró una última vez, dejando paso a Dimitri, joven, sexy y rico, la persona que más odiaba. Detestaba. Aborrecía: el profesor de biología. Engreído e inteligente, un pecado viviente, tanto para las mujeres, como para los hombres… y el lo sabía.

Se sentó en su mesa, cruzando las piernas y con penetrantes ojos castaños y lagunas de negro, nos observo a todos atentamente, pasando lista sin necesidad de palabras. Con un movimiento sexy y metódico, se pasó la mano por su perfectamente despeinado pelo caoba y taladró con la mirada a cinco de las seis chicas de la clase, haciendo que rieran tímidamente. Luego me miró a mí. No me gustaba que se cruzaran nuestras miradas, porque cada vez que pasaba, mi cuerpo se llenaba de escalofríos; así que aparté violentamente la mirada, en señal de odio, y lo miré cuando dejo de mirarme, él estaba sonriendo, como no. Al ver mi informe sobre su mesa, esbozo una radiante sonrisa de dientes blancos. Si no hubiera sido porque era la única que no estaba enamorada de él, me hubiera hecho derretir, ya que era el hombre más acojonadamente sexy que nunca había conocido. Cogió una tiza con una fuerte mano dorada y con trazos lentos y hermosos escribió: <<La Rana de Pecho Dorado>>

-        Bien alumnos –su sensual voz retumbó por todo el laboratorio,N haciéndome temblar. Dios, como lo detestaba cuando se creía el mejor del mundo os tengo que encomendar una pequeña tarea, algo que algunos de vosotros, los que queráis seguir la carrera de biología, tendréis que hacer –con cuidado puso una caja de plástico sobre la mesa y de su interior, desde donde me encontraba yo, pude vislumbrar diez pequeñas y doradas ranas –.

>>Aquí están ellas, las ranas de pecho dorado, ranas muy extrañas en la gran ciudad y tiendas especializadas, pero muy comunes en la América Amazónica. tendréis la tarea de estudiar la anatomía de estas pequeñas ya que según muchos estudios, es un anfibio muy extraño, porque su temperatura es superior a los datos estudiados –en un susurro casi inaudible para el oído humano dijo –: Mientras, yo estudiare otro tipo de anatomía.

Gritos de miedo se elevaron por parte de las chicas y gritos de euforia por parte de los chicos. Estos últimos estaban tan emocionados, que se levantaron, aplaudiendo y vitoreando a Dimitri. Yo fui la única que me mantuve callada, con la vista firmemente clavada en los saltones ojos de una de las ranitas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y entendí por que; esa iba a ser la pobre ranita que me tocaría a mí –un pequeño e insignificante ser que no había echo nada a nadie, salvo nacer y dejarse capturar por un par de idiotas que poco entendían sobre la vida y se arriesgaban a morir a causa de mordidas de serpientes venenosas o devorados por animales salvajes; solo para ganar unas míseras monedas, que luego perdían bebiendo como cosacos en cualquier bar –.

El profesor fue llamando a cada alumno, entregando entre risitas las ranas a las chicas y susurrándoles que no temieran, que él las protegería, –cuando realmente tenían que protegerse de él– y entonces les palmeaba un poco el culo. Ellas no decían nada y una de cada dos que él llamaba, hacían lo posible para que la mano de él subiera un poco más –cosa que ninguna lograba, pues parecía tener los limites bien marcados–.

Cuando me llamó a mí, no aparté la mirada de la indefensa ranita, que se había quedado paralizada por el terror. Era la última que quedaba, las otras estaban en las puertas de la muerte. Me miró con sus saltones ojos, y trago en seco; se estaba secando a medida que su temperatura aumentaba. Algo natural y siniestro.

Dimitri me miró sin entender nada y me la entregó con ceremonidad. Tras entregármela, alargó la mano, dispuesto a palmearme a mí también, pero la aparté de un manotazo, con asco en el rostro y el me miró sorprendido, mientras una sonrisa extraña despertaba en sus perfectos labios rosados; era una sonrisa retadora, llena de promesas oscuras y lujuria. Sus ojos brillaron como si estuviera observando a una presa y aparté la mirada. Ese profesor me estaba dando arcadas, odiaba a los hombres como él, y siempre lo iba a hacer, me recordaban demasiado a Jack, y nunca, jamás, iba a confiar en alguien igual que él.

Volví a mi sitio y me giré un segundo para saludar a Saba, quien acababa de llegar, atándose su largo y rizado pelo en una cola alta; momento justo para ver como Dimitri se relamía el labio inferior mientras miraba el contoneo involuntario de mis caderas.  Un escalofrío me volvió a recorrer el cuerpo, pero esa vez perduro y se quedo anclada en mi espalda, haciéndome temblar de ira. Me había equivocado con él, él era peor que Jack. Mucho peor. Mucho más repulsivo y calculador. La pequeña ranita tembló en mis manos y volví a ponerme a andar, intentando que no se me movieran las caderas.

<<Yo también lo he visto, crok, es repulsivo. Cree que por estar bueno y ser poderoso, podrá tirarse a todas las chicas, crock. Pero se equivoca, crok, porque usted no es como las otras>>

<< ¿Sabías que te entiendo? –la miré emocionada, había entablado una xarla con pocos animales, solo con mí gata y algunos perros y roedores que encontraba en la calle. Siempre los solía escuchar manteniendo el silencio, manteniendo mi don y maldición en secreto, algo que había descubierto a los ocho años tras sufrir un accidente>>

<<Todo el mundo animal la conoce, yo no soy una excepción, “cuidadora”>>

Empecé a reír con ternura y miré otra vez por detrás de mis espaldas. Por suerte, nadie se había dado cuenta de ello. Dimitri había vuelto la vista a la pizarra y estaba escribiendo unos apuntes para realizar la práctica.

<<Tranquila, no te haré nada, no pienso permitir que un engreído como él me de ordenes, solo porque es poderoso como tu has dicho, no me va a obligar a matar a una de las mías>>

Me senté al segundo siguiente de hacer esa promesa y clavé la vista al frente, apuntando todo lo de la pizarra con lentitud. Durante los treinta minutos que siguieron a ello, me dedique a tantear el terreno e intentar que los gritos de dolor de las otras ranas no me afectaran. Todas ellas fueron dejando de gritar a medida que se les escapaba la vida entre sus membranosos pies.

Cuando faltaban diez minutos para que el timbre final sonara, todas las miradas de empezaron a clavar en mí.

Moví nerviosamente mis piernas desnudas por debajo de la mesa del laboratorio, aparentando serenidad, aún que en mi espalda había vuelto el temblor y me sudaban las manos.

Tenía que hacer algo, cualquier cosa para distraerlos el tiempo suficiente como para poder salvarla.

Dimitri se me acercó por detrás y miró por encima de mi hombro, observando seriamente a la ranita que estaba tranquilamente sentada sobre una cama que le había improvisado con un trozo de cotón que había encontrado dentro de mi mochila.

-        Y bien Estrellita ¿vas a abrir hoy a la rana, o esperamos que pasé más tiempo? Podemos espetar, tenemos toda la eternidad, pero como antes acabes con esto, antes nos podremos ir todos.

Busqué una excusa y dije lo primero que se me cruzo por la cabeza, sin tiempo de meditarlo mucho:

-        No me encuentro muy bien, necesito ir al baño, ya sabe profesor, problemas femeninos.

<<Métete dentro del bolso rojo que hay dentro de la mochila cuando nadie te vea, yo lo cogeré ya que acabo de decirle al profesor que tengo la regla, siendo un hombre de tantas mujeres, seguro que sabe de que le estoy hablando>>

-        Entiendo, puedes ir, pero necesitaré que vuelvas ya que tenemos que hablar además, tendrás que devolverme la nota de salida.

<<Esta bien, ahora me esconderé –mientras Dimitri me observaba, la pequeña rana entró en mi mochilas gracias, “cuidadora” –asentí sin que nadie se diera cuenta>>

Dimitri se apartó para que pudiera levantarme y me entregó un papel certificando que tenía permiso para vagar a mi aire por el campus, sin salir de él.

Cogí el bolso rojo y lo puse protectoramente sobre el pecho, sin apretar. Anduve con paso decidido hasta salir del laboratorio. Cerré la puerta detrás de mi espalda y solté un suspiro. Al fin libre y sin estar sometida a la penetrante mirada de ese hombre.

Empecé a andar y al tomar la primera curva que me ocultaba de miradas curiosas, empecé a correr hacia el exterior como si un grupo de perros del infierno me persiguieran, entreabriendo las fauces de horrendos dientes amarillentos, con baba translúcida y soltando aullidos potentes y tenebrosos. Ya fuera, sabiendo que nadie me podía ver, anduve tranquilamente y antes de que me diera cuenta, me estaba adentrando en la espesura del bosque que rodeaba la universidad.

Seguí andando pensando que podrían haber significado las últimas palabras de Dimitri “Ya que tenemos que hablar”. Un escalofrío me recorrió la espalda, ¿qué podía ser tan importante como para que solo me lo pudiera decir en horas fuera de clase?

Al cabo de pocos minutos me detuve en mitad de una clariana de verdes pastos moteados de blanco. En mitad de dicho lugar, se extendía majestuosamente, un profundo lago de aguas cristalinas, con nenúfares flotando alegremente.

Cogí la ranita con manos temblorosas y la deje con cuidado sobre el suelo. Ella me miró una última vez, me dio las gracias mientras me advertía que fuera con mucho cuidado con Dimitri y se adentró en las profundidades del lago, haciendo algo semejante a chof –chof

Solté un suspiro y me dejé caer al suelo como un peso muerto. Al cabo de un tiempo miré el reloj, faltaban dos minutos para que sonara el timbre, pero iba a disfrutar del tiempo libre que había robado. Cerré los ojos y me dedique a oír los sonidos del lago. Los gorgoteos de las ranas, las entretenidas charlas de las ocas que estaban de paso por allí, los suspiros de aburrimiento de los renacuajos, los gritos de algunas cigarras que estaban a punto de desaparecer de la faz de la tierra sin ellas saberlo…

Estuve tranquila hasta que en la lejanía oí el timbre indicando el final de la jornada lectiva sonar. Esperé unos segundos antes de levantarme y al hacerlo empecé la marcha, levantando la curiosidad de todos los animales que había estado oyendo. Anduve arrastrando los pies hasta detenerme delante de las imponentes puertas de entrada. Detrás de ellas no se veía a nadie más a parte de las mujeres de la limpieza que se afanaban a acabar el trabajo para poder volver a sus casas y seguir la vida tal y como la conocían. Entré y seguí adelante saludándolas, dos cabezas rubias se giraron en mi dirección para saludarme a la vez y una de las dos, una anciana de ojos azules, me miró con pena, como presenciando algo malo. Anduve hasta detenerme delante de las puertas cerradas del laboratorio.

Puse una mano sobre el pomo dispuesta a abrir la puerta y entonces logré oír un sonido quedo proveniente del interior. Se trataba de un gemido contenido, proferido por parte de una mujer. Tomé una profunda bocanada de aire y volví a oír un gemido al cabo de pocos segundos, sonaba agudo y lleno de placer.

Me preparé mentalmente para lo que iba a presenciar –sin llegar a estar preparada– y abrí la puerta de un tirón. La imagen que presencie hizo que se me removiera el estomago. Edith, una de las pijas de la universidad, estaba sentada sobre la mesa del profesor, con las piernas completamente abiertas, dejando espacio para el perfecto cuerpo de Dimitri, que mantenía las manos sobre la cinturilla de los ajustados mini-shorts que llevaba ella puestos. Había perdido la corbata y un botón de su inmaculada camisa blanca, había sido arrancado y depositado cerca de la caja de las ranas. Edith volvió a gemir cuando el cuerpo de Dimitri se pegó más al suyo y tuve que hacer un gran esfuerzo para contener una arcada.

Se me escapo un suspiro de frustración y estres al ver como ella ponía las manos sobre el bien puesto culo del profesor. Visto de esa forma… tenía un culo asombroso. Sacudí la cabeza para quitarme ese perverso pensamiento de la mente y me volví con cuidado hacia el umbral de la puerta, pero entonces  perdí el equilibrio y estuve a punto de caer; eso hizo que soltara un grito entrecortado. Los dos, alumna y profesor, se giraron al mismo tiempo para observarme con ojos inquisitivos.

-        Vaya –murmuró Dimitri pegando una vez más los labios al moreno cuello de Edith, su voz sonaba perturbadoramente oscura se me había olvidado que teníamos que teníamos que hablar Estrellita –me miró con los ojos llenos de lujuria y noté algo extraño en la forma en como recorría de arriba a bajo mi cuerpo, como dándome nota. Y por la sonrisa que apareció en sus labios, entendí que me había aprobados. Espera unos segundos –volvió a clavar la mirada en Edith, que lo miraba con suplicantes ojos verdes seguiremos luego ¿te parece, preciosidad? –ella no dijo nada, pero se alejó de la mesa muy erguida y al pasar a mí lado, me envió una sonrisa heladora, cargada de ira y celos. Salió del salón de clase balanceando sus anchas caderas y casi dejando su negro pelo enganchado en el pomo, cerró la puerta dando un brusco portazo. Genial, ya había logrado que me odiara. ¿Por qué tenía que importarme? Eso era bueno.

Miré a Dimitri que miraba claramente divertido la escenita de celos que acababa de demostrar su alumna y con dedos ágiles, se arreglo la camisa, como si fuera una costumbre.

Esperé a que dejara algo, lo que fuera, pero se mantuvo en silencio, observándome mientras sus labios perfectos y rosados adoptaban la sonrisa de Mona Lisa. Seguí esperando, pero él siguió callado, y cuando vi que sus ojos se paraban en mis pechos, mirándolos lacsivamente, me los protegí protectoramente, haciendo que soltara una carcajada y empezara a hablar.

-        ¿Dónde está la rana?

-        Yo no tengo ninguna rana, profesor –murmure friamete– ella ha escapado –con cuidado me acaricié el brazo y Dimitri siguió el movimiento hipnotizado.

Después de meditarlo mucho, siguiendo recorriendo mi cuerpo con la mirada, soltó, como si fuera una cosa sin importancia:

-        Tienes una bonita anatomía Alexia.

Enrojecí ferozmente y me volví a cubrir el cuerpo con la mano, notando como un escalofrío me recorría la espalda.

-        ¿Me estas acosando? –mi voz salió chillona y entrecortada sí es así, avisaré a la policía.

El rostro de Dimitri adoptó una sonrisa oscura y tenebrosa, y me di cuenta, por las reacciones de su cuerpo, que estaba realmente muy enfadado. Mierda, daba miedo.

Movió velozmente una mano y me agarró las muñecas, mientras me estampaba contra la pared dolorosamente. Tuve que cerrar los ojos a causa del dolor y pocos segundos después el rostro de Dimitri se pegó a mi cuello. Aspiró con fuerza y soltó un gemido.

Me moví nerviosa y noté como algo me tiraba levemente de la piel. Me di cuenta casi al instante, que ese “algo”, en realidad eran dientes. Dimitri presiono mucho su cuerpo al mío, y tuve que contener un gemido de horror al notar la dureza de sus pantalones contra mi vientre.

-        No te asustes Estrellita –levanto los ojos de mi pecho donde se habían quedado anclados–. Es solo que vas tan escotada que a cualquiera, sobre todo hombres, desearían tenerte así como te tengo yo –puso las manos a cada lado de mi cabeza e incino el rostro hasta pegar los labios contra mi oreja atrapada.

-        No estoy atrapada, me puedo liberar cuando quiera –intenté sonar desafiante, pero sabía que era una idiotez por mi parte, que él me tenía atrapada como una rata de laboratorio.

-        Estas peleona hoy ¿eh, Estrellita?

-        Deja de llamarme “Estrellita”, me llamo Alexia, Alexia Marie Marroway. Recuérdalo bien profesor y... –lo miré desafiante una vez más– suelteme, me estoy haciendo daño.

-        Esta bien, esta bien –me soltó– y solo para que quede claro, Alexia –pronuncio mi nombre como si fuera un caramelo que necesitaba masticar y saborear mucho– si te estuviera acosando, no saldrías vestida de esta clase.

-        Cabrón de mierda –murmuré para mis adentros, lo más bajo que me fue posible.

Pareció ser que mi susurro pasó inadvertido para él, porque pro-siguío con su discurso.

-        Bueno, Alexia, mañana te quiero aquí a primera hora. Ese será tu castigo por haber perdido una rana tan valiosa –su voz se llenó de seducción y sus ojos de lujuria. Él decía la verdad, iba a tener mucha suerte de salir de esa clase con las bragas puestas.

Cerré las manos en dos puños y asentí con la cabeza. Dimitri señaló la puerta con un largo y pálido dedo, se sentó en la silla que había detrás de su mesa y sacó del cajón una revista. Estaba casi segura de saber que contenía ella. Me giré y salí de la clase manteniendo la cabeza en alto, sin mostrar temor alguno, aún que por dentro estaba muerta de miedo. Oí una carcajada procedente de la clase y maldije, no necesitaba que ese gilipollas se diera cuenta de lo cagada que estaba. Gi-li-po-llas, sí, lo había llamado GI-LI-PO-LLAS.

Cerré la puerta detrás de mis espaldas y empecé a correr sintiéndome extraña, sobre todo, en el lugar donde él había apoyado los labios.

Salí al exterior, me recosté contra la pared y con recelo busqué el espejo de mano que siempre llevaba encima –en mi bolso nunca iba a faltar eso y el spray contra violadores. Enfoqué el espejo hacia el lugar que me dolía y a duras penas pude contener un grito ¡el cabrón de mierda, hijo de su madre, me había dejado un chupetón tan morado como el esmalte de mis uñas!

Volví a meter la mano dentro del bolso y desesperada busqué algo con lo que poderme cubrir la marca ¡como mi hermano la viera se iba a desatar el infierno en la Tierra! Seguí buscando, pero no encontré nada, así que lo único que se me ocurrió fue soltarme el pelo de la cola de caballo y que este se esparciera libre sobre mi espalda. Me llegaba casi por la cintura, así que podía estar segura de que no se iba a notar nada. O eso esperaba…

Emprendí la marcha y el móvil en mi bolsillo empezó a vibrar. Lo cogí y vi que había recibido un mensaje de Elizabeth. Empecé a leer y me puse a reír con solo leer la primera frase:

 

¿Qué quería ese pervertido/don Juan, del profesor Dimitri?

Espero que no te haya tocado, todos tus colegas los conocemos perfectamente.

Bueno, ya me avisaras. Luck y yo estamos donde siempre, por si quieres venir a visitarnos. Xo, xo.

 

Pulse en la tecla de reenviar y con dedos veloces y sin prestar atención a las faltas de ortografía, empecé a escribir:

 

Ese pervertido solo quería echarme un “sermón” por haber perdido a la rana de la práctica. Nada de mucha importancia.

Puedes ir preparando el cuchillo carnicero de tu padre, porque el pervertido me ha… dejado un chupetón enorme en el cuello. Ya lo veras mañana, porque creo que estará por allí un tiempo a la vista.

Me encantaría quedar con vosotros tortolitos, pero tengo que hacer un trabajo de música y encima, el profesor cabrón, me ha dicho que tengo que ir a la universidad más temprano.

¿Te lo imaginas? Yo allí a las seis y media de la mañana… ¡uf! Que dolor de cabeza solo de tener que pensar en ver ese tío tan temprano. Nos mantenemos en contacto. Xao.

 

Antes de que me diera cuenta, ya me encontraba delante de la puerta de mi apartamento. Bueno, mío no, de mi hermano, aunque antes había pertenecido a nuestro tío. Abrí la puerta esperando que Lucius no se encontrara en casa, pero es no fue mi suerte. En el mismo momento que oyó la puerta ser cerrada, salio de la cocina, blandiendo una cuchara de madrea. Se me acercó sonriendo y me abrazó con fuerza. Cuando me soltó, me volví a poner el pelo sobre el cuello.

-        ¿Qué tal ha ido el día pequeñaja? –me miró con sus radiantes ojos marrones y se secó las manos en la camiseta negra que se le ceñía al cuerpo.

Mi hermano era uno de los hombres más apuestos que había visto nunca. Tenía unos treinta años, media casi dos metros, de pelo castaño como el mío, aún que un poco más oscurecido en las puntas, ojos de un marrón asombroso, que brillaban llenos de bondad, pestañas negras y tupidas, piel dorada, un cuerpo musculoso por dedicar cada día dos horas a ejercitarse y una voz, a la hora de leer cualquier cosa, asombrosa.

-        Bien… ¿qué hay para comes? –cambie rápidamente de tema, intentando que no notara lo nerviosa que me acababa de poner.

-        Tendrías que saberlo con solo olfatear un poco el aire pequeñaja, hoy tenemos tortelinis al queso azul y pastel de verduras hervidas.

-        Buena mesca –tosí con dramatismo, para dar énfasis a lo que estaba a punto de hacer –. Ahora vendré hermano, me duele un poco el cuello –volví a toser y me arquee dolorosamente –creo que lo mejor será que me lo vaya a cubrir.

-        ¿Estarás bien? ¿quieres que te traiga la comida y comes en la cama relajada?

-        Si, estaré bien y no, quiero comer contigo. Solo necesito reposar un poco, luego me encontraré de maravilla.

-        Ve tranquila entonces, mientras tanto, te prepararé un vasito de leche con miel. Es una mezcla milagrosa.

Con un leve asentimiento, di gracias por la oferta mientras la aceptaba, y me fui a la habitación. Allí deje la mochila y me acerque al espejo; mi reflejo me devolvió la imagen de una Alexia sonrojada y con una marca morada y perfecta en mitad del cuello. Al verla solté un suspiro y fui al armario rascándome distraidamente la nuca. Del interior del armario (que era casi tan grande como el dormitorio) saque un pañuelo azul borneo, con el que me rodee el cuello, intentando que tapara lo suficiente como para estar tranquila.

Me quite los zapatos y me puse las zapatillas de andar por casa. Eran unas viejas zapatillas de mi madre, y me quedaban grandes, puesto que llevaba una talla 39 y esas eran una 41.

Mi móvil volvió a sonar y esa vez vi que se trataba de Luck, el novio de Elizabeth. Lo fui leyendo hasta sentarme en la mesa, sonde todo estaba dispuesto para proporcionar una comida agradable.

El mensaje decía:

 

¿Así que haciendo enemigos? Alexia, Alexia, tendrías que empezar a salir con nosotros más veces.

Has cabreado bastante a Eli, creo que mañana se presentara en la Uni llevando el cuchillo degollador de su padre (como se te ocurra decir “suegro”, te mato)

Para que te quede claro, somos peor que un par de tortolitos, nosotros nos pasamos largas noches en la cama sin dormir y largos días deseando que llegue la noche.

Hablamos luego… y, solo para cabrearte, ES-TRE-LLI-TA

PD: Dále recuerdos a Lucius, que estamos seguro que ahora está sentado a tu lado, pidiéndote por favor, que escondas el móvil.

 

Cerré el móvil y miré a Lucius, Luck tenía razón, me estaba pidiendo desde que nos habíamos sentado, que dejara “la cosa” sobre la mesa para poder empezar a comer. Deje el móvil sobre la mesa y miré a Lucuis con una sonrisa de disculpa.

-        Era Luck –susurré, media hora más tarde, cuando empezábamos a comer el postre; mil hojas de hojaldre y merengue rosa–. Te envía recuerdos y ha sido gracias a él que haya dejado el móvil, porque te conoce muy bien y sabía que ya estarías harto de esperar.

Empezó a reír a carcajadas y todo volvió a ser como en los viejos tiempos, cuando papá y mamá vivían juntos. Pero mamá murió y papá se retiró cerca de la costa donde siguió con su trabajo, dejándonos en manos de nuestro tío, entonces murió, Lucius cumplió 18 años y se hizo mi tutor legal.

Lucius chasqueo los dedos por delante de mis ojos, dando a entender que mi mente había “volado”. Me volvió a preguntar si estaba bien y yo, conteniendo las ganas de acariciarme el cuello, le dije que sí, pero que me quería librar de las tareas de la casa porqué tenía que preparar un trabajo.

Un poco preocupado susurró que estaba bien, que ya se encargaría él de las tareas. Le di dos besos y salí de la cocina para entrar directamente en el salón. Era espacioso, de paredes color gris perla, con unas hermosas y antiguas molduras, blancas, pero con un leve rastro de desconchamiento, por el paso de los años; suelos de tarima flotante, de un pálido tono dorado, con dos sofás y un sillón de terciopelo negro de estilo antiguo, delante de una televisión de pantalla plana. En un lado del salón había un piano que había pertenecido al tío Orlow, un viejo gruñón que ya estaba en brazos de Dios. En el otro lado, dos puertas de cristal ornamentado se alzaban imponentes, dando paso al balcón que rodeaba todo el apartamento.

Tras dejar el salón, y por el camino coger un caramelo de dentro del tarro victoriano que me había regalado Jessy, entré en un alargado pasillo de paredes pintadas de color crema. Desde ese pasillo se podía acceder al cuarto de invitados, el cuarto de Lucius, el de mí difunto tío y el mío, al fondo del todo.

Entré en mi habitación y di tres pasos, mirando las pálidas paredes color cielo. Cerré la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido mientras me quitaba el pañuelo y anduve un poco más. Al pararme cerca de la cama, una cama de matrimonio, con sabanas de seda roja, me dejé caer soltando un sonido ronco parecido a un gimoteo y noté como algo se me clavaba en el muslo. Metí la mano dentro del bolsillo sintiéndome extraña, como si tuviera un deja-vu y saque un pos-it amarillo que estaba doblado por la mitad. Lo desdoble y vi aparecer una lenta que ya conocía de memoria.

 

Mi número es el 626748222, lo digo por si algún día decides llamarme. Te quiero mañana a las siete en la clase. Dimitri.

 

Hice una bolita con el pos-it y lo lancé hacia la otra punta de la habitación. Rebotó contra el estante y cayó cerca del cubo de la basura. Solté un bufido y me levanté para poco después, agacharme y recoger el condenado pos-it.

Lo observe fijamente y al final lo deje sobre la mesa. <<Va a ser bueno tener su numero para cuando necesite ayuda con algún trabajo –pensé mientras me mordía el labio inferior. Entonces caí en la cuenta de que eso era una completa estupidez ¿Pero que estoy pensando? ¿Yo? ¿¡Necesitar ayuda de ese sádico?! ¡Nunca!>> Volví a coger la nota y la lancé definitivamente.

Ya un poco más calmada, cogí el MP5, que se encontraba sobre la mesilla de noche y me puse los cascos para mantenerme distraída mientras buscaba el material para realizar el trabajo.

 

I’m holding on your rope/ got me ten feet off the ground/ and hearing what you say/ but I just can't make a sound/ you tell me that you need me/ then you go and cut me down/ but wait…/ Tell me that you're sorry/ didn’t think I'd turn around/ you Say hey…/ It's too late to apologize, / it’s too late/ said it's too late to apologize, / it's too late.

 

Mientras sonaba esa canción de One Republic, puse sobre la mesa toda la información que había estado redactando anteriormente, las imágenes y una cartulina azul borneos, que había adornado haciendo unos márgenes con papel verde coral, una maravilla. Me senté y empecé a acabar de arreglar las cosas, sumiéndome completamente en mi mundo paralelo.

 

 

Horas más tarde, muchas, pues había empezado a oscurecer, Lucius llamó a la puerta indicándome que era hora de cenar. Dejé el trabajo a un lado, listo para entregarlo y me volví a rodear el cuello con el pañuelo azul.

Me senté en la mesa mientras Lucius disponía la mesa y la música sonaba del salón. Se sentó y estuvimos en silencio la mayor parte del tiempo. Mientras comíamos, solté un suspiro y miré por la ventana que había a mi lado. Era noche cerrada y las luces de la ciudad le devolvían la vida. La Luna menguante dominaba el firmamento y las estrellas titilaban alegremente, se veían poco, pero para mí era sufi-ciente, puestos que era capaz de verlas.

Mi móvil sonó dentro del bolsillo y me excusé con mi hermano para cogerlo. Después de haberme mirado como diciendo “ni se te ocurra coger ese trasto, sea quien sea, puede esperas”. Asintió con la cabeza y miré quien me molestaba a esas horas.

Era un número que me era completamente desconocido y me sorprendí hasta el punto de que abrí el mensaje para cotillear un poco. En el decía:

 

Te quiero mañana temprano, abrígate un poco, ya que iremos al lago; estoy casi seguro de que ese reptil, aún está por allí.

Estrellita, descansa, lo vas a necesitar.

 

Abrí la boca consternada y antes de que se me escapara un grito de indignación me tapé la boca y cerré el móvil, dejándolo a un lado como si se tratara de un bicho. ¿Cómo era posible que el profesor supiera mí número?

Cuando miré la mesa, vi que Lucius ya la había limpiado y que sobre la encimera,  había un poco de pastel de chocolate, seguramente se lo había llevado del seminario donde practicaba para policía.

-        ¿Postre pequeñaja?

-        Quiero pastel –hizo la típica mueca de “yo no te doy de mi pastel” y no pude evitar echarme a reír.

Me entregó un trocito de pastel y en dos mordiscos grandes, había desaparecido. Me lamí los dedos y miré a mi hermano con una radiante sonrisa de chica enamorada. Eso hizo que él también sonriera. Me tenía bien calada, porque mí punto débil eran los dulces.

Salimos de la cocina y Lucius ocupó su sillón con un café en la mano y yo me senté en el piano, dispuesta a empezar a tocar. Cada noche de jueves, tocaba alguna cosita para quitárme las tenciones del cuerpo y “fusionarme” con la oscuridad.

Estiré los dedos, conté hasta tres mentalmente y empecé a tocar, haciendo memoria de todas las notas de Marcha Fúnebre, de Chopin.

Toque, poniendo todas las emociones en las notas, pero al cometer un pequeño fallo de concentración, dejé de tocar y me levanté mientras cerraba la tapa y miraba a Lucius, que estaba sentado leyendo tranquilamente. Al darse cuenta de que había dejado de tocar, levantó la mirada del enorme tomo que sostenía sobre una mano y sonrió:

-        Ha estado muy bien pequeñaja, pero recuerda que, es una nota inferior a la que has tocado tú, sigue así y veras que pronto te saldrá a la perfección.

Él estaba equivocado, no necesitaba practica, solo necesitaba calma para que las notas salieran solas sin equivocaciones.

Me levanté y desespérese como un gato, y fue entonces cuando oí un maullido procedente de la cocina. Kira, se me había olvidado que existía mi pequeña.  Me dirigí hasta la cocina, y cuando mi gatita me vio franquear el umbral, se me pegó a las piernas y empezó a ronronear. Era una gata de bosque noruego, con el pelaje atigrado de tonos ocres, ojos felinos y redondos de un verde enigmático y por último, y no menos importante, unas orejas pequeñas y muy sensibles que iban de perlas con su esbelto y pequeño cuerpo.

Cuando me vio servirle la comida, dejo de pegarse a mis piernas y se lanzó rauda hacia su Vol., balanceando la cola un poco enfadada.

<<Tardona –refunfuño Kira con su encantador tono gatuno ya pensaba que me iba a quedar sin comer>>

-        Lo siento –le rasqué la oreja y esa vez movió la cola alegremene de un lado al otro–. Es solo que me había olvidado que existías.

Kira dejó de comer y se giró para mirarme, con enormes pupilas negras contrastadas con el verde.

<<¿Te habías olvidado de mi? –por extraño que fuera, el tono de voz de Kira estaba cargado de incredulidad y una pizca de enfad.– ¿De mi, tú alma gemela? ¡Ya me estas diciendo de quien estas enamorada Alexia! –rugió enfurruñada, mientras se le erizaba el pelo del lomo y estiraba una suave patita para rozar mi mano>>

-        No estoy enamorada, cosita hermosa, es solo que estoy cansada, tengo que levantarme más temprano de lo normal mañana, entregar un trabajo y además, tu eres la que hoy no me ha venido a visitar. Así que no me rechistes y come. Cuando acabes ven, me voy a dormir ya.

Kira ronroneo en respuesta, se desesperezó, estirando con gracia su fiero cuerpo; y volvió a ponerse con el bol que se acababa con rapidez.

Salí de la cocina y fui a darle el beso de las buenas noches a mi hermano, pero este estaba completamente dormido. Le quité las gafas y las deje sobre la mesilla. Con ternura acaricié su radiante pelo castaño, que estaba un poco revuelto; y me fui de puntillas, sin hacer ruido.

En la habitación, me tumbé en la cama tras dejarlo todo bien preparado y antes de quedarme dormida, Kira se tumbó sobre mis piernas ejerciendo una presión sobre ellas. Entonces un retorcido pensamiento me invadió el cerebro… Quería que fuera Dimitri quien causara ese peso sobre mí. Enrojecí ferozmente, me tapé la cara con las manos e intenté sumirme en un sueño “blanco”.
 
 
 
 
Me sostengo en tu cuerda,/ me mantiene a diez pies del suelo/ estoy escuchando lo que dices/ pero no puedo hacer ningún sonido/ tu me dices que me necesitas/ pero entonces llegas y me cortas/ pero espera…/ tu me dijiste lo siento/ no pensaste que me daría la vuelta/ y te diré…/ Es demasiado tarde para pedir disculpas,/ demasiado tarde/ he dicho que es demasiado tarde para pedir disculpas,/ demasiado tarde.
 
 

3 comentarios:

  1. Ari :D Me encanta, mucho mejor que la anterior, mejojras rápidamente, me encanta en serio :))

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  2. Esta muy bueno el capitulo, me gusto mucho y el profesor me da risa jajaja, la ranita ains que mona y el hermano *----------* jajajaja bueno sigue si? un besito

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