Capítulo 8
Era la cuarta vez… no, la quinta, que
me paraba delante del espejo en lo que llevaba de tarde, pues los nervios, que
me hacían malas pasadas, acababan instandome a hablar mucho, demasiado –hasta
quedarme sin voz–, a comer todo lo que
se me pusiera por delante, sobre todo dulces, chocolate y fresas de caramelo –estropeando
mi dura dieta–, romper cualquier cosa que encontrara en un ataque de histeria o
a andar de un lado al otro, soltando bufidos e estupideces que no eran
naturales en mí. Ese era el peor de los casos: el que me estaba tocando sufrir.
No era normal estar tan nerviosa, pues solo iba a cumplir veinticuatro años, y
ya antes había realizado fiestas espectaculares e importantes a la que habían
acudido muchas personas. Pero algo no iba bien… y no sabía que era. Me estaba
empezando a volver loca por la frustración ¿Qué otra respuesta podía haber?
Volví
a empezar a andar, murmurando para mis adentros, palabras sanadoras que en vez
de calmar, solo hacían que me pusiera más histerica por desconocer los motivos
de mis nervios. Podía haber muchos motivos por el repentino ataque de movimiento…
la cercanía de los examenes finales, el viaje que iba a realizar con Carolina,
una amiga de la infancia, a las playas de Miami para tomar un poco el sol y
ella visitar a su prometido; y lo que más me atormentaba: el último sueño que
había tenido. En el que una silla con esposas, fustas de madera y un ardiente
Dimitri con ceñidos pantalones de cuero, eran los protagonistas de susodicho
sueño.
Solté
un alarido mientras expiraba y le daba una patada a la pared. Contraida por el
dolor, me senté en el suelo y acaricié el pie que había sido torturado con el
golpe. Lo que me faltaba. Un negro cardenal empezó a azomar por la pálida piel
y yo aún no estaba ni preparada para la cena. ¡Qué maravilla! Las cosas no
podían ir peor.
Un
chirrido lacerante llegó hasta mis oidos y corrí hasta la ventana, estando a
punto de caer por la torpeza de mis pies, que ya no estaban sometidos a la
influéncia de los nervios, sino del miedo. El sonido que me había alertado
resultó ser el brusco derrapamiento de ruedas quemando asfalto. Pero era
imposible que fueran invitados de mi vigesimocuarto aniversario, pues la fiesta
no empezaba hasta la hora en que mi madre me trajo al mundo: las ocho de la
tarde. Pero para eso, aún faltaba una hora, tiempo suficiente para que me
pudiera arreglar. O había contado muy mal el tiempo. Clavé la mirada en el
reloj para estar segura de que aún eran las siete.
Volvi a mirar el coche, y me di cuenta, casi con pánico, que era un jaguar negro. Dos puertas del coche se abreron y de él salieron Dimitri y Angy, ambos pulcramente arreglados: Angy llevaba el vestido rojo con bordados de hilo plateado que se había comprado el último día en el centro comercial. Lucia joyas brillantes y del mismo tono que el vestido. El pelo, recogido con horquillas plateadas, caía en finas ondas por sus desnudos hombros. Dimitri, alzado cerca de ella, llevaba un traje que le quedaba como un guante, al igual que toda la ropa que se pusiera... negué con la cabeza y me recordé a mí misma la promesa que había echo después del engaño de Jack: NO VOLVERÉ A ENAMORARME JAMÁS DEL CHICO MALO. No era bueno hacerlo, o las cosas siempre acabarían muy mal para las enamoradas. Cosa que no entendía, porque los tíos siempre salian tan tranquilos de una mala ralación.
Me
separé de la ventana, cogí el vestido que reposaba sobre la cama y lo sostuve
delante de los ojos mientras de mi boca salian suspiros entrecortados. Lo volví
a dejar con mucho cuidado y me empecé a quitar la ropa interior, dejandola
desperdigada por el suelo. A mis pies quedaron las braguitas y el sujetador de
encajes naranjas.
Entré
en el baño sin necesidad de cerrar la puerta, me metí en la ducha y solo tuve
tiempo de llamar a Kira antes de que el agua cayera sobre mí como una cascada
helada, haciendo que se me herizara el vello de los brazos. Me froté el cuerpo
tranquilamente, disfrutando del dulce aroma a vainilla de mi champó favorito.
La ecencia de coco lo siguio y en la ducha, cree una mescla de aromas
asombrosa. Cuando hube acabado, quinze minutos más tarde, salí de la ducha, ande
tranquilamente hasta salir del baño sin llevar una toalla. No lo creía
necesario… Ese fue el peor error que nunca pude haber cometido, porque, sobre
mi cama, estirado todo lo largo que era, Dimitri me observaba mientras empezaba
a ruborizarse.
Antes
de que sudiera soltar un chillido, se abalanzó contra mí y me tapó la boca con
una mano y me chisto. Sus ojos llameantes, bajaron por todo mi cuerpo y se
quedaron anclados en mis caderas, sin la voluntad de seguir abanzando. O a lo
mejor era que no era capaz porque ya había visto más de lo que nunca le hubiera
dejado ver. Soltó un gemido ronco y me soltó mientras me lanzaba la ropa
interior nueva y sexy que Raquel me había obligado a comprar.
Tras ponermelo temblando como una hoja, él se me
acercó vacilante, mientras intentaba mantener la vista clavada en otro lugar,
menos en mi cuerpo. Caraspeó un poco exaltado, haciendo que diera un respingo,
se giro hacia la puerta y se fue por donde había venido sin soltar palabra, y
así, lentamente, el calor que se había instalado en el fondo de mi vientre fue
remitiendo hasta volverse un frío crudo y cruel… algo que rayaba el realismo…
Me había visto desnuda… Dimitri me había visto desnuda… y el muy canalla no
había murmurado ni una sola silaba. ¡Eso era indignante! Yo, si lo hubiera
visto en su total desnudez, seguramente habría soltado algún comentario mordaz
o me habría derretido sobre sus pies, pero él se había largado ¡se había
largado! Solté un grito de indignación y me dejé caér en la cama ¿tan poco
atractiva me había encontrado? ¿No disponía de los atractivos necesarios para
calentar un hombre hasta los extremos de hacerlo rogar? No, esa me parecía la
única opción, la más sensata. No era atractiva y no iba a poner duro a ese
hombre nunca.
Pero entonces oí algo que desee ver y no escuchar:
un gemido ronco y sensual pasó a través de las finas paredes de mi dormitorio,
procedente del baño que tenía justo al lado, y no pude evitar gemir a su vez,
notando una inminente liberación. La suya, no la mía, pues yo aún no estaba tan
exitada como para tener un orgasmo, pero como siguiera oyendo los sensuales
gemidos del hombre al que creía amar…
Arroyada por esos pensamientos tan patéticos, me
levanté veloz, cogí el vestido y me lo puse sin miramientos, gimoteando al
notar el roce de la tela contra la sencible piel de mis piernas. Suspiré y
acaricié la tela asustada. No quería que el vestido se rompiera, pero
necesitaba taparme para lograr sentirme segura. Necesitaba volver a poner mi
mundo particular en su estado original, pero no disponía del tiempo ni la
paciensia necesarias para lograrlo… estaba confinada a tener mi mundo del
reves.
Los gemidos cesaron en el mismo momento que Angy
entró en mi dormitorio, llevando en la mano una caje mediana, envuelta en un
precioso papel plateado y cintas de mil colores. Se me acercó y me plantó dos
sonoros besos en las mejillas, sonrojada y sonriente, con los labios inchados
por los besos que seguramente se habría estado dando con mi hermano. Con
apremio me entregó la caja, y al ver que no movía ni un solo músculo, me instó
a que la desenvolviera, asegurandome que ese era de su parte, pues Dimitri
había decidido comprarle uno a parte, pero que se le había olvidado en el
coche. Disimuladamente me frote el muslo, mientras me sentaba en la cama soltando
un suspiro. Les había dicho claramente a los dos que no quería nada, y habían
pasado olimpicamente de mis amenazas y advertencias.
Notando como me empezaba a cabrear por no ser capaz
de controlar la situación, abrí el regalo con mucho cuidado. De dentro de una
caja simple de tamaño mediano, saqué un fino cuaderno negro con mariposas en
los bordes y un candado de plata con la llave adjunta, una llave antigua y
pulida. El otro regalo, que se encontraba dentro de una caja rectangular y fina
de terciopelo, resultó ser una estilográfica de plata labrada, muy antigua, y
con ayuda de lo que sabía de estilográficas, supuse que era una de las caras.
Abrí la boca emocionada y una lágrima resbaló por
mi mejilla. Angy me abrazo con cariño para calmarme y que no me pusiera a
llorar de un momento para el otro.
-
Es
un diario para que escribas todo lo que ocurra durante el viaje,
porque cuando vuelvas, queré que me lo dejes para saber todos los detalles
escabrosos –otra lágrima resbaló y ella me la seco conteniendo una risita–. No,
no, no, hermosa. Ven, acompañame, te voy a convertir en un hermoso ángel.
Cuando
entré en el salón, todas las miradas se pusieron sobre mí, y los jovenes,
varones, se quedaron embelesados y algunos, los más atrevidos, me miraron con
lacsividad, desnudandome con los ojos, como si me tratara de un inofensivo
conejito, perdido en un bosque oscuro rodeado de lobos hambrientos. Solté una
maldición entre dientes y fui saludando a todos los invitados, buscando
desesperada a Lucius. Lo encontré sentado en el sofá, con un vaso en la mano y
hablando alegremente con unos primos lejanos de mamá.
Uno de los jovenes, alto, con el pelo castaño
desgarbado, nariz aguileña –al igual que mamá– y ojos marrones; levantó una
mano morena, indicando a Lucius que se callara y me señaló sin sonreir. El que
estaba a su lado, que supuse que se trataba de su gemelo, por el gran parecido
que compartían, me miró, dedicandome una radiante sonrisa.
Con un movimiento veloz y elegante, se levantó del
sofá, se arrodilló a mis pies y tomo mi mano, para poco después, besar uno a
uno cada nudillo. Ese gesto hizo que enrojeciera con furia. Miré a Lucius,
esperando que dijera algo, por él extraño comportamiento del primo, pero solo
lo vi tomar otra copa y sonreir con los pulgares levantados. Mi corazón latía
velozmente, pero era una sensacion completamente distinta, pues con mi primo no
notaba las mariposas que afloraban en mi estomago, como cada vez que estaba
cerca de Dimitri.
-
Milady,
es un placer conocerte al fin, mi nombre es Jordan Marroway,
y él es Alexander Marroway –señalo a su hermano, que como única respuesta, me
miró fijamente sin murmurar ni una sola palabra.
Jordan se puso a hablar conmigo durante mucho
tiempo, sobre cosas que a mí no me interesaban o desconocia por completo, y
cuando me escucé, media hora más tarde, diciendo que tenía que ir a saludar a
los otros invitados, sonrió con tristeza y me tendió un pequeño paquete cubiero
con un papel rojo chillón. Dandole las gracias por el detalle, lo dejé seguir
charlando con los otros dos. Sus potentes carcajadas no tardaron en llenar el
aire. Hombres, siempre felices por cualquier tonteria.
Me puse a buscar a Angy, rogando que no estubiera
bebiendo, pero cuando la encontre maldije por lo bajo, pues estaba rodeada de
mujeres, todas bebiendo avidamente. Triple maldición, iba a tener que buscar a
Dimitri porque Angy me lo había pedido, ya que él sería el único que se
mantendría lejos de la bebida. Iba a sufrir. Mucho.
Lo busqué durante mucho tiempo, escudriñando todas
las habitaciones, pero no había ni rastro de él. Ya cansada de buscarlo, decidí
que la forma más fácil de mantenerme alejada de los problemas, era saliendo al
jardin.
Salí al exterior tomando largas bocanadas de aire,
me senté mirando la cresciente oscuridad e inspiré, notando que se me relajaban
todos los músculos del cuerpo. Hasta ese momento, no me di cuenta de lo tensa
que estaba. Sin darme cuenta empecé a tararear una lenta canción, infundida por
la paz que llenaba mi cuerpo. Pero esa paz duró muy poco.
Antes de que pudiera reaccionar, unas fuertes manos
me agarraron la barbilla y me obligarón a levantar la cabeza. Mis ojos quedarón
firmemente anclados a los azules ojos que me observaban. Mierda. Allí estaba la
persona a la que más odiaba en el mundo, y tal era el odio, que no pude evitar
graznar su nombre con desdén: Jack.
Lo miré desafiante, mientras él me miraba y se
sentaba a mi lado, tendiendome un regalo con una sonrisa perversa en esos
labios que llevaban el pecado a donde se encontraban.
-
Sin
rencores –susurro, mientras yo sostenía el regalo consternada.
Eso era muy raro, no era posible que ese monstruo me hubiera traido algo. Él,
el capullo que me había traicionado. Algo estaba tramando, y, fuera lo que
fuera, no era nada bueno.
Sin apartar la mirada de Jack, quien me miraba con
una sonrisa indescriptible en el rostro, abrí el regalo e hice una mueca de
asco conteniendo un chillido al ver lo que había en su interior: una caja de
condones sin estrenar, de talla grande y un pequeño bote, en el que se podía leer
que se trataba de lubricante con aroma a fresas.
Temblando, me levanté del banco y lo miré llena de
ira y rencor. Pero también con una profunda tristeza, al darme cuenta de que
solo me había querido para eso, para un polvo rápido. Siempre había sido así.
Todos los hombres me veían como un orificio predispuesto para follar… y eso
dolia mucho, porque… porque yo nunca…
Antes de que Jack pudiera articular palabra o
reirse de mí, le lancé el paquete, haciendo que chocara contra su cara y con
asco bramé:
-
Quedaté
con tu apestoso regalo, no eres nada más que un ser repugnante
del cual nunca tendría que haberme enamorado ¡Qué ilu…! –pero antes de que
pudiera acabar con el sermón y los gritos, sus labios se cerrarón sobre los
míos, infringiendo fuerza para intentar violarme la boca.
Asustada me intentaba mover, pero él lo tenía todo
previsto, y cuando descubrió que mi próximo movimiento iba a ser propinarle una
patada en la entrepierna, movió una mano tirandome del pelo y poso la otra
sobre mi costado, empujandome y manteniendome pegada a la pared. No me gustaba.
No me gustaba que él me tocara y me di cuenta, demasiado tarde, de que solo
había una persona a la que quería de esa forma.
Desesperada me empecé a mover, intentando safarme
de su víperina lengua, pero solo logré que penetrara más en mi boca, hasta
rozarme la campanilla. Una arcada sacudió todo mi cuerpo y jadee, mientras su
lengua seguía peleandose con la mía, la cual estaba quieta en un rincón, con
miedo a asomarse un poco, pues ese poco acabaría con todo.
Cuando estaba a punto de darme por vencida, y dejar
que se aprovechara de mí hasta que perdiera la vida por ahogamiento, apareció
una mano de la nada, que agarró a Jack por el cuello y lo alejó de mí.
Intentando recuperar el aire, y conteniendo la bilis que me subia por la
garganta, vi que Dimitri tenía a Jack fuertemente agarrado por la garganta. Él
estaba acabando de hablarle de mala gana con Jack, y solo logré escuchar unas
palabras:
-
...No.
Te. Quiete. Largo.
Soltó a Jack sin miramientos y este choco contra el
suelo soltando un jadeo y frotandose el cuello consternado. En sus ojos se veía
que no dejaba de preguntarse quien diablos era ese hombre que lo había detenido
cuando estaba a punto de conseguir su trofeo.
Dimitri se me acercó, y me tomo de la mano con
cuidado, cuidandome como si me tratara de una inofensiva donzella. Antes de que Dimitri me arrastrara de allí, vi que
Jack tenía el cuello con ronchas rojas y oscuras. Iba a dolerle el cuello
durante un tiempo, y no pude evitar regodearme por ese hecho. No, me había echo
daño, pero alguien le había echo pagar con creces todos los daños que me había
infringido en el pasado.
-
¡Eres
una inresponsable! –Dimitri empezó a bramar mientras se tomaba
una copa de brandi con hielo. Su mirada estaba cargada de odio y no era capaz
de separar la mirada del “regalo” de Jack– ¿¡Quién coño era ese maldito
gilipollas, Alexia!? ¡Dimelo antes de que mate a alguien!
Asustada, empecé a temblar y le robé el vaso para
dar un trago largo de brandi, dejando que se deslizara por mi garganta,
calentan-dome. Dimitri me arrancó el vaso de la mano y lo miro con cara de mala
leche. Lo volvió a llenar y lo depositó sobre la mesa, antes de ponerse a dar
vueltas a mí alrededor, como si se tratara de una pantera salvaje, encarcelada
en una jaula de llamas y humo.
Mientras no me miraba, agarré el vaso y empecé a
darle pequeños sorbitos, regodeandome con el dulce pero amargo sabor de la
bebida: esa vez había elejido vodka. Me relamí el labio inferior y volví a
llenar el vaso para apurar el contenido casi al instante. Dimitri no se daba
cuenta de lo que estaba pasando, ya que estaba enfrascado en sus reprimendas;
así que seguí bebiendo, hasta que todo se volvió doble.
-
Era
mi ex –murmuré soltando un hipido. Dimitri se giró para
mirarme y supe lo que él estaba viendo: una chica destrozada por los recuerdos,
con el rostro enrojecido por el alcohol y los ojos inchados y llorosos–. Lo
amaba, ¿entiendes? Se lo iba a entregar todo, pero él me estaba engañando con
otra ¡una tía de tetas enormes! ¿Qué podía hacer yo contra ella? Mira las mías
¡son diminutas! No me gustan, las odio, odio todo lo que tengo y que los
hombres como tú despreciais –empecé a desporticar y a soltar improperios a
causa del alcohol que cantaba en mis venas– I need love. Eu preciso de amor.
J’ai besoin d’amour… ¿lo entiendes, Dimitri? –pronuncié su nombre sin
inmutarme– ¡NECESITO AMOR!
Lo vi tragar en seco y pasarse una mano por el pelo,
desordenando largos mechones castaños que ya empezaban a rozarle los hombros,
mientras me miraba claramente contrariado, pero excítado por la inocente
declaración que acababa de hacer.
-
Alexia…
son preciosas, al menos yo las adoro –se estaba refiriendo
a los pechos. Me poso una mano sobre el seno izquierdo y se dedicó a escuchar
el frenético latir de mi corazón–. Ese tío fue gilipollas, y dejo a la merced
de otros hombres a una Diosa. Una sexy, sensual y sexual Diosa. Querida, solo
pensar en que todos tus atributos de Diosa empiezan por la “s” de sexo, se me pone dura. En palabras más dulces: me pone
cachondo. Me calienta. Quien sabe, hay muchas formas de denominar al placer
humando.
Ese fue mí turno para tragar en seco y apartarme de
él, frotandome el brazo como si de repente hiciera mucho frío. Pero no… tenía
mucho calor, como cuando me había visto desnuda. Puede que fuera algo más
intenso. El deseo sexual que había entre los dos nos instaba a demostrarle al
otro como eramos realmente: dos fieras deseosas de hincarle el diente a una
presa debil.
-
Estas
borracho, no sabes lo que estas diciendo… –notaba la lengua
pastosa y me costo mucho trabajo articular esa simple frase.
-
Aquí
la que esta borracha eres tú, mi Diosa del sexo.
Antes de que me pudiera mover, Dimitri me levantó
en brazos y salio de ese pequeño despacho por la puerta trasera, llegando directamente
al jardín. Plantó un ardiente beso en mi cuello y empezó a andar hasta
detenerse delante de su flamante coche. Abrió la puerta trasera y me tumbó en
los asientos. Luego él dio un rodeo al coche y fue hacia el asiento del
condictor. Entró, cerro la puerta, arrancó el coche y, en pocos segundos me
quede dormida.
Abrí
los ojos y solté un hipido, para poco después, empezar a reir y ver como
Dimitri salia del baño de su dormitorio, con unos pantalones ceñidos,
resbalandole por las caderas; el torso desnudo, mostrando la perfeccion de sus
dorados músculos; el pelo mojado, adoptando un tono más oscuro, con gotitas
resbalando por las puntas que después bajaban impetuosas por su cuello; y su
mirada llameaba, llena de promesas provocadoras.
Estaba segura de que mientras yo había estado
durmiendo, él había disfrutado de un par de copas de coñac, wishky, ron,
brandi… o cualquier bebida alcoholica que se le hubiera puesto por delante. El
rubor intenso de sus mejillas lo delataban.
Se me acercó sonriente y en mí cuerpo estalló un
fuego ardiente que me hizo gemir. Estaba tan condenadamente caliente… Lo
deseaba. Queria sentir a ese enorme, ardiente y protector hombre entre mis
piernas. Estaba segura, lo amaba con locura, e iba a ser mío. Costara lo que
costara.
Una sonrisa petulante adorno su sensual boca antes
de inclinarse sobre mí y lamerme levemente el labio inferior, haciendome soltar
un gemido de adoración. Entendí casi al instante lo que iba a ocurrir entre los
dos. Y no me sorprendio ver que no me daba asco, como había ocurrido con Jack,
sino que lo deseaba con todas mis fuerzas.
POR FIIN! Ya era hora de que subieras el capítulo^^ ME ENCANTA, se te da muy bien escribir este tipo de historias :)
ResponderEliminarUn beso^^
Es increíble !!! *O* Me estaba muriendo de ganas por saber lo que pasaba .... Quiero el siguiente pero ya xD !!!!
ResponderEliminarAquí tienes mi comentario. Empezaré con lo "malo":
ResponderEliminarTienes faltas graves, casi superando la de "burro" con v. Pones tildes donde no se ponen y viceversa, sin ponerlas.
La palabra "combersación" es con n y v; "zero" es con c; "cinquenta" con c también; el verbo "hinchar" es con h; y muchas cosas más.
He visto la mayoría de las formas del verbo hacer sin h. También aparece el siseo y las faltas de letras, o palabras mal escritas.
Mi consejo es que, antes de publicar un capítulo, revisa la entrada. También podrías poner más puntos.
Bueno, ahora lo "bueno":
Sinceramente, es MUY DIFÍCIL que me guste las historias de aquí; pero la tuya me ha gustado o, mejor dicho, me ha encantado. Me ha dado un poco la impresión de que te has leído las Cincuentas sombras de Grey y que, después de haberlo terminado, se te ha ocurrido esta idea. Bueno, simple impresión. También me cabe decir que TU NOVELA SUPERA CON CRECES A ESA TRILOGÍA. Seguramente, si no fuera por la historia, ya habría dejado de leer.
El ritmo, a pesar de los larguísimos capítulos, es muy bueno y nunca se nos hacen largos, sino todo lo contrario.
No te desanimes y sigue escribiendo, porque la forma en la que te expresas y describes es como la de una aunténtica escritora.
Un beso.
PD: espero no haberte molestado con esto y haberte ayudado.